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SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA


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De los Andes y de los
Hombres

 

Esta Nota
pertenece al Diario El País, de España y  Página 12, de
Argentina,  pero es

de tal relevancia
para nuestros estudios sobre la mente  humana en
situaciones límites, que las descripciones y posturas que
narra Nando Parrado nos aproximan a la base del instinto de
supervivencia en sus facetas más crudas. Pero también nos
habla de lo excelso del hombre, de ese pararse frente a la
naturaza, en el punto más inclemente, y gritarle: ¡No me
vencerás! ¡No me vencerás!

Hugo Marietan, 22 de junio de 2006

 

Diario: Página 12

Lunes, 19 de Junio de 2006

NANDO PARRADO, SOBREVIVIENTE DEL
AVIÓN QUE CAYO EN LOS ANDES EN 1972

“Disfruta de tu
existencia, no malgastes ni un instante”

El avión en que viajaba con su equipo
de rugby se estrelló en los Andes en 1972. Dieciséis de
los ocupantes sobrevivieron al frío y al hambre extremos.
Recurrieron a los cadáveres de sus compañeros para
alimentarse. Ahora recuerda en un libro aquella
experiencia que dio la vuelta al mundo.

Por Milagros Pérez Oliva *

 

Treinta y tres años después sigue
siendo un superviviente, pero la vida le ha dado todo lo
que tantas veces temió perder entre las heladas cumbres de
los Andes cuando apenas tenía 20 años. Nando Parrado es
doblemente superviviente: de la caída del avión y del frío
cortante, absoluto, inmisericorde que durante más de dos
meses tuvo que soportar entre imponentes cumbres de 6000
metros de altura. Los hechos son de sobra conocidos. El 13
de octubre de 1972, un avión fletado por un club de rugby
de Montevideo (Uruguay) intenta atravesar la cordillera en
dirección a Santiago de Chile, donde jugarían un partido
amistoso. Un total de 45 personas, entre pasajeros y
tripulación, tomaron ese vuelo. En medio de la travesía,
una violenta tormenta desestabiliza el aparato, que acaba
golpeándose contra la cresta de una montaña. La cola y las
alas se desprenden. El avión se parte en dos, y muchos de
los pasajeros son arrastrados al vacío. Por la fuerza del
impulso, el vientre del aparato cae de tal modo que cuando
toca tierra continúa deslizándose a toda velocidad por un
enorme glaciar, hasta que un montículo lo frena de golpe.
Trece personas mueren en el choque y hay muchos heridos.
Nando Parrado es uno de ellos. Un traumatismo craneal lo
mantiene en coma durante tres días, y hubiera muerto
también si dos de sus amigos no lo hubieran arropado de
noche con sus cuerpos. Al despertar supo que su madre
había muerto. Su hermana Susy estaba malherida y murió al
octavo día en sus brazos. La esperanza del rescate les dio
fuerzas para soportar el hambre y resistir las heladas
ventiscas que azotaban los restos del fuselaje, convertido
en refugio. Pero cuando ya llevaban 10 días esperando oír
el ruido de los helicópteros, oyeron por una radio que la
búsqueda había sido suspendida. Los daban por muertos. A
temperaturas de dos dígitos bajo cero, sin comida y con
ropas de verano, la muerte los fue diezmando: unos por las
heridas, otros por el frío. Resistieron 72 días con sus
noches, y cuando los rescataron, ya sólo quedaban 16
supervivientes. Se habían salvado gracias a los muertos, a
la carne helada de los cadáveres.

 

–¿Por qué, cuando ya se han hecho dos
películas, un libro y varios documentales, se decide ahora
a escribir su obra? ¿Qué aporta?

 

–Hay gente que planifica su vida. A
mí, las cosas me encuentran. Si me preguntan: “Vos, ¿qué
sos?” No sé: soy empresario, periodista, productor,
escritor, deportista…, todas estas facetas me han
encontrado en algún momento de mi vida. Yo ya tenía
algunas cosas escritas, por si algún día mis biznietos
querían saber quién fui, pero hace unos diez años
comenzaron a llamarme para dar conferencias sobre la
experiencia de los Andes y, al terminar, la gente se
acercaba y me decía: “Eso que ha explicado, ¿dónde puedo
leerlo?”. Veronique, mi señora, insistía: “Nando, la gente
te pide que escribas”. Y fui escribiendo, escribiendo, y
al cabo de cuatro o cinco años me di cuenta de que tenía
ya para más de un libro. Se me ocurrió mandar unas páginas
de aquello a un agente literario de Nueva York, y al mes
me dice: “Mire, nos pasó algo que nunca nos había ocurrido
antes: enviamos su escrito a las 10 editoras más
importantes del mundo, y todas quieren editarlo, todas”.
Para mí fue una sorpresa enorme. El libro Viven, de Piers
Paul Read, es un documental perfecto de lo que sucedió. El
mío creo que es el libro que todos los supervivientes
hubieran querido escribir, porque es la historia vista
desde dentro; con una mirada cruda, pero real, en la que
hay mucho sentimiento. Creo que fueron los sentimientos
los que nos salvaron.

