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RITA LEVI MONTALCINI, (Turín, 1909)

Neuróloga Bióloga

Premio Nobel d Medicina, 1986

Entrevista: 22/12/2005

 

- ¿Cómo celebrará sus 100 años?

- Ah, no sé si viviré, y además no me placen las celebraciones.

¡Lo que me interesa y me da placer es lo que hago cada día!

- ¿Y qué hace?

- Trabajo para becar a niñas africanas para que estudien y prosperen ellas y sus países.

  Y sigo investigando, sigo pensando...

- No se jubila.

- ¡Jamás! ¡La jubilación está destruyendo cerebros!

  Mucha gente se jubila, y se abandona... Y eso mata su cerebro. Y enferma.

- ¿Y cómo anda su cerebro?

- ¡Igual que a mis 20 años! No noto diferencia en ilusiones ni en capacidad.

   Mañana vuelo a un congreso  médico...

- Pero algún límite genético habrá...

- No. Mi cerebro pronto tendrá un siglo..., pero no conoce la senilidad. El cuerpo se me arruga, es inevitable, ¡pero no el cerebro!

- ¿Cómo lo hace?

- Gozamos de gran plasticidad neuronal: aunque mueran neuronas, las restantes se reorganizan para mantener las mismas funciones, ¡pero para ello conviene estimularlas!

- Ayúdeme a hacerlo.

- Mantén tu cerebro ilusionado, activo, hazlo funcionar, y nunca se degenerará.

- ¿Y viviré más años?

- Vivirá mejor los años que viva, que eso es lo interesante. La clave es mantener-curiosidades, empeños, tener pasiones...

- La suya fue la investigación científica...

- Sí, y sigue siéndolo.

- Descubrió cómo crecen y se renuevan las células del sistema nervioso...

- Sí, en 1942: lo llamé nerve growth factor (NGF, factor de crecimiento nervioso), y durante casi medio siglo estuvo en entredicho, ¡hasta que se reconoció su validez y en 1986 me dieron por ello el premio Nobel!

- ¿Cómo fue que una chica italiana de los años veinte se convirtió en neurocientífica?

- Desde niña tuve el empeño de estudiar. Mi padre quería casarme bien, que fuese buena esposa, buena madre... Y yo me negué. Me planté y le confesé que quería estudiar...

- Qué disgusto para papá, ¿no?

- Sí. Pero es que yo no tenía una infancia feliz: me sentía patito feo, tonta y poca cosa... Mis hermanos mayores eran muy brillantes, y yo me sentía tan inferior...

- Veo que convirtió eso en un estímulo...

- Me estimuló también el ejemplo del médico Albert Schweitzer, que estaba en África para paliar la lepra. Deseé ayudar a los que sufren, ¡ése era mi gran sueño...!

- Y lo ha hecho..., con su ciencia.

- Y, hoy, ayudando a niñas de África para que estudien. Luchemos contra la enfermedad, sí, ¡pero todo mejorará si acaba la opresión de la mujer en esos países ...!

- La religión ¿frena el desarrollo cognitivo? (del conocimiento)

- Si la religión margina a la mujer frente al hombre, la aparta del desarrollo cognitivo.

- ¿Existen diferencias entre el cerebro del hombre y el de la mujer?

- Sólo en las funciones cerebrales relacionadas con las emociones, vinculadas al sistema endocrino. Pero en cuanto a las funciones cognitivas, no hay diferencia alguna.

- ¿Por qué todavía hay pocas científicas?

- ¡No es así! ¡Muchos hallazgos científicos atribuidos a hombres los hicieron en verdad sus hermanas, esposas e hijas!

- ¿De veras?

- No se admitía la inteligencia femenina, y la dejaban en la sombra. Hoy, felizmente, hay más mujeres que hombres en la investigación científica: ¡las herederas de Hipatia!

- La sabia alejandrina del siglo IV...

- Ya no acabaremos asesinadas en la calle por monjes cristianos misóginos, como ella. Desde luego, el mundo ha mejorado algo...

- Nadie ha intentado asesinarla a usted...

- Durante el fascismo, Mussolini quiso imitar a Hitler en la persecución de judíos..., y tuve que ocultarme por un tiempo. Pero no dejé de investigar: monté mi laboratorio en mi dormitorio... ¡y descubrí la apoptosis, que es la muerte programada de las células!

- ¿Por qué hay tan alto porcentaje de judíos entre científicos e intelectuales?

- La exclusión fomentó entre los judíos los trabajos intelectivos: pueden prohibírtelo todo, ¡pero no que pienses! Y es cierto que hay muchos judíos entre los premios Nobel...

