Psicopatia Dr.Hugo Marietan

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SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA


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 Artículo


Robledo Puch: más allá de
la sombra

Hugo Marietan,
junio de 2008

 

Carlos Eduardo, el hombre del que nos
vamos a ocupar, fue condenado en 1980 por diez homicidios
calificados, un homicidio simple, una tentativa de
homicidio, diecisiete robos, una violación, una tentativa
de violación, un abuso deshonesto, dos raptos y dos
hurtos. El periodo que llevó esta faena comenzó en 1971 y
termino a principios de 1972, cuando Carlos rozaba los 20
años.

“El ángel de la
muerte”, dibujo de Patricia Breccia, 2008

Cuentan las crónicas que el 4 de
febrero de 1972, un par de policías se presentaron en una
casa de Villa Adelina, conurbano bonaerense. Apenas
estacionaron el auto, se les acerca un muchacho rubio, de
pelo largo y ensortijado, montado en una moto:

 

–¿A quién esperan, señor? –preguntó
el muchacho.

–Pibe, ¿vos conocés a un tal Somoza?

–¿Somoza? No, ¿quién es?

–Debe ser un amigo tuyo, porque tenía
esto –y le muestran un papel rectangular.

 

Y sí, lo conocía. Cuatro días antes
Somoza y él entraron a una ferretería de Carupá. Al
aparecer el sereno de guardia, Carlos Eduardo Robledo
Puch, sin decir agua va, le dispara con una pistola .32 y
lo mata. Buscan por todas partes la llave de la caja
fuerte. No la encuentran. Somoza toma un soplete y
comienza a fundir el acero de la puerta de la caja. Está a
medio camino cuando se cansa y Carlos Eduardo lo
reemplaza. Somoza, sin saber que era su última broma,
abraza sorpresivamente a Robledo Puch quien gira y le
dispara al pecho. Los 20 años de Somoza caen de rodillas.
Somoza intenta decir algo, pero un segundo balazo le agota
toda intensión. Cuando le preguntan a Robledo por este
segundo disparo, se limitó a comentar que Somoza era su
amigo, y no quería que sufriera. Con dos cadáveres en el
local, Robledo termina de sopletear la puerta y abre la
caja fuerte. Saca la plata. Y, soplete en mano, se dedica
a quemarle la cara y las manos a Somoza, para evitar que
lo identificaran. Luego sale a la noche. Sin embargo,
Somoza, rencoroso, se venga de Robledo: a la mañana,
cuando la policía registra a los cadáveres, en un bolsillo
de Somoza encuentran la cédula de identidad.  Los policías
hablan con la madre de Somoza, ella les dice del amigo,
del pibe rubio, de pelo largo, ensortijado, que se llama
Carlos. Y lo van a buscar.

Robledo y Somoza se cargaron unos
cuantos cadáveres, y robaron varios comercios, pero
Robledo ya había formado una dupla anterior con Ibáñez.

 

Ibáñez, el sólido

Ibáñez tenía el vicio de las minas y
no tenía tiempo para seducir, así que las violaba.
Robledo, por orden de Ibáñez, era el encargado de traer, a
como dé lugar, a la mujer que elegía Ibáñez, al auto.
Robledo manejaba y su compañero sometía en el asiento
trasero a la mujer. Robledo no participaba en esta parte
de la cosa; sí cuando Ibáñez se satisfacía, y dejaba ir a
la mujer: ella se alejaba unos pasos, Robledo calculaba la
distancia, y la mataba a balazos.

Con Ibáñez asaltaron y mataron.
Ibáñez daba las órdenes, Robledo obedecía. En mayo del 71,
fuerzan una ventana y entran a una boite de Olivos. Buscan
plata y encuentran un buen botín, más que suficiente. Se
están yendo y Robledo repara en una puerta. Va y espía.
Dos hombres duermen. Robledo dispara eternizándoles el
sueño. Cuando el fiscal le pregunta por qué los mató,
Robledo contesta: “Qué quería, ¿qué los despertara?”

 

Robledo, el pibe

¿Qué hace Robledo con la plata? La
despilfarra, compra ropa, autos, motos, se hace ver.

Sobre su relación con la familia,
dejemos que el informe del psiquiatra forense nos ilustre:

“Procede de un hogar legítimo y
completo, ausente de circunstancias higiénicas y morales
desfavorables”.

“Tampoco hubo apremios económicos de
importancia, reveses de fortuna, abandono del hogar, falta
de trabajo, desgracias personales, enfermedades,
conflictos afectivos, hacinamiento o promiscuidad”.

