Las características distintivas

L


SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA


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Teoría general de la psicopatía.

I. Aprovechamiento Social del Psicópata

Ia. Los Extravagantes

Hugo Marietan (1)

 


Toda pérdida, todo dolor, es particular;


el universo permanece con el corazón ileso.

Ralph Emerson

 


Introducción

A partir de este trabajo llamaré a los
psicópatas los extravagantes siguiendo por un lado al
DRAE que define este término como: 1. Que hace o dice
fuera del orden o común modo de obrar, 
y 2. Raro,
extraño, desacostumbrado, excesivamente peculiar u original
;
y por otro lado por el uso abusivo y lato de del término
psicópata
 y que, a su vez lleva anclado el falso
concepto de enfermedad, concepto que he discutido en otros
trabajos: considero a la psicopatía como una manera de ser
en el mundo, y no una enfermedad.

Los extravagantes han desconcertado a
la humanidad desde sus inicios. A lo largo de la historia su
presencia es señalada en las más variadas civilizaciones y
en cualquier tiempo. Varias constantes se repiten: las
conductas disonantes, sus efectos sobre el grupo, el escaso
número de ellos y la incomprensión de los comunes para
comprender este fenómeno.

En este trabajo, que resume años de
estudio, daré un marco teórico que facilite el entendimiento
del accionar de estas personalidades.

 


La tierra

Usemos la imaginación para ver la
tierra como la muestra la película “2001 Odisea del
espacio”; escuchemos la música de Strauss y miremos a esa
esfera girando en la nada, rotando alrededor de una brasa
gigante a la que llamamos Sol, vulnerable a los meteoritos y
a las influencias inconmensurables del universo. Icono de la
soledad.

Ahora descendamos hasta la superficie.
Caminemos en ella, en cualquiera de sus zonas, el desierto,
la selva, las planicies, las montañas, observemos cómo
pululan por doquier los seres vivos en sus infinitas formas,
en los más variados medios y, en cada uno de esos medios,
seguramente encontremos la huella de pies humanos.

Pero exijámosle más a nuestra
imaginación, volvamos al espacio y cual dioses enormes
tomemos a esta esfera y, sierra mediante, partámosla al
medio para ver de qué está compuesta. Desde la escuela
primaria sabemos qué vamos a ver: una delgada capa externa
montada en las capas tectónicas que a su vez están asentadas
sobre roca líquida y un centro ígneo. Lo sabemos desde muy
jóvenes, pero no hemos comprendido a ciencia cierta su real
significado: la fragilidad de todo este sistema. Tenemos
noticias de los movimientos de las capas tectónicas con cada
terremoto, con cada maremoto, hasta nos enseñan que del
choque de ellas nacen las montañas y de su separación los
mares. Los volcanes nos cuentan sobre las rocas líquidas que
llamamos lava. Aparece una isla, desaparece otra. Los
huracanes nos hablan de variables de presión y temperatura.

La tierra, la casa de la vida, es
catastrófica, imprevisible.

 


La adaptación

Los seres vivos están en constante
adaptación al medio que le permite pervivir. Cada especie se
adapta a los cambios que le presenta el medio o muere. Es la
ley inconmovible: adaptarse o desaparecer.

Las especies son como organismos
funcionales compuestos por individuos interrelacionados. Los
individuos le pertenecen a la especie y se deben a ella. Es
fácil ver este concepto en las hormigas, las abejas y otros
grupos de seres vivientes. Es sencillo para nuestra mente
entender que el zángano tiene una función, las abejas
recolectoras otra y la reina otra. Hasta encontramos cierta
lógica en la acción de las abejas de cerrarles la colmena al
zángano, una vez que fecundó a la reina, y dejarlo morir de
hambre. Vemos con claridad, en estos casos, que el individuo
está en función de la especie, a su servicio. Ahora, si
pensamos a la especie humana, nos cuesta ver este claro y
permanente concepto; se ha hecho un culto exacerbado de la
individualidad que perdimos esa perspectiva que nos marca la
naturaleza. Pero no nos adelantemos y sigamos con las ideas
bases de este trabajo.