- ¿Cómo se explica usted la locura nazi?

- Hitler y Mussolini supieron hablar a las masas, en las que siempre predomina el cerebro emocional sobre el neocortical, el intelectual. ¡Manejaron emociones, no razones!

- ¿Sucede eso ahora?

- ¿Por qué cree que en muchas escuelas de Estados Unidos se enseña el creacionismo en vez del evolucionismo?

- ¿La ideología es emoción, es sinrazón?

- La razón es hija de la imperfección. En los invertebrados todo está progre-mado: son perfectos.

¡Nosotros, no! Y, al ser imperfectos, hemos recurrido a la razón, a los valores éticos: ¡discernir entre el bien y el mal es el más alto grado de la evolución darwiniana!

- ¿Nunca se ha casado, no ha tenido hijos?

- No. Entré en la jungla del sistema nervioso ¡y quedé tan fascinada por su belleza que decidí dedicarle todo mi tiempo, mi vida!

- ¿Lograremos un día curar el Alzheimer, el Parkinson, la Demencia Senil...?

- Curar... Lo que lograremos será frenar, retrasar, minimizar todas esas enfermedades.

- ¿Cuál es hoy su gran sueño?

- Que un día logremos utilizar al máximo la capacidad cognitiva de nuestros cerebros.

- ¿Cuándo dejó de sentirse patito feo?

- ¡Aún sigo consciente de mis limitaciones!

- ¿Qué ha sido lo mejor de su vida?

- Ayudar a los demás.

- ¿Qué haría hoy si tuviese 20 años?

- ¡Pero si estoy haciéndolo!

 

 

 

Rita Levi-Montalcini: “Vivimos dominados por impulsos de bajo nivel, como hace 50.000 años”

 

El mensaje que quiere transmitir la Nobel de Medicina italiana Rita Levi-Montalcini es optimista: “Debemos dar alas al genio que cada homo sapiens lleva dentro”. Pero la realidad, señala, es que estamos “dominados por las pasiones”, en especial las agresivas.

En la larga entrevista que le hace Enric González y que este domingo publicó El País, de España, la Premio Nobel de Medicina 1986 afirma que los seres humanos “seguimos siendo animales guiados por la región límbica palocortical, sustancialmente igual en el hombre y en otros animales”.

Rita Levi-Montalcini (Turín, 1909) es una de las grandes figuras del siglo XX. Su padre, un ingeniero apasionado por las matemáticas, se negó durante años a permitirle que estudiara porque en la época se consideraba que las mujeres no hacían esas cosas. A los 20 años se le consintió por fin acceder al bachillerato superior y después a la Facultad de Medicina.

Era una joven investigadora cuando las leyes antijudías italianas de 1938 la obligaron a dejar la universidad y ocultarse para evitar la deportación. Durante la guerra trabajó como médica para la Resistencia y las tropas aliadas. En 1947 fue invitada a trabajar como neuróloga en la Universidad Washington de San Luis (EEUU), donde descubrió la proteína NGF, estimuladora del crecimiento de las fibras nerviosas. El hallazgo le valió en 1986 el Premio Nobel de Medicina.

Su hermana gemela Paola fue una gran pintora, y su hermano mayor, Gino, un célebre arquitecto. El pasado 20 de abril, dos días antes de cumplir 96 años, inauguró en Roma, donde vive, la sede del nuevo Instituto Europeo de Neurociencia.

Es autora de numerosos libros, y los más recientes –como Tiempo de acción, que acaba de publicarse– se centran en la revolución digital y en la necesidad de cambiar la educación. Su vista es deficiente y necesita de su secretaria para utilizar Internet, una de sus herramientas favoritas, pero conserva la vitalidad, la ironía y la lucidez.

 

Estos son algunos fragmentos de la entrevista concedida a Enric González:

 

P.: : ¿Nos queda margen para seguir evolucionando?

Rita Levi-Montalcini: No desde el punto de vista somático. Sí desde el punto de vista de la informática. La informática nos da acceso a otro mundo que para nuestros predecesores, hace sólo medio siglo, no existía. A falta de un nuevo desarrollo de la neocorteza, disponemos de los ordenadores.

P.: En teoría, disponemos también de la manipulación genética.

R.: Odio esa opción. La manipulación genética no debe ser utilizada. No tenemos derecho a hacer nacer bebés a la carta. No es aceptable fabricar niños con los cabellos rubios, los ojos verdes, tal característica o tal otra. Eso va más allá de los límites de la moral. Lo rechazo absolutamente.

P.: Hablemos aún de la evolución en los otros animales. ¿Hay posibilidad de evolución en los insectos, por ejemplo?

