Psicopatia Dr.Hugo Marietan

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SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA


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Carta:


Bipolar raro

J.
R., escribe sobre su hermano, a quien significa como
Bipolar. Sin embargo, a lo largo de todo el extenso
relato, no aparecen los rasgos de bipolaridad habituales,
sino no más bien, claros rasgos psicopáticos.

No
obstante, y según lo que cuenta JR, este hombre ha sido
visto por algunos profesionales que se sumaron al
diagnóstico de bipolaridad. Yo no lo he visto, pero, por
todas las acciones que recuerda JR, sospecho que que los
rasgos de psicópata parásito son muy marcado. Va la
historia.

 

 

Argentina, marzo de 2008.-

Creo que dos razones me llevan a escribir estas líneas,
cierto desahogo y la posibilidad de que los que se tratan
por este trastorno continúen con el tratamiento y de que
los familiares tengan fuerzas para sobrellevar la
situación.

Mi hermano es bipolar.
Después de 20 años me di cuenta, por casualidad, que
padece esa enfermedad. Cuando vinimos a etudiar, en 1985,
de un pueblo del interior a 1300 km de esta ciudad, él
tenía 21 y yo 19 (ahora tenemos 44 y 42 respectivamente).
Durante cinco años compartimos un departamento, la
convivencia fue durísima. Ahora, a la distancia, muchas
cosas tienen explicación. Yo sospechaba que algo le
fallaba pues sus “locuras” eran sorprendentes. Un año, a
mi regreso de las vacaciones veraniegas, me encuentro con
seis mujeres estudiantes viviendo en el departamento
porque se habían quedado sin vivienda y él “generosamente”
les había dado asilo. Estuvieron casi todo el año.
Alquilamos un departamento con dos habitaciones para
conservar la individualidad y la convivencia y este se
aparece con seis mujeres (con ninguna de las cuales ni él
ni yo tuvimos relaciones íntimas). No es necesario forzar
mucho la imaginación para darse cuenta del desbarajuste
que significó esta incorporación. Me quedé sin ámbito
estudio. Era todo un gran despelote. Mi falta de
experiencia y por ser el hermano menor me hizo tolerar la
situación.

Al otro año, también a mi regreso de las vacaciones, me
encuentro con que en el comedor no estaban los muebles y
en su lugar habían jaulas de un metro y medio de altura
que encerraban no menos de 50 chinchillas. Vivitas,
coleando, comiendo, defecando y orinando. Ante mi estupor
me dijo con entusiasmo que su compañero de estudios las
criaba y se había quedado sin lugar para tenerlas, así que
mientras lo conseguía, él le había ofrecido nuestro
comedor diario. Por lo menos venía seguido a darles de
comer y limpiarlas. Yo estaba exiliado en mi habitación.
Así estuvimos un tiempo con las chinchillas. El clima para
estudiar… bien, gracias. Tomé como una excesiva
generosidad esta “locura”.

Quizás como evasión de estas cosas y de actitudes e
histerias incompresibles de su comportamiento diario, me
refugié en exceso en el estudio y me estresé en la
preparación de un examen, fui mal medicado y la cuestión
se complicó un poco pero pude continuar estudiando. Por
mala praxis médica se me generó dependencia al lexotanil y
hubo que hacer el proceso inverso de desintoxicación. Tuve
entrevistas con varios sicólogos, me hicieron cuanto test
existía, y ninguno consideró que era un problema
sicológico. Fue un estrés por exceso de estudio mal
tratado por un médico. Lo que en ese momento no comenté
con los sicólogos, porque hasta no me parecía importante,
era la conducta de mi hermano. Solo lo comenté como meros
problemas de convivencia sin entrar en detalles porque ni
yo mismo le daba la entidad que tenían. Me parecían
“locuras” normales de él y rispideces propias de toda
convivencia.

No trabajábamos, nuestros padres no enviaban el dinero y
luego de pagar el alquiler y los servicios, dividíamos
entre los dos el resto. También compartíamos los gastos de
comida. Al tercer año noté que se quedaba sin su parte de
dinero rápidamente y la comida debía pagarla yo. O lo que
compraba para mí, se lo comía. O me pedía plata. Y también
me di cuenta que me faltaba dinero por lo que deduje que
me lo sacaba sin permiso.

Trajo a vivir a un conocido de él con el pretexto de
compartir los gastos y que les sea más llevadero a
nuestros padres. Según él tenía mucho gasto en material de
estudio. Le tuve que dar mi habitación y trasladarme a la
de él. Estuvo varios meses. Se fue ese, llevó otro.

Hasta que un día descubrí que la falta de dinero se debía
a que jugaba al póker con otros estudiantes. Le cuestioné
esa actitud y la respuesta-escándalo fue la propia de un
bipolar (cosa que ignoraba pero ahora entiendo).