 

–En su relato se ve que cuando ya no
te quedan más fuerzas, cuando creés que no puede pasarte
nada peor, todavía puede venir un alud y sepultarte,
todavía puede hacer más frío que la noche anterior, y tú
aún lo puedes resistir. ¿Cuántas veces tuvo la tentación
de abandonar, de decir: se acabó?

 

–Cuando estás en una situación límite
de este tipo te vas transformando en casi un animal. Has
de sobrevivir basándote en el instinto, en mecanismos que
son totalmente nuevos para ti. La mayoría de nosotros no
había visto nunca la nieve. Pero teníamos menos de 20
años, y cuando eres tan joven te parece que eres inmortal:
nada puede pasarte. A esa edad, la muerte está muy lejos,
y convivir con ella tan intensamente te hace madurar
mucho. El alud nos cogió por sorpresa. Y sí, me abandoné:
estás enterrado en la nieve, en la oscuridad; no te puedes
mover, no puedes respirar; tienes como diez mil toneladas
de cemento encima, y no te queda más remedio que aceptar
que vas a morir. Y entonces sientes como un rélax. Había
sido tan violenta la supervivencia hasta ese momento, tan
fea, tan fría, tan helada, que al ver que iba a morir no
sentí pánico, sino una especie de descanso.
Sorpresivamente, alguien me sacó y pude respirar.

 

–Al volver de la expedición en busca
de la cola del avión, su compañero Roy Harley estaba tan
exhausto, tan desesperado que se arrodilló en la nieve
sabiendo que si dejaba de caminar se iba a congelar. El
eligió, en ese momento, esa opción. Usted volvió a
buscarlo sabiendo que con ello ponía también en riesgo su
vida. ¿A eso se refería cuando decía que fueron los
sentimientos los que los salvaron?

 

–En un momento así no te paras a
analizar, es algo que has de decidir en un segundo y, por
tanto, el sentimiento predomina. Me daba no sé qué dejarlo
allí, aunque sabía que iba a ser muy difícil que
saliéramos los dos. Lo único que sabía era que tenía
muchísimo miedo. Miedo a morir. Era un miedo físico, que
se te clava en el estómago. Cuando escribía el libro
pensaba: ¿por qué Roy, que era uno de los más valientes,
hacía eso? Era un momento tan duro, tan duro, que se
quebró, como antes se habían quebrado otros. Cada uno
tiene diferentes límites de resistencia. Una ventisca
blanca lo envolvía todo y yo veía a Roy de rodillas, y me
estaba viendo a mí mismo: eso me va a pasar a mí en
cualquier momento, pensé, y volví a buscarlo con tanta
furia que no sé cómo, pero salimos los dos.

 

–¿Fue difícil la decisión de recurrir
a los cadáveres para alimentarse?

 

–La situación nos llevaba
irremediablemente a ello, y por eso estaba en el
pensamiento de todos. No fue fácil, pero tampoco tan
terrible: hay que estar allí para entenderlo. Tú estás
abandonado en un glaciar a más de 4000 metros de altura y
tienes que salir de allí como sea, pero estás débil y el
tiempo no te deja moverte. Sabes que si no comes, nunca
saldrás de allí. En esa situación, tu mente trabaja en
otra dimensión, piensa de otra manera. Y el cuerpo y la
mente se defienden. Una noche, Carlitos está a mi lado:
“¿Qué estás pensando?”, le pregunto. “Lo mismo que vos”,
me dice. “¿Y cómo sabés lo que estoy pensando?” “Porque
todos estamos pensando lo mismo.” ¡Todos pensábamos lo
mismo! Decidimos plantearlo a los demás, y al poco, todo
el grupo hablaba de ello.

 

–Tardaron 10 días en atreverse a
verbalizarlo, cuando ya la supervivencia estaba realmente
comprometida.

