Psicopatia Dr.Hugo Marietan

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SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA


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Pseudopsicopatía. Trisomía
XYY. El
Arropiero

El
concepto de pseudopsicopatías

Hugo
Marietan, noviembre 2008

Se utiliza el término “pseudopsicopatía” 
para designar a aquellas personas que tienen rasgos
psicopáticos derivados de una patología de base orgánica,
ya sea genética (como es el caso de esta trisomía XYY que
exponemos a continuación), o por alteraciones anatómicas
en el cerebro (desde una oligofrenia como es el caso de
Cayetano Santos Godino, alias el “Petiso Orejudo”), hasta
la aparición de tumores sobre todo que interesen los
lóbulos frontales, o por traumatismos del cráneo que
repercuten en esta zona, y con preferencia en la COA,
Corteza Orbitaria Anterior. Es muy conocido los casos de
boxeadores que se lesionan la COA y sufren una
TRANSFORMACIÓN de la personalidad (antes de la lesión
tenían un patrón de comportamiento, luego de la lesión
transforman ese patrón de comportamiento) , a veces muy
semejante de una psicopatía; o bien las deshibiciones
conductuales  que producen las demencias, sobre todo las
localizadas (tipo Pick o vasculares) que alteran el lóbulo
frontal. También las intoxicaciones por drogas pueden
producir comportamientos similares a los psicopáticos.

Hago esta aclaración, derivada de una
consulta por mail, para evitar la confusión de creer que
estos individuos, que tienen una clara patología cerebral,
sean asimilados a los psicópatas puros, en quienes no se
ha encontrado ninguna patología que fundamente su
conducta. Desde luego que estoy al tanto de trabajos que
refieren hallazgos patológicos en los psicópatas, pero no
tienen el consenso adecuado ni son compartidos
universalmente. Es decir, que estos hallazgos no son
verificados por otros investigadores de tal manera de 
construir un consenso científico que los afirme.

Goldar, en el artículo ‘Los
fundamentos neurobiológicos de la ética’ (Alcmeon, 13,
1995
) dice en referencia a estas pseudopsicopatías en
relación a la COA:

“El primer trabajo que señala una
relación entre lesiones ventrales y trastornos éticos fue
publicado por Leonor Welt, de Zürich, en 1888. Lo que
muestra Welt es la aparición de “cambios de carácter”,
sobre todo bajo el modo de fallas éticas, como
consecuencia de lesiones en la superficie orbitaria del
lóbulo frontal.(#) La tesis de Welt ha sido desarrollada
cuarenta años más tarde por Karl Kleist. Este
investigador, en su comunicación sobre “trastornos de los
rendimientos del yo” (1931) y en su monumental Patología
cerebral (1934), señala claramente el vínculo entre
lesiones orbitarias y perturbaciones en la conducta ética.
Para Kleist, la corteza orbitaria es el sitio donde se
elaboran los sentimientos comunitarios. Considera,
entonces, que los psicópatas antisociales deben ser
personas con defectos orbitarios. En 1937 aparece “Sobre
la significación de la corteza basal”. Su autor es Hugo
Spatz, quien llama “corteza basal” al conjunto
orbitotemporal que aquí denominamos “neocortex ventral”.
Siguiendo las ideas de Welt y de Kleist, señala Spatz las
perturbaciones éticas que surgen como consecuencia de las
lesiones orbitarias. Este autor afirma, con toda razón,
que la corteza basal es el fundamento de los más elevados
procesos mentales. De esta manera podemos decir que, hace
más de medio siglo, el papel ético de la corteza orbitaria
estaba definitivamente demostrado. Es oportuno destacar
que las lesiones orbitarias no ocasionan trastornos
intelectuales o práxicos, y que las lesiones localizadas
en el cerebro dorsal pueden generar graves fallas
intelectuales, pero nunca dan origen a trastornos éticos
persistentes”.

