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Árbol

Hugo Marietan,

28 de mayo de 2006

 

Yo era un tronco rústico con el que tropezaste.

Ahora creo que hiciste que tropezaste,

que me viste antes y quedaba mejor que tropezaras.

Y te quedaste.

Acariciabas las rugosidades de mi corteza;

admirabas la imperfección de mis ramas,

lo grotesco de mi tronco tipo palo borracho.

Te extasiaba mi rama que, indoblegable, crecía hacía el cielo.

Y mi soledad.

Veías, lejanos, a los otros árboles doblegados,

y me abrazabas y tus brazos casi no me abarcaban.

Llorabas cuando te contaba las vicisitudes de mi semilla,

los avatares de mi retoño, la tenacidad de mi primer ramita.

Y usabas una de mis hojas para secar tus lágrimas.

Si un pintor mirara, vería al final de un camino

un árbol solitario, a ti sentada en sus raíces,

un cielo agrisado, y nada más.

Reías mucho con algunos de mis frutos.

Se te veía feliz

 

Pero un día…

Trajiste un serrucho, terror de cualquier madera,

unas tijeras que hacían tiritar a mis hojas

y un hacha que entristecieron a mis ramas viejas.

“Te arreglaré para que seas como los otros árboles”

dijiste, “Un árbol, para mí, debe ser…”

“No lo hagas”, te dije, “yo soy, porque soy como soy”.

“Pero no puedes ser así, mi árbol es de otra manera,

hace gimnasia para no parecer un palo borracho,

sale a caminar para conocer otros árboles…”.

“Eso no lo hace un árbol, y menos yo”, dije.

Pero, testaruda, comenzaste a hacer un pozo

para cambiarme de lugar.

“Sólo me debilitarás,

mis raíces se extienden más allá de tus posibilidades”.

Con tu hacha golpeabas a una de mis ramas

“¡Ay!”, grité, “No la cortes, eso también soy yo”.

“Pero queda feo, mi árbol…”

“El árbol que tu quieres, ahora, es otro…”

“Es que debes cambiar, mira tu tronco rústico,

tus ramas imperfectas, tus…”

“¿Y mi rama que, indoblegable, crece hacía el cielo?”

“¡Ah, eso! Eso ahora no importa, ¿qué tiene que ver?”

“Es que esa rama también nace del tronco rústico”

 

Me culpaste por mi arbolidad, y te fuiste.

Algunas hojas se cayeron mientras te alejabas.

Los pájaros, los de siempre, se quedaron.

Ellos me querían como era y hacían sus nidos.

“Ustedes, ¿por qué se quedan?” les pregunté.

“Nos gustan tus ratitos”, contestaron.

“Y no les molesta que otros hagan sus nidos”.

“Tienes muchas ramas… Además es lindo…”

“¿Qué?” pregunté, ya descreído.

“Es lindo contarles a nuestros hijos sobre tu rama,

esa que, indoblegable, crece hacía el cielo".

 

 

 

 

 

 


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