Semiología Psiquiátrica y Psicopatía

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Los celos


Por Hugo Marietan

 

Para que sepan todos a quién tu perteneces
Con sangre de mis venas te marcaré la frente
Para que te respeten aún con la mirada
Y sepan que tú eres mi propiedad privada
Que no se atreva nadie a mirarte con ansias
Y que conserven todos respetable distancia
Porque mi pobre alma se retuerce de celos
Y no quiero que nadie respire de tu aliento
Porque siendo tu dueño no me importa más nada
Que verte sólo mía, mi propiedad privad
a
Mi propiedad privada, de Modesto López

http://www.youtube.com/watch?v=IWUFY6-qaDc

 

Los celos son el tercer motivo de homicidio, solo superado por la venganza y el dinero.  El celo tiene la misma raíz que el apego, el amar la proximidad del otro. Pero, a diferencia del apego el celo agrega el egoísmo en su formato de propiedad, de tal manera que aquella persona que le genera apego la considera de su propiedad. El celo es, entonces, un inadecuado sentimiento de propiedad.

Parte de un prejuicio muy arraigado: el amor da derecho de pertenencia. Si yo te quiero tú me perteneces, y este aserto es independiente si es correspondido en ese amor o no. Y si es correspondido se le agrega otro factor más, la lealtad, el deber de pertenecerle por haber expresado la reciprocidad de amor. Es decir, implica que el amor prometido en un tiempo dado debe prolongarse hasta que el celoso considere adecuado. Hasta ahora la ecuación es así: yo te quiero, tú me perteneces; nos queremos, soy tu dueño. Esta postura en la relación amorosa no sería una molestia, sino que puede ser considerada un placer añadido al rimero de placeres que es la relación amorosa. Pero…, falta una pizca, un condimento, que lo convierte en un escrúpulo primero y en un escollo después: el prejuicio de infidelidad. Motivo de autotortura y heterotortura.

El prejuicio de infidelidad comienza como una intuición de que la pareja le es infiel, una sutil desconfianza se instala en la pareja, mejor dicho la instala el celoso. Como toda intuición va acompañada de un gran margen de duda, ya que es una idea sin mucho fundamento real. Esto lo expresa el celoso a través de algunas preguntas hechas como sin intención para averiguar qué hizo la pareja cuando él no estaba con ella. Estas intervenciones no suelen molestar, al contrario, a veces suele producir alegría por ser una demostración de interés. Y la mujer (aunque los celos se dan por igual los dos sexos, usaré el ejemplo del varón por ser más peligroso cuando cela) explica, con detalles, sus acciones en ausencia del amado, sin darse cuenta que está incurriendo en un error que pagará con creces más adelante. Al explicar qué se hizo se está abonado la idea de que no se es confiable, que él debe verificar si ha procedido bien o no. Es decir, se le entrega el rol de controlador a la pareja, de vigía de la fidelidad. Esto, en esta etapa, suele durar un tiempo breve.

Pero, cuando de lo intuitivo se pasa a la creencia, el margen de duda del celoso sobre la  infidelidad de la pareja se estrecha mucho. El celoso cree que su pareja le es infiel. Y ya de desata el afán verificador que condiciona la conducta del celoso y lo convierte en un improvisado detective, ansioso por encontrar pruebas que evidencien su creencia. Todo indicio se convierte en señal de infidelidad. Un cabello, la ropa arrugada, el cambio en el peinado, los minutos de tardanza, el tono y la frecuencia con que menciona  a un varón, las llamadas por teléfono o celular, las veces que suena el celular indicando un mensajito, el tiempo que se está en la computadora, y mil más.  La tortura, entonces, es doble. En el celoso la autotortura es intensa, en el celado un martirio. Y ya no son insinuaciones de preguntas, sino que se convierten en verdaderos interrogatorios del tipo policíaco. Y la celada entra francamente en la ampliación de su error al prestarse a dar explicaciones a los requerimientos del celoso y, tristemente, comprueba que cada explicación sirve de base a más preguntas del celoso y de interpretaciones tendenciosas.

El clima emocional de estos episodios es marcadamente angustioso: el celoso con una sed insaciable de preguntas y la angustia de la celada que no atina a saber cual es la respuesta correcta que aplaque al celoso quien va aumentando su irritación conforme pasa el tiempo.

Para el celoso, con cada explicación que otorga la celada es más sospechosa de infidelidad.

La celada llega a degradarse a niveles muy bajos, hasta que llega al límite de solicitar, por ejemplo, que una amiga, un testigo, corrobore lo que dice. Con esto, el celoso confirma que diga lo que diga la celada la infidelidad es posible, dado que ella ya no es suficiente para explicar sus acciones sino que debe recurrir a otra persona que la apañe. Y, como se trata de una amiga, lo más probable es que mienta por la celada para cubrirla.

Si se cree que este grado de celos es el peor, que se ha llegado al límite de la tormenta de celos, es porque no se sabe que falta un grado más alto aún: cuando de la creencia se pasa a la celotipia, cuando de lo exagerado se pasa a lo enfermo; cuando de la creencia se pasa a la certeza incomparable que da la psicosis, la locura, del celoso; cuando el margen de la duda de la infidelidad ya no existe; cuando la infidelidad es para el celoso un hecho acontecido. Y aquí pasamos de grave a peligroso. El los celos como creencia pueden existir tormentas de discusiones, incluso puede estar acompañado de violencia física en ocasiones, pero la duda hace que el celoso tenga momentos de calma y la pareja disfrute de oasis de paz. Pero en el celotípico, el celoso enfermo, el loco de celos, no existen baches y ya no le interesan los indicios ni las señales, la infidelidad fue consumada, la afrenta a su dignidad fue llevada a cabo, sólo queda saber con quién, y planear el resarcimiento y la venganza. A esta altura, el celoso ya no controla sus celos. Los celos se han apoderado de su mente y la guía. Y la celada se encuentra en gran riesgo, sin saberlo. Ella cree, por haber pasado tanto tiempo en la etapa anterior, que hay posibilidades de que el celoso revierta, en parte, sus celos o al menos los atenúe. Se sabe inocente y a salvo. Y está sentenciada y en peligro. Y las discusiones pueden cesar o ser muy esporádicas o bien incrementarse en intensidad y violencia y hay una marcada expresión de tortura en el celoso, la celada lo ve sufrir intensamente y, lejos de ver esto como una señal de peligro para su vida, cree que debe contenerlo, aplacarlo de alguna manera, lo que aumenta la ira del psicótico celoso, y la agresión física suele ser brutal. Y si la celada no se retira de la relación, en una de estas agresiones puede terminar muerta. Es el tercer motivo de homicidio.

Buenos Aires, 7 de diciembre de 2010

 

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