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Noticia

Madoff o la telaraña de
Dios

Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION

28/03/09

Fuente:

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1112891&pid=6111505&toi=6269

 

En Nueva York, el rabino David
Gaffner dice: “El Talmud establece una distinción clara
entre un ladrón y un asaltante. El asaltante se presenta
con un arma y atraca. En cambio, el ladrón se introduce
furtivamente en la casa de un semejante para robarle.
Según la mentalidad judía, el ladrón es más despreciable,
porque con su sigilo pretende engañar a Dios”.

La estafa de Bernard Madoff, que
hasta el momento trepa a 64.800 millones de dólares y es
la mayor que haya perpetrado una sola persona, resulta tan
escurridiza que el desafío metafísico es una explicación
como cualquier otra. Muchos prefieren la alternativa más
morbosa de la patología: el título que The New York Times
eligió para su perfil del personaje evocaba el primer
libro de la serie de Ripley, de Patricia Highsmith, El
talentoso señor Madoff.

En todos los medios abundan expertos
que advierten los rasgos propios de los psicópatas en la
sonrisa neutra con que el detenido elude las cámaras y
también en la monótona insensibilidad con que agradeció
ante el juez la oportunidad de enfrentar sus crímenes: la
habilidad para manipular y engañar sin sentir
remordimiento, un narcisismo que los hace creer con
derecho a todo.

Por último, la básica opción de la
avaricia también ha ganado un lugar en la opinión pública:
el hombre que de sus modestos orígenes en el barrio de
Queens, donde pagaba 87 dólares de alquiler por su primer
departamento de dos ambientes con su esposa Ruth, terminó
por ser dueño de un penthouse en el privilegiado Upper
East Side de Manhattan, de un yate que navegaba de un lado
a otro en la Riviera francesa, de parte de dos jets
privados y una mansión en Palm Beach, Miami, en cuyo
Country Club (350.000 dólares de cuota de ingreso) reclutó
a una buena porción de sus víctimas.

Por un camino o por otro, se llega a
la idea predominante de que Madoff se sentía Dios. El
terror que sus manías obsesivas causaban a sus empleados
es materia de leyenda, como su ascenso desde una juventud
de estudiante de Derecho e instalador de sistemas de riego
para jardines a la plateada madurez de asesor financiero
codiciado entre los ricos. Se jactaba de no buscar
clientes, sino de rechazarlos, imponiéndoles un monto
mínimo de inversión y negándose a explicar cómo hacía para
que, aun en un mercado volátil, sus rendimientos se
ubicaran entre el 8 y el 12 por ciento anual. Madoff creía
que, como un dios, controlaba los destinos de sus cinco
mil clientes.

Y eso era lo que hacía. Les creó un
espejismo de riqueza babilónica y una mañana los despertó
en el infierno. Su caída ha causado hasta el momento dos
suicidios sobresalientes: el del aristócrata René Thierry
Magon de la Villehuchet, que había invertido con él 1500
millones propios y de sus amigos, y el del plebeyo
jubilado William Foxton, que dejó al cuidado de Madoff los
ahorros de sus magros salarios, con cuyos intereses
mensuales contaba para vivir. Muchas organizaciones
filantrópicas han debido cerrar sus puertas y hasta la
Fundación para la Humanidad de Elie Wiesel, cuyos 15
millones administraba Bernard Madoff Investment Securities,
se salvó por una ola de solidaridad que repuso el vacío.
“No creo que otro enemigo haya producido tanto daño en la
colectividad judía de los Estados Unidos como este canalla
entre canallas”, dijo Wiesel, en alusión a que buena parte
de la clientela de Madoff estaba relacionada con las
fundaciones benéficas judías -gente como Carl Shapiro o
Steven Spielberg-, y con los ricos de la colectividad de
Nueva York y Miami.

Al gran historiador Simon Schama le
incomoda que se identifique a Madoff como judío, cuando
nadie caracteriza como católico a Carlo Ponzi, el
estafador italiano de comienzos del siglo XX, cuya famosa
pirámide para multiplicar dinero vacío fue el artificio
que inspiró a Madoff. Todas sus víctimas pertenecían a la
colonia italiana más devota de Boston. Les infundió una
confianza ciega en 1920 y pocos meses después las dejó en
la miseria.

El ardid de Ponzi era tan simple como
el propio Ponzi, un inmigrante que lavaba platos en
Canadá, donde cayó preso por falsificar la firma en un
cheque, y luego le escribió a su mamma que se quedaría
algún tiempo en Quebec porque había conseguido empleo como
asistente del director de una cárcel. En su delirante
imaginación, Ponzi creyó que podía dar el gran salto de
pobre a millonario gracias a una idea que lo reveló como
un genio ante sí mismo: acumular sellos postales
internacionales que costaban nada en las monedas europeas
devaluadas tras la Gran Guerra y venderlos luego en la
próspera América. Sus fotografías en la prensa reflejaban
una convincente respetabilidad: traje con chaleco,
sombrero de fieltro y bastón de puño dorado. Cuando el
volumen de dólares que le confiaron superó abrumadoramente
el valor de los sellos postales circulantes, se supo que
Ponzi había comenzado a pagarles a los viejos inversores
con el dinero de los nuevos. El esquema de la pirámide
acababa de nacer.