R.: No. El insecto de hoy es igual al de hace millones de años. El insecto no tiene ninguna posibilidad. Por lo que sabemos, está totalmente determinado, desde el punto de vista del presente y del futuro. No registra ninguna evolución. Los insectos pueden sobrevivir a la humanidad por su constitución, por su capacidad para hacer frente a las circunstancias, pero no pueden cambiar.

P.: Nosotros hemos cambiado parcialmente. ¿Por qué somos más inteligentes que hace 50.000 años, pero no somos más buenos?

R.: No somos más buenos por el componente límbico cerebral que sigue dominando nuestra actividad. Vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y por impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el componente emotivo, el agresivo en particular. Seguimos siendo animales guiados por la región límbica palocortical, sustancialmente igual en el hombre y en otros animales. Nuestras opciones de mejora moral pasan por las circunvoluciones neocorticales que afortunadamente tenemos.

P.: Dice usted “afortunadamente”. Esa peculiaridad en la corteza del cerebro, ¿es una suerte, una casualidad?

R.: Quién sabe. No estamos dirigidos. Como todas las evoluciones, la nuestra ha sido casual, una reacción frente a la necesidad. Esa es nuestra historia. No se ha tratado de un desarrollo dirigido por un ente divino. Nos hemos desarrollado como otros animales; algunos han adquirido ciertas capacidades, nosotros hemos conseguido la neocorteza, y eso nos ha llevado a dominar el planeta y a situarnos por encima de las leyes de causalidad que nos han conducido hasta aquí.

P.: Este “aquí” significa, por ejemplo, el siglo XX, que dice poco en favor del humano. No es fácil mantener la fe en nosotros mismos.

R.: ¿Por qué lo dice?

P.: Usted, que ha vivido casi todo el siglo XX, conoce sus errores mejor que yo.

R.: Sí, hemos sufrido el horror de la shoah, el horror del nazismo, el horror del fascismo, todos los frutos del componente palocortical. He escrito bastante sobre eso. Mire, no sé hacia dónde vamos, pero estoy segura de que debemos librarnos de ese pasado nefasto. Porque si asumimos una visión catastrofista del ser humano, estamos acabados. La vida se hace inútil. Yo también me siento interiormente incapaz de ser optimista, pero hay que serlo, cueste lo que cueste. Hay que mantener la confianza en el futuro.

P.: Seamos positivos. ¿Cuáles han sido las cosas más positivas del pasado siglo?

R.: Desde el punto de vista científico, el desarrollo ha sido extraordinario, y no hace falta enumerar la exploración del átomo, del ADN... Desde el punto de vista ético hemos sido capaces de vencer a Hitler, a Mussolini, a Stalin, lo que no está nada mal. Mire, la conclusión que puede extraerse del siglo XX es que debemos cambiar los mecanismos de instrucción y la relación errónea entre los adultos y los niños.

P.: Algunos aspectos de la educación han empezado a cambiar. Cuando usted era joven, las mujeres no solían acceder a una instrucción universitaria. Usted no pudo estudiar hasta...

R.: Ese cambio que dice usted afecta a los países de alto nivel cultural, no al islam ni a la mayoría de los países del sur. Un pequeño porcentaje de mujeres, en el que me incluyo, tiene suerte y disfruta ahora de ciertos derechos.

P.: Dentro del debate ético sobre la investigación científica, ¿cuáles son los límites? Las únicas posiciones claras, y obviamente restrictivas, parecen ser las cristianas.

R.: Yo no soy católica, estoy fuera de cualquier religión. Soy agnóstica. Laica y agnóstica. Lo demás no lo tengo en cuenta. Respeto todos los puntos de vista.

 

http://www.mujereshoy.com/secciones/3107.shtml

Fuente: El Páis, 15 de mayo 2005

 

 

 

HACEDORAS DE LA HISTORIA

Rita Levi-Montalcini

por Erika Cervantes cimac | México, DF

 

Hoy la incidencia de tumores en el cuerpo es un hecho cotidiano para la ciencia médica, su tratamiento no sería posible sin la investigación de Rita Levi-Montalcini, Premio Nobel de Medicina 1986, por el descubrimiento del "Nerve Growth Factor", simplificado con las iniciales NGF.

La vida de la joven Rita estaba destinada para ser ama de casa gracias a la educación de su familia, sin embargo su talento y determinación rompen la educación victoriana que le impedía acceder a una carrera universitaria.

Rita nace el 22 de abril de 1909, en Turín, Italia, hija de Adamo Levi, ingeniero eléctrico y matemático, y de Adele Montalcini, pintora, tuvo cuatro tres hermanas y un hermano.