Carlos le cuenta al psicólogo que lo
asiste: “Yo me llevaba bien con mis padres. La primera vez
que mi papá se enteró de que había robado me habló mucho,
se enojó. Pero no me levantó la mano”.

 

Un pibe como cualquier hijo de
vecino. Estudia piano durante siete años; dice la
profesora: “Carlos tiene gran facilidad y es un chico
respetuoso”. Habla alemán, conversa en inglés; juega
futbol con los otros chicos del barrio. Los domingos va a
la iglesia con su madre. Hijo único, mimado por su madre,
su padre y sus abuelos. A los 14 años de Carlos, muere el
abuelo. El padre de Carlos, luego del velatorio, lo lleva
a que presencie la cremación de su abuelo alemán. Mientras
el fuego hace su trabajo sobre el cuerpo de ese viejo
afectuoso, Carlos permanece en silencio, inmutable.

El padre quiere que Carlos sea
ingeniero, y lo convence para que entre al Industrial. Y
en ese colegio Carlos conoce a Ibáñez. En ese entonces,
Ibáñez tiene 15 años, pero ya desafía a sus profesores, se
pelea con sus compañeros, va al cine cuando se le ocurre,
no pide permiso a nadie: muestra una libertad desconocida
para Carlos. Hay un robo en el colegio; acusan a Carlos.
Debe irse. El padre lo anota en otro colegio, pero al poco
tiempo Carlos abandona los estudios, dice que ya sabe lo
que hará: mecánico de motos. Ibánez también es expulsado.

Una tarde Robledo roba una radio en
un comercio y la vende. Se hace de unos pesos, fácilmente.
Ve una moto; le gusta; la roba. Va al bar, se encuentra
con Ibáñez; conversan… se dan la mano. Ibáñez tiene armas
en la casa, practican.

 

En febrero de 1972 queda detenido,
pero el 7 de julio de ese año se escapa del Penal de
Olmos. Vaga por la zona de Olivos durante 64 horas. Lo
avista un patrullero:

 

–¿Robledo Puch?

–Sí, soy yo.

–¡Párese, está detenido!

–No tiren.

 

Treinta años después

Hagamos un salto hasta el 2006 donde el periodista Rolando
Barbano, de Clarín, le hace un reportaje en Sierra Chica,
la cárcel donde está Robledo. Veamos algunos fragmentos:

 

1) Robledo: “Yo me compadezco de ustedes, que se van. Hoy
caminás por la calle y cualquiera te mete un plomo. Vas
con tu novia, te matan y te la violan. Es terrible la
violencia que hay afuera”

 

2) “‘Ahí está Carlitos’”, lo señala el jefe del penal. Por
el patio se acerca un hombre de gorra negra con visera,
anteojos oscuros de marco plateado y campera de cuero
negro con corderito. El termómetro marca 28ºC”.

 

3) Robledo: “Es que soy un tipo normal, como cualquiera.
Aunque ¿qué es ser normal?, ¿seguir la corriente como
siguen todos?, ¿ser un pusilánime?”.

 

4) Barbano: ¿Pero no quiere irse?

Robledo: “¿Quién no quiere irse? Pero me iré en libertad
cuando corresponda, si corresponde. No tengo nada que
pedir. Cuando el Estado sea más eficiente, podré salir con
bombos y platillos. ¿Vieron las películas, donde el
guardia viene y te dice que te vas, y salís y está tu
amigo esperándote en un auto y nadie más? Pero esto es
distinto. Un día un guardia me dijo: “Este es un país
mediático”. Fijate el caso (Omar) Chabán…”.

Barbano: “¿Qué pasa con Chabán?

Robledo: “Leí lo que se escribió sobre el caso (Cromañón,
194 muertos), lo que hay en su contra. Me quedo con mi
causa y te regalo la de este hombre, porque esa es
gravísima. Lo van a condenar por genocidio. No tiene
defensa, porque era el dueño del circo”.

 

5) “…confesó en una pericia después de pedir el pase al
pabellón de homosexuales de Sierra Chica en 1977, que
nunca tuvo relaciones con mujeres”

 

6) Robledo: “…el expediente mío es pura basura. Y a mí me
tuvieron preso toda la vida con pura basura. Es como le
dije a una médica que me hizo un examen: yo no soy Barreda
(Ricardo, dentista que mató a su familia), mi apellido es
Robledo. Yo respondo cuando me hacen preguntas, no quiero
vender ningún paquete. Conmigo quisieron tener un Charles
Manson criollo, pero para alivio mío en algunos anuarios
de los diarios ni aparezco. Aparece ese hijo de puta del
Petiso Orejudo, no yo”.

