Psicopatía y psicópatas

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La muerte: un chiste sin gracia

 

La muerte es dejar de ejercer la vida. Tiene la contundencia de la palabra fin, de irreversible absoluto. La muerte no se anda con chiquitas. Te mueres, y solo. Puede morir alguien a tu lado, pero vos morís solo.
Y, aunque no se termine se asimilar el asunto, la muerte es un hecho natural. Y fluye como la naturaleza.  Solo puede morir el que ha sido premiado con la vida, el que existió. Estos conceptos hartos frecuentes, hartos evidentes, de todos los días, de todas las horas, no penetran sólidamente en nuestra mente. Es obvio que la muerte se muestra, pero nos parece de otros, para otros. Es absurdo, lo sé. Pero es así. La muerte es algo que les ocurre a los otros. Así de fallida es nuestra mente en este tema. Al menos aquí, en occidente, y sobre todo en estas tierras.
En ese sentido hay algo de profunda animalidad es esto. Se nos hace que el animal no sabe que va a morir, que él va a morir. Todo a su alrededor algún día muere, pero no le llega la idea.
La otra idea apaciguadora es colocar la muerte en el futuro, sí moriré pero cuando sea viejo. Y cuando se llega a viejo, no se cree suficientemente viejo para morir. Mueren los otros viejos.
También está el grueso de la población que prefiere delegar en un tercero la decisión final: está escrito, Dios dirá, nadie muere en la víspera, cada uno tiene sus destino.
No nos educan para saber que morimos. Creo que es un error. Aprendemos ahí nomás, cuando está ocurriendo.
A mí, personalmente, me gusta el pensar a la muerte como alguna vez escuché a un indio del norte de USA. Ellos dicen que la muerte no está adelante nuestro, sino que va a nuestro lado. Y un día, el último, te abraza.
Es inútil angustiarse por lo inevitable.
Para despuntar el vicio coloqué algunas etimologías relacionadas con el término muerte, la tomé prestado del excelente sitio dechile.net. Me llamó la atención un artículo que salió hoy en La Nación de Nora Bär que habla sobre la muerte "absurda", desde luego que no estoy de acuerdo de calificar de absurdo aun hecho natural, pero son válidos los ejemplos que da como para ir aprendiendo un poco esto de que la muerte camina a nuestro lado y lo hermoso, lo maravilloso, lo casi milagroso que es continuar vivos.

Dr. Hugo Marietan, 5 de junio de 2015

 

Nota: Cuando terminé este escrito, Graciela Patane me recordó que faltaba la visión griega de la muerte. Thánatos (Tánato, o Tánatos), hijo de Nix (la noche) y obediente a las Moiras (el Destino) que le asignaban al mortal que cesaba su vida.  Era representado por un joven muy bello, pero oscuro y frío, que actuaba en la muerte sin violencia, al igual que su hermano gemelo Hipnos que actuaba produciendo el sueño, ese ensayo diario de la muerte.  Tánatos se casó con Macaria. Para la muerte con violencia los griegos tenían a Ker -las Keres-, (equivalente a Mors o Letum, muerte para los Romanos y Tenebrae, sombra). Estos mitos fueron superados por el de Hades, Plouton (Plutón para los romanos), el invisible, señor del Inframundo.
Freud toma este  mito y asigna a Tánatos la pulsión de muerte, que se opone a Eros, la pulsión de vida. En 1935 E. Weiss llama destruto, destrado, para denominar a la energía destructiva, la agresión, (originada en Tánatos), en oposición a libido que es la energía creadora (originada en Eros). Freud aplicaba este concepto de destruto en los casos de traumas de los soldados de la primera guerra mundial (El Yo y el Ello).

 

Etimología


MUERTE


Fuente: dechile.net
La palabra muerte viene del latín mors, mortis, con la misma raíz que el verbo latino mori, que nos dio el verbo morir. Los ha generado la raíz indoeuropea *mer-3 (morir). De ahí también:

Muerto - El sufijo -to es tomado del participio pasivo pasado en la conjugación latina. Indica que el sujeto ya ha pasado por la muerte, y por ende, está muerto.
Mortal - El sufijo -al es usado para formar adjetivos que indican relación. Entonces mortal es algo relacionado con la muerte.
Mortalidad - El sufijo -dad/ -idad indica cualidad. Entonces, la mortalidad es la cualidad de mortal. De este aparece también mortandad, gran cantidad de muertes debidas a epidemias, cataclismos, pestes o guerras.
Inmortalidad - El prefijo latino -in indica negación. Entonces, la inmortalidad es la cualidad de no morirse.
Moribundo - El sufijo -bundo es tomado de la desinencia latina bundus que indica tendencia fuerte o abundancia, en palabras como: nauseabundo, vagabundo, y tremebundo. Entonces entendemos por moribundo, a alguien que tiende a una muerte inminente.
Mortífero - La raíz segunda -fero indica "llevar o producir". Entonces, mortífero es lo que lleva o produce la muerte.
Mortificar - La segunda raíz -ficar indica "hacer". Entonces, mortificar es hacer la muerte, o mejor dicho, hacerle imposible la vida.
Mortificación - El sufijo -ción es usado para crear sustantivos verbales que indican acción y efecto. Mortificación es, entonces, acción y efecto de mortificar.
Inmortal - El prefijo latino -in indica negación. Entonces inmortal sería alguien que no se muere.
Inmortalizar - El sufijo -izar se usa para crear verbos que indican la acción necesaria para crear el resultado que indica la raíz, "convertir en". En este caso sería la acciones necesarias para que alguien o algo no se muera.
Inmortificación - Acción y afecto de no mortificar.

