A DIOS ROGANDO Y…

A

Un pastor se creía Cristo
y abusaba de las mujeres
Le dicen “el gurú del infierno” y es
discípulo del famoso pastor Giménez. Si
las mujeres se negaban a tener sexo, las acusaba de “poseídas”.
Abandonó a su esposa cuando ésta enfermó
gravemente, después de pegarle y maltratarla. La
increíble historia del predicador que esclavizó
a sus fieles.

por Hugo Macchiavelli
http://www.24con.com/conurbano/nota/24395-Un%A0pastor-se-cre%EDa-Cristo%A0y-abusaba-de-las-mujeres/

“Ustedes deben hacer lo que yo les digo. Recuerden
que la Biblia dice que deben honrar a las autoridades
puestas por Dios. Y a mi me puso Dios. A ustedes mujeres,
obedezcan a sus maridos y sujétense a él,
como Cristo a su iglesia. Obedezcan y tengan cuidado con
el juicio de Dios”.

Era una noche como cualquier otra en la congregación
evangélica que dirigía el pastor Daniel
G. en Francisco Álvarez. No era una iglesia electrónica.
Menos rica y multitudinaria como las de Hollywood. Al
contrario, algunas paredes eran de madera y los pisos
de cemento todavía estaban frescos, recién
hechos por ellos mismos.

Todo funcionaba bastante bien: la hermandad crecía
y era consecuente con las reuniones de los jueves, sábados
y domingos. No había un concierto de Gospel, pero
la banda de música sonaba con dignidad. Se ayudaban
entre ellos y las 20 familias que iban a las reuniones
tenían motivos para alegrarse.

Algunos de los jóvenes habían dejado la
droga. Otros cambiaban la bebida por la adicción
a la iglesia “que es mucho mejor que salir a robar”,
confesó Juana feliz porque su único hijo
“se había rescatado del paco”. Todo funcionaba
bastante bien, excepto por el pastor.

Este predicador está acusado en la justicia de
“maltrato físico y psicológico”.
Está a punto de perder la tenencia de sus hijas
e incluso puede ser acusado de la muerte de su esposa.
En la causa judicial las hijas declaran que “cuando
a su madre (la esposa del pastor) le detectaron una enfermedad
terminal, su progenitor (el pastor) continuó golpeándola
y luego la echó de la casa”. Sus hijas también
testificaron que “a su madre y a ellas les daba golpes
con el puño, patadas y también con objetos
contundentes”.

En otro párrafo dice que “el señor
G. (les prohibía a sus hijas) mirar televisión,
frecuentar la casa de alguna compañera del colegio,
conversar con algún chico en la calle, prohibición
de mantener contacto con jóvenes de sus edad, salvo
que concurrieran a la iglesia que él dirigía”.
Incluso “no las dejaba visitar a su progenitora en
el hospital y ante cualquier insinuación de querer
verla recibían una golpiza”. Antes de golpear,
el apóstol de la violencia les había prohibido
a sus hijas “tener actitudes de cuidado hacia su
imagen, tales como: teñirse el cabello, pintarse
las uñas, utilizar maquillaje. Acciones que el
consideraba pecaminosas y bajo la influencia del demonio”.
Así lo detallan en el juzgado.

Daniel G. se formó como discípulo en la
iglesia del polémico pastor Giménez. Alguna
vez, trabajando en el programa PuntoDoc, investigamos
al mediático pastor por varios meses. Sus multitudinarias
reuniones mostraban el poder recaudatorio en su local
de la avenida Rivadavia. Siempre tenía un argumento:
“son las 7; este domingo es 7, del mes 7 por lo que
les pido que su ofrenda sea multiplicada por 7, el número
de Dios. Por 70 veces siete”, agregó con euforia,
por si quedaban dudas, el carismático predicador
divorciado de su esposa, después que lo descubriera
con su secretaria. Giménez rebalsado de poder se
jactaba de “haber salido de las drogas” y fue,
alguna vez, el pastor más famoso de la Argentina.
Aquel domingo 7, la gente hacía cola para donar
dinero; entre ellos recuerdo a una viejita que se sacó
el oro de sus cadenitas y lo puso en las canastas de la
ofrenda.

En medio de esa voracidad de culto electrónico
nacional y popular, se había formado el pastor
Daniel. Antes había “sido barrabrava de Racing
y también había tenido problemas con las
drogas”. Al igual que Giménez se lo conocía
por “sus problemas de conducta y sus relaciones con
grupos marginales y violentos”. Y de discípulo
pasó a maestro y levantó la cortina de su
propia iglesia. Cada chapa, pared y hasta el piso fueron
levantados por el grupo que creyó en este nuevo
mesías del conurbano. No era ningún milagro.
“Daniel tenía un carácter duro y era
muy severo con su esposa y sus dos hijas adolescentes,
pero nadie lo había acusado de golpeador”,
recuerda un testigo.