A tal grado llegó la fijación por el juego que un día,
habiéndome acostado a dormir, esperó unos 20 minutos y
cuando me creyó dormido, entró sigilosamente en mi
habitación y comenzó a revisar todo buscando el dinero.
Yo, previsor, lo escondía debajo del colchón, así que no
lo encontró. Esto le dio muchos nervios parece, y en la
oscuridad me comenzó a pegar patadas en el cuerpo y
gritándome desaforado preguntaba dónde tenía la plata. Es
decir, se había ofendido porque no dejaba que me robara.
Tomé un palo de encerar y lo enfrenté con tanta decisión
que se asustó y disparó. Al otro día como si nada.

Al quinto año vino mi madre y después de consultar en la
facultad su progreso en los estudios, lo echó del
departamento por no ajustarse en nada a lo que él decía.
Yo debí dejar también ese año por la grave crisis
económica en el país (1989).

Regresé al interior (a mi pueblo) y trabajé duro durante
dos años, con lo ahorrado construí un local y puse un
comercio. Se lo dejé a mis padres y regresé a la ciudad
universitaria. Recibía una parte de las ganancias del
negocio. Aquí me dediqué a otras actividades: diseño,
edición de una pequeña revista sobre temas académicos y
científicos del ámbito universitario y otros trabajos
gráficos. De a poco, con gran esfuerzo, instalé el estudio
de diseño.

Durante ese año en que regresé a mi pueblo le pagué mi
hermano el alquiler del departamento por más de un año. No
desalquilé el mío para que él tenga dónde vivir.

Cuando volví él se había ido a vivir con una chica con la
cual después se casó. Durante su matrimonio (de 7 años)
muchas veces tuve que terciar en sus crisis. Estuvo sin
trabajo durante un tiempo largo, y durante unos meses tuve
que ir con él al mercado y comprarle los víveres. Si no
hacía eso, llamaba por teléfono  mis padres, los
insultaba, lloraba y yo quedaba como el malo de la
película. Como buen hermano, según mis padres, yo debía
ayudarlo. Entrar en detalles en la experiencias de este
periodo es ocioso pero fueron amargas.

A la vez que lo ayudaba había logrado formarme mi pequeño
capital. Tenía varias computadoras y demás máquinas de
diseño. Una moto y la casa armada.

Por el 98 la mujer lo abandona después de soportar
traumáticos episodios. El último grave que le hizo: se
roció con alcohol de quemar, estando desnudo, y con un
encendedor en la mano amenazaba prenderse fuego. Recurrió
una vez más a mí (la mujer)  y le dije: es lo que es:
“tómalo o déjalo, pero no pretendas que cambie, no hay
forma de que entienda las cosas. Yo viví cinco años con él
y nada de lo que me contás me sorprende.”

Después de tantas veces que él, con violencia física y
verbal la echara de la casa, la mujer esperó que estuviera
tranquilo y cuando un día él regresó ella había hecho sus
maletas y se había ido. El entró en una crisis depresiva,
cuyos lamentos tuve que soportar hora tras hora, día tras
día. Llamaba a mis padres e insinuaba que se iba suicidar.
Estos se desesperaban estando tan lejos, me llamaban a mí
y tenía que ir hasta su departamento que quedaba lejos.
Varios meses duró esta situación, hasta que finalmente
tomó unas pastillas, previo aviso para que nos enteremos,
llegamos a tiempo y, lavaje de estómago mediante, todo
siguió como antes. Como, según él, le hacía mal ver a la
exmujer todos los días en la calle porque ella se había
mudado cerca, con mis padres le alquilamos a medias un
departamento lejos de ahí. Cada gasto que originaba era un
gran esfuerzo para mí, pues me estaba comprando equipos
para mi trabajo y tenía que subsistir yo también. Logramos
convencerlo de que vaya a un sicólogo pero cometimos un
error, no fuimos nosotros. El contaba su versión de la
vida y cuando regresaba nos decía, a nuestra madre y a mí,
que nosotros éramos responsables de sus problemas
sicológicos, hablaba de la niñez, etc.. Mi madre al
principio lloraba y trataba de explicarle que las cosas no
fueron como él las recordaba. Yo lo escuchaba nomás, eran
tanta las estupideces que concluía con la sicóloga que
tomé con alivio cuando dejó de ir a terapia. Si hubiéramos
ido con él y contábamos nuestra versión de los hechos, la
sicóloga seguramente hubiera detectado la bipolaridad.
Pero no fuimos, quizás por ignorancia, y perdimos una
oportunidad. Un consejo, es importante que la familia o
allegados vayan al sicólogo y cuenten su versión de los
hechos.

Al año siguiente, en medio de estos padecimientos que él
causaba, entraron ladrones a mi casa (que también era el
lugar de trabajo) y no dejaron absolutamente nada, ni de
la casa ni del trabajo. Nada. Hasta cosas que había
comprado en crédito el mes anterior y que todavía no había
comenzado a pagar. Máquinas, moto, electrodomésticos. Todo
se llevaron, no dejaron nada. Los trabajos en los discos
rígidos se fueron y los elementos de trabajo, obviamente.
No tenía ahorros porque cuando los tenía mi hermano hacía
que duraran poco o directamente impedía ahorrar.

