Semiología Psiquiátrica y Psicopatía

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Una militante del horror

Lo que sigue es una información sobre el caso Wanda Taddei _ Jorge Vázquez, el músico de callejero, investigado por la muerte de Taddei a causa de quemaduras. Al escuchar al padre de la víctima el discurso me resulta conocido. Y se ve con claridad que, cuando este tipo de vínculo está firme, nada se puede hacer para romperlo, a pesar de que se tenga claro que la pareja está destinada a la tragedia. Amigos y familiares avisan a Wanda que es peligroso seguir, pero ella está subsumida en un sopor que cree que es amor, y trabaja denodadamente por labrar un destino que la aproxime a a la muerte. Nada fue espontaneo y sorpresivo. Los indicios, las señales, los amagos se esparcían por los días y las horas; las alarmas, ya roncas, eran sonidos rutinario. Pero ella no escuchaba ni dejaba escuchar y luchaba por mantener a todos alejados de su infierno privado. Una militante del horror. Dejemos que el padre nos cuente

 

Habla el padre de Wanda Taddei
Fuente: http://www.clarin.com/diario/2010/03/07/um/m-02154275.htm

“Wanda venía con moretones y él amenazaba con incendiarnos la casa”
10:26|En una entrevista con Clarín, Jorge y Beatriz Taddei reconstruyeron la vida de su hija. Culpan a su yerno, baterista de Callejeros, por la tragedia. Por: Gisele Sousa Días
Durante las próximas dos horas, Jorge y Beatriz Taddei contarán que vivieron con la plata contada hasta hace 14 años, cuando diseñaron esta casa. Mostrarán la bodeguita que se hicieron construir en una sala refrigerada, entre habanos cubanos y un vino personalizado de mil dólares y contarán que Wanda mentía cuando le descubrían los moretones. Dirán que habrá que subir por la escalera porque el ascensor espejado otra vez no funciona y contarán que cuando era adolescente la tuvieron dos años encerrada para repeler las malas juntas y las drogas. Mostrarán la coupe Chevy que le prepararon a su nieto mayor y contarán por qué saben que Wanda los escuchaba mientras estaba en coma. Mostrarán ese placard que se abre como las bibliotecas mentirosas de las películas, aparecerá el escondite secreto donde Jorge guarda las armas con las que sale a cazar y explicarán por qué en el primero, en el segundo y en el tercer piso de su casa de Mataderos tuvieron que dejar matafuegos a mano.
Jorge apaga un Marlboro light y enciende otro. Es ebanista y dueño de una empresa de equipamientos y el 27 de febrero, 6 días después de la muerte de su hija del medio, cumplió 68 años. En el fondo, detrás del perfume del Tilo, está la cruz aceitada con la que hizo el costillar. Beatriz (64) ceba mate con Chúker y dice sola: “Mi hijo grabó la voz de los nenes para que Wanda los escuchara cuando estaba internada. Le decían ‘mamá, nos vamos a curar juntos, no nos vamos a pelear más’. Yo se lo llevé y, cuando le puse play, pi pi pi, empezaron a sonar los aparatos a los que estaba conectada. Claro que nos escuchaba. Yo le cantaba canciones de cuna para que durmiera tranquila y le leía a Neruda, ese de ‘me gustas cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca”.
Sólo ellos saben cuánto buscaron a esa nena que nació el 24 de abril de 1980: después de una operación, a Beatriz le habían dicho que no podía tener más hijos. “Fue tan deseada que la malcriamos mucho. De noche dormía en la panza gigante de papá”, dice Jorge, y se apoya las palmas.
Y llegó la bendita adolescencia en Villa Insuperable: “Cuando tenía 15 o 16 tuvo su primer contacto con Eduardo Vázquez. Ahí me entero que él consumía cocaína”, dice Beatriz. Lo que siguió fue un tratamiento “de rehabilitación”: “La psicóloga nos dijo que le cortáramos el teléfono y que no podía ver ni hablar con nadie. Yo me quedé sentada al lado: durante dos años no salí ni a hacer compras”, jura Beatriz. El ambiente era tan pesado que prefirieron que Wanda abandonara el secundario.
A los 20 se fue a vivir con “Jorgito”. Los padres les compraron un departamento, un auto y les pusieron un local. “Pero cuando llegó el segundo bebé les quedó chico, así que les compramos la casa de Pizarro: la casa donde murió Wanda, bue… donde empezó a morir Wanda”, dice él. Después se separó y empezó a salir con Juan Pablo. Se tatuó el nombre de él en chino en la cintura pero él la dejó. Hasta que, hace dos años, se reencontró con Eduardo.
“Yo ya sabía cómo podía terminar esto. Se había alejado de las amigas, llegaba con moretones, le contó al hermano que él le había pegado. Los nenes me hablaban de gente quemada y de muertos, se ve que él hablaba de Cromañón. Un día la maestra nos dijo que el mayor estaba como ausente pero Wanda nos prohibía que miráramos el cuaderno de comunicados. Todos los días, durante un año, pensé que mis nietos iban a morir: como ella y él se querían mucho, pensaba que ellos podían molestar”. El mayor de los nenes, que ahora viven con su papá, tiene 8 años. El menor cumplió 6 una semana después de la muerte de su mamá.
Beatriz fue a Minoridad a pedir que les hicieran pericias psicológicas “pero Wanda empezó a decirle a todos que yo la había denunciado. Me fui para la casa y me gritó: ‘andate de acá porque voy a llamar al 911’, hasta que se asomó él y me dijo: ‘Andate de acá porque voy a tirar nafta y un fósforo porque tu casa es toda de madera. ¿Ves? Ya me había amenazado con prender fuego mi casa, lo que pasó no es algo circunstancial”. Jorge ya conocía esa amenaza: “Un día, estaba por tocarle el timbre y siento que le grita ‘hija de puta, te voy a prender fuego a vos y a toda tu familia y me voy a ir. ¿Y ella? Lloraba y le rogaba ‘no, por favor no te vayas”. Desde esos días hay un matafuego en cada piso.
En noviembre, cuando se casaron, Jorge y Beatriz les regalaron un viaje a Cancún que perdieron porque Eduardo no consiguió pasaporte. “En el medio del casamiento Wanda dijo delante de todos: ‘ahora sí que nadie nos va a separar”, cuenta Beatriz, y todavía no entiende cómo tardó casi 7 horas en enterarse de lo que había pasado aquella madrugada. ¿Sabés como nos enteramos? “Mi otra hija le dijo a mi marido: anoche Eduardo me dejó los nenes en calzoncillos y descalzos y me dijo que había tenido un accidente. Pero el nene dice que tiró no se qué a la pileta. ¿Por qué no vas? A ver si la ahogó…”.
Vázquez tiene una mujer envuelta en llamas tatuada en el brazo. “Dice que es la madre, que murió en Cromañón, pero así llegó Wanda al hospital: desnuda, corriendo y prendida fuego”, dice ella. Y Jorge se acuerda de una de las pocas veces que pelearon: “Yo le dije que se defendiera si él era agresivo, ella se enojó y me dijo: ‘andate de mi casa’. Yo le dije: ‘Wanda, si me echás, olvidate de que soy tu padre. Y me fui. Al rato me llamó llorando: ‘perdoname papi, perdoname, yo te amo’, me dijo. Y yo…viste ¿que voy a hacer? Le dije: ‘yo también te amo pelotuda, yo también”.

 

 

 

 

 

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Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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