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Artículo

 

El prejuicio


Hugo Marietan, 2 de junio 2013


Metafóricamente el prejuicio es un sistema de pensamiento encapsulado que funciona como una criba que tamiza las ideas y las “orienta” hacia juicios preconcebidos que “obligan” a las ideas nuevas a “metamorfosearse” y asimilarse a las ideas previas y si no lo hacen son minimizadas, tenidas como erróneas o eliminadas. Es decir que cuando se tienen prejuicios sobre un tema, ese tema está “cerrado”, con todas las posibles conclusiones tipificadas y las respuestas a las preguntas sobre el tema son estereotipadas. No hay posibilidad de “revisar”, cuestionar o dar cabida a alternativas en ese tema específico. La persona tiene certeza en todo lo referente a ese prejuicio. Es como un muro donde todas las ideas contrarias o divergentes al prejuicio simplemente “rebotan”. La mente se ha cerrado con respecto a ese tema.
Desde luego que este no es solamente un hecho cognitivo, frío, sino que está revestido de una fuerte impregnación afectiva. El prejuicioso “ama” a su prejuicio. Y si lo cognitivo está acompañado de lo afectivo a la voluntad no le queda otro recurso de acompañar impetuosamente al fenómeno. Es decir, el prejuicio condiciona la conducta.
Puede generar fanatismo.
En el prejuicioso la cosmovisión está teñida del prejuicio. Ve a través del prejuicio.
Para dar un ejemplo veamos estos dos párrafos escritos por un mismo autor, y en la misma obra. Se trata de Simon Sebag Montefiore en su libro Titanes de la historia (Editorial Crítica,  Barcelona, 2012)

 

Página 559:
Mao Zedong (1893 – 1976). (Miro a Mao y veo una copia perfecta de Stalin. Nikita Jrushchov). El presidente Mao, revolucionario, poeta y cabecilla guerrillero, fue el dictador comunista de la China que provocó la muerte de setenta millones de sus conciudadanos a golpe de brutalidad, egoísmo, radicalismo utópico, completo desdén por la vida y el sufrimiento humano, y proyectos grandiosos hasta la locura. Manipulador nato dotado de unas ansias crueles de poder, este monstruo parecía disfrutar con torturar y asesinar a sus propios camaradas, ejecutar o dejar morir de hambre a millones de personas y aun con incurrir en peligro de provocar una guerra nuclear, al objeto de promover su visión marxista-estalinista-maoísta de una superpotencia china dominada por el culto semidivino a su propia persona.

 

Página 534:
Roosevelt (1882 – 1945). (Su vida debe… considerarse uno de los acontecimientos dominantes del destino humano. W. Churchill). Durante los cuatro mandatos sin paralelo que ejerció de presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt sacó al país del abismo de la depresión, abanderó su aportación militar a la segunda guerra mundial y ayudó a crear el ‘siglo americano’ y convertir su nación vasta y rica en el arsenal de la libertad. La determinación de este hombre encantador, perspicaz y enigmático de convicciones liberales y tolerantes, inmenso arrojo personal e implacable audacia política para salvaguardar la democracia dentro y fuera de Estados Unidos hace de él uno de los dirigentes más grandes de la historia.

 

Después de la lectura de estos dos párrafos el lector saca una rápida conclusión: Odia a Mao, ama a Roosevelt. Una segunda conclusión es que el autor exagera recargando negativamente a Mao y positivamente a Roosevelt. Una tercera es que al autor, en tanto escritor, es torpe y como historiador es un desastre. Así que lo mejor es abandonar inmediatamente la lectura de este libro y olvidarlo. Pero, como estamos analizando (es decir, pensando y aminorando lo afectivo para que no enturbie el pensamiento), volvemos sobre estos dos párrafos. ¿Qué le habrá pasado a esta autor? Sin duda que trata de manipular al lector para forzarlo a pensar de una determinada manera: “debes amar a Roosevelt y odiar a Mao”. Saquemos el hecho de que quiera manipular sin arte. Entonces notamos con una claridad extrema que el autor escribe a través de su prejuicio. No se permite anotar un punto positivo para Mao, ni uno negativo para Roosevelt. No piensa (intelecto), ni siente (afectividad) ni quiere (voluntad) hacerlo. Está absolutamente convencido de que esto es así como está escrito. En este tema su mente está “cerrada”, no admite ideas contrarias ni aminoramientos. Sus adjetivos son contundentes.
Esto va más allá de los prejuicios concatenados que forman un sistema rígido de ideas, una ideología.  Muchos pueden seguir una ideología admitiendo un margen para el cuestionamiento de esa ideología, pequeño, tal vez, pero margen al fin. Cuando no hay margen para el cuestionamiento estamos frente al fanatismo.
El fanático no se contenta con tener su mente cerrada a todo cuestionamiento (aunque él no le ve así, sino que ha encontrado “su verdad”), sino que proclama su prejuicio y quiere ganar adeptos para “su causa”. No es un ser pasivo que se contenta con exacerbar sus convicciones en soledad. Necesita que otros la compartan. Quiere que su prejuicio se difunda. Quiere doblegar la voluntad del otro para que acepte la invasión del prejuicio en la mente.
El fanático no tiene grises en su tema. Están con él o en contra de él. Y el que está en contra de él no es un adversario, alguien con el que se pueda debatir el tema, al que hay que atraer, sino que es un enemigo, alguien al que hay que destruir.
El fanático es un ser peligroso.
La historia está plagada de ejemplos de la peligrosidad de los fanáticos.
Y la génesis del fanatismo es un prejuicio, como habíamos dicho al inicio, que se va desarrollando, adquiriendo fuerza, haciéndose más solido y distorsionante a medida que transcurre el tiempo.
De ahí la importancia de entender el concepto de prejuicio. Desde luego que no todo portador de prejuicios termina en fanático. No cualquiera puede ser un fanático, el fanático vuelca su pasión en el prejuicio; en cambio la mayoría de prejuiciosos se limitan a despreciar al objeto o personas sobre las que prejuzgan y a discriminarlas.
Y rápidamente nos damos cuenta de que es inútil discutir con un prejuicioso, y menos que  menos con un fanático.
Volviendo a los dos párrafos de Montefiore, un fanático maoísta fácilmente hubiera atribuido el párrafo sobre Roosevelt a Mao, quitando por supuesto los nombres y lugares, y viceversa. Analizando, es decir viendo los hechos sin pasión, tal vez lleguemos a la conclusión, documentándonos con autores serios, que estos dos seres eran semejantes: entusiastas del poder extremo, llenos de ira y sin miramientos para ordenar que millones de personas guerreen hasta eliminarse con tal de que ellos sigan en el poder. Es decir, personajes conocidos para nuestra investigación: extravagantes. Sólo los prejuicios hacen que los veamos distintos y los justifiquemos. La mirada acotada por el prejuicio hace que razonemos a lo Montefiore: a) nada que ver, uno era el paladín de la libertad y la democracia b) nada que ver, uno era el adalid del proletariado explotado, etc.
Hagamos el ejercicio de pensar ¿cual es el prejuicio que nos quieren imponer (o nos han impuesto)? y, mucho mejor, ¿cuales son los prejuicios que me gobiernan sin darme cuenta?

 

 

 

 

 

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