Con un gran esfuerzo espiritual, acepté los hechos y
comencé nuevamente. Cuando estaba medio repuesto, vino la
crisis económica del 2001 y bancarrota total. Nuevamente
perdí. Solo logré salvar unas máquinas que sin capital era
imposible hacer algo con ellas. El 2002 fue de una
indigencia absoluta, mi hermano estaba económicamente bien
pero ni se preocupó por mi situación. No iba a mi casa por
si le pedía ayuda, a regañadientes una vez me prestó una
suma mínima. Yo le había prestado una moto y cuando se la
pedí para poder venderla y pagar deudas de los servicios
de gas y luz, me dijo que no, que él la necesitaba y que
yo le debía (literalmente lo que le debía significaba 1/10
del precio de la moto, que me había prestado a
regañadientes tres meses antes). Le dije que me habían
cortado la luz y el gas y no tenía de dónde sacar. Me dijo
que eso era asunto mío y que él estaba podrido de ayudar a
la gente y que a él nunca nadie lo ayudaba. Lo miré, y
conteniendo la violencia que me surgía de muchos lados,
simplemente le dije “Está bien, quedate con la moto pero
no pises nunca más mi casa”. Me fui, y pasé el invierno
más frío de mi vida.

Empecé nuevamente, de a poco con la actividad gráfica.
Fines de 2003, un viernes cierro un acuerdo para la
edición de una revista. El domingo nuevamente entran
ladrones a mi casa y se llevan todo lo queme quedaba. Las
computadoras y demás equipos, electrodomésticos, ropa.
Nuevamente sin nada.

Tenía unas máquinas de imprenta en otro lugar, pero con
las que no podía hacer nada por falta de capital. Las
guardé en mi casa, vacía después del robo.

Y diciéndome “a comenzar nuevamente pues la vida sigue”,
compré una computadora usada al tiempo. Hubo un intento
fallido de asociarme con otra gente y cuando decidí vender
las máquinas (a principios de 2004) y con ese capital
terminar la universidad (me falta menos  de un año para
recibirme de abogado), a mi hermano se le “ocurrió”
hacerse echar del trabajo pues la firma cambiaba de dueños
y a él se le había metido en la cabeza que lo iban  echar
después (años antes había renunciado a otro y de cuyas
consecuencias también me tuve que hacer cargo). Fue
imposible hacerle comprender que eso no iba a ocurrir. Se
hizo echar, cobró la indemnización y comenzó a fantasear
con grandes negocios (como siempre).

Mi madre, enterada de esto, me llamó y me dijo que tratara
de hacerle comprar algo para que no pierda toda la plata
en alguno de sus “negocios”. Pensando que si eso sucedía
se quedaría sin nada y no tendría otra salida que regresar
a casa de mis padres (lo que significaba que les amargaría
con su carácter los últimos años de vida), dejé mis
proyectos de vender todo y terminar de estudiar y le
propuse que comprara una máquina de imprenta, sumarla a
las mías e intentáramos hacer un comercio. Yo ponía mis
máquinas, el trabajo específico y él se dedicaría a buscar
trabajos. Le dije que si guardaba el resto de su plata,
que eran dos tercios más de lo que había costado la
máquina, podría vivir sin sobresaltos.

Le pregunté si estaba seguro de hacer todo esto, porque de
ser así yo haría modificaciones edilicias en la casa que
alquilo desde hace 15 años, para separar el lugar de
trabajo de mi vivienda y mantener así la armonía entre
nosotros. En otra palabras, para asegurarme que no me
invada. Me juró que sí. Pedí permiso a los dueños y volteé
paredes e hice remodelaciones yo mismo durante cinco meses
(cuando estaba bien económicamente aprendí albañilería
para hacer unas obras de caridad). Antes de terminar, o
mientras terminaba, me comunica que había perdido toda la
plata que tenía de la indemnización. Que un amigo a quien
se la había dado para un “gran negocio” lo embromó. Se
quedó sin nada y se deprimió. No tenía para el alquiler,
ni para los servicios, ni para la comida. Nuevamente a mis
propios problemas económicos debí sumarle los de él. Desde
principios de noviembre de 2004 hasta febrero de 2005 me
tuvo “loco”. Me llamaba por teléfono llorando, que se iba
a matar, que no tenía para comer, etc., tenía que ir a su
departamento dos veces por semana a llevarle comida. Si yo
no atendía el teléfono, no por maldad sino porque me
producía rechazo solo escuchar su voz, venia a mi casa y
si no estaba o no lo atendía se quedaba horas sentado en
la vereda.

En el medio de esto, en diciembre de 2004 al leer, por
casualidad, las características de un bipolar en una
revista, no acababa de asombrarme renglón tras renglón.
¡Estaba describiendo exactamente a mi hermano! Consulté
con médicos, sicólogos y siquiatras, y evidentemente
padecía esa enfermedad. Intenté convencerlo de que vaya al
sicólogo con la excusa de que levantara el ánimo y se
opuso. Me amenazaba con el suicidio… que no pasaba esta
semana, que no pasaba el cumpleaños, que ya había ordenado
los papeles, etc.. Yo vivía con el corazón en la boca pues
no sabía si se había matado o no cuando tardaba en
comunicarse. Para febrero del 2005 estando yo agotado y
exhausto, económica y espiritualmente, y queriendo un poco
de paz en mi vida, le dije que vendería mi máquina más
costosa, alquilaría un local comercial con vivienda, y él
tendría trabajo, vivienda y comida. El se haría cargo de
eso por uno o dos años y después yo me haría cargo para
ver si recuperaba algo de lo que ahora ponía. Yo con eso
le daba tiempo para que se tranquilice y acomode un poco
su vida. Aunque el negocio no diera yo le garantizaba un
sueldo y le pagaba la casa y la comida, pero que por favor
me de un poco de paz y no me siga amenazando que se iba a
matar.

