Psicopatía y psicópatas

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Recuerdos

Alta en el cielo


Este relato no puede empezar de otra manera que usando la vieja fórmula del cuento: “Había una vez…”, ya que a los lectores actuales mucho de lo que sigue les parecerá una fabulación, no algo que realmente ocurrió. Y sin embargo…

abanderado


Aquí, en esta foto, aparece el director de la Escuela Nacional, entregándome la bandera de ceremonia que iba a portar durante todo el siguiente año. Alrededor, los alumnos de sexto año (no había séptimo en aquel entonces) hacen un coro lacrimoso ya que era la fiesta de despedida de la escuela. Después de esto iniciaban, algunos, el secundario.
Ser abanderado no era azaroso, era la consecuencia del esfuerzo, la persistencia y de cierto talento. Los maestros evaluaban la aptitud de los candidatos de quinto grado, que incluía inteligencia, prolijidad, conducta y compañerismo. Se elegían cinco y luego se les tomaba un examen y de resulta de estas notas salía el abanderado, la primera escolta, la segunda y los dos suplentes de escolta. Ser abanderado era un premio, una responsabilidad y un orgullo. El abanderado representaba a la escuela toda. Era el que encabezaba los desfiles en las fechas patrias y detrás de él y de la bandera, marchaba la escuela, ni el director podía adelantarse a la bandera. Y este rito no tenía nada de retórico. La bandera, en aquel entonces, era un sentimiento, era la patria hecha paño, era la historia y la identidad de la nación. El que la empuñaba vibraba de emoción, y la sola vista de la bandera ondeando por el viento, llenaba el espíritu. El abanderado cuidaba la bandera. Jamás debía tocar el suelo, ni mancharse, y cada movimiento estaba calculado y ensayado.
Recuerdo las heladas machazas (antes hacía frío) y la escuela, completa, se reunía con otras escuelas en una de las plazas para festejar el 9 de julio, por ejemplo, y luego del acto central se volvía a la escuela para tomar un chocolate caliente con facturas. Nadie protestaba ni se incomodaba por esto, era una fiesta y todos lo vivíamos así, con naturalidad, era el cumpleaños de la patria. Y la patria se nos hacía concreta, como un ser venerable y querido que cumplía años. Los padres de los alumnos acompañaban estas ceremonias y cantaban entusiasmados el Himno y las marchas. La familia comulgaba con estos valores, y así los valores se convertían en sentimientos, en parte del amor.
En la escuela se hacía un culto del aseo y la prolijidad. Las maestras controlaban la higiene de las manos, de las orejas, del pelo (no existían los piojos, a tal punto que la palabra “piojoso” era un insulto grave). El guardapolvo debía estar limpio, lo mismo que la camisa y los zapatos. Tampoco remendado, porque la escuela, a través de la Cooperadora de padres, proveía, en ese caso, del guardapolvo, así como los cuadernos y el Manual a quienes no se lo podían comprar.
El respeto a los maestros nos venía de la casa. Nuestros padres nos inculcaban esa condición, así que respetar (y hacerse respetar) era una consecuencia natural, tácita, no hablada. Recuerdo a Pedro, en quinto grado, que era protestón y muy inquieto. Una vez se había sacado una mala nota y le protestó a la maestra y ella, de buenas maneras, le explicó el porqué de la nota. Y Pedro, vencido por los argumentos, le dijo: “¡Andate a la puta que te parió!”. Se hizo un silencio denso. Nos quedamos perplejos: nunca había pasado algo así, ni en nuestra imaginación. La maestra se levantó y llorosa salió del aula. A los minutos se presentó el director y se paró delante de Pedro: “¡Venga conmigo!”, le dijo y le tomó una de las orejas y se lo llevó a la Dirección. Lo expulsaron inmediatamente.
Se dignificaba el esfuerzo y el trabajo. Se premiaba al estudioso y al compañero. Se elogiaba la solidaridad, los más sobresalientes se sentaban junto a los que les costaba más llegar al nivel de conocimiento para que los ayudaran. Se reprimía severamente la burla y el menosprecio hacía los compañeros. La maestra citaba a los más rezagados a su casa donde le impartía clases especiales.
No recuerdo ningún paro de maestros.
Izar la bandera era un rito mañanero de toda la escuela en formación, grado por grado. Se cantaba “Aurora”: Alta en el cielo un águila guerrera, azul se eleva en vuelo triunfal… Se tomaba distancia extendiendo el brazo hasta tocar el hombro del compañero de adelante. Salíamos de la escuela cantando la Marcha de San Lorenzo: Febo asoma, ya sus rayos iluminan al histórico convento…