Por su parte, Isabel Benítez, en una
brillante investigación realizada en Argentina,
“Alteraciones de la corteza orbitaria anterior en un
sujeto con grave comportamiento antisocial” (Almeon 18,
1996 –

http://www.alcmeon.com.ar/5/18/a18_01.htm
expone lo
siguiente en su tesis :

“Es bien conocido el fundamental
trabajo de L. Welt (1888) en el cual sugiere que las
lesiones de la superficie orbitaria de los lóbulos
frontales podrían ser responsables de cambios de carácter
representados por hiperactividad, euforia y locuacidad
junto con un deterioro de los estándares éticos y morales.
En el mismo año de la publicación de ese trabajo,
Jastrowitz (1888) estudió varios pacientes con tumores del
lóbulo frontal. Algunos de ellos aparecían eufóricos o
exultantes, eran extraordinariamente locuaces y mostraban
una fuerte tendencia al uso de juegos de palabras y
lenguaje obsceno. Oppenheim (1890) denominó a estos
síntomas “Witzelsucht” lo que podría traducirse como
“manía por la chocarronería”. Binswanger (1917), citado
por Rylander (1939) describió las alteraciones de carácter
desplegadas por un paciente que había sufrido un
traumatismo del lóbulo frontal derecho. Dicho paciente era
extremadamente irritable y exhibía una fuerte tendencia al
comportamiento antisocial. Luego de la extirpación de ese
lóbulo apareció con notable buen humor y temperamento
equilibrado.

Ante lesiones del lóbulo frontal se
describió no solamente la existencia de euforia sino
también una franca disminución de la fatigabilidad (Poppelreuter
1915, 1918). Según Kleist (1931) el déficit en el Yo
social se presenta en los traumatizados cerebrales bajo
forma de defectos de los sentimientos morales: de
deslealtad, especialmente en los vínculos de amor; de
mendicidad; de supercherías; de robos y hurtos. Súmanse,
en el aspecto pragmático, defectos de adaptabilidad y de
subordinación, rebeldía e instigación. A veces estas
manifestaciones de asociabilidad se acompañan de
impulsividad e irascibilidad.

Kleist tuvo la genial intuición de
suponer que el psicópata antisocial es un enfermo
orbitario víctima de alguna malformación orbitaria. Sin
embargo no pudo suministrar ninguna prueba a favor de tal
suposición porque no tuvo la fortuna de que llegasen a sus
manos casos indicativos en tal sentido. Rylander (1939)
cita un caso estudiado por Poetzl de euforia consecutiva a
una lesión del área orbitofrontal. Goldar y Outes (1972)
estiman que las lesiones orbitarias inductoras de cambios
de la personalidad son por lo general bilaterales y
simétricas. Opinan que una lesión bilateral limitada a la
corteza orbitaria anterior es suficiente para ocasionar
alteraciones en la esfera social. En ese trabajo describen
los hallazgos consecutivos a la autopsia de un sujeto (A.L.
Historia Clínica Nº 4.337 del Hospital “José T. Borda”),
que como consecuencia de un traumatismo cerrado de cráneo
sufrió un profundo cambio en su conducta social. Esos
autores consideran que la destrucción de la corteza
orbitaria anterior produce una desaferentación parcial de
la corteza temporal basolateropolar. En consecuencia el
cerebro interno reacciona exclusivamente ante impulsos
procedentes del cerebro posterior. No suministran datos
sobre alteraciones morfológicas de otras regiones
conectadas con la corteza orbitaria anterior.

En mayo de 1995 llegó a nuestro
Instituto, gracias a la colaboración del médico Luis Oscar
Montero, un cerebro que había pertenecido al protagonista
de un grave hecho delictivo que consta en el expediente de
la Causa Criminal Nº 42.640, Cámara del Crimen San Isidro,
Provincia de Buenos Aires.