A esa altura, la verdad que a mí me daba lo mismo que se
matara o no (entiendo que esta frase es dura pero creo que
muchos familiares de bipolares me comprenderán; uno no
desea que el otro muera pero el cansancio espiritual es
tan grande que es como que da lo mismo). Lo que me
preocupaba era la salud de mi padre si lo hacía; anciano y
con problemas de corazón dudaba que lo supere.

Llamé a mi madre y le conté en detalle la situación y le
pedí que viniera para que me ayudara porque yo no podía
más solo. Le comenté lo de la bipolaridad y no me creyó (o
prefería no creerlo). Consideraba que la depresión era
propia de lo que le había pasado. Cuando ella vino, él, en
tres o cuatro días, se recuperó mágicamente, y comenzó a
manipular a mi madre a tal punto que un día estando yo
diciéndole de mi hartazgo con él me dice que ella no sabía
a quien creerle. Que él decía una cosa y yo otra. La miré
y di por terminada la conversación.

Vendí la máquina a menos de la mitad de precio de su valor
real y cuando le digo a él (estando mi madre presente) 
que ya tenía el dinero para ponerle el negocio me dice:
“no me interesa tu propuesta ahora”. Le digo: hace un mes
me dijiste que sí, malvendí lo único que tenía y ahora
decís que no. (aclaro que después de tanta experiencias yo
no grito, simplemente hablo tranquilo). Respondió que el
día anterior un amigo le había propuesto un trabajo. El
amigo siempre tenía negocios que le duraban un mes y lo
había embromado en varios ya, pero él confiaba.

Así que le dijo a mi madre que ahí tenía la verdad de lo
que yo era: un hijo de puta que lo quería usar para hacer
mi negocio a costilla de él. Pasando por alto que le daría
casa y comida dijo que le pagaría un sueldo mínimo, etc..
Obvio los detalles del razonamiento propio de un bipolar
que los lectores imaginarán.

Le dije que eso duraría un mes o dos y después volvería a
amargarme la vida. Me insultó largamente, haciendo
especial hincapié en preguntarme cuándo me había amargado
la vida y cuándo yo lo había ayudado. Para mi madre,
previa manipulación de su parte, le era más fácil creer
que yo no era un hermano comprensivo a que él era un
enfermo bipolar.

Antes de que regresara a su pueblo le dije (a mi madre)
que lamentaba que por no ponerse firme mi hermano
terminaría, tarde o temprano, amargándole la vejez.

Y tal como lo predije, el trabajo con el amigo le duró un
mes y pico y sin cobrar un peso. Volvió a mí con deudas y
deprimido. Inventaba que le saldría un trabajo a los dos
meses, después a los cuatro. Mientras, me consumió el
dinero de la máquina. Otro año viviendo para él. No me
daba respiro para poder organizar mi vida. En septiembre
de 2006 ya sin saber qué hacer con mi propia vida ( y con
él sobre mis espaldas) le propuse comprarle su maquinita
(la que le había hecho comprar) en cuotas, de ese modo se
me hacía más llevadero mantenerlo. Le daba dinero a cambio
de la máquina. Me la quiso vender un 50 % más del precio
de mercado y pese que le dije que yo había vendido mi
máquina a mitad de precio de mercado para ayudarlo, y
ahora él pretendía que yo le compre la suya a más de lo
que valía para seguir beneficiándolo. Con lágrimas en los
ojos me dijo que yo era un hijo de puta y que me
aprovechaba de su situación, que hasta  familia lo
embromaba, pero accedió a vendérmela en cuotas a un buen
precio de mercado. Le dije que en verdad, yo tenía pensado
buscar otra salida para mi vida, pero visto que tenía que
adquirirle la máquina, iba a intentar con la gráfica. Pero
para hacer eso no me tenía que pedir más plata por dos
meses para poder yo armar el negocio. Me juró y prometió
que así sería. Como todo juramento bipolar duró poco, a
los quince días comenzó a pedir y se llevó mi “capital”.
Los 2000 pesos que le di en dos meses y medio para él
fueron 1200. Como nunca le hice firmar nada mientras le
daba, no valía la pena ni discutir. La experiencia me
indica que ponerse a discutir con un bipolar que no lo
tiene asumido es sumar ira a la impotencia.

En noviembre de 2006 logro enviarlo con mis padres,
supuestamente el trabajo le saldría para el 1 de enero de
2007, así que lo convencí que se fuera porque acá era un
gasto. Si se iba solo tenía que pagarle el alquiler. Mis
padres, como todos estos años, no tomaron en cuenta mis
palabras acerca de la bipolaridad, según ellos eran
ocurrencias mías que magnificaba las situaciones. Mi
hermano, estando con ellos, sin problemas, se pondría
bien. Simplemente le habían salido mal las cosas y por eso
no estaba bien.

