Psicopatía y psicópatas

Sitio del Dr. Hugo Marietan

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La mudanza
por Hugo Marietan, 2007, Buenos Aires, Argentina

I
Cynthia seguía al camión de mudanza. Le llamó la atención y le preocupó ver cómo oscilaba la caja de las lámparas, mal atada, arriba de los otros bártulos: un bache y ¡adiós! Estos tipos hacen todo a la bartola, pensó, arrepentida de haberlos contratado.
—Si se rompe el velador, los mato —gruñó a solas en su Fiat Europa (también cargado con “las piezas finas”). La caja llevaba el velador Tiffany, regalo de su ex-esposo, aquel noble bruto que ahora, un año de peleas mediante, había desaparecido de su vida. Bueno, de la mayor parte de su vida. Ese velador los había alumbrado en las buenas y en las malas. El camión ya retomaba por Garibaldi, faltaban sólo unas cuadras para llegar a su nueva casa y, por milagro, la caja aún no se había caído.
El camión se detuvo.
Ella miró, entre extrañada y esperanzada, el jardín de esa casa de barrio, al este de Quilmes, más cerca del río que el caserón viejo, donde se había quedado ese tipo, el que le había arruinado los mejores años de su vida y al que, por fin, se había sacado de encima para siempre, pero para siempre… ¡Y que no se hable más!
¿Tenía las llaves?
¡Ah, sí, menos mal! Allí están, en su cartera.
¡¿Pero, qué hacen esos peones?! Se ponen a bajar las cajas sin que haya abierto la puerta. ¡Qué papelón! ¡Qué animales! ¡Hombres, hombres tenían que ser! ¿Cómo se llamaba el capataz?
Se bajó del Fiat.
—¡Carlos! ¡Carlos!
—Sí, señora.
—Deje que por lo menos abra la puerta, por favor. Después baje las canastas.
—Está bien, señora. Era para ahorrar tiempo —los peones seguían descargando las cajas en la vereda—, recuerde que cobramos por hora.
Cynthia giró la llave y un olor a encierro y a humedad le abrió la puerta. Un cosquilleo incómodo en el estómago la inquietó, solía sentir esto cuando le faltaba azúcar (había desayunado sólo un café) o cuando sufría un déjà vu: esa impresión de haber estado antes en un lugar nuevo (no le había sucedido cuando la vendedora le mostró la casa, un mes atrás).
Sin encender la luz fue a abrir las ventanas. Empezó a descorrer la cortina, cuando ya los peones ocupaban el living con cajas, bultos y canastas.
—¡No! ¡No! Yo les voy a decir dónde va cada canasto. ¡No las pongan en cualquier lado! ¡Carlos, Carlos!
—Sí, señora.
—¿Se fijó que cada bulto tiene una etiqueta que dice adónde va? Dormitorio 1, dormitorio 2, cocina… –los tipos seguían amontonando cajas en el living— ¡Eso ahí no!
—Después usted lo acomoda como quiera, señora; en todo caso le mando dos peones para que la ayuden.
Dos horas después, apenas se podía caminar entre los bultos del living. Del peón, ni noticias.
Furiosa, intentó acomodar algo en la cocina. Las alacenas eran nuevas, lo único que tenía olor a nuevo en esa casa. Las había mandado a hacer a medida, y a su gusto.
Estaba en eso, cuando vio, en la puerta de la cocina, a una nena de unos nueve años que la miraba. Lucía un vestidito verde claro y zapatillas; rubia, con bucles, pero de ojos marrones, como los suyos.
—¡Hola, qué tal! —le dijo Cynthia terminando de acomodar una jarra blanca con adornos de flores—. Perdoname la facha. ¿Cómo te llamás? ¿Vivís al lado?
La nena no respondió, seguía mirándola.
—Yo me llamo Cynthia, y soy tu nueva vecina —trató de meter el recipiente de la licuadora, pero no cabía—. Creo que recién mañana esto va a estar un poco en orden para que te invite con lo que quieras —lo puso de costado, pero ocupaba mucho lugar, lo colocó sobre la mesada—. ¿Qué te gusta tomar? No me dijiste como te lla… —la nena ya no estaba. Todavía con el trasto de la licuadora en la mano, se asomó por la puerta de la cocina. Tampoco estaba en el living—. ¡Hola! ¿Dónde estás? —el dormitorio uno estaba vacío—. ¡Hey! —el dormitorio dos, vacío—. ¡Te fuiste!
Volvió a la cocina y decidió dejar la licuadora en un rincón de la mesada. Sí, ese sería el lugar; ahí entraba bien.
¿La puerta de calle habría quedado abierta?
Fue a asegurarse. Sí, estaba abierta. ¡Tipos de mierda! Total a ellos… En eso se acordó de que ella les había pagado en la vereda, cuando todos ya se habían trepado a la camioneta para irse. Bueno, se justificó, una no puede estar en todo, y menos con este despelote.
Al rato, cayeron dos peones.
II
Al día siguiente, domingo, el living seguía impresentable. Igual, a eso de las cinco, salió a la vereda a mirar un poco cómo era el barrio. Su casa lindaba, a la izquierda, con un jardín parecido al suyo, pero de plantas bien cuidadas. El vecino, trapo en mano, limpiaba el vidrio de la ventana. Vieja excusa de chismoso, pensó Cynthia. Pero, de todos modos, lo saludó con una sonrisa y un “buenas tardes” amigable. El hombre no se hizo rogar y se le acercó a presentarse.
—¿Así que somos vecinos, eh? Me llamo Gervasio. Si llega a precisar algo, mi señora o yo, estamos para servirle —el viejo la miraba como para memorizarla—. ¿De dónde viene? Porque me parece que la tengo vista de alguna parte. Y yo tengo una memoria mejor que la de un elefante, mire. Y me parece haberla visto…