 

Manuscrito


La muerte también es una herida absurda
Autora:  Nora Bär | Fuente: LA NACION  lanacion.com.ar
Twitter: @norabar     |   Mail: nbar@lanacion.com.ar

"Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo./ Me moriré en París -Y no me corro-/ Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño". César Vallejo, el autor de estos versos, no murió un jueves, como había poetizado, sino un Viernes Santo, el 15 de abril de 1938. Tenía 46 años y en París lloviznaba.

La muerte, para el gran poeta peruano, crónicamente mal alimentado, era una presencia palpable. En la Edad Media, los caballeros de los cantares de gesta también estaban advertidos. "Uno no moría sin haber tenido tiempo de saber que iba a morir", dice Philippe Ariès en Morir en Occidente (Adriana Hidalgo, 2007).

Pero al matemático y Premio Nobel de Economía, John Nash, y su mujer, Alicia Lardé, la primera salvadoreña que se graduó en física aeroespacial en el MIT, la muerte les llegó cuando menos la esperaban: salieron despedidos de un taxi que hace unos días chocó al intentar sobrepasar a otro vehículo en una autopista de Nueva Jersey. El científico excepcional que se había sobrepuesto a la esquizofrenia con el poder de su mente, y su compañera de toda la vida, regresaban de Noruega, donde habían ido a recibir el premio Abel ("el Nobel de la matemática").

El absurdo de esta muerte evoca la de Albert Camus, autor de El extranjero y Premio Nobel de Literatura en 1957. Por una extraña jugarreta del destino, el 3 de enero de 1960, Camus declaró a los periodistas que no podía concebir nada más estúpido "que morir en un accidente automovilístico". Al día siguiente, ubicado en el asiento del acompañante de un moderno automóvil conducido por Michel Gallimard, sobrino de su editor, chocaría contra un árbol en la ruta hacia París a 180 kilómetros por hora. Tenía 47 años.

Pero si es absurdo perder la vida a 180 kilómetros por hora, mucho más lo es perecer a? ¡10 por hora! Es lo que le sucedió al arquitecto Antonio Gaudí. La máxima figura del modernismo catalán iba caminando por la Gran Vía, en Barcelona, cuando vio un tranvía que se acercaba precisamente a esa velocidad. Gaudí se asustó y, sin pensarlo, dio dos pasos hacia atrás y terminó atropellado por otro que venía en sentido contrario. Falleció tres días más tarde, el 10 de junio de 1926, en el Hospital de Beneficencia de Santa Cruz.

Dos décadas antes, en 1906, las calles de París habían sido escenario de otra muerte impensable. Allí, mientras regresaba caminando a su laboratorio, Pierre Curie -esposo de la célebre Madame Curie- resbaló sobre la calzada mojada de la Rue Dauphine. El episodio, según consigna Denis Brian en El Clan Curie (Editorial El Ateneo, 2007), fue relatado por el joven que conducía un carro de caballos con una carga de uniformes. Al caer, pareció que el científico (que entonces tenía 46 años) se tiraba en dirección al caballo para tomarse de las riendas. El animal se paró sobre las patas traseras. Pierre cayó bajo la rueda izquierda, que le aplastó el cráneo.

En 1832, Galois, un romántico de la matemática, murió a los 20, también en una situación descabellada: batiéndose a duelo. Encarcelado varias veces por participar en la efervescencia política de sus días, en una de sus últimas cartas escribe: "He sido provocado por dos patriotas y me ha sido imposible negarme". Esa noche redacta su afiebrado testamento de genialidades matemáticas en el que garabatea "¡No tengo tiempo, no tengo tiempo! Mi vida se extingue como un miserable cancán". Al día siguiente acude al duelo y recibe una herida mortal en el abdomen.

Pero tal vez una de las más muertes más insensatas fue la de John Kennedy Toole, el joven escritor norteamericano que muchos ubican a la altura de un Rabelais del siglo XX. El 26 de marzo de 1969, tras fracasar repetidamente en su intento de encontrar editor, el autor de La conjura de los necios (Anagrama, 1982) se encerró en su auto, y conectó una manguera al tubo de escape. Tenía 32. En 1980, su madre, de 79, logró que lo publicaran y al año siguiente le concedieron el Pulitzer.

Si la desaparición de un ser humano siempre nos desarma, en ciertas circunstancias se torna aún más inconcebible. Hay que tener la entereza de un Hawking para tomarla en broma. Como cuando hace un par de días declaró que podría considerar el suicidio asistido? "pero, ¡maldición!, sólo después de desentrañar los misterios del universo".

 

 

 

 

 

 

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