Bien, les dije, dentro de un mes y medio o dos meses,
hablamos. Para mí lo que les mando ahora es un “regalito”
desagradable.

A los dos meses suena el teléfono, mi madre llorando. En
uno de sus ataques verbales mi hermano le había proferido
insultos que jamás había escuchado ella de nosotros y
comenzó a contarme las actitudes anteriores
incomprensibles. Dos días antes, en la cena de fin de año,
al momento de sentarse a la mesa, una excusa mínima lo
llevó a uno de sus habituales “arranques” luego del cual
se fue, mi padres y familiares cenaron amargados. El, al
otro día, como si nada hubiera pasado.

Irónicamente le dije que tengan paciencia, que era la
imaginación de ellos que no soportaban nada, que él estaba
bien, que no sean intolerantes y lo comprendan, que eran
su única familia. Esa era la respuesta que ellos me dieron
durante veinte años cuando yo insinuaba que algo no le
funcionaba en la cabeza. Yo soporté veinte años, ellos en
dos meses estaban agotados. Lo positivo fue que ahí me
comenzaron a comprender.

Hablé con el médico de nuestra familia de allá, le
expliqué la situación y le dio las indicaciones a mi madre
para que lo medique subrepticiamente y se tranquilice. Así
fue y al mes, luego de decidir quedarse a vivir con mis
padres porque el supuesto trabajo de acá no le salió,
viene a esta ciudad para hacer la mudanza. A la semana de
estar aquí, cuando ya tenía todo embalado, el simple
comentario mío de que enviara la mitad de las cosas en ese
momento y yo le enviaría a otra más adelante para que sea
menos impactante a la economía familiar, bastó para que
dijera que uno ponía piedras en el camino y decidiera no
irse. De nuevo la burra al trigo. Como había dejado de
tomar la medicación en esos días que se vino, le atacó la
depresión. No había manera de convencerlo de nada y como
siempre intentando manipularme. Mientras le seguía la
corriente para que creyera que me estaba manipulando,
conseguí la medicación y le dije a mi madre que se viniera
para intentar llevarlo al médico. Como la medicación
(halopidol) lo “volvía” a la normalidad, ella no terminaba
de aceptar el trastorno bipolar, no entendía que se
llevaba una bomba de tiempo a un lugar lejos de toda
atención especializada. El día anterior a su partida la
llevé a consultar a un neurólogo y a un siquiatra y estos
le explicaron en detalle la enfermedad. Esa noche lo
aceptó, decidió no viajar y hacerlo internar al otro día,
aunque eso significara acudir a la policía para hacerlo
por la fuerza.  A la mañana siguiente cuando salíamos para
la clínica para consultar con la directora, él aparece
para decirnos que se va a despedir durante el día de sus
amigos y que nos encontrábamos en la terminal de
colectivos a la noche. Se frustraron nuestros planes. Así
que partieron.

Durante el 2007 estuvo (y sigue estando) allá. Según mi
madre está todo bien, mantiene la situación controlada.
Según algunos familiares y amigos, a mi padre lo envió un
par de veces al hospital por la descompensación que sufre
por sus arrebatos verbales, con mi madre la situación
sería cotidianamente tensa.

Según lo que he leído y lo que dicen los médicos, sin
tratamiento esta enfermedad se agrava con el tiempo. Sé
que mi madre le ha dicho que es bipolar y necesita
tratamiento, unos familiares me comentaron que él se
quería ir a vivir solo porque les dijo que no aguantaba a
mis padres y que mi madre estaba trastornada, tanto que le
decía a él que era bipolar. Imagino el hartazgo de mi
madre para que llegue al punto de decirle que necesita
tratamiento. En fin, el tiempo y Dios dirán. Mi padre
tiene 78 años y mi madre 65.

Mi situación actual es trágica en sentido económico. Por
mi edad no consigo trabajo, no puedo vender las máquinas
que me quedaron, no tengo capital para ponerlas a
funcionar o iniciar otra cosa, solo tengo deudas. Paso
hambre, me cortan los servicios, etc. Pese a todo,
espiritualmente estoy bien. Lo único que me atormentan son
las deudas producto de toda esta situación. Si salgo de
ellas creo que estaré bien.

Escribo esto para compartir mi experiencia con enfermos y
familiares de bipolares. Con los primeros para decirles
que si han logrado aceptar la enfermedad, no abandonen el
tratamiento, por ellos mismos y por los padecimientos que
deben soportar los familiares.

Con los familiares, para compartir los sufrimientos y
sinsabores que conllevan un familiar con el trastorno
bipolar. Si sospechan que padecen esta enfermedad vayan
con ellos al médico. No minimicen la cuestión y carguen en
otros la responsabilidad de cargar con un familiar
bipolar.