—Me llamo Cynthia. Puede ser, porque no vivía muy lejos de acá. Mi casa estaba del otro lado de las vías, cerca de Andrés Baranda y 12 de Octubre, acá, en Quilmes.
—¡Ah, quilmeña como nosotros! Con razón me parecía conocida… —el viejo se entusiasmó y dijo, ladino—: Al que no vi fue a su marido…
Un pudor estúpido le hizo mentir.
—Ya lo va a ver —intranquila por el giro de la conversación, Cynthia, cambió de tema—. Ayer vino a visitarme una nenita rubia. Tal vez —y aquí usó un tono sobrador— una nietita suya, o la hija del vecino del otro lado…
—No tengo nietos —dijo el hombre mirando para su jardín—, y el vecino no tiene hijos chicos, y menos una nena.
—Era una nenita rubia, de ojos marrones, delgada, muy bonita…
—Hmmm… —el viejo se miró las chancletas— Raro, ¿eh? —se colocó el trapo en el cinto— ¿y cómo tenía el pelo?
—Rubio, con bucles…
—Rubio… con bucles —repitió el viejo rascándose la cabeza—. Bueno… Creo que me voy a tomar unos mates…
—¿Cómo, no la conoce?
—Sí, la conocía. Mire, señora…
—Cynthia.
—Mire, señora Cynthia…
—… Cynthia, a secas. Somos vecinos.
—Mire Cynthia, acá, en esta casa que compró, antes vivía con su familia, una chica así, como la que dice, de unos ocho años, más o menos, pelo castaño claro, lacio. Pero es una historia larga…
—¿No me va a dejar con la intriga, no? ¿Cree que los dueños anteriores estuvieron ayer por el barrio?
—No, es que… No es eso. Es que esa nena que le digo, bueno… Esa nena murió hace mucho en la casa donde usted vive. Ahora, sería una muchacha grande.
—¿Cómo esa nena? Tal vez una parecida —Cynthia no pudo evitar que un leve temblor le recorriera la espalda—. Una vecinita de por acá…, o de la otra cuadra…, no sé.
—Mire, vecina, yo nací acá y nunca me fui de Quilmes. Así que conozco todas las historias del barrio. Y le puedo asegurar que en cuatro cuadras a la redonda, no hay una sola nena rubia de nueve años, y menos con bucles.
—No será para tanto, Gervasio; lo de los bucles no es tan raro en las nenas. Tengo una foto de mi madre, de cuando era pequeña, que tenía bucles. Así que…
—Puede ser, pero lo que es acá, ninguna…
—¿Entonces?
—Lo que pasa es que no quiero asustarla.
—No me va a asustar, Gervasio, cuénteme qué le pasó a la nena.
—Como le dije, se murió hace mucho, hará unos catorce años. De un día para el otro, se enfermó, y al tiempito se murió. Y con ella, por poco muere la madre, de la angustia, pobre.
—Pobre mujer…
—Y pobre hombre. Les resultó tan penoso todo, que se mudaron y alquilaron la casa a unos médicos que pusieron consultorios.
—¿Consultorios? No parece… por cómo la dejaron…
—Estuvieron algunos años, después la alquiló una señora mayor que se fue el año pasado, y de ahí quedó vacía. Esa señora no andaba bien de la cabeza, decía que escuchaba voces en los cuartos, que veía gente… Esas rarezas.
—Estaba muy mal, esa señora.
—A lo mejor… Una vez, ella también me habló de la nena…
—¿Qué nena?
—La rubiecita de bucles, de ojos marrones, la que usted vio.
—¿Me está haciendo una broma, Gervasio?
—¡Ojalá! Qué más quisiera yo… Pero es así, como le cuento, vecina. Después de que esa mujer se fuera espantada, nadie quiso vivir más en la casa.
—Bueno, Gervasio, creo que le van a hacer bien unos matecitos. Y a mí también.
—Sí, ¿no? Bueno… hasta luego —y el viejo caminó unos pasos y girando la cabeza le dijo—: ¡Ah! Cuando la casa se quedó sola, mi esposa y yo, oímos conversaciones y quejidos que venían de ahí. Me parece que alguien tiene las llaves y se mete. Por las dudas, cierre bien las puertas.
—Gracias, don, lo tendré en cuenta.
Cuando Cynthia cerró la puerta de calle, dejó afuera su tranquilidad, y un escozor frío le hizo prender la luz del living y supo, tuvo la certeza, de que nunca estaría sola en esa casa. Corrió al teléfono y se hizo acompañar por la voz de su amiga Carolina, que la entretuvo veinte minutos hablando pavadas.
Olvidada del viejo y sus cuentos, entró al dormitorio para seguir acomodando la ropa. Y la vio.
Rubia, con bucles, ojos marrones, con un vestido verde claro, unos Kikers azules, parada en el marco de la puerta.
No decía nada (o decía todo, horriblemente todo).
Con lentitud, Cynthia bajó la percha con la camisa y la dejó sobre la cama. Sin dejar de mirar a aquella niña (o lo que fuera), se sentó sobre el colchón.
—¿Qué querés? —la pregunta estúpida no movió nada en la nena, que la miraba como la miraría una foto en color —. ¿Cómo… te… llamás? —. A Cynthia el miedo empezó a agarrotarle la mandíbula —quería escapar, pero, eso en la puerta…—. Yo soy Cynthia —la voz le salió chillona, y casi se descompone cuando se dio cuenta de que se estaba presentando ante un fantasma.
Le pareció que los ojos de la nena (de eso) se agrandaban un poco, o que hubo un movimiento leve de los labios (¿labios?). Tan rígida estaba que hasta sintió el ruido de las cervicales cuando bajó la cabeza. Fue un instante. Al levantar la cabeza, la niña —o la imagen— se había esfumado.
A medio vestir, y corriendo, manoteó las llaves y la cartera, y en un segundo, estuvo sentada en el Fiat, con el motor en marcha y, como un reflejo, mientras el auto aceleraba, vio la figura de Gervasio en la ventana, con el mate en la mano.