A los veinte años, Rita desafía a la autoridad paterna y pide permiso para cursar una carrera universitaria, lo que hecha por tierra los sueños de su padre de que convierta en una respetable mujer casada.

Después exponer sus razones y aprobar los cursos necesarios, la futura investigadora ingresa a la Facultad de Medicina de la Universidad de Turín, donde se gradúa en 1939.

La persecución al pueblo Judío emprendida por Hitler y Mussolini, obligan a la inquieta Rita Levi-Montalcini a trabajar en un improvisado laboratorio doméstico sus investigaciones sobre el sistema nervioso en embriones de pollo, mientras prodigaba clandestinamente sus servicios médicos a los vecinos de los barrios más deprimidos.

Estos experimentos, que comprobaron en 1948, que si se implanta en el embrión del pollo un fragmento de sarcoma 180 -un tumor propio de los ratones- las fibras nerviosas del embrión quedan rápidamente invadidas por él.

En 1952, Rita abundó en ese experimento hasta comprobar que el crecimiento de los nervios era causado por una sustancia segregada por el tumor.

Este descubrimiento la llevaría en 1986 a recibir el premio Nobel de Medicina (mismo que compartió con Stanley Cohen, su colaborador) en reconocimiento a su trabajo y caracterización del factor de crecimiento celular del sistema nervioso periférico, estableciendo así las bases para identificar y caracterizar otros factores que regulan el crecimiento nervioso.

La doctora Levi Montalcini es autora de numerosos artículos y publicaciones que reflejan su compromiso social y humanitario. Entre sus trabajos hay una autobiografía titulada Elogio a la imperfección y Hazaña del factor de crecimiento nervioso.

El "Factor de Crecimiento Nervioso" es una fracción del núcleo proteico que se ha revelado muy importante para la comprensión y el conocimiento del sistema nervioso y de otras funciones vitales.

La vida de Rita no fue fácil, la invasión alemana en Italia, la obligó a esconderse en Florencia. Sólo al final de la contienda mundial pudo volver a la actividad académica en Turín.

En 1947 aceptó colaborar en la Universidad Washington de St. Louis, con el zoólogo Viktor Hamburger, que utilizaba también embriones de pollo en sus estudios sobre el desarrollo del tejido nervioso.

Rita había planeado permanecer en St. Louis por solamente diez a doce meses, pero los resultados de la investigación hicieron imprescindible posponer su regreso a Italia. En 1956 le ofrecieron la posición del profesora asociada y en 1958 de profesora de tiempo completo, tarea que desempeñó hasta 1977.

En 1962, la doctora Levi-Montalcini establece una unidad de investigación en Roma, dividiendo el tiempo entre esta ciudad y St. Louis.

A partir la 1969 a 1978, Rita se desempeña como del directora del Instituto de la Biología de la Célula del Consejo Nacional Italiano de la Investigación, en Roma. Tras su retiro en 1979, continúa su desempeño como profesora huésped de este mismo instituto.

En 1988, Rita Levi Montalcini publicó la obra autobiográfica Elogio de la Imperfección.

En 1999, fue nombrada embajadora de la FAO y entre otros reconocimientos tiene el Premio Internacional Feltrinelli de Medicina, el Golden Plate Award, de la Universidad de Texas, y la Silver Cup, de la Universidad de Washington.

Es integrante de la Academia Pontificia (Italia), de la Academia de las Artes y Ciencias de los Estados Unidos, de la Académie des Sciences (Francia) y preside la ilustre Enciclopedia Treccani italiana.

Rita Levi-Montalcini, quien fue distinguida en los Estados Unidos como una de las diez científicas más destacada en 1963, nos hereda la lucha por trabajar en la búsqueda de sus ideales a pesar de las condiciones.

 

 