 

7) Barbano: “¿Se considera inocente?”.

Robledo: “Conmigo no hubo una prueba, una huella. ¿Cristo
fue culpable de algo? ¡Si no pecó nunca! Ahora, si lo dice
Robledo Puch, es un cínico que no está arrepentido. Yo no
digo que soy inocente. Soy un condenado, pero quisiera
saber algún día en qué se basaron aquellos que me
juzgaron. Todos los que me conocían le preguntaban a mis
padres: “¿Cuándo sale Carlos?”. Y ahora, si le preguntás a
cualquiera en la calle, te dice: “¿No se murió ese hijo de
puta? Se tiene que pudrir en la cárcel””.

 

8) [Robledo] No permite que le saquen fotos. “No quiero
darle el gusto a mis enemigos de que vean el paso del
tiempo en mi cara”, se justifica. “Como decía (Alfredo)
Yabrán, sacarme una foto hoy es como pegarme un tiro”

 

9) Barbano: “¿Está arrepentido?”.

Robledo: “Hay que tratar de usar la vida lo mejor posible.
A mí no me queda más que arrepentirme del mal que hice y
hacer el bien hasta que me muera, para que el día de
mañana me juzguen también por eso. Un día le pedí perdón a
mi padre porque soy su único hijo y terminé así. El me
dijo que no me preocupara, que aunque tuviera diez, uno se
preocupa por el que está en desgracia. Yo me arrepiento de
no haber seguido los consejos de mi padre”.

 

10) Barbano: ¿Cuáles?

Robledo: Mire, yo estoy pagando, estoy preso. Y quiero
aclarar algo, yo nunca tuve un auto robado. ¿De dónde
salía el dinero para comprarlos? Bueno… A mí me dolía
ver a mi padre, con su capacidad, que fuera empleado. Por
esos años, ’68 o ’69, yo quería que se se hiciera
comerciante. Fui y le dije: “Papá, esto es para vos”. Y le
di las llaves de un Chevy blanco. ¿Sabés qué respondió?
“No, gracias, Carlos, ¿para qué lo quiero?”. Le dije “vendelo,
poné un comercio”. Me dijo que no. ¿Sabés lo que vale un
padre así?

 

11) Barbano: ¿Ahí no pensó en cambiar?

Robledo: Cuando sos adolescente, sos adolescente. No soy
el mismo que a los 20, aunque el hombre nunca cambia su
naturaleza. Me sigo manejando como me enseñaron mis
padres: valen la palabra, la responsabilidad y la
puntualidad. Trabajé toda la vida: para delinquir y para
robar hay que trabajar mucho. Fui desobediente, pero a mi
viejo nunca dejé de escucharlo. El me decía que cuidara a
mi vieja, que si no la iba a llorar… Yo nunca me fugué
de acá porque se lo prometí a ella. Un día vino y yo
estaba raro. Me preguntó qué me pasaba, si tenía fiebre.
Hasta que dijo: “Ya sé, te querés escapar”. Le respondí:
“¿Cómo supiste?”. Y le prometí que no iba a fugarme nunca.

 

12) “Cuando quise dinero, fui y lo tomé”.

 

13) En Sierra Chica trabaja en el taller de carpintería.
Su concepto es “bueno”. Su conducta, “de 10”.

 

14) Consigue que su condena sea re evaluada a 25 años de
cárcel. En el 2000 estaba en condiciones de pedir la
libertad condicional. Pero no la pidió. Ahora, en el 2008,
ante la noticia de que Barreda (el odontólogo que mató a
sus hijas, a su suegra y a su esposa) salió en libertad
condicionada, él también la solicitó.

 

15) Le muestran una foto que lo muestra en el momento de
ser detenido en la comisaría en 1972:

Robledo: “No usaba el pelo así. Yo no usaba el pelo así. ¿Mirá
si iba a tenerlo así? Siempre usé fijador, pero como ahí
estaba preso no tenía. Esa remera me quedaba mal, toda
abierta, porque mi abuelo me la había comprado en Brasil”.

 

 

La larga lengua del preso

Lo que sigue es un reportaje que hace Raúl Kollmann, para
Página 12, en el 2008, a un presidiario que conocía a
Robledo Puch, alias el Monono.