 

III
Vino el cura. Pero no cualquier cura. El cura que entendía de estos asuntos.
Cynthia, pegada al sacerdote, seguía paso a paso el rito del agua bendita, de los rezos murmurados, de las señales de la cruz en el aire, cuarto por cuarto, rincón por rincón.
En un momento, el hombre trastabilló y Cynthia debió sostenerlo para que no se cayese. El cura se sentó en una silla y le pidió un vaso de agua. Al tercer trago, con la frente ocupada por el sudor, le dijo, como si siguiese rezando:
—Es muy fuerte, no puedo —besó el crucifijo—. Es como si el mal estuviera muy cerca de mí —se santiguó e inclinó la cabeza como quien pierde una batalla.
Cynthia le tomó las manos, pero el hombre las separó rápido como si hubiera recibido una descarga eléctrica, y mirando por encima de los hombros de Cynthia abrió grandes los ojos. Ella giró la cabeza: allí estaba la niña, ahora apoyada en una de las paredes.
—¡Ahí está, ahí! —gritó Cynthia señalando un lugar— ¡Ahí!
—¿Dónde? ¿Qué hay?
—¿No la ve? Ahí… ahí está la nena.
—¿Dónde?
—Cerca del… ¿no la ve? —Cynthia cerró los puños sobre la camisa, retorciendo la tela—. ¿No la ve? —la cara se le fue desfigurando, tallada por el miedo—. Ahí… ¡¿Cómo que no la ve?! —y, llorando—:¡No me diga que no la ve! ¡No!
El cura cerró los ojos, unió sus manos y oró en voz tan baja, que la invocación sólo lo protegía a él:
—San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra las perversidades del demonio.