Se hablaba de San Martín como el héroe de la patria, de sus proezas y sus anécdotas. San Martín había dado la orden de que nadie se acercara al polvorín (el depósito de pólvora) con las espuelas puestas (las espuelas eran unas estrellas de metal, que se usaban para maniobrar al caballo, y que al rozar con las piedras podían producir chispas). Una vez él se presentó ante el granadero que custodiaba el polvorín con las espuelas puestas e intentó pasar. El granadero le interceptó el paso. “Soy el general San Martín, abra paso” ordenó, pero el granadero se puso en posición de ataque y no lo dejó pasar. Se retira San Martín y luego de terminada la guardia manda a llamar al granadero y lo condecora por el cumplimiento del deber.
Sarmiento era el fundador de escuelas: ¡Gloria y loor! ¡Honra sin par para el grande entre los grandes, Padre del aula, Sarmiento inmortal! Sarmiento camina por su pueblo y ve que en el mercado había pepinos, fruto que le encantaba pero que le era indigesto. Llega a su casa y pide, para el almuerzo, ensalada de pepinos. Llega la hora y no están los pepinos. Pregunta qué pasó. Y le contestan que no había en el mercado pepinos. Si pasé por el mercado y los vi, dice Sarmiento, por qué mienten. Es que te indigesta, le contestaron. Y él dice: me indigesta más la mentira que los pepinos.
Cuando cruza para Chile, perseguido por los rosistas, lleva dos trabucos descargados. Lo interceptan dos ladrones armados con lanza y cuchillo. Sarmiento saca los trabucos les apunta y los mira fieramente. Los ladrones huyen. En una de las rocas del camino escribe: “las ideas no se matan”.
Y así, con anécdotas, héroes y fechas aprendíamos la historia de la patria. Y sentíamos orgullo de ser argentinos y herederos de esa historia.
A las “niñas” se las respetaba y cuidaba. Esto también venía de casa y se reforzaba en la escuela. Y las “niñas” se portaban como niñas. Y nos pegábamos tremendo enamoramiento con algunas de ellas que nunca se enteraron. En el recreo las maestras y las celadoras cuidaban el juego de los alumnos, y lo máximo que recuerdo en accidentes fue una caída, un raspón de rodillas. Algunas chicas jugaban a saltar la soga, otras hacían la ronda; los varones jugaban a la mancha hasta que tocaban  la campana y quedábamos todos parados en la posición y luego, en silencio, ingresábamos a las aulas.
Si por algún motivo entraba al aula el director, los alumnos se paraban al lado del banco y saludaban y luego, a indicación del director, se volvían a sentar. Ritos de respeto. Los alumnos respetaban a los maestros y los maestros respetaban a los alumnos. Respeto, según leí muchos años después en Baruch Spinosa, es lo que hay que tener para conseguir. El respeto no es unilateral, sino bilateral.
Y el respeto se consigue observando los valores, y eso es lo que hacía la escuela, inculcaba valores que armonizaban con los valores inculcados en la familia.
Ni mis compañeros ni yo teníamos una vida fácil. Veníamos de hogares de trabajadores, de pocos juguetes, de una radio, de salir a la tarde a jugar al futbol con la pelota de cuero del gordo que jugaba al arco, o con la de goma a rayitas si el gordo se enojaba.
La etapa de la escuela primaria fue llena de alegrías y de amigos, de tiza y pizarrón, de “saquen una hoja y respondan estas preguntas que voy a dictar…”, de “pase al frente y diga la lección”, de enamorarnos de la nena de trencitas del segundo banco que daba a la pared donde colgaba el cuadro de Sarmiento haciendo “pucheros”, de que la maestra era nuestra “segunda madre”, del mapa y el puntero largo de la maestra señalando los ríos, y del olor, del olor inconfundible de un aula, que no había en ningún otro lugar y que nos acompañó durante  toda la vida y nos llevaba otra vez a aquella, nuestra infancia, cuando íbamos a la escuela de nuestros hijos. La escuela me dejó un amor profundo y sostenido por la patria, el código de lealtad para los amigos, la solidaridad, el respetar y hacerse respetar, el valor del esfuerzo, la dignidad del trabajo, y ese palpitar único al ver la bandera danzar al viento, cerca del cielo.

 

Hugo Marietan, 1 de noviembre de 2009

 

 

 

 

 

 

 

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