 

–Porque no es un tabú fácil de
vencer. Pero en una situación así, ¿cuál es la otra
opción?, ¿dejarse morir? ¿Y cómo se muere uno mirando a
los ojos del que se está quedando congelado a tu lado? De
no tomar esa decisión, todo hubiera podido ser mucho más
dramático, tal vez violento. Imaginemos que hubiéramos
decidido no hacer nada, no comer, ¿nos quedamos quietos a
ver quién muere primero de inanición? Tal vez hubiéramos
llegado a la misma decisión de una forma más violenta y no
en consenso. Creo que todo el mundo en esa situación
hubiera hecho exactamente lo mismo. Una madre como
Liliana, que tenía dos hijos esperando, ¿qué debía hacer?,
¿dejar de comer? Más difícil era para Javier, su marido,
cuando Liliana murió en el alud. Pero lo planteamos de la
forma más civilizada que pudimos. Decidimos respetar,
mientras nos fuera posible, los cuerpos de los familiares:
el de mi madre y mi hermana mientras yo estuviera allí, el
de Liliana mientras Javier viviera. Y todos nos dimos
permiso mutuo para ser utilizados si moríamos.

 

–Una de las cosas que me han
sorprendido es el alto grado de organización que
alcanzaron.

 

–Yo creo que nunca fuimos mejores
hombres que allí arriba. Eramos tan primitivos como los
hombres de las cavernas, pero con la inteligencia y la
educación de hoy. Estábamos al límite de los límites, pero
habíamos sido educados en el respeto, el honor, la ética y
la amistad. La mayoría éramos amigos desde hacía más de
diez años, nos conocíamos desde pequeños, y formábamos un
equipo de rugby; eso quiere decir que estábamos entrenados
para resistir. Diez minutos después del accidente, ya
actuábamos como un equipo: el capitán, Marcelo Pérez,
asumía su función, y Roberto y Gustavo, como estudiantes
de Medicina, se hacían cargo de los heridos. Al poco,
Marcelo ya estaba pensando en cómo construir una pared
para parar el viento. Eso nos salvó. Si él no hubiera
actuado con tanta decisión hubiéramos muerto congelados la
primera noche. Una respuesta tan organizada hubiera sido
muy difícil en un avión comercial, con gente de distintas
edades, países, culturas, idiomas…, gente que viaja sola
y gente que va con su familia, porque en ese caso, si uno
tiene un trozo de chocolate, ¿lo reparte o lo guarda para
sus hijos? Nosotros lo pusimos todo en común.

 

–¿No hubo enfrentamientos?

 

–Increíblemente, no los hubo. Hubo
pequeñas tensiones. Por las noches, por ejemplo, era muy
difícil descansar. Había poco espacio, estábamos apiñados,
y el frío no nos dejaba dormir; de manera que cuando
conseguías dormirte, si alguien te pegaba un golpe sin
querer, reaccionabas mal. Pero nunca pasó de ahí. Nunca
hubo violencia. Tampoco podíamos perder energía en peleas.

 

–Una situación muy parecida describe
William Golding en El señor de las moscas, pero allí
aparece lo bueno y lo malo de las personas, incluido el
liderazgo negativo. En su caso, ¿cómo surgieron los
liderazgos?

 

–Hubo cuatro o cinco líderes
sucesivos, a los que nadie eligió. A veces asumes el
liderazgo porque te da poder, prestigio, satisfacción
personal. En nuestro caso, el liderazgo era una antorcha
que iba pasando de mano en mano. El primero fue Marcelo, y
a él le debemos la vida. Se quebró como líder por exceso
de responsabilidad. El peso que llevó sobre sus hombros
fue tan grande, nos cuidaba tanto, que cuando escuchó por
la radio que habían suspendido la búsqueda, que nos daban
por muertos, no pudo más y se derrumbó. Había estado
sosteniéndonos a todos con el convencimiento de que el
rescate estaba a punto de llegar. Siempre encontraba
explicaciones para que tardaran tanto en venir por
nosotros. Eso había mantenido alta nuestra moral. Pero
cuando se confirmó que nadie nos buscaba, se quedó sin su
principal herramienta: la esperanza. Y se quebró. Murió en
el alud.

 

–A partir de ese momento es usted
quien asume el liderazgo. Decide que tienen que salir de
allí por sus propios medios.

 

–Cuando escuché en la radio que no
nos iban a rescatar decidí que yo no iba a quedarme allí,
que subiría aquellas montañas, y si había que morir,
moriría en el camino. Pero tenía un miedo bárbaro y no
podía irme solo. Era una situación muy angustiosa, porque
no son horas ni días, son semanas pensando en cómo
marchar, y mientras tanto van pasando cosas: miras el
tiempo y vas descartando a los que no pueden ir porque
están débiles, y al final te quedan tres o cuatro. Y los
has de convencer. Yo los miraba y pensaba: Dios mío, están
horribles y yo no debo estar mucho mejor; hemos de esperar
a que el tiempo mejore, pero hemos de salir antes de que
estemos demasiado débiles para intentarlo.