 


Los genes y la forma

Los individuos unicelulares suelen
multiplicarse por división de su propio material genético.
Esto le permite duplicar la misma información genética que
le servirá para adaptarse a un medio estable. Cuando el
medio varía gran parte de la población desaparece excepto
aquellos que, por el recurso de la mutación genética,
adquirieron la potencialidad de adaptarse a un medio
distinto. Esto implica cierta rigidez ante la variabilidad.

La otra táctica para aumentar la
posibilidad de contar con recursos latentes ante las
variaciones del medio es que sean individuos distintos (con
material genético levemente modificado) los que aporten la
información genética para formar uno nuevo. Esta mezcla
azarosa de genes dota de características distintivas y
únicas a cada miembro de la especie. Con esto la plasticidad
a los cambios aumenta cualitativamente. Y si agregamos el
recurso de la mutación genética esto se incrementa aún más.
Los resultados de este método tienen sus bemoles: si bien el
grueso de la población está compuesta por individuos con
variaciones mínimas entre sí, un porcentaje pequeño presenta
variaciones más acentuadas que van desde el incapacitado
para sobrevivir por sí solo, hasta el sobreadaptado: los
anormales.

 


Los extravagantes

En la especie humana, dentro del grupo
de los anormales, existen los individuos que están
preparados para reaccionar adecuadamente ante situaciones
catastróficas o excepcionales y facilitar la supervivencia
de la especie. Son los que, ante situaciones de extrema
crisis guían a los otros hacía una posible salida (los
líderes) o se sacrifican para la perduración del grupo (los
héroes).

Ellos, los extravagantes, tienen la
potencialidad de saber qué hacer en las catástrofes,
mientras el grueso de las personas queda paralizadas o
reaccionan inadecuadamente.

 

Un
ejemplo

A fines de los setenta varios edificios
se derrumbaron en Buenos Aires. Esto creó el lógico temor en
la población. Recuerdo que una madrugada estaba en el piso
17 cuando sentí un leve balanceo del piso. Pensé que era un
mareo, pero por las dudas me vestí rápidamente. A los dos
minutos el balanceo se hizo francamente notable. Las puertas
y las ventanas comenzaron a crujir. Era claro, el edificio
se derrumbaba. Creo que establecí el record de tiempo en
bajar las escaleras de los 17 pisos. En esa carrera, en el
sexto piso, una anciana trataba de bajar. La tomé del brazo
y como una bandera la llevé hasta planta baja y logramos
salir. Ya frente al edificio, esperando verlo caer,
estábamos reunidos cada uno con la ropa que había alcanzado
manotear. Sólo una persona entraba y salía del edificio
ayudando a la gente que se había rezagado. En una actividad
febril consiguió bajar a muchos y recién cuando consideró
que no quedaba nadie se unió a nosotros, agotado. Yo lo
conocía bien, era un estafador de guante blanco, un
despiadado empresario, incapaz de hacerse un café. Cuando se
recuperó le pregunté por qué se había arriesgado tanto. Me
dijo que no lo sabía, que sintió que eso era lo que debía
hacer. Y en verdad su acción fue precisa, ajustada a esa
situación excepcional y con desprecio por su propia vida,
mientras nosotros, la mayoría, sólo atinamos a correr.
Después nos enteramos por la radio que lo que había
provocado el temblor no era un posible derrumbe sino la
expansión de un terremoto con epicentro en San Juan. La
conducta de este hombre constituyó una incógnita para mí
durante muchos años. Hoy creo entenderla.

 

Crisis
y estabilidad

El extravagante, tal como lo
tipificamos aquí, responde a un mandato de la especie. Es un
soldado de la especie. Para ello tiene atributos que lo
distinguen del común. Tiene una potencialidad distinta. Y
tiene, en consecuencia, lo que yo he llamado necesidades
especiales
.

Esta potencialidad distinta, estas
necesidades especiales que encuentran su satisfacción en
tiempos de crisis, donde la potencia se descarga en la
acción adecuada, es ajustada al grupo y, por lo general,
socialmente aceptada.

¿Pero qué ocurre cuando el extravagante
siente esa necesidad especial en períodos normales y de
estabilidad?

Se siente llamado a algo que no
encuentra en el medio normal.

El extravagante necesita descargar esa
potencialidad y para ello recrea un escenario, un “como sí”,
una situación especial en un medio normal.

