Psicopatia Dr.Hugo Marietan

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SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA


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Artículo publicado por la revista de
divulgación  Imago , agosto 2007

Estoy en manos de un psicópata. ¿Qué hago?

Hugo Marietan,  agosto 07

 

 

Esta es una de las preguntas más frecuentes que le hacen a
un especialista que trabaja con personas afectadas por estar
relacionadas con psicópatas.

¿Cómo me saco de encima a un psicópata?

Desde luego que no estamos hablando acá
del psicópata exacerbado: el asesino serial, el violador
secuencial ni el perverso intenso. Sino que hablamos del que
el he llamado “el psicópata cotidiano”: el que ejerce su
psicopatía en la pareja, en la familia, en el lugar de
trabajo, en el club. Aquel que muestran sus rasgos
psicopáticos y no son señalados como asociales.

Bien, pero comencemos con el concepto
básico: “¿A qué llamamos psicópata?”.

Un psicópata es una persona. Hago un
alto acá. Porque varios de los damnificados por la relación
con un psicópata no lo llaman “persona”, ni mucho menos. Por
lo general se refieren a él como “el gran h de p”. Pero,
subjetividades aparte, es una persona. Con mayor precisión
diremos que es una forma especial de personalidad. Una
manera de ser en el mundo que se distingue del grueso de la
población. ¿Por qué característica? Por tener necesidades
especiales y cosificar a las otras personas.

Es propio de la naturaleza de los seres
vivos tener necesidades: necesitar de lo externo para
sobrevivir (nutrientes, resguardo, reproducción, y demás).
Pero las necesidades comunes son consensuadas y
comprensibles. Es decir, la inmensa mayoría las comparten:
necesidad de alimento (y un modo de hacerlo), necesidad de
los otros (por seguridad, por debilidad individual), y
otras. Estas necesidades las entendemos (intelecto) y las
comprendemos (empatía y vivencias similares). Son
necesidades típicas, comunes.

Entonces, ¿qué sería una necesidad
atípica? Preferir como alimento la carne humana
(canibalismo) en un espacio y tiempo culturalmente
inaceptado. La exacerbación del poder. Ejercitar el sexo
(sexuar) con infantes o sin el consentimiento de la otra
persona (violación), por poner sólo algunos ejemplos.

¿Y la cosificación? Es quitarle la
jerarquía, el valor de persona del otro y tratarla como una
“cosa”, como algo que se usa y se tira, como algo sobre el
que se permiten maniobras y manipulaciones que serían
indignas en una persona. Sobre una cosa se puede hacer
cualquier acción sin el displacer interno (culpa) por las
consecuencias de esas acciones. Es un tipo de impunidad
interior que tiene el psicópata. Un juez benevolente que
prioriza las necesidades del propio psicópata por sobre las
consecuencias negativas sobre las otras personas. “El fin
justifica los medios”, anuncia este juez maquiavélico.

Y ésta es una de las claves para
acercarnos, al menos un poco, a entender intelectualmente
cómo funcionan estas personas especiales: tú, el que está
con el psicópata, no eres tratado como un igual a él, sino
como algo inferior, desechable, indigno, como una cosa.

Grandes son los lamentos de los
complementarios (los que conviven con psicópatas) al darse
cuenta de que no son tratados como personas, ni como
mujeres, ni, a veces, como meras hembras, sino que llegan a
ser “casi nada” para el psicópata que ve en ellas solo la
utilidad para sus fines y sus objetivos transitorios.

¿Cuántos son? Está, más o menos,
calculado, siendo optimistas, que los psicópatas son el 3%
de la población. Sobre una base, en Argentina, de cuarenta
millones, serían unos novecientos mil. ¿Todos varones? No.
De esos novecientos mil, la relación es de tres hombres a
una mujer. O sea que contamos con unas trescientas mil
psicópatas.

 

Rasgos

1) Los psicópatas trabajan siempre para
sí mismos.

A veces parece que son altruistas,
generosos, desprendidos. No confundirse: están invirtiendo,
en algún momento sacarán el jugo a esas relaciones y a esas
dádivas. Hemos tenido las experiencias de políticos
esforzados “por la patria”, “por la recuperación del ser
nacional”, “por la patria grande”, “por los desposeídos”,
todos objetivos muy gregarios pero, hilando fino, sólo
estaban trabajando por cumplimentar sus necesidades
especiales.

2) El psicópata no realiza acciones
psicopáticas en el 100 % de sus conductas.

Esto confunde mucho a los comunes que
creen que un psicópata deber mostrarse constantemente en
conductas atípicas o asociales. No. Al contrario. La mayoría
de esas conductas son adaptadas y sólo en un pequeño
porcentaje se muestra como psicópatas y no con cualquiera
sino que…

3) El psicópata muestra su psicopatía
con el complementario (el que convive con él), con otro
psicópata (cuando se asocian para lograr un objetivo —bandas
de delincuentes, partidos políticos, empresarios—), y actúa
sobre personas comunes (cuando las viola, las asalta, las
estafa, las mata, etc.).

4) Es de difícil identificación.

Por lo general, pasan desapercibidos.
Algunos son gentiles, amables, tienen el “don de gente”, son
seductores, hasta fascinantes (los hay también muy
desagradables, pero lo trataremos en otro trabajo). Y
ejercen su psicopatía solapadamente en ámbitos separados de
sus lugares habituales.

