SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA

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 Cuentos sobre psicópatas:

 

Vicios de sepulturero

Colaboración de: Mara Delsur, julio 2007

 

“No hay peor enemigo que aquel que declaramos como tal”

 

El abogado estaba nervioso. Aquella mañana los  tics le bailaron por toda la cara, a los saltos, dando tumbos, dejándolo apenas hablar:

—Necesito que me ayudes con un pibe que te voy a mandar — me dijo apretándose los nudillos  de la mano izquierda—. A éste, si no lo salvamos, va en cana porque ya cumplió veintiuno y se la pasa haciendo cagadas. Hay un tipo internado por su culpa. Fijate si le podés bajar la violencia.

León estaba realmente preocupado cuando me derivó el caso y  no escuchó  mi advertencia: “mirá que si viene a empujones no sirve, este espacio es para quienes lo eligen y deciden modificar sus propias cosas”.

Cuando abrí la puerta del consultorio me encontré con un muchacho de estatura mediana tirando a baja, vestido con traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. Los zapatos perfectamente lustrados. El cabello muy corto contribuía a la formalidad absurda de un adolescente enlutado.

Le pregunté si se había vestido así para su primera entrevista psicológica. Me miró con sorna y respondió que su trabajo se lo exigía.

Así supe que Marcio es sepulturero  en tercera generación y que la casa de sepelios más importante de El Chenque, con varias sucursales en localidades vecinas, pertenece a su familia.

Cuando él tenía doce años  se encargó de preparar el cadáver de su abuelo y devolverle un aspecto saludable a fin de iniciar el velatorio.

—Que los muertos no parezcan tan muertos —me dijo muy serio— sino es un garrón.

Marcio se dedicaba desde púber a estos menesteres de engaño y simulación. Era sobre cuerpos sin vida que, gracias a la astucia de sus manos, burlaba las insolencias de la muerte, y los cadáveres reposaban plenos y rosados como para irse a una fiesta.

Asistí al velatorio de la madre de una colega a la que Marcio había acicalado y me impresionó el exceso de maquillaje, el rubor de muñeca puesto en sus mejillas, collares que no necesitaba ya y anteojos de fiesta con piedras incrustadas, dándole el aspecto de una matrona invencible, pronta a sumir el reinado en otro mundo.

Le pregunté sobre el exceso de  maquillaje y dijo que sólo era un vicio de sepulturero.

Marcio parecía no comprender para qué estaba allí, ante una psicóloga que lo atormentaba a preguntas que él no tenía voluntad de responder. “¿Y qué ganamos con esto?” era su pregunta habitual, hasta que recordaba que su abogado le exigía estar en tratamiento para poder defenderlo de los cuantiosos cargos que lo acusaban, por peleas callejeras de una violencia alarmante. Algunas ocurrieron en boliches bailables. Bastaba con que alguien saludara tímidamente a su novia para que se desate la catástrofe. En menos de dos segundos desculaba una botella para usarla como arma contra su ocasional enemigo, esbozado apenas  entre el humo  del boliche y los efluvios del alcohol. Su chica terminaba la noche a lágrima viva, suplicándole que se calme, esa persona nada tiene que ver conmigo, apenas la conozco, dejalo Marcio, por favor, no le pegues más.

El desenfreno de Marcio  transformó en enemigo a lo más querido. El cargo principal en su contra fue  presentado por la familia de Ayelén, luego de la brutal paliza que le propinó por sospecharla de infidelidad.

Lo particular, lo llamativo, era que Marcio no mencionara nada de esto  hasta que yo lo sacaba en sesión, como conocedora de su situación legal.

Reconoció que no era la primera vez que “corregía” a golpes los errores fantaseados de su novia pero que todos exageraban porque les gustaba dramatizar aunque no haya pasado gran cosa.

Le recordé que había un joven internado a causa de su desenfreno. Se justifico:

—El chavón empezó mirando lo que no debe, y ahí tiene su merecido.

Recordé tantas veces durante aquellas sesiones “El elogio de la culpa” de Marcos Aguinis, y deseé que la culpa asomara, aunque tímida, entre las grietas de su discurso inflexible. Esto nunca ocurrió.

La prohibición de ver a su novia, exacerbó su rebeldía y le agudizó los odios contra la familia de ella. Nunca dudó de que Ayelén estuviera esperándolo.

—Cuando ella puede me llama, a escondidas por supuesto dice que ya no tiene tantas marcas en la cara y que me necesita, necesita que la abrace. Ve, si yo fuese un jodido de mierda, ella no querría volver conmigo, ¿entiende doctora?”

Marcio solía pedirme cambios de horario a causa de sepulturas no programas porque usted sabe que la gente se muere cuando ella quiere y no cuando yo estoy libre.