En este trabajo nos proponemos hacer
una comunicación preliminar de los resultados obtenidos
con el estudio del cerebro de ese sujeto con grave
comportamiento antisocial. Tenemos en elaboración otro
sobre el mismo cerebro que será publicado posteriormente.
Este último será de más profundos alcances y en él se
describirán las características morfológicas y
distributivas de las neuronas orbitarias anormales en sus
parámetros cuantitativos obtenidos con técnicas de
Procesamiento Digital de Imágenes. También se incluirá el
estudio de otras regiones conectadas con la corteza
orbitaria anterior de ese cerebro. Entre ellas figura la
corteza temporal basolateropolar. Con respecto a esta
última, ya estamos en condiciones de adelantar que en ella
son claramente detectables conspicuas anormalidades. De
igual modo, anticipamos que las neuronas de la corteza
lateral no presentan anormalidades”.

Con estas referencias creo que  queda
claro la el concepto de pseudopsicopatías (de base
orgánica) del de psicopatía (sin base orgánica por el
momento).

 

Con respecto a la trisomía XYY
existen estas comunicaciones:

El primer informe sobre un sujeto con
47 cromosomas (uno de ellos XYY) en lugar de los 46 que
tienen normalmente las células humanas (23 parejas) es
publicado por SANDBERG y col. (Lancet, 2: 48, 1961), pero
no lo relacionan con la conducta sino lo toman como una
curiosidad biológica. Se trataba de un muchacho de 12 años
con ectopia testis y obesidad. Se le trató con
gonadotropina coriónica que le hizo descender el testículo
derecho hasta la bolsa escrotal.

Un trabajo de JACOBS y col. (Nature,
1965), apoyándose en otro anterior de Court Brown (1962).
JACOBS realiza un estudio de 197 pacientes de conducta
peligrosa recluídos en el State Hospital de Lanarkshire
(Escocia), entre los que encontró 7 varones con un
cromosoma XYY. Estos reclusos habían sido convictos en 92
ocasiones pero sólo ocho por delitos contra las personas.

DERSHOWITZ (1976) señalaría que si la
población de varones en Estados Unidos era de 110
millones, habría aproximadamente unos 200.000 con
cromosomas XYY. Basaba sus cálculos en los estudios
estadísticos derivados de las encuestas realizadas en
diversos Estados. Sigue opinando que si hay un millón de
americanos varones que en algún momento han cometido un
crimen violento, 3.200 de ellos según las estadísticas
tendrían el cromosoma XYY. Pero predecir que todos los
200.000 llegarían a cometer un crimen violento sería una
falsa premisa. Solamente ocurriría en el 1.5 % según sus
cálculos.

BORGAONKAR y SHAH (1974) en sus
investigaciones habían llegado a la conclusión de que “la
frecuencia de conducta antisocial de los varones XYY no es
probablemente muy diferente de las de las personas no XYY
de la misma clase social y antecedentes.

Todos los autores estuvieron de
acuerdo en afirmar que el cromosoma XYY no era hereditario
sino que surgía individualmente sin saber la razón de
ello.

Los criminales que poseen el
cromosoma XYY tienden a tener unos rasgos parecidos:
elevada estatura, acné, retraso mental, conducta agresiva
o impulsiva, fracaso escolar, dificultad para diferenciar
el bien del mal, desviaciones sexuales, historial con
agresiones sexuales y pies y manos grandes.

WALZER insistía en que hablar de un
“cromosoma del crimen” como se había expresado en diversas
noticias de Prensa no tenía sentido, pero creía que había
indicios claros de que algunos varones XYY tenían
problemas en la lectura y el aprendizaje escolar, así como
algunas dificultades en su conducta. El consideraba que
siguiendo la evolución de estos niños podrían ser ayudados
al identificar tempranamente sus problemas.

BECKWITH había calificado de “mito
peligroso” al llamado síndrome XYY y consideraba que los
problemas que creaban estas encuestas eran mayores que las
ventajas que podían reportar. Los problemas surgían, según
su criterio, en los padres al saber que tenían un hijo XYY,
lo que les traumatizaba y hacía que su conducta con el
hijo pudiera ser precisamente la desencadenante del
problema que se trataba de prevenir.