Me imagino que siendo el promedio de 8 a 10 años del
diagnóstico correcto (en mi caso fueron 20 años), a muchos
les pasará lo mismo que a mí, se preguntarán ¿por qué no
nos dimos cuenta antes? Por qué tanto sufrimiento y
amarguras evitables con una simple pastilla conteniendo
litio. O por el solo hecho de saberlo, tomar decisiones
sabiendo uno con que bueyes ara y no pensar cada vez que
“esta vez será diferente.”

Lo bueno de enterarse de la enfermedad es que la vida y
los sufrimientos (de nosotros, los familiares) tienen un
poco más de sentido. Lo inexplicable ahora tiene
explicación. A lo mejor es un consuelo de tontos pero creo
que sirve. A mí, a veces, me daban ganas de “abrirle el
cerebro” para ver porque no entendía las cosas o por qué
hacía cosas tan irrazonables y contrarias al sentido
común. A veces, cuando me reprochaba duramente que no lo
ayudaba (cuando lo he hecho semana tras semana, mes tras
mes, año tras año), lo miraba impávido mientras pensaba
que él era un reverendo hijo de puta (permítaseme la
expresión porque no encuentro otra) pero a la vez veía que
lo decía con total convicción, hasta se le llenaban los
ojos de lágrimas.

Como las adversidades me han llevado a un gran dominio de
mí mismo, he podido evitar respuestas violentas de mi
parte, pero después de mi experiencia comprendo el
arrebato emocional que pudiera tener un familiar. Jamás he
ido al sicólogo por esta cuestión, logré con fe y
reflexión sobreponerme anímicamente a cada instante.

El año pasado fue el más duro, reconocida la enfermedad se
hacía inevitable al cerebro (el mío) no mirar al pasado y
pensar que muchas cosas hubiesen sido diferentes si este
hermano con su trastorno no me hubiese tocado en suerte.
No solo el pasado hubiera sido diferente, el presente
lleno de necesidades económicas también. Estaba
sobreponiéndome a esos pensamientos, no fáciles de
digerir, cuando en octubre pasado, él (viviendo ya con mis
padres en el interior) llama para desearme feliz
cumpleaños y a renglón seguido me dice que pasaría el
negocio (mi negocio) a su nombre porque él se había puesto
a trabajar ahí y mis padres lo limitaban en lo que quería
hacer (fantasías bipolares seguramente) diciendo que el
negocio era mío. Yo le dije con tranquilidad que parecía
que el comercio era mío, había trabajado duramente durante
dos años para construirlo y si bien hacia años que no
pedía nada y no lo había vendido para que mis padres
tuvieran para entretenerse, eso no significaba que no
fuera mío. La respuesta de siempre: yo era un hijo de puta
que le ponía piedras en el camino, etc.. Le dije que era
lo único que me quedaba y que él me había consumido todo.
No lo entendió. Al otro día, imaginando las escenas que le
haría mis padres, los llamé y les dije que sí, que pasaran
todo a su nombre, pero que por favor no me llamen más por
problemas, que prefería no hablar más. Que no me jodan,
que quería paz.

Ese día, estando yo anímicamente maltrecho, recibí el pago
de una venta, unos mil euros, que me permitirían pagar
muchas deudas y tener tranquilidad en ese aspecto. Pero
indignado como estaba porque mi hermano se había quedado
con mi negocio (recordaba el esfuerzo que me costó) me
dije mí mismo: voy y apuesto todo al azar, si gano algo
arreglo  un poco más mis problemas, si lo pierdo todo seré
responsable de mis desgracias presentes y ya no tendré que
echarle la culpa de todo a él. Si no tengo para comer, si
no puedo pagar las deudas, etc. yo seré  responsable de mí
situación. Esto causa menos impotencia que saber que las
causas de las desgracias propias son producidas por otro.

Perdí todo. Así que a partir de ahí cada vez que me aflige
este amargo presente evito culpar al amargo pasado
pensando que soy el único responsable del presente. No
estoy un poquito mejor porque yo perdí la plata. Fue mi
decisión, no la de él. El remedio fue oneroso. Quizás esté
equivocado, pero eso me hizo más llevadero el recuerdo.
Estoy igual que antes, sin nada y en la miseria, pero de
algún modo, me siento autor de mi propia desgracia
presente, y eso me hace más llevadera la situación
espiritualmente.

En qué terminará la vida de mi hermano con mis padres, no
lo sé. En que terminará mi vida, tampoco lo sé.

Si hay algo que aprendí es que los familiares de un
bipolar, mientras no se trate, no tenemos futuro, nos está
prohibida la esperanza, porque nunca se sabe con que se
saldrán mañana y en qué medida afectarán nuestras vidas.
Destruyen lo real y destruyen la esperanza.