Así puede “fabricar” un medio
catastrófico (un atentado), generar una situación de crisis
(una revolución, una revuelta en una fábrica), crear un
clima tiránico en una familia…

Dependiendo del tipo de potencialidad
para la que está preparado creará su medio artificial y
llevará adelante las acciones “como sí”. La potencialidad
“homicida” la descargará como asesino, por ejemplo.

Esta manera de fabricarse el medio
“como sí” no es arbitraria ni al azar. Debe tener un estilo,
una forma, una manera de hacerse. Y es lo que llamamos el
sello, el perfil, la impronta. Cuando observamos la escena
del crimen, la manera en que se realizó y, por sobre todas
las cosas, la repetición de ese estilo, podemos conjeturar
qué tipo de circunstancia, de crisis, está recreando. A qué
patrón antropológico está respondiendo. Para qué tipo de
crisis está preparado.

 


Una necesidad especial, la antropofagia

La antropofagia era habitual en varias
poblaciones antiguas y lo es en algunas actualmente. Es un
medio de proveerse de alimentos cuando no hay otros
recursos. Tenemos el ejemplo dramático de los estudiantes
uruguayos cuyo avión cayó en los Andes.

¿Pero qué hace un ingeniero alemán, con
el supermercado a unas cuadras de su casa, comiéndose a otro
en pleno 2001, y en Alemania?

Siguiendo nuestra hipótesis tal vez la
potencialidad del ingeniero sea alimentarse de otros en
tiempos de crisis, y guiar a los demás a superar el asco de
comerse a un semejante y, de esa manera, no morir de hambre.
Rodeado de alimentos el ingeniero buscó por Internet
satisfacer su necesidad especial, reprodujo, armó un
como sí, el ancestral recurso, latente en todos, de
la antropofagia.

 


El mandato de la especie

Intoxicados por abstracciones vemos al
individuo como el eje donde gira el sistema humano. Corrijo:
la mayoría lo ve de esta manera. En general no se pregunta:
¿qué necesita la especie para preservarse? (excepto
algunos movimientos ecologistas, ‘verdes’, con no muy claros
objetivos), sino qué necesita el individuo, como si
fuera una unidad independiente.

Para desarrollar esta teoría cambié el
enfoque, en lugar de centrarme en el individuo y desde ahí
analizar su entorno y su grupo, enfoqué a la especie y desde
allí miré al individuo que la integra. Apareció, entonces,
con claridad la utilidad del extravagante para la especie:
resguardar la especie a través de preservarse a sí mismo
(como continuador de la especie) o, en situaciones
especiales, preservar al grupo (función de líder), aún a
costa de su destrucción (función del héroe) o su denigración
(una vez realizado el “trabajo sucio”). Descarto desde ya
toda noción de altruismo, ya que este concepto va de
individuo a individuo, considerándose ambos como persona. Y
aquí, insisto, el enfoque va desde la especie al individuo.
Además el atributo de cosificar al otro no le permite
al psicópata considerarlo como un igual. Es más, si es
necesario eliminar a varios individuos con el fin de salvar
a la mayoría, el extravagante dará la orden de eliminación,
está psíquicamente preparado para ello. Cualquier militar
sabe esta consigna.

Cuando menciono el término especie
es para que el lector me acompañe en el cambio de visión
desde donde se observa el tema. Aclarado esto es lógico
pensar que me refiero al área de acción dentro del grupo que
tiene el extravagante y no a una entelequia como “la
humanidad”.

 


La utilidad del extravagante

Además de las ya mencionadas hay otras
funciones en las cuales los rasgos que caracterizan al
extravagante, los anteriormente llamados rasgos
psicopáticos, cumplen una tarea socialmente aceptable. Por
ejemplo los rasgos de asumir riesgos, de hiposensibilidad y
potencialidad homicidas son muy apreciados en las fuerzas de
seguridad sobre todo aquellas que están destinadas a
confrontar con asesinos urbanos o profesionales. Un poeta
moriría en el primer enfrentamiento. Estos mismos rasgos son
apreciados en los cirujanos (quitaré, para mi propia
tranquilidad ante una posible operación, la potencialidad
homicida en estos colegas)

 

La
sociedad como sistema

Considero que todo sistema que permanece tiene utilidad para
los miembros que lo componen.

