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Adiós a Sandra Cortés
Hugo R. Marietan

 

Este es un adiós unilateral
sin anuncios que convoquen
la mediatez del regreso
ni memoria para evocar
el recuerdo doloroso:
ese sonido de los pasos
en el tiempo,
la invencible soledad.
(S. Cortés
)


Sandra Cortés, nació el 4 de abril de 1966 en la ciudad de Lanús y falleció el 15 de mayo de 2000 en la ciudad de Quilmes. Hija de Enrique José Cortés, fallecido a los 41 años, cuando Sandra tenía 19 años, y de Hilda D. Francisconi. Dos hechos marcaron fuertemente su vida, un trastorno hematológico que se inició en su adolescencia y que fue decisivo en su prematura muerte, y el fallecimiento de su adorado padre. Esto le dio un tinte melancoloide a sus vivencias y una sensibilidad especial que desplegó en sus poesías. Su problema de salud fue motivo de preocupación constante y cuidados por parte de su madre y de su hermana Celeste. A su padre le dedicó el bellísmo poema 32 de su libro "Más allá del día":

A mi padre
"La muerte no nos roba los seres amados, al contrario nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí nos los roba muchas veces y definitivamente"
Reidel

El destino le ha deparado
un designado trozo de espacio y de tiempo,
la fragilidad de un alma ofrecida al afecto,
una ilusión de pájaros.
En el despojo cierta espera surge,
la idea de un confín que ciña
los signos de la muerte
o la irresolución de una vida apresurada.
En la incertidumbre
la idealidad aparece salvadora
Y es en la lejanía secreta
donde definitivo, como Dios, te impones
como un paradigma inexorable.
Y si el tiempo es pérdida y es olvido,
la memoria guarda y redescubre
lo que el amor dictamina
y entonces tu palabra renacida
crece y derrama
en la tibieza de mis días
el misterio de la sangre.


Y la poesía 78:

He vuelto a caminar padre,
hincada por el viento,
mirando a contraluz
la comisura de los labios
y he percibido tus ojos
en las tinieblas

Ahora escribo en la sombra
mientras tu imagen permanece
junto a la puerta
"algo que poder sobrellevar"
en el sitio donde solo
sobrevuela mi alma
y la tuya,
separada por esta sutil transparencia
atenta a mi fatiga

Hazte presencia
sombra descarnada,
ilumina esta vida
sin rostro y sin memoria,
agiganta en el tiempo
mis leves pasos amarillos,
mi dúctil sonrisa

Atar el lazo
a tu vida interminable
sería un presagio de mi muerte
desde este lado.


Dejó para su madre, compañera permanente en los avatares de su enfermedad y como reconocimiento a sus desvelos, el poema 64

He presenciado tu fatiga
ajena a tu proclama
a tu aguerrida esperanza
al sueño arrebatado por la muerte.

Te he observado
desde el sitio de las sombras
donde el destino reposó mi cuerpo
con la luz de Dios
con el recuerdo inalterable
en la memoria.

Así he transcurrido Madre
aquellos días de ausencia
presintiendo tu rostro
detrás de las puertas
más allá del ensueño
más allá del desamparo.

Lejanas paredes
han celebrado el reencuentro
de tantos años
extrañamente acallados.
Cada lágrima
envejeciendo tus horas
aflorando el dolor
en cada gesto
en cada palabra.

Ahora estamos de vuelta
con el brillo en los ojos
y el regusto en los labios.
Con infinita paciencia me aguardas
a la orilla de un mundo
donde sólo sobrevuela mi alma.



De profundas creencias religiosa, buscaba refugio y paz en el verdor de Schoenstatt, en Florencio Varela, donde nace el poema 65


Schoenstatt

Deja que moje
mis ojos schoenstanteanos
en tu agua clara.

Desgajada emerjo
del jardín de los sueños,
oye el silencio
que proviene desde allí.

Hay una sombra
que se instala y se descorre.
Vaivén del tiempo,
de este lado ha quedado
mi pedazo de cielo y tu atalaya.

Me apresarás,
se que me apresarás
con tus manos preclaras,
Como un péndulo oscilo
entre tu cuerpo y el jardín.

Extraño verdor
me pierdo en el misterio.

Del otro lado aguardas mi regreso
atento en tu vigía,
envuelves con tus dulces fauces
mis labios retenidos.

Presencia inagotable,
detienes la agonía
del lado donde se ciñe el mundo.
El silencio estalla en tu cuerpo,
se hace poesía.