A diferencia de Ponzi, quien creyó
hasta la muerte que su idea era la madre de un negocio
casi perfecto, que había fracasado sólo por la falla de un
engranaje menor, Madoff supo siempre que su fondo de
inversión era un colosal engaño, pero estaba convencido de
que, cuanto más redoblara la apuesta, más seguros se iban
a sentir los inversores. Estaba creando, como alguna vez
les dijo a sus contertulios de Miami, “una telaraña mejor
que la de Dios”.

Cuando Ronald Reagan llegó a la
presidencia, en 1981, Madoff llevaba veinte años
construyéndose una reputación en Wall Street y adulando en
Washington a las autoridades reguladoras del mundo
financiero. Echó entonces por la borda una carrera que los
banqueros respetaban y comenzó su plan de defraudación.
Dejó de comprar y vender valores para ganar la diferencia
y, bajo la inspiración de Ponzi, cumplió sus promesas de
alto interés anual pagando a los viejos inversores con
fondos de inversores frescos. Su estatura se agigantó en
una década y la bolsa electrónica, Nasdaq, lo recibió con
orgullo como director. Hasta entonces, Madoff era el único
que se dormía sabiendo que en cualquier momento la
pirámide iba a derrumbarse. Sólo ignoraba si estaría vivo
cuando sucediera. Eso cambió en algún momento del año
2000.

El autor del inminente primer libro
sobre Madoff, Harry Markopolos, trabajaba entonces como
broker y sus jefes le recomendaron imitar al genio que se
llevaba los mejores clientes. Markopolos estudió la
contabilidad pública de aquel triunfador y descubrió dos
cosas: que en el índice internacional de Standard & Poor´s
no estaba disponible la cantidad de valores que Madoff
decía comerciar (así como no había tantos sellos postales
en los años de Ponzi) y que incluso dando por buena esa
fantasía jamás se podía llegar al porcentaje de
rendimiento que declaraba Madoff.

Desde ese momento Markopolos vivió
para denunciar el fraude. En 2001 colaboró con el
periodista económico Michael Ocrant (ahora coautor de su
libro) en un informe para una publicación destinada a
inversores, que no interesó a lector alguno. Cuatro años
más tarde envió una denuncia de diecinueve páginas, con
modelos matemáticos que probaban la estafa, a la
Securities and Exchange Commission (SEC), la agencia que
regula el mercado de valores.

Madoff había cultivado tan buenas
relaciones con sus funcionarios que hasta su sobrina Shana,
pieza fundamental de la trama, terminó casándose con uno.
La denuncia de Markopolos fue arrojada a la basura al año
siguiente, cuando una investigación recomendó que Bernard
Madoff Investment Securities hiciera algunos cambios
cosméticos.

Si no fuera porque otros efectos de
la falta de regulación alumbraron la gran crisis
financiera, quizá Markopolos habría seguido luchando en
vano contra el viento mientras Madoff ordenaba nuevos
trajes a Kilgour, la exclusiva sastrería de Savile Row, en
Londres, y dejaba doscientos dólares en la barbería
Everglades de Palm Beach por un corte de pelo, una
afeitada y el arreglo de las uñas de pies y manos. Pero
hizo el pánico que algunos clientes quisieran retirar 7000
millones de dólares y la pirámide se vino abajo en un
suspiro. Presumiblemente para proteger a su familia -sus
hijos, Mark y Andrew, que lo entregaron; su mujer, Ruth,
ante todo; su hermano, Peter- Madoff se declaró culpable
de once cargos que se pagan con 150 años de cárcel. Le
costará acostumbrarse a no fumar un Davidoff cuando se le
antoje. Aun después de que la justicia había congelado sus
bienes, firmó cheques millonarios y distribuyó entre sus
amigos los carísimos relojes que coleccionaba.

Tres meses después de que hayan
empezado a revelarse los detalles de la estafa, la
personalidad de Madoff sigue siendo insondable. ¿Cómo
explicarlo sólo por una falta de escrúpulos sin límites,
que ha destruido a su paso huérfanos, viudas, fondos de
caridad, universidades, sueños de recién casados, vidas a
medio camino? Lo que ha hecho Madoff podría compararse con
un ciclón o con la explosión de mil volcanes, si él no lo
hubiera encarado con humor.

En la fiesta de fin de año de su
empresa, les deseó a sus empleados felicidad y prosperidad
cuando ya sabía que iba a entregarse y que les había
vaciado los ahorros. En esa carcajada trágica de Madoff
sólo se puede leer lo que dice el rabino Gaffner: un
desafío a Dios.

Creyéndose insuperable e intocable,
tejió una telaraña con la que pudo arrinconar a la
humanidad en el infierno y salir de allí sin quemarse.

 

 

 

 


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Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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