Sus investigaciones

Rita Levi-Montalcini (Turín, 1909) es una de las grandes figuras del siglo XX. Su padre, un ingeniero apasionado por las matemáticas, se negó durante años a permitirle que estudiara porque en la época se consideraba que las mujeres no hacían esas cosas. A los 20 años se le consintió por fin acceder al bachillerato superior y después a la Facultad de Medicina. Era una joven investigadora cuando las leyes antijudías italianas de 1938 la obligaron a dejar la universidad y ocultarse para evitar la deportación. Durante la guerra trabajó como doctora para la Resistencia y las tropas aliadas. En 1947 fue invitada a trabajar como neuróloga en la Universidad Washington de San Luis (EE UU), donde descubrió la proteína NGF, estimuladora del crecimiento de las fibras nerviosas. El hallazgo le valió en 1986 el Premio Nobel de Medicina. Su hermana gemela Paola fue una gran pintora, y su hermano mayor, Gino, un célebre arquitecto. El pasado 20 de abril, dos días antes de cumplir 96 años, inauguró en Roma, donde vive, la sede del nuevo Instituto Europeo de Neurociencia. Es autora de numerosos libros, y los más recientes, como Tiempo de acción, que acaba de publicarse, se centran en la revolución digital y en la necesidad de cambiar la educación. Su vista es deficiente y necesita de su secretaria para utilizar Internet, una de sus herramientas favoritas, pero conserva la vitalidad, la ironía y la lucidez. En la primavera de 1940, cuatro años después de que Mussolini promulgara el Manifiesto en defensa de la raza, la médica judía de 31 años Rita Levi-Montalcini convirtió su dormitorio en un pequeño laboratorio de biología. Sus padres habían decidido que la familia se quedara en Turín, y esa habitación era el único lugar de toda Italia donde Rita podía desarrollar su carrera de investigadora, mientras los departamentos universitarios se dedicaban a defender la raza de gente como ella. La familia se tuvo que mudar a Piamonte tras el bombardeo de Turín (1941), y después a Florencia durante la ocupación alemana de 1943, pero Rita siempre trasladó y reconstruyó su laboratorio casero en cada nuevo domicilio. Y, por increíble que resulte, aquellas investigaciones clandestinas la condujeron directamente al descubrimiento, una década después, de los factores de crecimiento, los verbos del lenguaje de las células, una pieza esencial de la biología del desarrollo por la que acabaría recibiendo el Premio Nobel en 1986. La inspiración de Levi-Montalcini durante los años clandestinos fue el trabajo de Viktor Hamburger -otro científico depurado- sobre el desarrollo del sistema nervioso en el embrión de pollo. En 1947, poco después de acabar la guerra, Hamburger la invitó a profundizar en aquellos experimentos en su laboratorio de la Universidad de Washington, en Saint Louis. Allí, Levi-Montalcini se concentró en un fenómeno desconcertante: un tipo de tumor de ratón que, cuando se trasplantaba al embrión de pollo, causaba un drástico crecimiento de las fibras nerviosas relacionadas con la transmisión de los impulsos sensoriales. La científica comprobó que ese crecimiento nervioso no requería un contacto directo con el tumor, y supuso que éste liberaba al medio algún tipo de factor que, por sí solo, era capaz de estimular el desarrollo de ciertos nervios. Lo llamó factor de crecimiento nervioso (nerve growth factor, o NGF). Su teoría resultó correcta, y el NGF fue purificado poco después en ese mismo laboratorio. Las siglas que terminan en GF son ahora omnipresentes en cualquier libro de biología. El NGF descubierto por Levi-Montalcini fue sólo el primero de una larga serie de factores de crecimiento, todos similares en composición -son proteínas relativamente pe-queñas- y todos piezas esenciales del lenguaje que las células utilizan para comunicarse unas con otras y organizar el desarrollo progresivo del embrión y el feto. La embriología había dejado de ser una caja negra. El mero hecho de que el NGF producido por un tumor de ratón estimulara poderosamente las fibras nerviosas de una especie totalmente distinta ya estaba indicando otro hecho esencial: que el lenguaje de las células es un esperanto común a todos los animales. Levi-Montalcini y sus colaboradores demostraron pronto que el NGF existe, y tiene la misma función, en los reptiles, las aves, los anfibios, los peces y los mamíferos, incluido, por supuesto, el ser humano. Los factores de crecimiento, y las decenas de componentes que están implicados en su funcionamiento -los receptores que los detectan, los intermediarios que propagan su señal por el interior de la célula-, pueden estropearse, y estas averías están detrás de numerosas malformaciones congénitas, procesos degenerativos y muchos tipos de cáncer. No es casual que Levi-Montalcini descubriera el NGF en un tumor. Familias de factores Los factores de crecimiento descubiertos por la científica italo-estadounidense son la clave para entender los principales fenómenos del desarrollo humano, empezando por el crecimiento del embrión, del feto y del niño. La popular hormona del crecimiento, por ejemplo, no actúa directamente, sino que ejerce su efecto estimulando al hígado y otros órganos a secretar toda una batería de factores de crecimiento, los IGF (factores de crecimiento similares a la insulina, o somatomedinas). Son estos IGF los que ordenan crecer a todos los tejidos del cuerpo, incluido el hueso. Si los niveles de IGF son bajos, surgen deficiencias de crecimiento. Los niveles demasiado altos son la causa de problemas como la acromegalia. El crecimiento de la piel y las demás superficies del cuerpo (epitelios) es responsabilidad del factor de crecimiento epitelial (EGF), otro miembro de la familia descubierta por Levi-Montalcini. Y aún hay otro miembro más, el PDGF (factor de crecimiento derivado de plaquetas), que es el regulador esencial de los procesos de coagulación y cicatrizado. Las anomalías de estos factores tienen también su lado oscuro, y están detrás del endurecimiento de las arterias que conduce a menudo a la enfermedad cardiovascular. La eritropoyetina es otro factor de crecimiento (uno de los pocos que no acaban en GF) que estimula a las células de la médula ósea a producir glóbulos rojos, las células que transportan el oxígeno por la sangre. Otros dos factores de crecimiento estimulan a las mismas células a proliferar y diferenciarse en los dos principales tipos de células blancas de la sangre. Otros factores de crecimiento estimulan a las células del sistema inmune (linfokinas, incluidas las interleukinas), y otros (TGF) tienen una relación muy directa con muchos tipos de cáncer. Tal y como reconoció la Academia Sueca en 1986, el descubrimiento de los factores de crecimiento "es un ejemplo fascinante de cómo un observador inteligente puede extraer un concepto del caos aparente". No es fácil deducir principios generales de los sistemas biológicos, pero eso es justamente lo que Rita Levi-Montalcini aportó a la ciencia del siglo XX.

