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Psicopatía, psicópatas y
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Noticia

XYY, el Arropiero
Una pseudopsicopatía

La diferencia entre la psicopatía y la
pseudopsicopatía
radica en que en la falsa
psicopatía se halla una anomalía orgánica
que explica la anormalidad de la conducta. En el caso
que vamos a mostrar se trata de una anomalía genética,
la presencia de un cromosoma Y de más. Es decir,
lo que se conoce como “trosomía” en el
par sexual (XY, para el varón, XX para la mujer).
En lugar de tener los 46 cromosomas como el común
de la gente, tiene 47.
Este hombre, el arropiero, tenía está fórmula
“XYY”. El psicópata puro no presenta
anomalías orgánicas groseras demostrables
y consensuadas a la fecha.

Recientemente se habla de la falla en el
fascículo uncinado
que comunica la zona
prefrontal (centro intelectual, del Yo social) con la
amígdala cerebral (signada como el resonador de
las emociones) descripto por investigadores anglosajones,
que ha tenido una gran difusión. Sin embargo, esto
ya fue señalado en 1972 por Juan Carlo Goldar y
Diego Outes, en un trabajo publicado en la Revista Acta
(Goldar, J. C. y Outes, D. L.: “Fisiopatología
de la desinhibición instintiva” Acta Psiquiát.
Amer. Lat., 18: 177-185, 1972.). Isabel Benitez, otra
investigadora argentina que ha insistido sobre esto, lo
señala en su trabajo “El núcleo amigdalino
de didelphis albiventris como modelo experimental en neuropsiquiatría”
donde anota:
“En 1972, Goldar y Outes (5) presentaron un trabajo
donde se ocuparon de los centros y de los fascículos
a través de los cuales se establecen conexiones
entre cerebro externo y cerebro interno. En base a esos
datos realizaron una interpretación fisiopatológica
de la desinhibición instintiva consecutiva a las
lesiones de la corteza orbitaria. Numerosos estudios anatomoclínicos
y fisiológicos han demostrado que la amígdala
(complejo nuclear amigdalino), alojada en la región
interna o límbica del lóbulo temporal participa
en la elaboración de las reacciones instintivas.
Además, el fascículo uncinado cuyo recorrido
es fácilmente seguido por medio de la simple disección
manual, se extiende desde la corteza orbitaria del lóbulo
frontal hasta la corteza basolateropolar. Este fascículo
representa una parte fundamental de la conexión
entre los procesos psicomotores o volitivos del lóbulo
frontal y los procesos instintivos o vitales del sistema
límbico. De este modo, la esfera intelectual de
la personalidad puede influir sobre la excitabilidad límbica
utilizando el sistema órbito-temporo-amigdalino”.
En: http://www.alcmeon.com.ar/1/4/a04_05.htm

La trisomía XYY
Estas personas no tienen un fisonomía que los diferencie
de las personas comunes, y la trisomía aparece
cuando se hacen un análisis de cromosomas por otras
causas, a tal punto que el primer caso su detectado en
1961, cuando se le practicó un análisis
cromosómico a un hombre cuyo hijo había
nacido con síndrome de Dawn (Sandberg AA, Koepf
GF, Ishihara T, Hauschka TS (1961). “An XYY human
male”. Lancet 278 (7200): 488-9.). Uno de cada 1000
varones pueden presentar esta anomalía. Un diez
por ciento de estos niños puede presentar retardo
en el aprendizaje y retardo en el inicio del habla. El
cociente intelectual (CI) suele dar 10 a 15 puntos por
debajo del normal, en algunos casos. Producto de un error
en la división celular durante la metafase II de
la meiosis da como resultado un segundo cromosoma Y (YY),
esta anormalidad NO ES HEREDABLE.