Fuente de esta
información sobre trisomía:


http://www.gorgas.gob.pa/museoafc/loscriminales/criminologia/cromosoma.html

 


El Arropiero

Manuel Delgado Villegas, ‘El
Arropiero’, fue detenido en 1971 en El Puerto tras
asesinar a su novia. Después confesó medio centenar de
crímenes: fue el mayor ‘serial killer’ de España

Fuente:

http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/279668/cromosoma/criminal.html

 

EN la Navidad del 97 un esqueleto de
larga barba, sin sombra de parecido con Papá Noel, se
refugiaba en las esquinas de Mataró escupiendo sangre.
Tenía 58 años, pero aparentaba mil. No quería pisar
albergue alguno, no quería volver a estar entre cuatro
paredes. Había tenido bastantes paredes de psiquiátrico en
psiquiátrico, de Carabanchel a Fontcalent, de Fontcalent a
Santa Coloma, el Robinson de los loqueros, como le
llamaban los demás locos. Loco, loco… Estaba libre
porque iba a morir. Ya no era un asesino peligroso, sino
un mendigo moribundo. Y moriría días después, en febrero.
En las calles reventarían sus pulmones podridos de
nicotina. Acababa de morir el mayor serial killer de la
historia de este país. Tendido en el suelo de una calle de
Mataró, El Arropiero parecía poca cosa. Un muerto poco
vistoso para una biografía con tantos muertos a las
espaldas.

Era sevillano, se llamaba Manuel
Delgado Villegas y había heredado de su padre el apodo
porque se dedicaba a vender arropía, una golosina
empalagosa sacada del higo. Llevaba a gala un bigotito
pelón que le convertía en el doble de Cantinflas y había
sido detenido en el año 71 en El Puerto tras asesinar a la
mujer con la que se hablaba, Toñi, detenido tras haber
vuelto tres noches seguidas a poseer el cuerpo, ya
cadáver, de Toñi en el mismo lugar donde la había
asesinado estrangulándola con una media. “Estaba allí tan
bonita…”, dijo. Loco, loco…

El Arropiero se llevaba con él su
arma homicida, un arma genética conocida como el cromosoma
Lombroso en honor al positivista que afirmaba que el
asesino es incorregible, que su impulso de matar está en
el código genético. El criminal nace, no se hace, defendía
Cesare Lombroso a finales del siglo XIX. La metodología de
Lombroso era pobre científicamente, pero durante el siglo
XX tuvo sus defensores, incluso Freud tangencialmente.
Cuando Jacobs descubrió en 1965 el síndrome de la trisomia,
Lombroso resucitó. La clave eran tres letras: XYY. Y aquí
entra en juego el doble de Cantinflas detenido en El
Puerto, una caja de sorpresas.

Los asesinos y violadores en serie no
son XX ni XY en el cromosoma que define la sexualidad
humana. Son XYY. El Arropiero tenía esa anomalía genética.
El Arropiero era violador y asesino, violento en toda
circunstancia, no tenía una sexualidad definida. El
Arropiero parecía haber sido puesto en el mundo por Cesare
Lombroso en persona.

Cuando fue detenido, confesó 47
crímenes más además del de Paqui, entre ellos el de
Francisco Marín, un vecino suyo de El Puerto que apareció
ahogado en el Guadalete, una hippie francesa ciega de LSD
en Ibiza, un millonario barcelonés que había solicitado
sus servicios de chapero, un publicista al que dejó seco
de un golpe de karate… De 1964 a 1971, El Arropiero
regaba muerte en su vagabundeo.

La policía pudo comprobar ocho de
esos crímenes, dio verosimilitud a otros 22 y no siguió
investigando los demás. Cuando iba en el coche policial,
escucharon por la radio el caso de un mexicano al que se
le atribuían 49 crímenes. “Este te gana”, bromeó el
policía. “Señor inspector” -contestó El Arropiero- “déjeme
libre tres días más. No deje que ese mexicano me gane”.

Pero al Arropiero no se le juzgó por
ninguno de esos crímenes. El Arropiero dio con sus huesos
en el manicomio sin más, escondiéndolo del sistema,
eliminándolo en su celda de psicópata. Y así el bigotillo
se transformó en una larga barba.