 

“Presidiario: En la cárcel se le dice Monono al que es
rubiecito, lindo. Ah, al Monono a veces le decíamos
Angelito o El Blanquito. Se imagina que la población, los
chorros, los porongas que manejan los presos, siempre
andan buscando a un monono para abusar de él, más todavía
teniendo en cuenta que Robledo Puch había violado a dos de
sus víctimas. Por eso lo tenían en otro lado, en lo que
llamamos el pabellón de refugiados, que es donde están los
homicidas, pero por ahí los que mataron por razones
pasionales o por lo que fuera, pero no vienen del ambiente
de los chorros. El otro lugar en el que se refugian es en
el pabellón de los hermanitos. Así le decimos al de los
evangelistas. Hay muchos que no son religiosos para nada,
pero se meten ahí porque los chorros los quieren agarrar.
Entre ellos también hay sexo y droga, pero es un mundo
distinto, no hay la violencia que existe en la población.
Mire, al pabellón de los hermanitos van muchos que son
cachivaches, o sea tipos que están hechos bolsa y que como
Robledo Puch están asustados y quieren vivir.

 

Kollmann: ¿Usted hablaba con Robledo Puch?

 

Presidiario: Casi nada. Nos encontramos una vez en la
leonera, que es el lugar donde a uno lo llevan antes de
trasladarlo. Pero fueron diez o veinte palabras. Es que
está mal visto que uno hable con un ortiba, o sea un tipo
que es dócil con los milicos. Para la población es un gil,
un policía.

 

Kollmann: ¿Y cómo era Robledo Puch?

 

Presidiario: Muy dócil, muy pasivo. Lo que se conoce como
gato, o sea un tipo que les presta servicios (sexuales) a
todos… Y también servicios de los otros: barrer, lavar,
plancharles la ropa a los pesados del pabellón. Lo que
ocurrió es que a él lo cuidaron, pero en 1996 se hizo el
motín. El más tremendo que hubo nunca. Ahí todas las
bandas se pasaron facturas y al Monono lo hicieron polvo.
Fue terrible. El quedó mucho peor de la cabeza después de
eso. Terminó siendo muy callado, muy raro. De vez en
cuando le agarraba alguna locura, empezaba a decir
cualquier cosa. Yo ya no estaba en Sierra en el 2000 pero
dicen que ahí lo llevaron al loquero (efectivamente,
Robledo Puch fue trasladado al hospital neuropsiquiátrico
Borda)”.

 

La maldición de Robledo

Todavía resuena en los históricos
pasillos de tribunales la amenaza de Robledo a sus
juzgadores del 72: “Esto fue un circo romano. Algún día
voy a salir y los voy a matar a todos”.

Robledo está por salir.

 

A modo de análisis

Las conclusiones que siguen las
haremos en función de la información periodística expuesta
más arriba.

Robledo, ¿es un psicópata?

A esta pregunta la respondería
afirmativamente hasta un estudiante de primer año de
medicina. Sin embargo, aquí fundamentaré esta descripción.

¿En qué muestra su psicopatía
Robledo?

Por sus actos, y de acuerdo a mi
Descriptor de psicopatía, ingresa de inmediato en el
apartado C. Acto psicopático grave.

En este apartado se consignas los
actos que, por la desmesura de sus acciones, constituyen,
por sí mismos, una descripción de psicopatía:

“Diez homicidios calificados, un
homicidio simple, una tentativa de homicidio, diecisiete
robos, una violación, una tentativa de violación, un abuso
deshonesto, dos raptos y dos hurtos”.

 

Ahora, precisaré los otros puntos:

 

A. Satisfacción de necesidades distintas

 

A1. Uso particular de la libertad: “cuando quise dinero,
fui y lo tomé”. No importa el lugar donde se hallaba ese
dinero, no importan los obstáculos humanos que se oponían
a sus deseos. El dinero estaba allí, y allí iba. Esto,
desde ya, implica una vivencia de libertad interior muy
ampliada con respecto al término medio.

 

A1a) Intolerancia a los impedimentos: obstáculo que
se le opone, obstáculo que es destruido, incluido los
humanos. Le falta un auto: lo roba; se le opone un sereno,
lo mata.

 

A2. Creación de códigos propios: No puedo dejar
pasar esta perlita, que se repite una y otra vez en mi
consultorio: “Es que soy un tipo normal, como cualquiera.
Aunque ¿qué es ser normal?, ¿seguir la corriente como
siguen todos?”. Más allá está la idea de que es legítimo
cualquier medio que permita a un joven tener plata y auto.