El sistema, como organismo social, estimula a los individuos
que poseen características conductuales que consolidan al
sistema y le permite desarrollarse, y tiene factores
neutralizadores que reprimen o eliminan a los miembros que
pueden ser negativos para el sistema.

Sobre esta base, y teniendo en cuenta que los
extravagantes son un porcentaje
de la población del sistema, podemos aventurar que ellos
tienen una función permitida, aceptada y valorada dentro del
sistema.

Siguiendo esta línea de pensamiento, podemos concluir que
los extravagantes, como lo
mencionamos en los primero párrafos, tienen también su
función social. Tal vez esta función social tenga
repercusiones negativas para algunos sectores o algunos
miembros del sistema, o tal vez tenga alguna acción negativa
en ciertos momentos o ciertas etapas de la evolución del
sistema. Sin embargo podemos observar que a lo largo de la
historia de la cultura occidental no solo se los preserva,
sino que a muchos se los glorifica, prueba de ello son las
estatuas, pinturas, nombres de pueblos y de calles que nos
recuerdan las hazañas de estos extravagantes, algunos de
ellos autores de masacres.

 

¿A quienes llamamos extravagantes?

Son anormales aquellos miembros del sistema que no responden
al patrón conductual común, según el criterio de normalidad
estadístico.

A un subconjunto de estos anormales pertenecen los
extravagantes.

El sistema (la sociedad) hace un balance sobre las conductas
de estas personas que favorecen al sistema versus las
conductas que no lo favorecen, y dependiendo del saldo es
que la sociedad los va a calificar de héroes o villanos.

En los casos donde el sistema obtiene un claro beneficio se
tolera un quantum de características negativas que sería
absolutamente intolerable en un miembro común de ese mismo
sistema.

 

Los rasgos distintivos de estos
extravagantes
(psicópatas) son: el quitarle los
atributos de persona al otro, es decir, la cosificación,
la exacerbación de una necesidad (a la que aquí llamamos
necesidad especial
) que es el motor que genera
las acciones atípicas, un sistema de razonamiento
especializado puesto al servicio de esa necesidad especial
que le da el marco lógico a las conductas
atípicas, una particularidad de su sistema afectivo que le
permite desdoblar su sensibilidad de manera de afrontar con
baja repercusión emocional sus conductas
atípicas y con una sensibilidad común las conductas no
atípicas. Tenemos así conformado un individuo hijo de un
sistema, educado por una cultura común, pero cuya psiquis
posee atributos que le permiten un grado de libertad en su
accionar muy amplio con respecto al individuo común.

Estas son las características básicas que tenemos en cuenta
cuando decimos o hablamos de
extravagante
, y que hemos desarrollado en trabajos
anteriores (Personalidades Psicopáticas, 1998; Sol Negro,
2005), y para este mismo congreso.

 

Homicidas

Pongamos el caso de aquellos miembros que tienen apetencia
por eliminar a otros miembros del sistema, es decir el de
los homicidas. Con un razonamiento apresurado podríamos
concluir falsamente que los homicidas deberían ser
rápidamente eliminados, neutralizados del sistema. Pero con
más calma, bajando nuestro nivel emocional, podemos
constatar con facilidad que los homicidas no sólo no son
neutralizados sino que son favorecidos y apreciados por el
sistema: se trata de los homicidas legitimados. Los
homicidas legitimados son entrenados profusamente y
provistos de los elementos necesarios para ser más efectivos
en la eliminación de otros miembros del sistema.

Si cambiamos el nombre de homicidas legitimados por el de
fuerzas de seguridad, psicológicamente la palabra homicida
deja de tener el peso emocional que conllevaba. Es más,
hasta es lógico y armonioso a nuestra psiquis asimilar que
un miembro de la seguridad ejerza la conducta de eliminar a
otro miembro del sistema si este último es calificado como
homicida no legitimado, es decir un asesino.

Ahora, si observamos con atención vemos que el homicida
legitimado y el homicida no legitimado comparten un factor
común: ambos son homicidas, ambos tienen apetencia por
matar: uno oculto detrás del “deber”, el otro llevado más
crudamente por esta necesidad especial. Así, matar a un
individuo puede ser un acto socialmente favorecido (agente
del orden, militar) o socialmente desfavorecido
(delincuente, asesino).