http://topnobel.galeon.com/rita.html

 

Discurso de aceptación del Premio Nobel 

Palabras pronunciadas el 10 de diciembre de 1986, durante el banquete ofrecido en honor de los ganadores del Premio Nóbel. De: Les Prix Nobel. The Nobel Prizes 1986, Editor Wilhelm Odelberg, [Nobel Foundation], Estocolmo, 1987

 

"Sus majestades, sus altezas reales, damas y caballeros,

Con profundísima emoción mi apreciado amigo Stanley Cohen y yo comparecemos aquí hoy, ante ustedes, y deseamos expresar nuestra inmensa gratitud por haber sido reconocidos con el mayor honor que un científico puede soñar con recibir por sus logros: el Premio Nobel.

Stanley y yo comenzamos a trabajar juntos hace treinta y tres años en el Departamento de Zoología de la Universidad de Washington, en St. Louis, Missouri, dirigido en aquel entonces por el professor Viktor Hamburger, un científico eminente en el campo de la Neuroembriología Experimental, un gran erudito y querido maestro y amigo. Desde entonces, disfrutamos cada minuto de esta aventura, la cual nos condujo hasta Estocolmo.

 

El talento excepcional de Stanley y su riguroso entrenamiento en bioquímica, y mi propio entrenamiento en neurología, el cual tuve el privilegio de recibir del famoso científico italiano -ya fallecido- Giuseppe Levi, en la Escuela de Medicina de la Universidad de Turín, nos proveyó de unas bases complementarias ideales para abordar lo que a primera vista parecía un rompecabezas fácil de resolver: esto es, descubrir la naturaleza y el mecanismo de acción de la molécula de una proteína que se conoció, debido a sus propiedades biológicas, como “el factor de crecimiento de las fibras nerviosas”. Llevó, en todo caso, más de tres décadas comprender la complejidad del problema que todavía hoy se investiga intensivamente en todo el mundo.

Desearía agregar que mientras Stanley dedicó desde 1961 hasta el presente toda su maña y experiencia a la exploración de otro factor de crecimiento -el factor de crecimiento epidérmico- en el Departamento de Bioquímica de la Universidad de Nashville, Tennessee, yo tuve la suerte de estar vinculada desde hace veinte años a los profesores Pietro Calissano y Luigi Aloe, dos destacados investigadores y estimados amigos, quienes laboraron a diario conmigo o de forma independiente, y a quienes se debe gran parte del mérito del éxito en nuestros estudios recientes sobre el factor del crecimiento de las fibras nerviosas.

En lo que a mí respecta, debo añadir que el factor de crecimiento no podría haber sido descubierto si no fuera por la rigurosa enseñanza neurobiológica que recibí en mi país natal, en la Universidad de Turín, y la generosa hospitalidad e invaluable ayuda científica y técnica que me dieron en la Universidad de Washington, donde pasé los treinta años más felices y productivos de mi vida.

A nuestros colegas suecos y queridos amigos, deseo expresarles mi eterna gratitud por sus contribuciones fundamentales en el campo de las neurociencias. Todos estamos en deuda con ellos por haber abierto las puertas de la edad de oro en el área de la neurobiología, y personalmente me siento, incluso más que cualquier otra persona, agradecida por su labor sobresaliente en el área del factor de crecimiento de las fibras nerviosas".