Sus distinciones:
Fue merecedora de distinguidos premios a sus poesías:

· Concurso Círculo Médico de Quilmes 1994
2º premio por sus poesías "Epifanía" y "Oficio"

· 1º Certamen Nacional Alfonsina Storni, Centro de Arte Urano 2001-1994
3º premio mención especial por contenido y tema-categoría jóvenes, por su poesía "Lo imponderable"
· Certamen Nacional de Poesía "El derecho de escribir en libertad", Revista "Quilmes generando cultura", 1999
mención especial por su poesía "Creer que la providencia..."
Realiza publicaciones de sus poesías en diversos medios gráficos y ha integrado una selección poética en el libro "Latidos Inéditos" con sus poemas "Óptica", "Límites precisos", "El dictado de la luz" y "Lo imponderable".
Participó en el taller literario del círculo Médico de Quilmes a cargo del escritor Carlos Patiño.

Su libro:
"Más allá del día", Sandra Cortés, Editorial Anaké, Quilmes noviembre de 1999

Realmente costó mucho esfuerzo convencerla que reuniera sus poesías para publicarlas, pero finalmente, luego de dos años de marchas y contramarchas pudimos editar el libro, que tuvo una inmediata aceptación en el medio cultural de Quilmes, sorprendidos por la calidad y profundidad de su contenido. Su inesperado fallecimiento impidió continuar con la difusión del libro a nivel nacional como la editorial lo tenía programado. Transcribimos el prólogo

Prólogo al libro
Por el Profesor Claudio G. Torea

Escribió un teólogo del siglo XIII que "la causa por la cual el filósofo se asemeja al poeta es que ambos han de encontrarse con lo maravilloso". El punto de comparación es el poeta. Es él quien experimenta el encuentro con lo maravilloso: "Amo lo oculto ...Y lo lejano... Y todo lo que aún no me es develado" (Lo imponderable). Lo maravilloso: "donde la realidad de las cosas ha sido rebasada por la inmensidad del misterio" (91). Es sintomático el hecho de encontrarnos con que la profundidad filosófica va de la mano de la poesía. Y así parece que tal vez sea más ser poeta que ser filósofo. Todo hombre, por el sencillo hecho de ser hombre, se hace preguntas filosóficas. Luego, también el poeta. Pero éste tiene un plus: el don divino de la Palabra. La poesía es apertura contemplativa a la intimidad de lo real. La mirada del alma que se dilata en lo inconmensurable del sentido primigenio, sólo revelable a aquel que se deja arrastrar por la inspiración: "Revelador, el acto poético aparece para elucidar lo que la mística prodiga con sugestivo exceso" (El acto poético)
No es la pretensión de quien escribe estas líneas el presentar un estudio sobre la poesía de Sandra Cortés, sino por el contrario invitar al lector a un encuentro de la obra para que pueda él también ir recorriendo las distintas sugerencias contemplativas por las que nos introduce la autora. A pesar de ello, no podemos dejar de hacer una referencia -aunque somera- a dos temas que se encuentran íntimamente ligados. Como poesía existencial, define Sandra Cortés a su obra. Y la existencia misma del hombre encierra un misterio. Misterio que abarca la misma temporalidad del hombre.
Pareciera asomar en los poemas la tensión entre el tiempo, el fluir y el sosiego de la mirada contemplativa. Tensión en la que se forja la existencia misma del hombre. "Somos tiempo, fugacidad constante, huida, polvo, nada" (La nada). La vida del hombre transcurre sin detenerse, pero este mismo fluir se torna extenuante porque el hombre experimenta en él lo no-definitivo. Así, dice en Seglares polvos: "Y no es polvo la vida hecha de cenizas y de muerte, es polvo de oro que resurge, restituido desde su sombra, desde un soplo aterido, desde su nada". Polvo de oro: a pesar de todo la vida del hombre reluce, brilla. Y hasta nos atrevemos a decir que brilla no con luz propia, porque es polvo; pero por ser de oro refleja la luz, el fuego que aparece como al final del camino en variadas imágenes a lo largo de los poemas.
En esta primera entrega de su obra, encontramos varios trabajos premiados (Lo imponderable, Oficio, Epifanía, 84 [Creer que la providencia]), lo cual ya es de por sí elocuente de la riqueza expresiva, la profundidad y el talento de Sandra Cortés. Celebramos la iniciativa del compilador y editor de la obra, el doctor Marietán.


Otros poemas
Con ella nació un hermano mellizo, que falleció a los 3 años, Sandra lo recuerda en su poema 101

A mi niño muerto

Cómo evocarte
del lado de la ausencia
ahora que el misterio
ha develado tu rostro.
Allí te he visto
creciendo en la belleza,
enaltecida tu inocencia
has franqueado lo insondable.
Mi memoria te ignora
y mi tiempo no te alberga.
Las horas efímeras
en las que fuiste
junto a mí,
no convocan tu recuerdo.
¿Dónde es tu gesta y tu agonía?
¿En esta parte
de mi ser
donde confluyen temibles
la historia y la pérdida,
o en tu infinita beatitud
donde secretamente
participo del universo?