En mi caso, el amor a mis padres y el cuidado para que no
vivan preocupados, me llevó a hacerme cargo, y a padecer,
las consecuencias de un bipolar. Quizás si no me hubiese
preocupado por mis padres muchas cosas serían distintas.
El lector podrá preguntarse en qué se preocupaban mis
padres, bastarán, creo, un par de ejemplos: dos semanas
antes de una navidad, el “bipolar” me llamó por teléfono
para decirme que había estado con anginas y debía guardar
reposo 2 días más y si no le podía hacer un trámite. Le
dije que cuanto tiempo tenía para hacerlo y me respondió
que 10 días más. Le respondí “yo estoy muy ocupado ahora,
y no es urgente que hagas esos cuando te levantes andá y
hacelo vos, no hay necesidad de que yo vaya.” Cortó y no
volvió a comunicarse. Mis padres no me llamaron para
saludarme ni el 24 ni el 25 de diciembre; me llamó la
atención y los llamé yo el 25 a la noche. Mi madre me
atendió muy fríamente, le pregunté cómo la habían pasado y
me dijo que muy mal. El 24 a la tarde el bipolar los llamó
y les dijo que había estado muy grave en cama, que me
había llamado para que fuera a asistirlo y comprarle
remedios y que yo no fui, etc.., ellos estaban muy mal
porque él estaba solo sufriendo y yo que era el único
familiar no lo ayudaba. Que no podía ser así (yo) que era
mi hermano, que ellos nos habían criado de otra manera,
que (yo) tenía que tener sentimientos, etc.. El bipolar
siempre fue tan convincente (incluyendo lágrimas) que
cualquier explicación posterior mía estaba condenada al
fracaso.

Lo mismo hacía cuando se quedaba sin plata, llamaba,
contaba su historia, lloraba y yo era el mal hermano.
Cuando el incidente de la moto que ya mencioné, llamó y le
dijo a mi padre llorando que no tenía movilidad para ir al
trabajo, que pasaba mucho frío y perdía mucho tiempo
esperando el micro. Mi padre de nuevo, haciendo referencia
al amor fraternal, que yo no podía negarle la moto, que
era mi hermano y estaba sufriendo, y él se sentía muy mal
pensando en lo que el otro padecía y que le hacía muy mal
también pensar que yo no actuaba como un buen hermano. Mi
respuesta: tomá la moto y no molestes.

Cuando casado se quedaba sin trabajo y pedía plata a mi
padre. Este se la negaba porque ya estaba grande (y a
ellos tampoco les sobraba) y tenía que soportar la vida
por sí mismo, mi hermano lo insultaba e insistía en el
pedido. Mi padre me llamaba para lamentarse. Yo iba, le
compraba alimentos a él y su mujer (y la hija de la mujer
con otro) y le decía: no llames más a papá, por favor no
me molesten.

Como dije antes, anécdotas como estas hay a decenas.
¿Sirve de algo reprocharle a mis padres esa exigencia de
amor filial y fraternal? Creo que no. En condiciones
normales (que es la que ellos creían) sus argumentos era
válidos, fuimos criados en el marco de una familia ideal,
jamás una pelea entre mis padres y nos inculcaron con
palabras y hechos la honestidad, el amor y el respeto.
Muchas veces ante las actitudes de mi hermano me
preguntaba cómo puede ser que siendo criados del mismo
modo seamos tan distintos. Cuando tenía los ataques de
euforia en que los delirios de grandeza eran (y son)
increíbles, no entendía (yo) por qué él no había receptado
la humildad que nos habían transmitido nuestros padres.
Ellos, creyendo que mi hermano era normal y los tenía (a
los valores) y que sus adversidades no eran producto de su
voluntad, me exigían a mí que actuara según lo que me
habían enseñado. Yo, como buen hijo, cumplí a rajatablas
con mi deber filial. Terminé muy mal, es cierto, pero
bueno… es la vida que nos toca en suerte parece. No hay
marcha atrás y la marcha adelante se hace muy difícil. En
qué terminará mi historia ni yo mismo lo sé en este
momento. El “bipolar” ha sido para mí un parásito que me
ha dejado extenuado. En la miseria económica, sin
encontrar salida y lo que es peor me ha matado la
esperanza de pensar que las cosas pueden cambiar o de que
puedo intentar algo sin que él se presente a arruinarlo.
No estoy en condiciones de pedir crédito bancario y no me
animo a pedirle a mis amigos porque temo que él arruine
todo en cualquier momento y sume yo más deudas. El por lo
pronto está feliz parece, se quedó con lo último que me
quedaba redituable y espero que le dure un tiempo así mis
padres tienen un poco de tranquilidad.

A los bipolares que leen esto, les digo que cuando ellos
no se medican o no se tratan, inevitablemente las
consecuencias de sus actos serán soportadas por sus
familiares. Sé que aceptar la enfermedad es difícil pero
quizás leyendo testimonios como estos les sirva para
continuar o iniciar el tratamiento.

A los familiares, les digo que según mi experiencia lo más
importante para detectar o decidirse a consultar a los
médicos sobre si es esta enfermedad es observar la
correspondencia de las actitudes con el sentido común. La
renuncia a los trabajos sin causa, los proyectos
irrealizables en los que se embarcan, los cuestionamientos
a la familia incomprensibles, la reiterada exigencia de
ayuda, la negación de toda ayuda anterior que recibió, la
precisión (manipulación) con la que apelan a nuestros
principios cuando la solicitan, la habitualidad en
“amargar” cualquier fecha significativa para la familia,
la habitualidad de buscar excusas irrisorias para generar
una discusión que no termina hasta que no ve a los otros
amargados y pasado poco tiempo él actúa como si nada
hubiese pasado, conversa amablemente y hasta tiene gestos
cariñosos, etc..