 

 

 

Rita Levi Montalcini por sí misma 

 

"Mi hermana gemela Paola y yo nacimos en Turín el 22 de abril de 1909, las menores de cuatro hermanos. Nuestros padres fueron Adamo Levi, un ingeniero eléctrico y matemático genial, y Adele Montalcini, una talentosa pintora y exquisito ser humano. Nuestro hermano mayor, Gino, quien murió hace doce años de un ataque cardíaco, fue uno de los más conocidos arquitectos italianos y profesor en la Universidad de Turín. Nuestra hermana Anna, cinco años mayor que Paola y yo, vive en Turín con sus hijos y nietos.

Desde la adolescencia, Anna fue una admiradora entusiasta de la gran escritora sueca y premio Nóbel Selma Lagerlöf, y me contagió de tal manera ese entusiasmo que decidí convertirme en escritora y escribir una saga italiana “a la Lagerlöf”. Pero las cosas habrían de tomar un giro distinto.

Los cuatro disfrutábamos de la más maravillosa atmósfera familiar, llena de amor y devoción recíproca. Nuestros padres eran enormemente cultos e insuflaron en nosotros su elevado aprecio por la búsqueda intelectual. Fue, en todo caso, un típico estilo de vida victoriano, donde todas las decisiones eran tomadas por la cabeza de la familia, el esposo y padre. Él nos amaba y mostraba un gran respeto hacia las mujeres, pero creía que una carrera profesional interferiría con los deberes de una esposa y madre. Más adelante decidió que nosotras tres -Anna, Paola y yo- no nos comprometeríamos con estudios que abrieran el camino a una carrera profesional y que no nos inscribiríamos en la universidad.

Ya desde la niñez, Paola había demostrado un extraordinario talento artístico, y la decisión paterna no evitó su dedicación a tiempo completo a la pintura. Se convirtió en una de las más destacadas pintoras en Italia y hasta el presente sigue en plena actividad. Para mí eran tiempos difíciles. A los veinte años, me di cuenta de que no podría ajustarme a un rol femenino como el que concebía mi padre, y le pedí permiso para seguir una carrera profesional. En ocho meses llené mis lagunas en Latín, Griego y Matemáticas, me gradué de la secundaria e ingresé a la Escuela de Medicina en Turín.

Dos de mis colegas de la universidad y amigos cercanos, Salvador Luria y Renato Dulbecco, fueron a recibir el premio Nóbel en Fisiología y Medicina, respectivamente, diecisiete y once años antes de que yo recibiera el mismo prestigioso galardón. Los tres fuimos estudiantes del famoso histólogo italiano, Giuseppe Levi. Estábamos en deuda con él por su formidable entrenamiento en ciencias biológicas, y por habernos enseñado a aproximarnos a los problemas de una manera más rigurosa en una época en la que esta aproximación era aún inusual.

En 1936 me gradué de la Escuela de Medicina con una distinción Summa Cum Laude en Medicina y Cirugía, y me matriculé para cursar la especialización de tres años en Neurología y Psiquiatría, aún sin saber si debía dedicarme completamente a la profesión médica o seguir al mismo tiempo la investigación básica en Neurología. Mi perpejidad no duraría mucho tiempo.

En 1936, Mussolini hizo público el Manifesto per la Difesa della Razza, firmado por diez “científicos” italianos. Al manifiesto pronto siguió la promulgación de leyes excluyendo a los ciudadanos italianos no arios de las carreras académicas y profesionales. Luego de un breve período en Bruselas como invitada de un instituto neurológico, volví a Turín cuando estaba a punto de concretarse la invasión de Bélgica por el ejército alemán, en la primavera de 1940, para unirme a mi familia. Las dos alternativas que nos quedaban eran emigrar a Estados Unidos o continuar en alguna actividad que no tuviera apoyo ni conexión con el mundo ario en que vivíamos. Mi familia escogió esta segunda alternativa. Entonces decidí construir una pequeña unidad de investigación en casa e instalarla en mi cuarto. Mi inspiración fue un artículo publicado en 1934 por Viktor Hamburger, donde reportaba los efectos de la extirpación de miembros en embriones de pollo. Mi proyecto apenas había comenzado cuando Giuseppe Levi, quien escapó de la Bélgica invadida por los nazis, regresó a Turín y se me unió, convirtiéndose, para mi gran orgullo, en mi primer y único asistente. El intenso bombardeo de Turín por fuerzas aéreas anglo-americanas en 1941 hizo imperativo que abandonáramos Turín y nos mudáramos a una casa en el campo, donde reconstruí mi mini-laboratorio y reinicié mis experimentos. En el otoño de 1943, la invasión de Italia por el ejército alemán nos obligó a abandonar nuestro peligroso refugio en Piemonte y huir a Florencia, donde vivimos en la clandestinidad hasta el final de la guerra.

