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La hora de la hora

Hugo Marietan

28 de abril de 2006

 

Nadie puede salvar de la muerte a esta hora.

Cumplió su inexorable destino

escrito allá, en su inicial milisegundo,

cuando todo el tiempo del mundo le pertenecía.

Inseguros fueron sus primitivos segundos,

y festejó con alegría su primer minuto.

Después tuvo sus cinco minutos de juegos

donde podía hacer lo que quisiera

sin que nadie le dijera que estaba gastando tiempo.

Conoció a otras horas y aprendió

que no todas las horas son iguales.

Pudo distinguir a las hiperquinéticas,

que se la pasaban corriendo,

a las tristonas que eran amigas de las dolorosas

por lo lentas y arrastradas;

a las felices que de tan evanescentes casi no existían

y a otras que hacían siempre lo mismo de puras aburridas.

Aunque le daba miedo, una vez miró de reojo a la hora final,

con sus minutos caídos, los segundos arrugados

y esa mirada de “qué lástima que se terminó”.

También conoció a unas que iban de aquí para allá

sin saber adónde, con caras de perplejas;

otras horas las subían bien alto y todas aplaudían

pero nadie las reclamaba.

Y estaba la hora de la pavada, la hora genial, casi una desconocida,

la hora del amor, tirando besitos y lagrimitas por sus costados,

Las horas solas, las horas amargas, las horas alegres...

Así fue como llegó a los 10 minutos y se puso seria.

No era para menos, ya era grande.

Se hizo revolucionaria y prepotente.

Se opuso a todo con firmeza y resistió como pudo.

Pero llegaron los 20 y se encontró llorando

y oliendo a vino en la barra de un bar.

Los que la conocían bien dicen que hasta se falopeaba.

Pero tal vez no sean más que rumores de las horas envidiosas.

A los 30 ya no se tomaba las cosas tan a pecho.

Ya sabía que los segundo amargos

eran para hacer más dulces a los otros, los alegres.

No era muy religiosa pero creía que en algún lugar existía Reloj,

y en ocasiones rezaba a las apuradas

porque, como buena hora, cuidaba a sus segundos,

o se persignaba con el Gran Signo que era poner los brazos en 2 menos 10.

Una vez trató de contener la respiración por un minuto

y después, tarde, se dio cuenta que sólo lo había gastado.

Cuando se encontró con la hora del amor no supo que hacer

y el no saber la hizo feliz.

Luego, inevitable, llegó la hora del adiós,

esa, la de jugo de cebolla y los suspiros.

Quiso entretenerse con la hora de la soledad y no le salía nada.

Tuvo, también, un cuarto de hora donde todas la aplaudían

y ella se preguntaba qué había hecho.

Después de eso, la soledad se le arrimó de nuevo.

A los 45 algunos segundos se herrumbraron

y su andar comenzó a ser un poco ruidoso.

A los 50 le tocaba la reunión con las horas sabias

donde le iban a revelar el Gran Secreto;

se vistió lo mejor que pudo y fue, achacosa, a la cita.

Las 12 sabias se pusieron en círculo según el antiguo rito

y muy solemnes le fueron diciendo las verdades:

“Todo empieza y todo termina”, dijo una.

“Somos una parte de algo inmenso que es el Día”, dijo otra.

“El día es parte de algo impensable llamado Año”,

y todas juntas dijeron con voz grave y de pie:

“y el Año es parte de La Eternidad”.

Luego, con gran emoción, como si un gran peso

las doblegase se arrodillaron e hicieron el Gran Signo.

Era conmovedor ver a las 12 con sus brazos en las 2 menos 10.

La mayor, en esa postura, le dijo el Secreto de Todos los Secretos,

el que le sería revelado y que no podía decirle a nadie:

“La Eternidad no existe”

Todas quedaron en silencio.

Luego una le ordenó: “Ya puedes irte”.

Usó cinco minutos para pensar en la Gran Verdad

y concluyó: ¡gasté cinco minutos!

Dos minutos los dedicó a reírse de ella misma.

Un minuto a reírse de las circunstancias.

Rezó durante otro minuto a Reloj

y le habló en su idioma de tictac:

“Gracias por todo”, le dijo, “pero por todo todo:

por la risa, por las lágrimas, por el dolor, por el placer,

por el error, por la compañía, por la soledad,

por el ratito de amor, por la maldad, por…”

Paró porque se dio cuenta de que le quedaba un minuto;

se quedó muy quieta, aunque algo asustada,

usó sus últimos segundos para recordar…

Y el tac final la encontró sonriendo.

 



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