SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA

Sitio del Dr. Hugo Marietan

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Fogata

No recuerdo muy bien el año, pero no importa porque siempre era igual y en el mismo lugar: el fondo de la casa de la abuela, que lindaba con la mía.

Un día se empezaron a levantar las paredes de un futuro galpón que jamás se terminó; todo quedó reducido a dos paredes medianeras de unos dos metros y pico cada una, y otras dos que no superaban el medio metro. Era un reducto ideal para hacer nuestras cosas sin ser vistos; al menos eso creíamos.

Por la vestimenta, que consistía en un pantalón corto, una remera y zapatillas blancas, calculo que tendría unos once años.

Después de los diez años, las cosas cambiaron aún más. Papá solía retarme si no usaba remera.

¿Por qué tengo que usar remera, si ellos (señalando a mis hermanos varones) no lo hacen?, le preguntaba, casi sin mirarlo.

"¡Andá a ponerte una remera!", me decía, con la cara dura, los ojos achinados y los labios apretados; se ponía colorado como si fuera a explotar. Sentía que algo estaba mal y no entendía, no podía entender. Nunca usé remera, siempre me vestí igual que mis hermanos, pensaba.

Con el llanto hinchado en la garganta, dejé los juegos para ir a casa en busca de la remera. La tía estaba parada en su patio, en dirección recta al cuadrilátero donde jugábamos, observándonos. Ella, que sentía hacía papá una mezcla de respeto y miedo; no lo enfrentaba, y, a veces, cuando papá hablaba fuerte, ("¡Mirá... ! ") marcando cada palabra con gesticulaciones y brazadas, ella bajaba la cabeza.

La tía me paró, me secó las lágrimas que apenas asomaban, y entonces me enteré que mi cuerpo ya no era el mismo. No había tenido mi primera regla, ni siquiera sabía del tema, pero mis pezones no eran como los de mis hermanos y debía taparlos.

Cuando volví, la fogata estaba bien avanzada. Juntábamos ramas secas, el verdulero colaboraba con cajones, algunos traían leña robada a sus padres, pedíamos sillas rotas o cualquier otra cosa; las ramas en forma de palma, que medían casi dos metros, de la palmera datilera de la abuela, eran las mejores. Ésas, no solo prendían al instante, sino que al agitarlas de un lado al otro en lo alto, lanzaban chispas de colores que al caer sobre nosotros, se apagaban.

El jefe de la fogata era mi hermano mayor. Siempre fue muy obsesivo y meticuloso con todo lo que hacía; a veces creo que para él no era un simple juego, sino un trabajo. Jamás se encendía una fogata, hasta que la montaña de madera a quemar pasaba más allá del metro. Duraban por lo menos dos horas; a medida que el fuego se consumía, se le iba agregando más y más desechos, hasta terminar con todo lo recolectado; y, era entonces que desaparecían los fratachos, cedazos de madera y otros objetos de la casa. Mi hermano no le tenía miedo a papá; hacía según su criterio aunque le costase una paliza.

Una vez, el chico que vivía en frente de casa pisó un sapo sin darse cuenta y lo reventó. Le supliqué que lo pusiera en una caja para enterrarlo, de manera que al consumirse quedaran todos los huesos en buen estado, para poder armar el esqueleto, pero no me hizo caso y lo tiró al fuego. Era el más sanguinario de los cuatro.

Sí, me gustaba ver el fuego. Me fascinaba mirarlo. ¿Qué sentía?

Cuando mi hermano tiraba el kerosén, empezaban los preparativos para mi fiesta personal, unitaria, solitaria por propia decisión.

Tenía dos lugares donde refugiarme: el rincón oscuro formado por las dos medianeras del lado opuesto al cuadrilátero y el pino cercano a él. Ambos distaban unos seis metros de las llamas y estaban lo suficientemente alejados como para no ser molestada y al mismo tiempo tener buena vista. Sentarme en las ramas bajas del pino, me gustaba más; me sentía protegida del fuego y de las miradas. Me daba vergüenza dejar expuestas mis emociones; no podía disimularlas. Era importante para mí, en esa época disimular; mostrar siempre lo opuesto era algo así como un mandato divino, una cuestión de vida o muerte.

Mientras mis hermanos gritando agitados, acomodaban la pira con palos largos, (seleccionados con esmero tiempo atrás), yo me alejaba lentamente caminando hacia atrás, con la vista fija en el fuego; la respiración se hacía lenta, pesada, la sentía en el estómago con algo de dolor; casi no pestañeaba a pesar del sopor; me mareaba. Observaba el color de las llamas al nacer, desde suelo, hasta que se perdían en lo alto; toda la gama de rojos, azules y amarillos. Era como estar frente a un Dios-Demonio. Se mezclaba el placer con el terror. Purificaba y pervertía.

Ahora caigo en la cuenta, que nunca encendí una yo misma.

Cuando quedaban sólo brazas, volvía en mí e iba a sentarme al lado de los otros; llegaba la hora de asar papas y cebollas.

Entonces sí, animada pero cansada, como regresando de un viaje, participaba en la preparación de lo que sería nuestra cena.

Ya teníamos preparadas las papas y cebollas, hurtadas, mientras los adultos dormían; las poníamos sobre una parrilla de barricada y mientras esperábamos que se asen, los varones hablaban y yo escuchaba. Algún día, quizás, recuerde alguna de esas conversaciones.

Mi hermano sacaba del bolsillo del pantalón una bolsa de plástico donde guardaba sal y se encargaba de repartir. Todas las porciones eran exactamente iguales. Era inútil reclamarle, ninguno de nosotros podía con su "prueba de medición".

Todo terminaba con el famoso: "vengan para acá los cuatro, es hora de ir a bañarse"; el vozarrón de papá se escuchaba en todo el barrio; saltábamos como conejos y la magia terminaba en ese mundo, donde, para sobrevivir era imprescindible transformarse en otro.

En lo personal, creo que, no hay nada más delicioso para comer, (un día lluvioso de invierno, por ejemplo) que un buen revuelto de papas, batatas y calabazas asadas, cortadas groseramente y condimentadas con mucha sal, albahaca, perejil, ajo y aceite de oliva; todo con sus cáscaras, y, si tuvieran algo de carbón, mejor. Claro, ahora, de grande, uno le puede agregar otras verduras; pero nunca tendrán el mismo gusto. Es una lástima, pero no lo recuerdo.

Me pregunto si mis hijos querrán asar papas y cebollas en el suelo, algún día, este verano. También puedo hacerlo sola, ¿por qué no?

Irene, septiembre de 2007

 

 

 



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