En Florencia estaba en contacto permanente con muchos amigos cercanos y queridos, así como con valerosos partisanos del Partito di Azione. En agosto de 1944, las fuerzas angloamericanas obligaron a los invasores alemanes a abandonar Florencia. En su cuartel de operaciones fui contratada como médico y asignada a un campo de refugiados de guerra, quienes fueron llevados a Florencia por cientos desde el Norte, donde la guerra estaba aún en su apogeo. Epidemias de enfermedades infecciosas y de tifus abdominal expandieron la muerte entre los refugiados; yo estaba a cargo como enfermera y medico, compartiendo con ellos su sufrimiento y el peligro cotidiano de la muerte.

En Italia, la guerra terminó en mayo de 1945. Volví con mi familia a Turín, donde retomé mis obligaciones académicas en la universidad. En el otoño de 1947, una invitación del profesor Viktor Hamburger a unírmele y repetir los experimentos que habíamos ensayado años atrás en embriones de pollo cambiaría el curso de mi vida.

Aunque había planeado permanecer en St. Louis sólo por doce meses, los excelentes resultados de nuestra investigación hicieron imperativo que pospusiera mi regreso a Italia. En 1956 me ofrecieron el cargo de Profesora Asociada y, en 1958, el de Profesora a tiempo completo, el cual ejercí hasta mi jubilación en 1977. En 1962 establecí una unidad de investigación en Roma, dividiendo mi tiempo entre esa ciudad y St. Louis. Entre 1969 y 1978 también fui Directora del Instituto de Biología Celular del Consejo Nacional Italiano de Investigación, en Roma. A mi retiro en 1979, me convertí en Profesora Invitada en ese mismo instituto".

 

Levi-Montalcini, Rita, In Praise of Imperfection: My Life and Work.

Basic Books, New York, 1988

 

No cualquiera

Existe  traducción al castellano: Elogio de la imperfección, Editorial Paidos, del que seleccioné el siguiente párrafo para marcar el carácter de Rita y demuestra que no cualquiera puede hacer lo que ella hizo. (H.M.)

 

"El primer escollo residía en el problema de cómo conseguir el material necesario ¿cómo podía encontrar, a principios de los años treinta, fetos humanos es estadio temprano de gestación? El aborto oficialmente no existía en esos días, tampoco podía recurrir al enorme número de aquellos que practicaban clandestinamente algunos médicos o, la más de las veces, comadronas sin escrúpulos que ignoraban las reglas más elementales de esterilización. Descartados los abortos clandestinos, la única fuente que me quedaba era el material en pésimo estado de conservación que resultaba de los abortos espontáneos y de los que se practicaban, en contadas ocasiones y en casos muy graves, en la sección de obstetricia del Ospedale Maggiore. El celador, tentado por la recompensa de unas cuantas liras que le había prometido, me llamó pocos días después de que recabara su ayuda. ‘Tengo lo que usted necesita’, me dijo. Salí corriendo hacía el hospital; sin embargo, no pude ocultar mi decepción cuando vi que lo que me ofrecía era, a todas luces, el cadáver de un niño recién nacido. ‘Pero esto no es un feto, es un niño’, reclamé. ‘Pues lo toma o lo deja’, contestó, lo embaló en papel de periódico y me lo entregó. Cargando con el pesado bulto, me subí al primer tranvía que iba directo al Instituto de anatomía. Durante el trayecto, de repente vi aterrorizada que un piecito salía de entre las hojas de periódico, y temblé al pensar en las sospechas que pudiera suscitar, con mi carga y mi poco más de veinte años, en cualquier pasajero que me hubiese observado.

Bajé apresuradamente en la parada siguiente, y recorrí el resto del camino a pie. Me crucé con el bedel Conti, el autodidacta, el asesor de los estudiantes, el hombre que compartía nuestras cuitas. Meneó la cabeza cuando le conté el tema que me había asignado. Examinó con ojos expertos mi feto-bebé. ‘Pero éste se encuentra plenamente desarrollado – comentó-. Además, lleva más de tres días de muerto. No le va a servir para nada’. Me ayudó a disecar el cerebro, comentando la imprudencia que había cometido al viajar con este niño en brazos en medio de transporte público. ‘Debería darle las gracias a sus buena estrella por la suerte que tuvo de no haber ido a para a la cárcel’. El cerebro se desmoronó bajó nuestros instrumentos.”

 

 

 

 

 

 



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