En este trabajo ambos son considerados
extravagantes
por compartir una necesidad especial:
matar al otro. Ambos, movidos por esta necesidad accionan
sobre los otros miembros del sistema. No por obvio está de
más aclarar que no todos los miembros de las fuerzas de
seguridad son extravagantes
(psicópatas), solo algunos de ellos, los que poseen los
rasgos especificados anteriormente.

 

 

Todo humano es un homicida
en potencia

La capacidad de eliminar a otro individuo es intrínseca al
ser humano. Todo individuo común frente a circunstancias
especiales puede generar acciones que terminen con la
supresión de otro individuo.

Y hay situaciones en que el sistema apela a esta
característica del individuo común, las exacerba
convirtiendo este atributo homicida en una característica
socialmente deseable: es en las situaciones de guerra, de
ataque de un grupo externo hacia el grupo que mantiene el
sistema.

Aquí en Argentina, en el año 1982, en la llamada Guerra de
Malvinas, tuvimos un claro ejemplo de la apelación de la
sociedad al despertar de estos atributos homicidas en la
población.

Pasada la situación especial, la guerra, estos atributos
homicidas fueron rápidamente reprimidos. Traigo este ejemplo
porque el ímpetu homicida fue claramente manifiesto y
apoyado por el grueso de la sociedad: se llenaban las plazas
pidiendo la sangre del adversario, se vitoreaba cada vez que
era hundido un barco inglés, se producía emoción ante la
anécdota de un homicida destacado que eliminaba a varios
enemigos, algunas plazoletas llevan hoy el nombre de estos
homicidas legitimados.

 

El homicida extravagante

Si todas estas consideraciones del sistema fueron concedidas
al individuo común en su función de homicida, con cuánto
beneplácito ve el sistema a sus homicidas especializados en
estas circunstancias especiales.

Son estos homicidas, en tiempo de guerra, los que están en
el medio adecuado, en la circunstancia adecuada, y con los
atributos psíquicos adecuados para ejercer las acciones más
eficientes para eliminar a otros individuos.

En estas circunstancias especiales, entonces, el
extravagante es utilizado por el
sistema para salvaguardar la integridad del grupo.

Es en estas circunstancias donde la sociedad hace un
aprovechamiento completo de ellos. Donde se ve la finalidad
de la existencia de estas personas. Donde se comprende por
qué el sistema los tolera en situaciones no especiales, en
situaciones de paz.

Estos extravagantes, con apetencia de matar, son
redistribuidos en distintos roles en tiempos de paz: fuerzas
de seguridad, cirujanos, forenses, sepultureros, y todos
aquellos oficios donde se requiere un alto umbral para la
sensibilidad, y que repugnan a los individuos comunes. Y de
este grupo, los que no logran ubicarse en un rol socialmente
aceptado pasan a integrar el grupo de los “indeseables”
(asesinos) que son a su vez reprimidos y eliminados por
otros extravagantes de su misma condición (fuerzas de
seguridad).

Por lo que se desprende con facilidad que la valoración
bueno
o la valoración malo, para ellos, es sólo
una cuestión de circunstancias.

 

El poder

He tomado el caso de los homicidas por resultar de más fácil
comprensión para una psiquis acostumbrada a valorar con
parámetros comunes. El mismo razonamiento nos llevaría a
comprender, la función social de aquellos cuya necesidad
especial consiste en el poder, en ejercer su voluntad sobre
los demás. Son los que movilizan fuerzas para invadir
territorios, para asegurar para su grupo la posesión de
tierras, de agua, de medios de sustento; son los líderes de
masas. Desvirtuados estos propósitos de especie, pueden
convertirse en devastadores, asoladores tras objetivos
corruptos, a tal punto de destruir países enteros en su afán
de imponer su voluntad al resto del mundo.

También podríamos utilizar un razonamiento similar para
caracterizar a aquellos extravagantes
cuyo afán de poder está mediado por el dinero. Y aquí
entramos en el amplio campo de los comerciantes, pero no de
todos los comerciantes -cualesquiera sea su rubro- sino de
aquellos comerciantes que, por supuesto, comparten las
características, los rasgos, que mencionamos anteriormente.