 

IV
Cynthia se había mudado provisoriamente al departamento de Carolina, y le pidió a su amiga que la acompañara hasta esa casa para retirar ropa y unos papeles. Llevaba, aparte de una estampita de la Virgen de Luján, una cinta roja que le envolvía la muñeca izquierda y la medallita de San Benito que le había regalado el cura.
Las dos mujeres entraron. Dejaron el auto en marcha y la puerta de calle abierta. Rápidamente, fueron al dormitorio, hurgaron en el placard y comenzaron a poner la ropa en el bolso. Cuando acomodaba un suéter negro, Cynthia descubrió un pelo rubio sobre la prenda. Quedó paralizada.
Carolina, se le acercó, temblando de antemano.
—¿Qué pasa, Cynthia?
—Acá, sobre el suéter… un pelo…, ahí, ¿ves? ¿Lo ves?
—Sí, sí. Ese pelo rubio, ahí —Carolina miraba fijamente el pelo.
—Entonces, ¿lo ves? ¿Vos, también lo ves?
—Sí, ¿al pelo ese? Sí.
—Es el pelo de la nena, es el pelo de ella…
—¡Qué pelo de la nena ni ocho cuartos! Ese pelo es del pelotudo de tu ex. ¿No ves que es cortito y rubio? Igual al del boludo ese, que se está quedando pelado.
—¿Te parece?
—Sí, ese es pelo de hombre. ¿No ves que es lacio y corto? Boluda ¡Qué cagazo me hiciste pegar! Y rajemos de acá antes de que me mee encima.
Y las mujeres arrastrando el bolso, sin mirar para atrás, salieron a la calle dando un portazo.
Cynthia, desde al auto, le hizo un gesto de saludo a Gervasio que estaba en la vereda con una escoba en la mano. A ella le pareció que el viejo le sonreía de costado, como burlándose.

 

V
La mujer llegó puntualmente. Cynthia bajó del coche y la ayudó con los paquetes que cargaba.
Con cautela, abrió la puerta. Sintió un ruido que venía de una de las cajas que había traído la mujer. No le preocupó. Sabía lo que era. Un gallo o una gallina. Los umbandas los usaban para estos ritos.
La Mae, una negra brasilera regordeta, se quedó parada en el living con los ojos cerrados y los brazos extendidos en cruz. Cynthia dejó los paquetes en el piso.
Al rato la Mae se movió, sin abrir los ojos, como buscando algo a tientas. Caminó por la casa y se frenó en seco en el pasillo, entre los dos dormitorios.
Comenzó a mover las manos en el aire, como si recorriera un contorno invisible.
A Cynthia algo le estrujaba el pecho: la Mae movía las manos a la altura… a la altura de la cabeza de la nena. Como si le estuviera acariciando los bucles. Allá, en el aire, en la nada. Y en el living, Cynthia, petrificada, sintió que acá unas manos le acariciaban su propio pelo con los mismos movimientos de la Mae allá, en el pasillo. No pudo gritar. Las piernas se le aflojaron y sus rodillas golpearon el piso, y quedó un momento así, como pidiendo perdón, antes de desplomarse.
Cuando despertó, estaba rodeada de velas encendidas y la Mae danzaba alrededor de una figura de trapos rojos y decía palabras raras, como escupiéndolas: Oxalá, Obá, Xangó...
Se detuvo agitada y sudorosa, un olor femenino y picante se esparcía por el cuarto.
—Ya está —dijo—. Buscó dentro de las bolsas, sacó una botella y bebió a grandes tragos, hasta vaciarla.
Cynthia, atolondrada, le preguntó si ya la había sacado, si la casa estaba libre.
—Sí, ya los saqué. Aquí había de todo. Aquí estuvo el Malo haciendo de las suyas —y escarbando en otra bolsa sacó una nueva botella y la empinó—. Decí que los Orixás me ayudan, que si no, no podía. Sola no podía, che.
—Y no quedó nada…
—Así es, los eché a todos; Olorum es poderoso —y riéndose maléficamente—: los saqué a patadas a todos, che. No hay nada que no sea tuyo. Quedó limpito, limpito limpito —y largó una carcajada tan estruendosa que Cynthia casi se desmaya otra vez.