 

–Una noche soñó que alguien estaba
cortando trozos de su cuerpo. Con esa pesadilla, ¿no le
estaba diciendo su cerebro: sal de aquí, vete ya?

 

–Sí, y estaba tan agitado que me tuvo
que despertar Roberto Canessa. Y eso me hizo pensar en qué
iba a pasar cuando se terminaran los cuerpos. Sabíamos lo
que habíamos sido capaces de hacer hasta entonces para
sobrevivir, pero ¿dónde estaba el límite? Cuando se
terminaran los cadáveres, ¿qué iba a pasar?, ¿esperaríamos
a ver quién se muere primero para poder comer? Fue un
sueño horrible. Curiosamente, luego nunca he tenido
pesadillas. Jamás. Desde la primera noche en el hospital
de San Fernando hasta hoy, he dormido como un niño. Pero
allá arriba, aparte de esa pesadilla, tuve otras: soñaba
que me despertaba en mi cuarto, con mis pósters y mis
autos, contento porque el accidente había sido una
pesadilla y volvía a mi vida de siempre, con mi hermana y
mi madre. Y luego me despertaba de verdad y me daba cuenta
de que era mi vida de siempre la que había sido un sueño.
Finalmente salimos Roberto y yo, con un saco de dormir
construido con trozos del aislante del avión. Nunca creí
que se pudiera sufrir tanto caminando. Tardamos 10 días en
encontrar a un campesino chileno que aún tuvo que cabalgar
ocho horas para dar el aviso.

 

–¿Por qué se abandonó el rescate tan
rápidamente?

 

–El avión no tenía balizas, no tenía
nada. Hoy día te lo ubican en una hora, pero en ese
momento no. Las Fuerzas Armadas nos dijeron que cuando hay
un accidente en los Andes, el avión se desintegra, y como
nieva tanto, los restos quedan rápidamente cubiertos y no
es posible distinguirlos desde el aire. Consideraron que
era imposible sobrevivir al choque del avión y a unas
temperaturas tan bajas.

 

–Una de las cosas que más me han
impresionado es que, después de tanto desearlo, cuando se
reencuentra con su familia todos se abalanzan sobre usted,
pero el abrazo del padre se hace esperar: está paralizado
en el fondo de la habitación. ¿Por qué?

 

–Fue un momento muy fuerte para él.
Hay que pensar que entonces no había móviles, y mientras
yo guiaba al helicóptero que iba a rescatar a los demás,
mi padre estaba volando con el resto de mi familia hacia
Santiago. Sabía que yo estaba vivo y que arriba en las
montañas quedaban 14 personas. Yo no había querido dar los
nombres, porque había tres que estaban muy débiles, muy
mal, y no sabía si habrían muerto mientras tanto. Y si
alguno había muerto, para su familia era como si los
mataran dos veces. Así que cuando mi padre llegó a San
Fernando no sabía si mi madre y mi hermana estaban vivas o
no. Se enteró en ese momento. Imagina: primero nos tenía
por muertos a los tres, luego cabía la posibilidad de que
los tres estuviéramos vivos, y al final sólo uno lo
estaba. Cuando pudo hablar me explicó que estaba como
loco: date cuenta, me decía, lo que significa perder tres
cuartas partes de tu familia en un segundo. Deambulaba sin
destino, salía de casa y caminaba diez, doce horas sin
saber adónde iba. No podía dormir, no podía trabajar, no
podía pensar, no podía hacer nada. “Al menos volviste tú”,
me dijo al fin, y entonces me abrazó.

 

–¿Vive?

 

–Sí. Y está bárbaro de bien. Ahora
tiene 89 años, y para él este libro ha sido como un
homenaje. Cuando lo leyó me abrazó, y cuando pudo hablar
me dijo: “Entre un padre y un hijo, esto alcanza”.

 

–De una experiencia como ésta
difícilmente se sale igual que como se entra. Cabía el
peligro de que la vida quedara atrapada en ella. ¿Cómo
afrontó la vuelta a la normalidad?