El cambio sobrevino con la suma del poder al mando de
su pyme evangélica. Tenía ascendencia sobre
la gente que convocaba y había aprendido del carisma
de Giménez. El rebaño lo seguía por
sus elocuentes predicaciones y de a poco fue sintiéndose
más admirado por sus feligreses, especialmente
por las mujeres. Organizó todo tipo de reuniones
para contener a su membresía: reuniones de jóvenes,
de matrimonios, de la tercera edad. Tenía líderes
que conducían sus poliactividades, pero Daniel
no se perdía la reunión de solos y solas.
Ahí predicaba y se quedaba varias horas charlando
con alguna. Llegaba tarde a su casa. Se enojaba si no
tenía la comida servida y pedía cuentas
a “su esposa sumisa que tenía que tratarlo
como a un rey”. Empezó a sentir que tenía
un séquito de servidumbre y su impunidad lo hicieron
desbordar. La causa judicial dice que “el señor
G. se sentía para entonces un Apóstol de
Jesús”. Y para demostrarlo “le decía
a su cónyuge que tenía que lavarle los pies
en señal de humillación ante Cristo que
era representado por el marido (es decir Daniel) quien
era cabeza del hogar”.

Cuándo algunos de sus miembros descubrían
su mal carácter y renunciaban a la congregación,
el pastor le echaba la culpaba a su mujer y sus hijas.
Varios de los que renunciaron se transformaron en piezas
claves del expediente judicial. Como testigos declararon
que “Daniel tenía una actitud demasiado machista
porque le decía a su esposa que si no mantenía
relaciones sexuales con él tenía que echarla
de su casa”. Según se señala en la
causa, había “influido en la separación”
de varios matrimonios porque las mujeres se resistían
a la humillación. Así, cada tanto empezó
a desquitarse con algún cachetazo con su esposa
y sus hijas. Y las trataba de “endemoniadas si ellas
se cortaban el pelo, se pintaban o usaban pantalones”.
Y también llamaba “poseídas” a
las mujeres que se resistían a tener relaciones
sexuales con el marido cotidianamente. A varios miembros
le decía que “no gastara plata en comprar
ropa a sus hijos” si no cumple con la iglesia. La
locura se apoderaron del pastor Daniel y el maltrato no
paró hasta que su esposa murió. Antes había
preanunciado la muerte del hijo de uno de una pareja que
concurría a la Iglesia quienes también se
transformaron en testigos de la causa.

María Belén y Walter habían recibido
con sorpresa en plena gestación, la noticia del
pastor quien les dijo que “había tenido una
visión mística de que ese niño no
sobreviviría”. Y así fue: el recién
nacido murió a los dos días de nacer por
una cardiopatía severa”. Todo empezó
a salirse del control. Recién en ese momento se
supo que el pastor Gallo estaba saliendo con “una
mujer mucho más joven que él de la iglesia”.
Sus hijas, al principio lo defendían. Pero a la
muerte de su madre, que estaba embarazada y recibía
los golpes del pastor, decidieron denunciarlo a la justicia:
“las jóvenes manifestaron que luego del fallecimiento
de su madre tomaron la decisión de irse dado que
temían por su vida”.

(Continuará)
Periodista. Cronista del Programa GPS. Especial para 24CON

El perverso pastor que primero predica
y después ataca
El discípulo del pastor Giménez que maltrataba
a su esposa en terapia intensiva, está suelto.
La increíble historia del predicador que esclavizó
a sus fieles, engañó a su familia y golpeó
a sus hijas.

por Hugo Macchiavelli

http://www.24con.com/conurbano/nota/25065-El-perverso-pastor-que-primero-predica-y-despus-ataca/

