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Fogata
No recuerdo muy bien el
año, pero no importa porque siempre era igual y en el mismo
lugar: el fondo de la casa de la abuela, que lindaba con la
mía.
Un día se empezaron a
levantar las paredes de un futuro galpón que jamás se
terminó; todo quedó reducido a dos paredes medianeras de
unos dos metros y pico cada una, y otras dos que no
superaban el medio metro. Era un reducto ideal para hacer
nuestras cosas sin ser vistos; al menos eso creíamos.
Por la vestimenta, que
consistía en un pantalón corto, una remera y zapatillas
blancas, calculo que tendría unos once años.
Después de los diez
años, las cosas cambiaron aún más. Papá solía retarme si no
usaba remera.
¿Por qué tengo que usar
remera, si ellos (señalando a mis hermanos varones) no lo
hacen?, le preguntaba, casi sin mirarlo.
"¡Andá a ponerte una
remera!", me decía, con la cara dura, los ojos achinados y
los labios apretados; se ponía colorado como si fuera a
explotar. Sentía que algo estaba mal y no entendía, no podía
entender. Nunca usé remera, siempre me vestí igual que mis
hermanos, pensaba.
Con el llanto hinchado
en la garganta, dejé los juegos para ir a casa en busca de
la remera. La tía estaba parada en su patio, en dirección
recta al cuadrilátero donde jugábamos, observándonos. Ella,
que sentía hacía papá una mezcla de respeto y miedo; no lo
enfrentaba, y, a veces, cuando papá hablaba fuerte, ("¡Mirá...
! ") marcando cada palabra con gesticulaciones y brazadas,
ella bajaba la cabeza.
La tía me paró, me secó
las lágrimas que apenas asomaban, y entonces me enteré que
mi cuerpo ya no era el mismo. No había tenido mi primera
regla, ni siquiera sabía del tema, pero mis pezones no eran
como los de mis hermanos y debía taparlos.
Cuando volví, la fogata
estaba bien avanzada. Juntábamos ramas secas, el verdulero
colaboraba con cajones, algunos traían leña robada a sus
padres, pedíamos sillas rotas o cualquier otra cosa; las
ramas en forma de palma, que medían casi dos metros, de la
palmera datilera de la abuela, eran las mejores. Ésas, no
solo prendían al instante, sino que al agitarlas de un lado
al otro en lo alto, lanzaban chispas de colores que al caer
sobre nosotros, se apagaban.
El jefe de la fogata
era mi hermano mayor. Siempre fue muy obsesivo y meticuloso
con todo lo que hacía; a veces creo que para él no era un
simple juego, sino un trabajo. Jamás se encendía una fogata,
hasta que la montaña de madera a quemar pasaba más allá del
metro. Duraban por lo menos dos horas; a medida que el fuego
se consumía, se le iba agregando más y más desechos, hasta
terminar con todo lo recolectado; y, era entonces que
desaparecían los fratachos, cedazos de madera y otros
objetos de la casa. Mi hermano no le tenía miedo a papá;
hacía según su criterio aunque le costase una paliza.
Una vez, el chico que
vivía en frente de casa pisó un sapo sin darse cuenta y lo
reventó. Le supliqué que lo pusiera en una caja para
enterrarlo, de manera que al consumirse quedaran todos los
huesos en buen estado, para poder armar el esqueleto, pero
no me hizo caso y lo tiró al fuego. Era el más sanguinario
de los cuatro.
Sí, me gustaba ver el
fuego. Me fascinaba mirarlo. ¿Qué sentía?
Cuando mi hermano
tiraba el kerosén, empezaban los preparativos para mi fiesta
personal, unitaria, solitaria por propia decisión.
Tenía dos lugares donde
refugiarme: el rincón oscuro formado por las dos medianeras
del lado opuesto al cuadrilátero y el pino cercano a él.
Ambos distaban unos seis metros de las llamas y estaban lo
suficientemente alejados como para no ser molestada y al
mismo tiempo tener buena vista. Sentarme en las ramas bajas
del pino, me gustaba más; me sentía protegida del fuego y de
las miradas. Me daba vergüenza dejar expuestas mis
emociones; no podía disimularlas. Era importante para mí, en
esa época disimular; mostrar siempre lo opuesto era algo así
como un mandato divino, una cuestión de vida o muerte.
Mientras mis hermanos
gritando agitados, acomodaban la pira con palos largos,
(seleccionados con esmero tiempo atrás), yo me alejaba
lentamente caminando hacia atrás, con la vista fija en el
fuego; la respiración se hacía lenta, pesada, la sentía en
el estómago con algo de dolor; casi no pestañeaba a pesar
del sopor; me mareaba. Observaba el color de las llamas al
nacer, desde suelo, hasta que se perdían en lo alto; toda la
gama de rojos, azules y amarillos. Era como estar frente a
un Dios-Demonio. Se mezclaba el placer con el terror.
Purificaba y pervertía.
Ahora caigo en la
cuenta, que nunca encendí una yo misma.
Cuando quedaban sólo
brazas, volvía en mí e iba a sentarme al lado de los otros;
llegaba la hora de asar papas y cebollas.
Entonces sí, animada
pero cansada, como regresando de un viaje, participaba en la
preparación de lo que sería nuestra cena.
Ya teníamos preparadas
las papas y cebollas, hurtadas, mientras los adultos
dormían; las poníamos sobre una parrilla de barricada y
mientras esperábamos que se asen, los varones hablaban y yo
escuchaba. Algún día, quizás, recuerde alguna de esas
conversaciones.
Mi hermano sacaba del
bolsillo del pantalón una bolsa de plástico donde guardaba
sal y se encargaba de repartir. Todas las porciones eran
exactamente iguales. Era inútil reclamarle, ninguno de
nosotros podía con su "prueba de medición".
Todo terminaba con el
famoso: "vengan para acá los cuatro, es hora de ir a
bañarse"; el vozarrón de papá se escuchaba en todo el
barrio; saltábamos como conejos y la magia terminaba en ese
mundo, donde, para sobrevivir era imprescindible
transformarse en otro.
En lo personal, creo
que, no hay nada más delicioso para comer, (un día lluvioso
de invierno, por ejemplo) que un buen revuelto de papas,
batatas y calabazas asadas, cortadas groseramente y
condimentadas con mucha sal, albahaca, perejil, ajo y aceite
de oliva; todo con sus cáscaras, y, si tuvieran algo de
carbón, mejor. Claro, ahora, de grande, uno le puede agregar
otras verduras; pero nunca tendrán el mismo gusto. Es una
lástima, pero no lo recuerdo.
Me
pregunto si mis hijos querrán asar papas y cebollas en el
suelo, algún día, este verano. También puedo hacerlo sola,
¿por qué no?
Irene, septiembre de 2007
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