Manuel Delgado Villegas,
“El Arropiero”

Publicado por Bleedwhite, en

http://bleedwhitekingdom.blogspot.com/2009/08/confesiones-de-un-psicopata-parte-ii.html

Nacido en 1943, analfabeto, de escasas luces, hijo de
un vendedor de dulces de higo y propenso
a enfadarse cuando le brotaban pelillos en el centro del
labio superior, porque ello borraba el parecido que creía
tener con Cantinflas. Violador bisexual con antecedentes
penales; sádico, con ocho muertes probadas, otras
catorce investigadas y veintiséis más confesadas
por él mismo.
El Arropiero fue detenido a comienzos de 1971 en el Puerto
de Santa María por estrangular a su novia, que
apareció con los leotardos anudados al cuello.
Los policías se encontraron ante un necrófilo,
ya que Delgado reconoció que tuvo relaciones sexuales
varias veces con el cadáver. Tras la detención
empezó a desgranar una secuencia de crímenes
terribles perpetrados durante varios años de vagabundeo.
Es el mayor asesino de la historia de la criminología
española. Manuel Delgado Villegas “El Arropiero”
se declaró autor de cuarenta y ocho muertes. Nunca
fue juzgado, ya que se le ingresó en el Psiquiátrico
de Carabanchel. Murió hace unos pocos años,
ya en libertad, tras beneficiarse de la nueva legislación
penal. Nacía a la vida cuando su madre la perdía
por traerle al mundo. Era una fría mañana
de 1943. El hambre y la miseria de la posguerra inundaban
España. Su padre, un honrado trabajador, se ganaba
la vida fabricando y vendiendo golosinas caseras hechas
con arrope, un líquido dulzón, negruzco
y espeso que se hace con higos. De ahí el alias
del Arropiero que luego heredaría su tristemente
famoso hijo. Al fallecer su esposa dejó la criatura
al cuidado de la abuela y marchó a vivir al Puerto
de Santa María, donde posteriormente se volvería
a casar.
Manuel se crió con varios parientes diferentes,
que le propinaban frecuentemente palizas que le curtieron
el cuerpo y endurecieron el corazón. Acudió
a la escuela, pero fue incapaz de aprender a leer y escribir.
Era bisexual, mostraba un carácter bastante violento
y la promiscuidad empezó a ser su norma de vida.
Empezó a gozar de gran estima entre homosexuales
y prostitutas, y logró a vivir a su costa. Su “éxito”
se debía a que padecía anaspermatismo, es
decir, ausencia de eyaculación, por lo que era
capaz de practicar repetidos coitos en busca de un orgasmo
que no conseguía alcanzar.
A los dieciocho años ingresó en la Legión,
donde además de iniciarse en el consumo de marihuana,
motivo por el que fue sometido a una cura de desintoxicación,
comenzó a padecer ataques epilépticos -nunca
se supo si fingidos o no- que le sirvió para ser
declarado no apto para el servicio militar. A partir de
entonces se dedica a recorrer la costa mediterránea
ejerciendo la mendicidad, robando en las casas de campo
y prostituyéndose. Es detenido en numerosas ocasiones
por “la gandula”, la famosa ley de vagos y maleantes,
más tarde denominada de peligrosidad social. Jamás
llegó a ingresar en prisión, dado que las
convulsiones neurológicas que escenificaba lo conducían
a establecimientos psiquiátricos de los que rápidamente
salía.
Contaba 20 años de edad cuando el Arropiero emprende
su carrera criminal. Era 1964, hasta entonces los delitos
no habían pasado de proxenetismo y paso clandestino
de fronteras. Al día siguiente de año nuevo,
paseando por la playa de Llorac, en Garraf, localidad
de Barcelona, “se le cruzaron los cables”.
“Vi un hombre dormido apoyado en un muro. Me acerqué
a él muy despacio y, con una gruesa piedra que
cogí cerca del muro, le di en la cabeza. Cuando
vi que estaba muerto, le robé la cartera y el reloj
que llevaba en la muñeca. ¡No tenía
casi nada y el reloj era malo!”.
Siete años tardó la justicia en demostrar
su culpabilidad, pese a que el cadáver fue descubierto
a los diecinueve días del crimen. La víctima,
un cocinero, había acudido a la playa desde la
ciudad condal para recoger un par de saquitos de arena
para la cocina y se recostó a dormir una pequeña
siesta de la que jamás despertó. Tres años
después de este asesinato volvió a las andadas,
ahora en Ibiza.
En un chalet deshabitado de Cam Plana, a cinco kilómetros
de la capital, abandonaba el cadáver desnudo de
una estudiante francesa que ese día cumplía