Prefería ocupar su tiempo de sesión en historias truculentas que hablaban más de sí mismo que del contenido del relato. Sus preferidas, por la cantidad de detalles narrados, eran éstas: Debió ir a constatar junto con la policía de dónde salía ese hedor inaguantable que referían los vecinos del décimo “D” de un edificio en pleno centro. El cadáver de un hombre entre treinta y cuarenta años, llevaba descomponiéndose hacía más de una semana. Mientras Marcio lo limpiaba en la sala de preparativos de su funeraria, veía, con asombro, que el tejido abdominal se desgarraba aún más y dos ratas pequeñas salían corriendo del vientre del hombre despanzurrado. Le pregunté cuánta impresión le había causado esto, a lo que respondió que fue curioso porque no es común que salgan ratas de los cuerpos con los que trabaja pero que, de cualquier manera, está preparado para cualquier cosa. En otra sesión, se quejó de que mientras daban sepultura a un hombre de cuarenta y dos años y el cajón bajaba lentamente a la fosa, al padre anciano del muerto también se le ocurrió morirse para complicarlo todo a última hora y otra vez vuelta a empezar con el velatorio del viejo y todo eso.

También refirió un hecho similar de una madre cincuentona muriéndose sobre el cajón de su hijo adolescente, quien perdiera la vida en un accidente de moto. A veces se les antoja morirse todos juntos y se me arma un despiole bárbaro –agregó con la frialdad de una lápida.

Un día llegó tarde a sesión porque venía del entierro de un niño de siete años muerto de cáncer. El se encargó de transportar el cuerpo desde su cama de hospital a la sala velatoria. Quise saber qué sentía mientras preparaba al pequeño: Y nada, uno está acostumbrado a este tipo de trabajo, para morirse no hay edad que valga.

Interpreté que prefería hablar de otros para evitar hablar de si mismo. Es que no tengo nada que decir de mí, usted insiste con eso de que quiero impresionarla pero yo sólo le cuento para que no nos aburramos.

Marcio buscaba en mí el impacto que estos hechos en él no tuvieron cabida.

Dejó de venir luego de posponer varios encuentros con la excusa del trabajo.

León comunicó de inmediato a la familia que si el pibe no se trataba, él no continuaría con el caso.

La madre de Marcio no concurrió a mis citaciones y me trató de manera descortés cuando hablamos por teléfono. Con su padre era inútil, no estaba al tanto de la vida de Marcio y sólo conocía un lenguaje: la defensa a través del ataque.

Sus padres, divorciados hace varios años, continuaban en una guerra sin tregua en la que se disputaban bienes y derechos legitimados sobre las siete casas de sepelios más importantes de La Caleta.

A Marcio le gustaba hablar de sus perros de policía manto negro, entrenados  para que obedezcan a su mando único y lo reconozcan como jefe de la manada. La gente de oficio como plomeros, carpinteros y albañiles entraban en serios riesgos al atravesar puertas, mientras trabajaban en la casa familiar. Le causaba gracia ver a los obreros inmovilizados de terror ante la ferocidad de estos animales que les hociqueaban el miedo. Quiso contar sobre  los desgarros causados a algunos de estos  hombres cuando él se descuidaba pero no le permití semejante  despliegue.

En su condición de hijo menor de tres hermanos varones, debió acatar la orden materna de no ver a  su padre durante los tres años que siguieron al divorcio. Igual se las ingeniaba para verlo de tanto en tanto. Decía que era un tipo temperamental, de pocas pulgas, al que su madre también le devolvía los golpes. A veces, lo único que quedaba en pie eran los ataúdes dispuestos por toda la casa, parados de cualquier manera y con el precio pegado en la tapa; lo demás se arrojaba por los aires sin mayores miramientos.

Los episodios más graves, transformados en denuncia penal por acoso y agravios, se referían a aquella navidad en la que Ayelén fue al quiosco con dos amigos. Andaba suelta y con la risa libre a causa de la borrachera, hasta que las manos inesperadas de su novio la llevaron al borde del estrangulamiento. Los amigos de ella gritaban desesperados: “Para loco que esta embarazada”. Pero Marcio no se detuvo y Ayelén debió estar en terapia quince días para recuperar el aliento.

Esto terminó por enloquecer aún más a Marcio. ¿Embarazada? ¿De quien? Bien podría ser el padre de la criatura puesto que sólo hacia quince días que los padres de Ayelén,  y por orden judicial, impedían que se acerque. La idea de la paternidad lo situaba en el vaivén de la duda, lo aguijoneaba la sospecha, la posibilidad de que otro hubiese “ensuciado el territorio que sólo era suyo desde hacía seis años”.

Marcio y Ayelén empezaron a noviar cuando apenas tenían quince años y desde entonces la relación tuvo un perfil más pedregoso que romántico.

No supe de Marcio por meses hasta que me cruce con León en la puerta de entrada al edificio en el que ambos desarrollamos nuestras actividades. Una orquesta de tics se desató sorteando los pliegues de su cara.

—Te lo tengo que contar, che, ya sé que este loco no es más tu paciente , pero quizá te sirva saber que está preso. Es un idiota. La novia tuvo al pibe y éste va, se le mete en la casa y como ella le dice que con él no va más, le cortó el cuello con una navaja y acto seguido,  incendió la cuna del nene. Menos mal que el bebé no estaba. Pero si no baja su madre, Ayelén hoy estaría muerta. Y como es reincidente éste no sale así nomás. Todo esto le va a comer dos o tres funerarias a la familia, porque acordate que ya no es menor de edad.

La impotencia, clavada en mi garganta, iba deshaciendo las palabras. Me desplomé en el sillón del consultorio y no pude esbozar la sonrisa que necesitaba cuando tocaron el timbre.

 

 



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