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Soft as the wind

Hugo R. Marietán

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Por la mañana refrescó un poco en el sólido paisaje de la ciudad. Miró la pared gris descascarada que desde enfrente le devolvía los pensamientos. Nada por donde escapar. Ni un celeste, ni una nube, ni un sol. De nuevo a la pegajosa idea, una y otra vez. Como alivio le quedó un suspiro, y nada más. Hasta hacia horas estaba refugiado en la incertidumbre, pero ahora, con el velo descorrido, miraba cara a cara la situación. No había chances. Sopesó una y mil veces, sudoroso, las posibilidades y el resultado era el mismo. Mierda, se repitió, estás cagado. Y la peor de las miserias era no encontrar un cómplice. Él había hecho todo lo necesario para que a la suerte no le quede otra alternativa que seguirlo. Y ahí estaba, con ese enorme sorete tapándolo. A veces ilusionaba una salida, al menos un respiro, que se desmoronaba muy rápido. La circunstancia era tan adversa que su mente recurría a la alucinación y al ensueño para darse tregua. Qué lo parió se dijo mirando el reloj mientras la remera innecesaria se le pegaba al cuerpo. Jugó con la ocurrencia de muertes parciales: desterrarse, desclasarse, no volver a ser. Pero perder la identidad le resultó dolorosamente insoportable. Tanto le costó hacerse que un nuevo intento no tenia cabida. Era más gananciosa la nada. Con religiosa resignación concluyó que todo estaba relacionado con todo y que esto era la resultante no deseada de cosas deseadas. Trabajosamente había escarbado la tierra en busca del tesoro y se había topado con la víbora, parte del terreno. Ahora, envenenado, yacía. Basta de lamentarte mariconazo, se alentó en vano. Corrió la cortina y el aire caliente lo agitó aún más. Sonrió apenas por la importancia de los pequeños detalles en los hechos finales. Recordó una película en la que un general romano encuentra muerta a Cleopatra y sólo se le ocurre preguntar a la doncella: ‘¿Se ha hecho todo con nobleza?’, y la joven, que agonizaba junto a su ama, le contestó con su último aliento: ‘Tremendamente, Señor’. Había un orden que respetar para que todo sea, para que no pierda su significado. Y en esa trampa estaba él. La telaraña de relaciones que lo fijaba a un lugar, lo obligaba a soldar la trama con un punto para ganarse un pasado. Romper la red. Dejar el hueco. Ser un hilo que se vuelve a tejer, lejano, resbalaba en su mente. Aunque era consciente que el castigo que se iba a infligir era superior al que le iban a dar, no retrocedió. Se fijó en que todo estuviera en su lugar, hasta pensó en su postura final. se sentó. Abrió el cajón. Tomó el arma, que aún lo seducía con su belleza. Controló que las balas completaran el tambor. Acercó el cañón a su sien derecha. ‘¿Se ha hecho todo con nobleza?’ pensó mientras algo muy caliente y suave como el viento pasó por su frente, reventó el revoque y lo ensordeció con un ruido seco. ‘Tremendamente, Señor’. Se quedó mirando el hueco en la pared, desordenado, nuevo. Mierda le dijo en un mudo reproche, hubieras llegado antes. Vació sus bolsillos sobre el escritorio, dejó sus documentos, sus papeles y tomó el dinero, el arma y una caja de balas. Se robó a sí mismo, bajó a la calle ya a oscuras, tiró las llaves en un basurero y pasó a la clandestinidad un 29 de diciembre de 1996, a las 21:30 hs.

 

Buenos Aires, diciembre de 1996


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