La psiquiatra Julia Cano, que imparte
Psiquiatría Forense en el Instituto de Criminología de la
UCA, afirma que “este personaje tenía una trisomia de los
cromosomas sexuales, era XYY, lo que se ha relacionado con
la tendencia a la agresividad y la predisposición a la
psicopatía así como con problemas en el lenguaje, que El
Arropiero tenía. Su madre murió cuando él nació, a los dos
años recibió una brutal paliza de un primo mayor. A los 6
años no sabía hablar y era objeto de burlas. Compensa ese
defecto con el lenguaje de los puños. Era temido en el
colegio. Lo licenciaron de la Legión por epilepsia, no se
sabe si simulada. A los 19 ya era proxeneta y temido por
su violencia y perversiones sexuales. Se dice que es más
frecuente encontrar el XYY entre violadores y asesinos que
entre la población general, pero sólo en proporción de un
dos por ciento de ellos (0,01 en la población general).
Pero también es frecuente que tengan abusos o malos tratos
en la infancia. Fue una novedad en los años setenta y se
quiso ver en ello la marca Lombroso de criminal nato. Pero
hoy en día los estudios no son tan determinantes. Nunca
los genes crearán por sí solos un asesino”.

Investigadores publicaron en la
revista American Journal of Medical Genetics un estudio en
el que encontraron el ‘cromosoma criminal’ en el 1,8 por
ciento de los agresores sexuales que examinaron. Pero el
autor de la investigación, Peer Briken, del Instituto de
Investigación Sexual y Psiquiatría Forense de la
Universidad de Hamburgo, matiza que “los factores
genéticos sólo son importantes cuando concurren con otros
de tipo ambiental. Realmente, la presencia de XYY es rara
y no debería preocuparnos como un gran comportamiento
antisocial, pero hay que estar atentos a su presencia en
los agresores sexuales”.

Los individuos con un cromosoma Y
duplicado suelen presentar una serie de patrones comunes.
Según el instituto de Investigación en Enfermedades Raras
del Instituto de Salud Carlos III, los afectados suelen
ser altos y delgados, la mayoría presenta un acné severo
en la adolescencia y el espermiograma revela generalmente
falta o ausencia de espermatozoides. Todo ello coincide
con El Arropiero, el mayor criminal de la historia de
España, un bruto, un Robinson de los psiquiátricos, un
hombre solo, un vagabundo sin infancia, un salvaje que,
como el monstruo de Frankenstein, acariciaba con cariño el
cadáver de la mujer que había asesinado. Un esqueleto del
invierno de Mataró.

 


El Arropiero

Manuel Delgado
Villegas, “El Arropiero”

Por Margarita Bernal

 

Nacido en 1943, analfabeto, de
escasas luces, hijo de un vendedor de dulces de higo y
propenso a enfadarse cuando le brotaban pelillos en el
centro del labio superior, porque ello borraba el parecido
que creía tener con Cantinflas. Violador bisexual con
antecedentes penales; sádico, con ocho muertes probadas,
otras catorce investigadas y veintiséis más confesadas por
él mismo.

El Arropiero fue detenido a comienzos
de 1971 en el Puerto de Santa María por estrangular a su
novia, que apareció con los leotardos anudados al cuello.
Los policías se encontraron ante un necrófilo, ya que
Delgado reconoció que tuvo relaciones sexuales varias
veces con el cadáver. Tras la detención empezó a desgranar
una secuencia de crímenes terribles perpetrados durante
varios años de vagabundeo.

Es el mayor asesino de la historia de
la criminología española. Manuel Delgado Villegas “El
Arropiero” se declaró autor de cuarenta y ocho muertes.
Nunca fue juzgado, ya que se le ingresó en el Psiquiátrico
de Carabanchel. Murió hace unos pocos años, ya en
libertad, tras beneficiarse de la nueva legislación penal.
Nacía a la vida cuando su madre la perdía por traerle al
mundo. Era una fría mañana de 1943. El hambre y la miseria
de la posguerra inundaban España. Su padre, un honrado
trabajador, se ganaba la vida fabricando y vendiendo
golosinas caseras hechas con arrope, un líquido dulzón,
negruzco y espeso que se hace con higos. De ahí el alias
del Arropiero que luego heredaría su tristemente famoso
hijo. Al fallecer su esposa dejó la criatura al cuidado de
la abuela y marchó a vivir al Puerto de Santa María, donde
posteriormente se volvería a casar.