 

A2a) Sorteo de las normas: en cada una de sus
acciones psicopáticas

 

A2b) Falta de remordimientos y culpa en los hechos
psicopáticos
: Cuando el fiscal le pregunta por qué los
mató, Robledo contesta: “Qué quería, ¿qué los despertara?”

 

A2d) Defensa aloplástica: “Soy un condenado, pero
quisiera saber algún día en qué se basaron aquellos que me
juzgaron.”. “Conmigo no hubo una prueba, una huella”. “Y
quiero aclarar algo, yo nunca tuve un auto robado. ¿De
dónde salía el dinero para comprarlos?”. “Y a mí me
tuvieron preso toda la vida con pura basura”.

 

A3. Repetición de patrones conductuales: El modus
operandi era similar: entrar de noche, matar a los
testigos, robar.

 

B. Cosificación de otras personas: Las personas son
significada como cosas, obstáculos que hay que sortear. Si
hay que violar, se viola; si hay que matar se mata.

 

B1. Egocentrismo: “No quiero darle el gusto a mis
enemigos de que vean el paso del tiempo en mi cara”.

  

B1a) Sobrevaloración: “Cuando el Estado sea más
eficiente, podré salir con bombos y platillos”. Se compara
a Jesús.

 

B3e) Coerción: constante en todas las acciones de
uso de arma de fuego.

 

B7. Insensibilidad: En todos los actos psicopático
se lo observa insensible en extremo. Desde observar la
cremación de su abuelo hasta matar a las personas sin que
presentaran resistencia, ni significaran un riesgo de
identificación.

B7b) Tolerancia a situaciones de tensión: en los
robos estaba sometido a fuertes situaciones de tensión,
que Robledo tolera como si fuese una situación común.

 

Por todo lo anterior, no quedan dudas que Robledo es un
psicópata. Pero, continuaré analizando otro tipo de
rasgos.

 

Más allá de la sombra

 

Cuidado de su imagen ante los
demás
:

a. “No
quiero darle el gusto a mis enemigos de que vean el paso
del tiempo en mi cara”

b. “En algunos anuarios de los
diarios ni aparezco. Aparece ese hijo de puta del Petiso
Orejudo, no yo”.

c. “Cuando el Estado sea más
eficiente, podré salir con bombos y platillos”.

d. “Por el patio se acerca un hombre
de gorra negra con visera, anteojos oscuros de marco
plateado y campera de cuero negro con corderito. El
termómetro marca 28ºC”

e. “Ya sé, te querés escapar” [dijo
la madre]. Le respondí: “¿Cómo supiste?”. Y le prometí que
no iba a fugarme nunca”.

f. “No usaba el pelo así. Yo no usaba
el pelo así. ¿Mirá si iba a tenerlo así? Siempre usé
fijador, pero como ahí estaba preso no tenía. Esa remera
me quedaba mal, toda abierta, porque mi abuelo me la había
comprado en Brasil”.

 

Con estos rasgos (de ‘a’ a ‘f’) se
enuncia la presencia de rasgos histéricos en esta
personalidad. Esto, sumado a la pasividad y servidumbre de
Robledo en la cárcel, ante los psicópatas marcadamente
homicidas, lo ubica entre los psicópatas con predominio
histérico. La histeria: ese afán de parecer lo que no se
es.

Es notable la falta de respeto hacia
su persona en la cárcel: desde el Jefe del Penal que lo
llama por su diminutivo “Carlitos”, hasta las tareas
femeninas del Monono. Un homicida de ley, que carga once
muertes en su haber, se hace respetar hasta por el más
pintado. Pero entre psicópatas las cosas se ven de otra
manera. El psicópata, con su penetración aguda en las
cualidades del otro, distingue fácilmente ante quién está.
Y a Robledo le vieron, más allá de sus feroces
antecedentes, la nenita asustada y deseosa, y procedieron
en consecuencia.

 

 

Notas consultadas:

Alvaro Abos, Diario La nación,

http://www.lanacion.com.ar
,

5 de marzo 2006

Rolando Barbano, Diario Clarín,

http://www.clarin.com
,

24 abril 2006

Osvaldo Soriano: Diario la Opinión, El caso Robledo Puch,
27 de febrero de 1972 y en “Artistas, locos y criminales”,
Editorial Bruguera, 1983.

Raúl Kollmann, Diario Página 12,

http://www.pagina12.com.ar/  01

junio 2008

 

 

 


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Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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