 

VI
Carolina le hizo compañía varios días y sus noches. La casa, verdaderamente, parecía apaciguada. Es más, parecía hasta apacible y tranquilizadora. Viéndola así, era bonita y confortable, con un buen jardín al frente y un amplio y prometedor patio de tierra. Era fácil imaginar las plantas y las flores, una vez cortado el yuyal que lo afeaba.
Había conocido a la vecina de la casa de la derecha, y ya intercambiaban saludos y algunas frases breves sobre el tiempo. Don Gervasio se limitaba a mirar y a contestar con señas los saludos de Cynthia. Debe de estar celoso, pensó.
Con Carolina, se quedaban hasta tarde charlando de las picardías del pasado, de cuando eran adolescentes y andaban soñando amores.
—¡Qué soñando amores! —decía entre risas, Carolina—. Si andábamos más calientes que perras en celo. ¡Lo que queríamos era una buena…! —.Y completaba la frase moviendo las manos en paralelo con unos generosos centímetros de separación. Y las dos amigas se reían, alegres por los recuerdos y por las varias copas de vino torrontés helado.
Y pasaron dos semanas.
Y Carolina se fue.

 

Esa noche, en la cama, leía, mejor dicho, trataba de leer una novela que le provocaba un bostezo por cada punto y aparte. Se esforzaba por encontrarle un atractivo, debía tenerlo: era el último premio Clarín, nada menos. Pero no, el sueño se apoderaba de ella con cada renglón, hasta que el libro se le cayó de las manos y la vio, paradita, casi tocando el respaldo de la cama, con las manitos apoyadas en el cubrecama y los ojos marrones y grandes y el pelo rubio y los bucles a los costados tapándole las orejas y el vestido verde que nunca se manchaba y la naricita… y los labios pálidos…
Y Cynthia no pudo dejar de mirarla, a pesar de que se le borroneaba la figura de esa nena por las lágrimas y porque los párpados no alcanzaban a sacar todo ese líquido para que la pudiera ver bien. Y eso duró hasta que un cansancio enorme la desmayó o la dejó dormida.

 

VII
Al despertar, la mañana casi terminaba.
Cynthia se levantó y preparó unos mates. Una idea le martillaba en la cabeza y giraba en círculos, una y otra vez, sin que ella consiguiera detenerla para saber de qué se trataba, para enterarse de qué estaba pensando. Y así, como empujada por esa idea hueca, salió a la vereda.
Esta vez, Gervasio acomodaba, o hacía que acomodaba, las plantas de su jardín. Cuando la vio llegar, no levantó la cabeza.
Cynthia lo saludó, y a quemarropa le tiró la pregunta:
—Usted, Gervasio, me ha visto en esta casa, hace mucho, ¿no?
El viejo siguió arrancando los yuyitos que estaban alrededor del tallo de un geranio grande y, amorosamente, le arrimaba tierra removida a un retoño ladero.
—Don Gervasio, por favor… ¿usted me vio antes?
—Y usted, ¿no lo sabe?… —dijo el viejo, como hablándole a la planta.
—No, no lo sé. O no lo recuerdo. Por favor, ¿cuándo fue?…
—Y… hará unos diez años, usted vino con un tipo rubio —el viejo, agachado, sin mirarla, seguía rascando la tierra—. Todas venían acompañadas.
—¿Por qué, don Gervasio? ¿Qué pasaba en esta casa?
El viejo puso una rodilla en el suelo. Con una cuchara ablandaba la tierra, y desmenuzaba los terrones con la mano sin guantes.
—Esos tipos, los médicos, impedían que retoñaran los bebés —Gervasio armó un cono de tierra blanda rodeando el tallo—. Eso hacían… esos tipos.
Cynthia, en silencio, entró a la casa.
Con el corazón palpitante y el aire escaso, la recorrió con los ojos bien abiertos, a grandes pasos primero, después más lentamente. Y como aquel recuerdo que había crecido no aparecía, lo llamó:
—Nena, nena… Yo… —y miraba a sus costados, arriba, abajo. Giraba de golpe. Nada—. Yo quiero decirte que yo… Nena… Que yo no voy a dejarte nunca, que me voy a quedar acá, con vos… Que soy tu mamá. Que iba a ser tu mamá. Que te ibas a llamar…, que te llamás Catalina y que quiero que me perdones… Porque yo… Yo quiero quererte mucho… mucho…, que me enseñes a quererte. Me voy a quedar con vos para siempre, y de la manera que quieras. Con vos, ¿sabés, Catalina? Con vos, hijita…, mi pedacito de mí; me quedaré para siempre. ¿Dónde estás? ¿Dón…?
—...

 

 

 

Cuento: La mudanza
Hugo Rubén Marietan
Buenos Aires, 20 de julio de 2007 (crr ene 2017)

 

 

 

 

 

 

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