Manuel se crió con varios parientes
diferentes, que le propinaban frecuentemente palizas que
le curtieron el cuerpo y endurecieron el corazón. Acudió a
la escuela, pero fue incapaz de aprender a leer y
escribir. Era bisexual, mostraba un carácter bastante
violento y la promiscuidad empezó a ser su norma de vida.
Empezó a gozar de gran estima entre homosexuales y
prostitutas, y logró a vivir a su costa. Su “éxito” se
debía a que padecía anaspermatismo, es decir, ausencia de
eyaculación, por lo que era capaz de practicar repetidos
coitos en busca de un orgasmo que no conseguía alcanzar.

A los dieciocho años ingresó en la
Legión, donde además de iniciarse en el consumo de
marihuana, motivo por el que fue sometido a una cura de
desintoxicación, comenzó a padecer ataques epilépticos
-nunca se supo si fingidos o no- que le sirvió para ser
declarado no apto para el servicio militar. A partir de
entonces se dedica a recorrer la costa mediterránea
ejerciendo la mendicidad, robando en las casas de campo y
prostituyéndose. Es detenido en numerosas ocasiones por
“la gandula”, la famosa ley de vagos y maleantes, más
tarde denominada de peligrosidad social. Jamás llegó a
ingresar en prisión, dado que las convulsiones
neurológicas que escenificaba lo conducían a
establecimientos psiquiátricos de los que rápidamente
salía. 

Contaba 20 años de edad cuando el
Arropiero emprende su carrera criminal. Era 1964, hasta
entonces los delitos no habían pasado de proxenetismo y
paso clandestino de fronteras. Al día siguiente de año
nuevo, paseando por la playa de Llorac, en Garraf,
localidad de Barcelona, “se le cruzaron los cables”.

“Vi un hombre dormido apoyado en un
muro. Me acerqué a él muy despacio y, con una gruesa
piedra que cogí cerca del muro, le di en la cabeza. Cuando
vi que estaba muerto, le robé la cartera y el reloj que
llevaba en la muñeca. ¡No tenía casi nada y el reloj era
malo!”.

Siete años tardó la justicia en
demostrar su culpabilidad, pese a que el cadáver fue
descubierto a los diecinueve días del crimen. La víctima,
un cocinero, había acudido a la playa desde la ciudad
condal para recoger un par de saquitos de arena para la
cocina y se recostó a dormir una pequeña siesta de la que
jamás despertó. Tres años después de este asesinato volvió
a las andadas, ahora en Ibiza.

 Poseía el cromosoma XYY, llamado de
Lombroso o de la criminalidad. 

En un chalet deshabitado de Cam
Plana, a cinco kilómetros de la capital, abandonaba el
cadáver desnudo de una estudiante francesa que ese día
cumplía 21 años. La muchacha había acudido al lugar con un
norteamericano y, tras ingerir varias dosis de LSD, éste
intentó mantener relaciones sexuales, pero ella se opuso
tenazmente. El yanqui, desanimado, abandonó la casa
dejando la puerta abierta. La casualidad hizo que el
Arropiero le viera salir y, pensando que era un ladrón,
intentó imitarle, encontrándose con la hermosa joven
dormida. Esta tampoco despertaría.

Las andanzas del “vagabundo de la
muerte” continuaban y en un viaje relámpago a la capital
de España asesinaba de un golpe de karate al inventor del
slogan “Chinchon, anís, plaza y mesón”. El cadáver
apareció en un recodo del río Tajuña sin pantalones ni
calcetines. “Lo maté porque le vi en compañía de una niña
a la que trató de violar” fue su excusa.