Con el fallecimiento de Olga Orozco, una de sus poetas favoritas, ella la despide con el poema 100, que puede suscribirse a su propia despedida

Ahora que el miedo ha cesado
un fulgor azul
restituye tu voz infinitamente,
allí donde se alberga la memoria
y tu alma se abre a lo insondable,
el sitio
donde por fin
confrontarás tus sueños.
Exquisito destino del poeta
que resuelve el misterio
y vuelve a ser
en la palabra.



Los últimos días:
En abril del 2000 su enfermedad dio signos preocupantes que motivó un chequeo hematológico, luego fue una cascada de acontecimientos que derivaron, a pesar de todos los cuidados médicos, en su deceso. Yo la acompañé hasta el 4 de mayo, luego su cerebro se desconectó, y sólo fue de nuestras oraciones. El 15 de mayo a las 3 de la mañana su hermana Celeste dejó un mensaje en mi celular anunciándome que todo había terminado. Teníamos afinidad por lo literario y estoy seguro que a ella le hubiese gustado que le escribiera este:

Un adiós para Sandra Cortés

Apretá, che, te reté y apretaste mi mano suavemente. La sentí cálida y te demoraste acariciando uno de mis dedos. Supe que entendías lo que te decía, que superabas el sopor y venías a nosotros por momentos. Tu otra mano señalaba penosamente hacía el agua que no podíamos darte. El suero, las sondas, el respirador para tus pulmones anegados, el monitor que testeaba tu corazón y una aguja clavada en tu índice medía los gases de tu sangre. No había nobleza en aquella terapia intensiva; no tenías, princesita, el protocolo que merecía tu final. Tu cuerpo, al que siempre despreciaste por etérea, al fin había tomado venganza y te humillaba con toda esta maraña de cables y caños. Así que me concentré en tus ojos celestes, los que siempre me contaron más que tus palabras, y ahí supe que sabías que era el fin de esta etapa. Y no estabas temerosa, sólo esperabas.

- "No tengo miedo a morir sino a la muerte", me habías dicho tres días atrás cuando saliste de la operación,- "a cómo será, que figura tendrá, cómo será el camino".

- "Para eso vas a tener que esperar un poco, después del geriátrico", bromeé quedamente.

- "Vos sabés que no", sonreíste.

- "Entonces hagamos el testamento, ¿qué me dejas?".

- "Te pido que las últimas poesías y los escritos los edites y en la dedicatoria coloques "a mi padre". -- "Para eso vas a tener que durar un poco más, para las correcciones, con lo perfeccionista que sos". - "No, ya no hay tiempo, confío en que lo harás bien, como siempre".

- "Bueno, pero a mí qué me dejas".

- "Te dejo unos escritos que están en mi cuarto y un perfume que te va a dar mi madre".

- "Sí que sos generosa", intenté hacer el chiste, pero comprendí que estábamos hablando en serio.

 A esa altura aún conservabas tu majestad, el camisón azul, el cabello prolijo y el gesto de los que dulcemente miran a sus súbditos. Te hice un par de bromas más y me fui. Teníamos un código: "vos preocúpate cuando me veas preocupado", sentencié una vez.
"Se me ahogaba en mis brazos, Hugo, se ahogaba", me dijo tu madre tendida en una cama del Sanatorio con la presión por las nubes y la intuición en su corazón de que te morías y su lógica que se resistía a la idea y su voluntad rendida a su Dios a la espera de misericordia. "Hemos hecho una cadena de oraciones, sé que vos no crees en ésto, pero yo tengo fe", un rosario se desgranaba en sus manos. Era duro ver a esa mujer bravía, luchadora de rivales temibles, devenida en madre suplicante por la vida de su hija. No tenía más armas para esa batalla que su fe, sus oraciones, su Dios. Ella, que en estos días había removido a cuanto médico pudiera ayudar, sea el que fuera, a cuanto funcionario pudiera colaborar, que podía inundar con sangre de dadores voluntarios toda la sala, que era señora del acá, suplicaba el milagro del más allá, y así, abrumada y llorosa, la vi más fuerte que nunca.
Ese jueves 4 de mayo en Terapia tus ojos miraban resignadamente, a tu manera estabas preparada. Te vi tranquila en ese purgatorio médico, desdeñosa. Así que me despedí pidiéndote que te dejaras de joder y me apretaras la mano. Te demoraste con uno de mis dedos y tu otra mano penosamente señalaba el agua que no te podíamos dar.
El viernes el corazón dijo basta y los médicos que no, y te reanimaron, y vos caprichosa como siempre, inundaste tu cerebro y te quedaste en coma cuatro, para ver si con eso, todos entendíamos que te querías ir, que te dejaran partir para estar con tu amado papá, ese que había osado dejarte a tus diecinueve años pero que vos mantenías vivo en todas tus cosas y al que ibas a entregarle tu reproche, personalmente, este lunes 15 a las 3 de la madrugada.

Buenos Aires 15 de mayo de 2000
 



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