5) Suelen ser bifrontes.

Cual dios Juno, presentan dos caras:
una frente a los complementarios y a su familia, y otra
frente al resto de la sociedad. Suelen ser tiránicos,
déspotas, agrios, callados con su familia y sociables,
agradables y solícitos frente el resto de las personas. De
tal forma que los “amigos” externos a la familia, no dan
crédito cuando un complementario o un hijo de psicópata les
cuenta cómo es el comportamiento dentro de la familia del
psicópata.

6) Convencen.

Suelen ser carismáticos y seductores.
Convencen a los demás, a veces francamente los fascinan para
que sigan sus proyectos o sus intereses. Las herramientas
que usan son: una perspicacia espacial para captar las
necesidades y debilidades del otro, la capacidad de
“expandir” la libertad en el reprimido, la mentira (son
verdaderos artistas de la mentira), la coerción, la
actuación (son actores natos).

7) Minan la autoestima del otro.

Trabajan cual escultor tallando todos
los valores del complementario hasta eliminar, muy de apoco,
todos los valores que lo sustentan como persona (la
dignidad), hasta convertirlo en un ser dependiente y
demandante de los caprichos del psicópata (un esclavo). Esto
es un “proceso”, nada agudo ni torpe. Se hace con lija fina,
pero constante y sin pausa. Y la mayoría de la veces el
complementario no es conciente de la profundidad de su
deterioro como persona. Ante la alarma general de su familia
de origen, de sus amigos, que le ponen sobre aviso del
desastre, el complementario hace caso omiso de las
advertencias y sigue obnubilado tras el mandato del
psicópata quien, a sabiendas de esto, lo que hace es
llevarlo a un…

8) Aislamiento.

El psicópata aísla al complementario y
a toda su familia. Toda persona que puede interferir en su
poder interno es descalificado, menospreciada (sutilmente,
desde luego) hasta que el complementario “se da cuenta” de
que esa persona es negativa para él. Así se va quedando sin
amigos, primero, luego sin relación con los hermanos ni con
sus padres, y su único sostén es… el psicópata.

9) Uso y abuso.

Llegado a este punto, el complementario
ya está preparada para el uso y abuso por parte del
psicópata quien, ahora sí, muestra su cara más desagradable
y tiránica, pero ya no tiene a nadie que lo pueda
confrontar.

10) Un largo sueño.

La relación psicópata–complementario
hunde su anclaje en lo irracional. Nada lógico puede
explicar esta unión. Sin embargo, es muy sólida y
reincidente. La persona sometida a un psicópata parece
sumida en un largo sueño, un vaho de irrealidad nubla todo
lo relacionado con lo negativo de la relación. Aquí los
argumentos de los ajenos al circuito psicopático chocan con
una barrera incomprensible, puesta por el mismo
complementario que se queja, pero daría su vida por seguir
con el psicópata.

¿Cuándo un terapeuta puede incidir
terapéuticamente sobre la psicopatía de un psicópata? Nunca.
¿Cómo tan categórico? Muy sencillo. La psicopatía es una
manera de ser. No es una enfermedad. Ni algo adquirido por
malos tratos infantiles, es decir, no es algo aprendido. Es
así. La historia de este tema muestra ejemplos de todo tipo
de terapias, y el resultado es el mismo. Siguen siendo lo
que son. ¿Pueden modificar su conducta? Sí, si eso los va a
beneficiar en algo. Por ejemplo, pueden actuar de “presos
modelos” porque saben que eso les reduce la pena un 30 %.
Pueden asistir a terapia porque el complementario, cuando es
huésped y el psicópata es parásito, le exige que lo haga. En
fin, cuando le conviene.

¿Cuándo el terapeuta puede asesorar al
complementario? Cuando el complementario se agotó en la
relación (el efecto del psicópata sobre el complementario es
como el de un vampiro energético: chupa las ganas, el ánimo
del complementario quien suele parecer un “anémico” por lo
desgastado). Cuando el psicópata lo deja por otro.

Pero, nada se puede hacer cuando el
circuito psicopático está vigoroso y el complementario
duerme el sueño de los esclavos.

Bien, el complementario viene a
consulta, ¿entonces qué hacemos? Esto se los contaré en un
próximo artículo. Hace quince años que me dedico a este tema
y he sacado un par de conclusiones, y con ellas he podido
ayudar a muchos de estos complementarios, pero tengan
paciencia hasta el próximo número.

 

 

 


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Sobre el autor

Hugo Marietan

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Hugo Marietan

Nacido en Buenos Aires, en 1951

Médico, Facultad de Medicina, Universidad de Bueno Aires, 1981, MN 62757

Médico Psiquiatra, Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires, 1986

Formación Docente: Egresado del Curso de Formación Docente Pedagógica en Ciencias de la Salud y Carrera Docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Docente Adscripto a la Carrera Docente Facultad de Medicina. de la Universidad de Buenos Aires desde junio de 1991 a la fecha.

Académico Titular de la Academia Internacional de Psicología de Brasil (2002)

Para ver el curriculum completo: https://marietan.com/curriculum/

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