 

–Mi padre me ayudó también en eso. Me
dijo: “Hijo, que esto no sea lo más importante que has
hecho en tu vida. Tu vida recién empieza ahora. Tienes que
mirar hacia adelante. Tú no puedes haber vivido las
sensaciones más importantes, más fuertes de tu vida, a los
20 años. El pasado ya no se puede modificar, ahora has de
vivir la vida”. Y fue lo que hice. Nunca miré hacia atrás,
y durante años, si nadie me preguntaba, no hablaba de
ello. Para mí era más importante mi futuro y lo que estaba
haciendo. Comencé a producir programas de televisión,
documentales; estaba embebidoen un trabajo que me
apasionaba. Para mí, la tragedia de los Andes era una
carpeta en la computadora. No voy a negar que es algo que
te marca, pero he tenido otras cosas importantes en mi
vida: el amor de Veronique, el nacimiento de mis dos
hijas, logros profesionales… Y después de aquello y de
todos estos años, lo que quiero decir con este libro es:
disfruta de tu existencia, no malgastes ni un instante.

 

–Todo lo que son hechos son fáciles
de recordar, porque una experiencia como ésta se graba a
fuego en la memoria. Pero me ha sorprendido la
minuciosidad con que explica sensaciones y pensamientos.
Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, ¿cuánto hay de
aquel joven de 20 años y cuánto del hombre maduro de hoy?

 

–Este libro no lo hubiera podido
escribir a los 20 años. Imposible. Yo creo que todo lo que
he logrado vivir después me ha permitido mirar atrás con
otro filtro. Un recuerdo me fue llevando a otro, y al
unirlos quedó un relato en que los sentimientos tienen un
peso enorme. Para mí lo más importante es la familia, los
afectos. Ya lo eran entonces, y, de hecho, muchas veces me
dije: no voy a permitir que estas montañas me priven de
ello. A veces la gente disfraza las cosas por el poder,
por el dinero. A mí también me gusta volar en primera,
tener un Porsche, por supuesto; pero, ¿qué hay más lindo
que el amor? Nada.

 

–¿Cómo es ahora su relación con los
otros supervivientes?

 

–Todos los supervivientes vivimos,
por suerte, y nueve o diez incluso en el mismo barrio.
Seguimos tan amigos o más que antes. Tenemos divergencias
en un montón de opiniones, gustos o preferencias
políticas, pero la consistencia del grupo se mantiene
intacta. Nos llamamos hermanos. Estamos, realmente, muy
unidos. Los lazos que trabamos allá arriba son demasiado
fuertes para romperse.

 

–¿Ha vuelto alguna vez a ese lugar?

 

–He vuelto, sí. Once veces.

 

–¡Once veces!

 

–Y mi padre, 17. Allí están
enterradas mi madre y mi hermana. Al año del accidente, mi
padre me dijo: “Quiero ir a poner flores”. Y yo le dije:
“Te acompaño”. En lugar de ir por el lado chileno, que es
por donde salimos nosotros y tardamos 10 días, vamos por
el lado argentino, que son tres días nada más y se puede
ir a caballo.

 

–¿Eso significa que se equivocaron
cuando descartaron la ruta del este por su dificultad y
emprendieron la del oeste, que tenía una barrera de
montañas imponentes?

 

–Sí y no. El camino del este es mucho
más corto, pero es mucho más difícil porque hay tres ríos
que tienen 40 metros de anchura y cuatro o cinco de
profundidad que no hubiéramos podido cruzar en esa época
del año. En marzo se pueden cruzar, a caballo y con
dificultad; pero en diciembre es imposible. De hecho,
intentamos esa ruta y tuvimos que abandonar. Al final
intentamos la más larga y difícil, pero llegamos, y eso es
lo que vale. Cuando vuelvo, siempre me impresiona. Es un
lugar magnífico, espectacular, silencioso e inmenso. Este
año fui la segunda semana de marzo con mi mujer y mis dos
hijas. Nunca habían querido ir antes, pero después de leer
el libro quisieron hacerlo. Querían ver el lugar donde
nacieron. Me dicen: “Papá, si tú no hubieras hecho eso,
nosotras no existiríamos”. Fue una experiencia muy linda.
¡Es un lugar tan grande, tan inmenso!

 

–¿Y qué es el frío para usted?

 

–El frío quema como un ácido. Cuando
la única solución que tienes es llorar; cuando el viento
se te clava como un cuchillo; cuando el único calor que
tienes, lo único que te alivia, es la respiración del
chico que tienes al lado y le pides que te respire
encima… El frío es muy feo, produce una sensación
indescriptible; porque no se va, no se pasa, y no te
mueres.

 

* De El País, de Madrid. Especial
para Página/12.

 

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Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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