21 años. La muchacha había acudido al lugar
con un norteamericano y, tras ingerir varias dosis de
LSD, éste intentó mantener relaciones sexuales,
pero ella se opuso tenazmente. El yanqui, desanimado,
abandonó la casa dejando la puerta abierta. La
casualidad hizo que el Arropiero le viera salir y, pensando
que era un ladrón, intentó imitarle, encontrándose
con la hermosa joven dormida. Esta tampoco despertaría.
Las andanzas del “vagabundo de la muerte” continuaban
y en un viaje relámpago a la capital de España
asesinaba de un golpe de karate al inventor del slogan
“Chinchon, anís, plaza y mesón”.
El cadáver apareció en un recodo del río
Tajuña sin pantalones ni calcetines. “Lo maté
porque le vi en compañía de una niña
a la que trató de violar” fue su excusa.
La siguiente víctima, un millonario vicioso. Se
trataba de un barcelonés que contrataba regularmente
sus servicios por el precio de 300 pesetas la sesión.
Se encontraban en la tienda de muebles propiedad de este
industrial, escenario habitual de sus reuniones, cuando
Manuel le solicitó mil pesetas argumentando que
tenía una necesidad urgente. El cliente prometió
dárselas al final, pero, concluido el acto, le
pagó las 300 de rigor. “Por eso le pegué
en el cuello con el canto de la mano y cayó al
suelo. Cuando le estaba quitando la cartera se despertó
y empezó a insultarme ¡él a mí!,
por lo que agarré un sillón, le arranqué
una pata y le di con ella en la cabeza”. Después
lo remató estrangulándolo. Le partió
el cuello.
No había terminado aún el año 1969
cuando cometió su acto criminal más execrable.
Asaltó a una señora de 68 años, propinándole
un fuerte golpe. Después la arrojó desde
una altura de 10 metros, descendió en su búsqueda
y arrastró el cuerpo ensangrentado hasta el interior
de un túnel, donde sació su degenerado instinto
sexual mientras lentamente la estrangulaba. Horrible acto
de necrofilia que volvió a repetir durante las
tres noches siguientes.
En septiembre de 1970 decidió trasladarse a vivir
al puerto de Santa María con su padre, para ayudarle
en la fabricación de arropías y vender golosinas
en un carrito por las calles. Pronto hizo amistad con
un homosexual, con el que mantuvo secretas relaciones.
“Fuimos a dar un paseo en moto y cuando íbamos
a salir a la carretera general, me acarició. Le
dije que se estuviera quieto, pero no me hizo caso. Enfadado,
paré y le di un golpe en el cuello, despacio, pero
era tan flojo que se cayó y se rompió las
gafas. No respiraba bien y me dijo que lo llevara al fresco,
junto al río. Allí intentó otra vez
tocarme y, sin pensarlo, le solté un golpe más
fuerte y cayó al fango, boca abajo e inmóvil”.
El cadáver fue localizado flotando a 12 kilómetros
del lugar del crimen.
Durante su estancia en la localidad costera entabló
relación con una subnormal, muy conocida por su
desmesurada afición a los hombres. Llegó
a presentarla a su padre como su novia. “Salimos
a dar un paseo y por una veredas fuimos al campo de Galvecito;
hacíamos el amor siempre en él sin que nadie
nos viera. Lo hicimos, como siempre, de muchas formas,
pero me pidió una cosa que me daba asco. Cuando
me negué a ello me insultó y me dijo que
no era hombre, pues otros se lo habían hecho”.
La infeliz no se apercibía de que estaba firmando
su sentencia de muerte. “Entonces le pegué
un golpe, y como no se callaba y me seguía insultando,
le puse al cuello los leotardos que se había quitado
y apreté hasta que se murió”.
Cuando terminó escondió el cuerpo entre
unos matorrales y regresó al pueblo. “Volví
a estar con ella el lunes, el martes y el miércoles,
y hubiera vuelto hoy si no me hubieran detenido. ¡Estaba
tan guapa!, ¡La quería tanto! ¿No
era mi novia?, ¿Entonces no podía hacer
el amor con ella lo mismo que antes?” Fue su argumentación
al ser detenido por agentes de la Brigada de Investigación
Criminal, el 8 de enero de 1971.
De los cuarenta y ocho asesinatos que se atribuyó
-especificó que estuvo a punto de matar a seis
personas más para satisfacer su apetito sexual-
durante sus siniestras andanzas por Francia, Italia y
España, sólo se llegaron a probar ocho,
debido a su extrema complejidad, que hubiera precisado
la colaboración policial a nivel europeo. Faltaron