Lo más importantes es el sentido común: cuando toman
decisiones con graves consecuencias pese a lo evidente que
son y uno les explica previamente esas consecuencias y no
hacen caso, es porque algo está mal.

He tardado 20 años en darme cuenta de todo esto, y ,como
dije, para mi vida (no la de él) ya es tarde para muchas
cosas. Espero que estas líneas ayuden mucho antes a
aquellos familiares que están sospechando que algo no está
bien en algún familiar y están tratando de averiguar de
qué se trata. Un buen consejo, no se dejen estar, no
duden, consulten. Si no se trata de esta enfermedad habrá
que buscar otra, pero si se trata de ella, el saberlo y
tratarla médicamente, les hará más llevadera la vida y se
evitarán muchos sufrimientos futuros.

Cuando miro mi pasado y veo tanto sufrimiento y esperanzas
frustradas por causa ajena, recuerdo una frase que con
tristeza y resignación, me dijo mi madre cuando aceptó la
enfermedad “es preferible tener un hijo con el síndrome de
Down, por lo menos en ese caso sabés lo que te espera y no
tenés sorpresas, con esta enfermedad no podés controlar ni
prever nada, estás a la deriva con el corazón en la boca”.
En los momentos de angustia no he podido evitar preguntar
al Cielo ¡¿por qué?!. En mi caso, que vengo padeciendo
desde los veinte años (hace exactamente 22 años) las
consecuencias que genera un enfermo bipolar, es como
preguntar ¿por qué me tocó esta vida en suerte?. Si
hubiese venido solo a estudiar (o él no hubiese padecido
esta enfermedad) seguramente me hubiese graduado y hoy la
vida sería distinta. Lamentablemente, uno no puede evitar
pensar cuántas cosas hubieran sido y serían distintas hoy.
Hay que hacer un gran esfuerzo para sobrellevar estos
pensamientos inevitables que serían una anécdota en
situaciones económicas estables pero que taladran el
espíritu en situaciones adversas. Por eso, como dije
antes, “tiré” un poco de plata para ser yo el responsable
de mi desventurado presente y no estar sometido a los
recuerdos que me colocaban en víctima. En rigor esto es
más una creencia que algo real porque lo que perdí
voluntariamente no era significativo para paliar mi
situación. El parece que ahora está feliz, se adueñó de mi
negocio y está desarrollando sus fantasías de grandeza.
Mis padres estarán más tranquilos. Ellos ignoran mis
padecimientos actuales, de nada vale decirles pues no
pueden ayudarme económicamente y prefiero que ahorren para
que puedan afrontar cualquier contingencia futura que les
depare mi hermano bipolar. El no tiene obra social así que
si hace alguna crisis el tratamiento médico será oneroso.

Pienso que lo más duro para el familiar de un bipolar es
sufrir las consecuencias de decisiones ajenas. Si uno es
autor de su propia desgracia por malas decisiones o
defectos propios, siempre hay esperanzas porque depende de
nuestra voluntad que nos hagamos cargos de nuestros yerros
y sigamos adelante. Pero cuando a la desgracia debemos
comerla y beberla por voluntad de otro se hace de difícil
digestión. Es natural que cuando otra persona nos causa
daño nos apartemos de ella, es humano que así sea y
tenemos la obligación de hacerlo; pero en este caso
particular tenemos la obligación moral por los lazos
familiares no de apartarnos sino de acercarnos. Es
paradójico pero es así. A veces lamento no tener otros
principios pero son más fuertes. También es cierto que a
veces el odio está a la vuelta de la esquina pero también
pienso que ellos no son culpables de su enfermedad, al fin
de cuentas no eligieron ser bipolares para arruinarles la
vida a los otros. Es la vida, no hay vuelta atrás, lo
único que nos queda cuando nos enteramos de la enfermedad
es, como dije antes, el consuelo de que el pasado tiene
explicación y que podemos evitar muchos sinsabores en el
futuro.

Con la sinceridad con que he hablado hasta ahora debo
decir también que hasta ahora no le he encontrado sentido
a una vida tan asida a la desgracia. Miro a Dios… miro
al hombre… y me pregunto ¿para qué?. El por qué ahora lo
encontré, el para qué no aparece. Por lo pronto solo queda
resignarme a una situación que no está en mis manos
resolver.

Aunque no parezca, he sido
sintético en mis relatos y en mis penurias. Si uno entra
en detalles la historia se hace poco creíble para quien
desconozca el tema. He sido duro y directo en algunos
párrafos, con la esperanza de que el testimonio les pueda
ser útil a aquellos que padecen la enfermedad o a sus
familiares. Y como dije al principio, quizás también
escriba esto como una especie de desahogo personal,
particularmente en estos días en que ando un poco
angustiado porque no encuentro el modo de salir de todo
esto.

Lo importante es que la lectura le sirva a alguien. Cuando
comencé a consultar en la web sobre el trastorno bipolar,
a mí me sirvieron los testimonios que leí. Así que tenía
la obligación moral de dar el mío.

Un abrazo.

J. R.

 


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Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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