 

De comerciante a estafador

Con este marco podemos hablar también de comerciantes
extravagantes. Son aquellos que
en su afán de acumular dinero aplican en toda su intensidad
y literalidad el viejo axioma: “el fin justifica los
medios”. Así, todo obstáculo a su objetivo, sea este
obstáculo personas o bienes de cualquier naturaleza, es
arrasado, neutralizado, utilizando las artimañas del oficio
y evitando de “toda” manera posible el reproche social. Uno
de nuestros destacados empresarios decía: “el poder consiste
en hacer con impunidad”. Para estas mentes, con su libertad
psíquica ampliada, la asunción de riesgos a veces de alta
magnitud es un hecho cotidiano.

Concientes de estas características negativas hacia los
miembros del sistema (cosificación, búsqueda de impunidad,
etcétera), la sociedad ¿los elimina?: no, no sólo no los
elimina sino que los considera miembros privilegiados del
sistema por ser generadores de empresas, de fuentes de
trabajo, de la riqueza de una nación. Son privilegiados en
el sentido de la tolerancia que tiene el sistema hacia los
errores legales de estos individuos. Para el sistema es más
importante una empresa, que lo consolide, que el maltrato e
incluso la eliminación de alguno de sus miembros.

Y, nuevamente, aquí el sistema, la sociedad, hace un claro
aprovechamiento de las características especiales de estas
personalidades.

Aquellos que por exacerbar sus apetencias de dinero sortean
demasiadas reglas del sistema -o bien entre costo y
beneficio para el sistema el balance da negativo- son
considerados por el sistema como estafadores o delincuentes
comerciales. Y así volvemos a la misma ecuación que
aplicamos para el homicida legítimo y el homicida ilegal.

 

Conclusiones

Desde luego que, hasta aquí, solo fue una aproximación al
tema que, si la fortuna acompaña, espero continuar en otras
presentaciones.

Esto es un intento de dar un marco teórico al accionar del
extravagante, del psicópata, y de vislumbrar una finalidad
en la existencia de estas personas. Por supuesto que no
constituye una apología de ellos y tampoco se contradice con
todos mis trabajos anteriores: su incidencia negativa sobre
los otros está claramente especificada en Personalidades
Psicopáticas
, El complementario y su psicópata,
Sol negro, y otros. No cambiaría una coma de lo que
se dice en ellos.

Todos estos años de trabajar con complementarios y
familiares de extravagantes, y
con ellos mismos, afianzan aquellos escritos.

Pero también hay muchos ejemplos que avalan el presente
trabajo y fueron los mismos complementarios los que
aportaron parte de la información sobre este aspecto
provechoso de estas personalidades.

Así en medio de las quejas por el maltrato y las
humillaciones, una de ellas comenta que su esposo trata,
denodadamente, de hacer un campo fecundo de lo que hace
pocos años era un desierto en San Luis. Y no hay trabas que
no sortee, siempre detrás de su objetivo. Los resultados son
asombrosos. Pero su conducta con ella, los hijos, los
peones, es, siendo benévolos, deplorable.

Otra comenta que es viuda de su esposo médico. Cuando este
hombre tenía 40 años era el amante de la madre de la
consultante. Ella, en aquel entonces, tenía 9 años. Él la
violó. Luego la llevó a vivir con él, se casó con ella a los
18 años y tuvieron 4 hijos, uno de ellos mujer, a la que
abusó desde los 8 años. Un Sol Negro en todos los aspectos.
Pero… era un médico excepcional. Capaz de los mayores
sacrificios por atender a sus pacientes, a los que no les
cobraba la consulta y compraba, de su propio bolsillo, los
medicamentos. ¡Qué dualidad! Murió adorado por sus pacientes
y odiado por todos sus familiares.

El extravagante no es de ninguna manera
un ser común, siempre tiene algo muy especial, revelada su
faz oscura provoca asombro, repugnancia, admiración, odio.
Jamás indiferencia.

 

 

1) Médico Psiquiatra, Docente de la Universidad de Buenos
Aires


www.marietan.com
,

marietanweb@gmail.com
, enero de 2007

Este trabajo fue presentado al Congreso virtual de
psiquiatría, 200/, España, www.psiquiatría.com; y
publicado en la revista Alcmeon,  Año 16, vol. 13,
marzo 2007, págs. 74 a 81. Buenos Aires, Argentina.

 

 

 


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Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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