Segunda parte
Juan Marcelo R. fue discípulo del predicador Daniel
G., el “castigador”. Según consta en
la actuación judicial, este testigo participó
del culto durante 4 años. No sólo dice haber
visto el castigo del predicador a su mujer “a quien
tenía amenazada para que no diga nada”, sino
que recuerda “como Belén (su hija) tenía
un hematoma en un ojo y una lesión en su mano por
los golpes recibidos”. El pastor G. no es el único
caso de abuso de poder. Se sabe que la iglesia, ese micromundo
tan cerca del cielo y del infierno, ostenta dinero, reconocimiento
y poder.
Antes de descubrir mi vocación por el periodismo,
hace unos veinte años, trabajé en acciones
sociales en varias iglesias, la mayoría evangélicas
(nunca me gustó el oficialismo). Lo hacíamos
con mi familia y con amigos. Incluso mis primeros pasos
en el periodismo fueron en una editorial religiosa: allí
descubrí mi pasión por la investigación
(tan prohibida en ese mundo vertical). No había
que ser perspicaz para observar el comportamiento de algunos
diáconos, pastores y laicos que tras el manto de
piedad abusaban de sus feligreses. Mano de obra barata
y evitar “la contaminación” eran proclamas
de sectarismo, lejos del universo, “del mundo del
pecado”.
A los jóvenes les sugerían cómo y
con quienes ponerse de novios y a las familias cómo
administrar su dinero so pretexto de ayudarlos en su economía.
Todos debían separar el diezmo y la ofrenda de
acuerdo al mandato bíblico.
Es cierto que no todo ese dinero va a los bolsillos de
los pastores que deben comandar iglesias sin subvención
oficial. Sostienen comedores infantiles, ayudan a recuperar
a adictos y otras tantas acciones indispensables cuando
falta el Estado de bienestar. El problema no es la actividad
solidaria del grupo, sino el líder mesiánico:
el poder corrompe al hombre y el poder absoluto, lo arruina
todo.
Cuando la iglesia oficial se alejó de la gente
que observó el descrédito y la vinculación
con las mafias, los delitos sexuales y otros cuestiones
noc santas, el protestantismo inspirado por Lutero en
el siglo XV (en contra de las indulgencias católicas)
tuvo su versión latinoamericana siglos después:
miles de evangélicos colmaron las calles, surgieron
los pastores electrónicos y de los otros. El trigo
y la cizaña se entremezclaron y en el cambalache
cuesta distinguir a los buenos de los malos.
En ese contexto Daniel G. (que había probado el
agua bendita del pastor Giménez -ver nota anterior-)
se alejó de las calles, de “su actividad como
viajante de comercio” y tuvo la oportunidad de ostentar
su propia iglesia. Pero la violencia emergió cuando
el proyecto del rebaño propio mostró sus
fisuras. Y el pastor empezó a desquitarse en su
casa: uno de los testigos recuerda que “G. entró
a su casa con otra mujer y fue testigo de las golpizas
que les daba a sus hijas a quienes mandó a lo de
una vecina”.
Varios miembros empezaron a “sentirse defraudados”
por el hombre que hacía un trecho de lo dicho.
A la tarde predicaba a favor de la familia y a la noche
llevaba mujeres a su casa mientras su esposa estaba en
el hospital de General Rodríguez a causa de sus
palizas con olor a alcohol.
G. explicaba la internación de su cónyuge
como “un juicio de Dios”. Prohibía que
la visitaran “para evitar contaminarse y hacía
escándalos en el nosocomio cuando la asistían”
porque decía que tenía que soportar el castigo
de Dios. En la causa se detalla que “la Sra. R. ingresó
en terapia intermedia, pero empeoró y debieron
trasladarla a terapia intensiva, donde pasó sus
últimos días”. Antes su esposo “se
presentó en el hospital para exhibirle a la moribunda
su nuevo anillo de boda (..) lo hizo para angustiarla
más”, declaró otro testigo que recuerda
que el predicador se puso de novio con una chica de la
iglesia.
En el velatorio amenazó a los presentes diciendo
que “esta muerte era un juicio de Dios y que les
pasaría lo mismo a todos los que le desobedezcan”.
En la causa se dice que éste “contrajo nupcias
y organizó un festejo con gran cantidad de gente
mientras su esposa agonizaba”. Entonces volvió
a golpear a sus hijas frente a sus feligreses porque ellas
se negaban a participar de la fiesta: “Belén
(la tenía de punto) sufrió la golpiza de
su padre con el cinturón”.
Sandra Adia es otra testigo que dice que “participó
del culto durante cuatro años”. Califica al
pastor como “sometedor, castigador”. Dice que
“el señor G. tenía el convencimiento
de tener un poder divino con el que atemorizaba a la gente”.
Recordó que vio el maltrato que sufrió su
esposa “internada que se le caía el pelo,
estaba muy delgada, tenía piojos y no podía
hablar (..) sus hijas María Belén y Daniela
lloraban al borde de su cama”.
Por estos días el pastor se autoproclamó
“apóstol”. Y a los delitos de violencia,
sobrevinieron los económicos. En la causa se dice
que “G. le hacía firmar a varios miembros
de la congregación documentos de compraventa de
terrenos”. “Notó (la testigo) que el
señor G. se estaba enriqueciendo con el culto,
al igual que se empobrecían sus seguidores a los
que instigaba si no le hacían caso”.
A estas declaraciones se sumaron otras víctimas
que perdieron todo. Y la iglesia de naipes comenzó
a derrumbarse cuando el juzgado de Moreno intervino por
el maltrato a sus hijas y se dio intervención a
la justicia penal.
Ángel Oscar es empleado administrativo y entró
en la congregación en 2001. Fue uno de los últimos
ayudantes y testigos del pastor al que calificó
de “sicótico y esclavizante”. Confiesa
que al principio recibió ayuda “en un momento
crítico de su vida porque había fallecido
su hija de dos años y medio”. Y que un amigo
suyo le “había recomendado ingresar al culto
para canalizar su angustia”. Ángel puso demasiada
fe Daniel G. que lo dejó en bancarrota. Recuerda
que “el pastor le contó que le había
partido un palo de escoba en la cabeza de Belén
(su hija) para disciplinarla”. Ángel también
declaró sobre el movimiento de propiedades de compra
y venta del predicador que “se comportaba con avaricia
utilizando al culto como pantalla para enriquecerse diciendo
que todo lo que él decía y hacía
era agradable para Dios”. Pese a las pruebas y a
los testigos, el pastor G. sigue libre. Tiene una iglesia
y predica sobre el cielo. Sus testigos ya tuvieron su
infierno y esperan justicia en esta tierra.
Periodista. Cronista del Programa GPS. Especial para 24CON

Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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