La siguiente víctima, un millonario
vicioso. Se trataba de un barcelonés que contrataba
regularmente sus servicios por el precio de 300 pesetas la
sesión. Se encontraban en la tienda de muebles propiedad
de este industrial, escenario habitual de sus reuniones,
cuando Manuel le solicitó mil pesetas argumentando que
tenía una necesidad urgente. El cliente prometió dárselas
al final, pero, concluido el acto, le pagó las 300 de
rigor. “Por eso le pegué en el cuello con el canto de la
mano y cayó al suelo. Cuando le estaba quitando la cartera
se despertó y empezó a insultarme ¡él a mí!, por lo que
agarré un sillón, le arranqué una pata y le di con ella en
la cabeza”. Después lo remató estrangulándolo. Le partió
el cuello.

No había terminado aún el año 1969
cuando cometió su acto criminal más execrable. Asaltó a
una señora de 68 años, propinándole un fuerte golpe.
Después la arrojó desde una altura de 10 metros, descendió
en su búsqueda y arrastró el cuerpo ensangrentado hasta el
interior de un túnel, donde sació su degenerado instinto
sexual mientras lentamente la estrangulaba. Horrible acto
de necrofilia que volvió a repetir durante las tres noches
siguientes.

  En septiembre de 1970 decidió
trasladarse a vivir al puerto de Santa María con su padre,
para ayudarle en la fabricación de arropías y vender
golosinas en un carrito por las calles. Pronto hizo
amistad con un homosexual, con el que mantuvo secretas
relaciones.

“Fuimos a dar un paseo en moto y
cuando íbamos a salir a la carretera general, me acarició.
Le dije que se estuviera quieto, pero no me hizo caso.
Enfadado, paré y le di un golpe en el cuello, despacio,
pero era tan flojo que se cayó y se rompió las gafas. No
respiraba bien y me dijo que lo llevara al fresco, junto
al río. Allí intentó otra vez tocarme y, sin pensarlo, le
solté un golpe más fuerte y cayó al fango, boca abajo e
inmóvil”. El cadáver fue localizado flotando a 12
kilómetros del lugar del crimen.

Durante su estancia en la localidad
costera entabló relación con una subnormal, muy conocida
por su desmesurada afición a los hombres. Llegó a
presentarla a su padre como su novia. “Salimos a dar un
paseo y por una veredas fuimos al campo de Galvecito;
hacíamos el amor siempre en él sin que nadie nos viera. Lo
hicimos, como siempre, de muchas formas, pero me pidió una
cosa que me daba asco. Cuando me negué a ello me insultó y
me dijo que no era hombre, pues otros se lo habían hecho”.
La infeliz no se apercibía de que estaba firmando su
sentencia de muerte. “Entonces le pegué un golpe, y como
no se callaba y me seguía insultando, le puse al cuello
los leotardos que se había quitado y apreté hasta que se
murió”.

Cuando terminó escondió el cuerpo
entre unos matorrales y regresó al pueblo. “Volví a estar
con ella el lunes, el martes y el miércoles, y hubiera
vuelto hoy si no me hubieran detenido. ¡Estaba tan guapa!,
¡La quería tanto! ¿No era mi novia?, ¿Entonces no podía
hacer el amor con ella lo mismo que antes?” Fue su
argumentación al ser detenido por agentes de la Brigada de
Investigación Criminal, el 8 de enero de 1971.

De los cuarenta y ocho asesinatos que
se atribuyó -especificó que estuvo a punto de matar a seis
personas más para satisfacer su apetito sexual- durante
sus siniestras andanzas por Francia, Italia y España, sólo
se llegaron a probar ocho, debido a su extrema
complejidad, que hubiera precisado la colaboración
policial a nivel europeo. Faltaron acusaciones
particulares, había pocos testigos. No se llegó a celebrar
la vista oral, sino que con base en la Ley de
Enjuiciamiento Criminal se emitió un auto de
sobreseimiento libre, por el que quedó archivada la causa
y se ordenaba su internamiento en un centro psiquiátrico
penitenciario. El de Carabanchel fue su destino, hasta el
cierre del mismo hace una década.