acusaciones particulares, había pocos testigos.
No se llegó a celebrar la vista oral, sino que
con base en la Ley de Enjuiciamiento Criminal se emitió
un auto de sobreseimiento libre, por el que quedó
archivada la causa y se ordenaba su internamiento en un
centro psiquiátrico penitenciario. El de Carabanchel
fue su destino, hasta el cierre del mismo hace una década.
En dicho establecimiento fue examinado por expertos psiquiatras
de numerosos países y determinaron que se trataba
de un peligrosísimo psicópata, a causa de
ser poseedor del cromosoma XYY, denominado de Lombroso
o de la criminalidad. Los especialistas que estudiaron
su caso coincidían en que no se le podía
poner en libertad porque “es un criminal nato, un
asesino que puede hacer mucho daño siempre, mientras
viva”. Por su alteración genética carecía
de conciencia, de sentido de la culpabilidad, de remordimientos;
creía que era normal, incluso cuando asesinaba.
Cortocircuitados los sentimientos, lo hacía con
la mayor tranquilidad: ni parpadeo, ni aceleración
cardiaca, ni gota de sudor.
Describió con la mayor frialdad posible cómo
en Roma mató a su patrona porque se había
encaprichado de él y, como era demasiado gorda,
no podía abrazarla. En París se encaprichó
de una joven que pertenecía a una banda de atracadores;
como éstos se negaron a admitirlo en el grupo,
acribilló a los cuatro con la metralleta de uno
de ellos. En la capital francesa, antes de ser expulsado
del país por indocumentado, mató a otra
chica por chivata, estrangulándola lentamente.
Prosiguió sus correrías por la Costa Azul,
asesinando a una dama de unos 40 años que le llevó
a su lujoso chalet; ella se empeñó en que
durmiera abundante y él, contrariado, le machacó
la cabeza con una piedra.
Le robó el dinero y las alhajas. Igual que haría
con un hombre que, al verlo dormido en la playa, se ofreció
a que lo hiciera en su casa; tras invitarle a cenar, intentó
mantener relaciones sexuales con él. Un apretado
cable alrededor del cuello del anfitrión puso fin
a su “generosidad”. Curiosamente “el estrangulador
del Puerto” aportó un dato que ayudó
a la INTERPOL a cargarle la autoría del crimen.
Recordó que, al mantener contacto íntimo
con su víctima, se quedó dentro del recto
de ésta el vendaje que le cubría el dedo
con el que le penetró. El informe del forense establecía
que, efectivamente, al hacerle la autopsia se habían
encontrado unas gasas en tal lugar.
Durante las dos décadas largas de internamiento
fue sometido a tratamientos por diversos expertos. A consecuencia
de ello jamás volvió a mostrarse violento
con otros enfermos. “En ocasiones ocurre que algún
interno se mete con él llamándole estrangulador
y, sin violentarse, enseguida me llama y viene a presentar
la queja oportuna”. Declaraba uno de los jefes del
centro de Carabanchel.
Bajito y de extraordinaria fortaleza. Un sujeto enigmático
y agresivo, de mente retorcida, sin escrúpulos,
en cuyo diccionario no entraban las palabras perdón,
piedad o remordimiento, y que alardeaba de sus hazañas
delictivas. Se pasaba el día musitando: “Necesito
que alguien se acuerde de mí”.
Con el paso de los años en el psiquiátrico,
su aspecto externo tornó, pese a ser un cuarentón,
en el de un anciano de cabello oscuro encanecido, ralo
y enmarañado, barba hirsuta, rostro ajado y diabólico,
ojos azules como el mar, fríos como el hielo y
penetrantes como el acero. Pero su actitud cambió.
“No he matado a nadie”, susurraba a quien quería
escucharle. Como si hubiera olvidado el casi medio centenar
de asesinatos de los que alardeaba, describiéndolos
con todo detalle en los interrogatorios policiales. Decía
que quería curarse, trataba de recuperar la libertad.
Tras el cierre del madrileño psiquiátrico
penitenciario de Carabanchel prosiguió su internamiento
judicial en el sanatorio alicantino de Foncalen. Con la
entrada en vigor del nuevo Código Penal fue puesto
en libertad, falleció al poco tiempo debido a su
desmedida adicción al tabaco, desarrolló
una EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica)
que acabó con su vida el 2 de febrero de 1998.

 

 

 

 

 


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Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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