En dicho establecimiento fue
examinado por expertos psiquiatras de numerosos países y
determinaron que se trataba de un peligrosísimo psicópata,
a causa de ser poseedor del cromosoma XYY, denominado de
Lombroso o de la criminalidad. Los especialistas que
estudiaron su caso coincidían en que no se le podía poner
en libertad porque “es un criminal nato, un asesino que
puede hacer mucho daño siempre, mientras viva”. Por su
alteración genética carecía de conciencia, de sentido de
la culpabilidad, de remordimientos; creía que era normal,
incluso cuando asesinaba. Cortocircuitados los
sentimientos, lo hacía con la mayor tranquilidad: ni
parpadeo, ni aceleración cardiaca, ni gota de sudor.

Describió con la mayor frialdad
posible cómo en Roma mató a su patrona porque se había
encaprichado de él y, como era demasiado gorda, no podía
abrazarla. En París se encaprichó de una joven que
pertenecía a una banda de atracadores; como éstos se
negaron a admitirlo en el grupo, acribilló a los cuatro
con la metralleta de uno de ellos. En la capital francesa,
antes de ser expulsado del país por indocumentado, mató a
otra chica por chivata, estrangulándola lentamente.

Prosiguió sus correrías por la Costa
Azul, asesinando a una dama de unos 40 años que le llevó a
su lujoso chalet; ella se empeñó en que durmiera abundante
y él, contrariado, le machacó la cabeza con una piedra.

Le robó el dinero y las alhajas.
Igual que haría con un hombre que, al verlo dormido en la
playa, se ofreció a que lo hiciera en su casa; tras
invitarle a cenar, intentó mantener relaciones sexuales
con él. Un apretado cable alrededor del cuello del
anfitrión puso fin a su “generosidad”. Curiosamente “el
estrangulador del Puerto” aportó un dato que ayudó a la
INTERPOL a cargarle la autoría del crimen. Recordó que, al
mantener contacto íntimo con su víctima, se quedó dentro
del recto de ésta el vendaje que le cubría el dedo con el
que le penetró. El informe del forense establecía que,
efectivamente, al hacerle la autopsia se habían encontrado
unas gasas en tal lugar.

Durante las dos décadas largas de
internamiento fue sometido a tratamientos por diversos
expertos. A consecuencia de ello jamás volvió a mostrarse
violento con otros enfermos. “En ocasiones ocurre que
algún interno se mete con él llamándole estrangulador y,
sin violentarse, enseguida me llama y viene a presentar la
queja oportuna”. Declaraba uno de los jefes del centro de
Carabanchel.

Bajito y de extraordinaria fortaleza.
Un sujeto enigmático y agresivo, de mente retorcida, sin
escrúpulos, en cuyo diccionario no entraban las palabras
perdón, piedad o remordimiento, y que alardeaba de sus
hazañas delictivas. Se pasaba el día musitando: “Necesito
que alguien se acuerde de mí”.

Con el paso de los años en el
psiquiátrico, su aspecto externo tornó, pese a ser un
cuarentón, en el de un anciano de cabello oscuro
encanecido, ralo y enmarañado, barba hirsuta, rostro ajado
y diabólico, ojos azules como el mar, fríos como el hielo
y penetrantes como el acero. Pero su actitud cambió. “No
he matado a nadie”, susurraba a quien quería escucharle.
Como si hubiera olvidado el casi medio centenar de
asesinatos de los que alardeaba, describiéndolos con todo
detalle en los interrogatorios policiales. Decía que
quería curarse, trataba de recuperar la libertad.

Tras el cierre del madrileño
psiquiátrico penitenciario de Carabanchel prosiguió su
internamiento judicial en el sanatorio alicantino de
Foncalen. Con la entrada en vigor del nuevo Código Penal
fue puesto en libertad, falleció al poco tiempo debido a
su desmedida adicción al tabaco, desarrolló una EPOC
(Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica) que acabó con su
vida el 2 de febrero de 1998.

 

 

 


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Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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