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Artículo:

 

EL EMBELESO DE LA ETIMOLOGÍA SIMPÁTICA

Rebeca Obligado, filóloga, UCA, 2013

rebecaobligado@hotmail.com

 

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Etimología, según el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española. (En adelante DRAE). Madrid, 2 t) es una disciplina que estudia “el origen de las palabras, razón de su existencia, de su significación y de su forma”. En las ciencias del lenguaje, la etimología no sólo busca el origen de una voz sino también su historia, el momento de su incorporación a un idioma, así como su evolución diacrónica y sus cambios estructurales y semánticos. La etimología, además, puede estar al servicio de la historia de la cultura al organizar en un corpus hechos culturales por el análisis de las voces que los designan.
“La etimología -dice Ferdinand de Saussure- no es ni una disciplina distinta ni una parte de la lingüística evolutiva; es solamente una aplicación especial de los principios relativos a los hechos sincrónicos y diacrónicos. La etimología remonta el pasado de las palabras hasta dar con algo que las explica. (…) La etimología es, pues, ante todo la explicación de las palabras por la investigación de sus relaciones con otras palabras. Explicar quiere decir: reducir a términos conocidos, y en lingüística explicar una palabra es remitirla a otras palabras, puesto que no hay relaciones necesarias entre el sonido y el sentido (principio de lo arbitrario del signo)” (Saussure, Ferdinand de. Curso de Lingüística General. Buenos Aires, Losada. pp. 214-215.).
Un fenómeno de lenguaje se considera sincrónico (Del griego sún (con, junto con) + xrónos (tiempo). “cuando todos los elementos y  factores que pone en juego pertenecen a un solo momento de una misma lengua (= a un mismo estado). Es diacrónico Del gr. diá (a través de, a lo largo de) + xrónos (tiempo). cuando hace intervenir elementos y factores que pertenecen a estados de desarrollo diferentes de una misma lengua”. (Ducrot, Oswald-Todorov, Tzvetan. Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje. Madrid, Siglo XXI. p. 165.). Estas nociones de ‘sincronía’ y ‘diacronía’ fueron aplicadas de modo particularmente fecundo por Ferdinand de Saussure (Recordar que su inaugural Curso de Lingüística General no fue, en realidad, jamás escrito por Saussure. Corresponde a sus discípulos Charles Bally y Albert Sechehaye el honor de haber tenido la idea de ‘reconstruir’ el clásico entre los clásicos de Ferdinand de Saussure, padre de la lingüística científica,  a partir de apuntes y colaboraciones entre discípulos y maestro.( Recordar que su inaugural Curso de Lingüística General no fue, en realidad, jamás escrito por Saussure. Corresponde a sus discípulos Charles Bally y Albert Sechehaye el honor de haber tenido la idea de ‘reconstruir’ el clásico entre los clásicos de Ferdinand de Saussure, padre de la lingüística científica,  a partir de apuntes y colaboraciones entre discípulos y maestro.).
Teniendo en cuenta que la disciplina etimológica no sólo estudia el origen de las palabras sino que también inserta el estudio de una palabra dada en la historia de una familia de palabras siguiendo el principio de que una palabra explica a otra y no es un fenómeno de lengua aislado, este estudio sincrónico y diacrónico de un vocablo va a resultar particularmente esclarecedor. A ello se dedica también tanto la filología como la lingüística evolutiva.
Debemos distinguir, entonces, qué estudia la lingüística: su objeto es la lengua como tal, como hecho social e independiente del individuo. Dado que la lengua es un sistema de signos que expresan ideas, la lingüística estudiará “la vida de los signos en el seno de la vida social” (Saussure, F. de. Op.cit. p.43.). sin tener en cuenta si estos signos fueron volcados a un sistema de escritura o no. El campo de estudio de la lingüística es sumamente amplio; mucho tiempo pasó hasta que se determinó la naturaleza del objeto de su estudio y sin tal operación básica, ninguna ciencia es capaz de procurarse un método. (Cf. Saussure, F. de. Op.cit. Cap. I: “Ojeada a la historia de la lingüística”.).
La filología, en cambio, es el estudio de la lengua en un texto dado. Supone, por tanto, siempre una escritura, una lengua escrita. No es su estudio abstracto sino que es el estudio concreto de una lengua en un texto (y, si es posible, en un texto en relación con otro u otros textos). La filología no deja de lado cuestiones estrictamente lingüísticas pero lo hace al servicio de la comparación de distintos textos para determinar la lengua particular de cada autor y, especialmente, la cultura que bajo ella subyace. En este último sentido la filología, al igual que la disciplina asociada, la etimología, recorre las bases de la historia cultural con la intención de comprenderla.  
A la filología le interesa, además, fijar, interpretar y comentar el mismo (1) y los primeros filólogos científicos pueden ser considerados aquellos de la época helenística que desarrollaron los estudios literarios en el Museo de Alejandría (ca. 280 a.C.), centro de  una muy importante comunidad en la que ciencia y literatura iban de la mano (2). Por tanto, vemos que primero existió la disciplina filológica (científicamente, desde el siglo III a.C.) (3) y recién en el siglo XIX con el auge de los estudios de gramática comparada (o filología comparada), el alemán Franz Bopp (4) descubrió las relaciones entre el sánscrito, el germánico, el griego y el latín y abrió la puerta al fenomenal desarrollo de la filología comparada indoeuropea
Bopp dio el primer paso que permitió elaborar el complicado árbol de la gran familia indoeuropea de lenguas, constituido por más de ciento cincuenta lenguas, vivas o muertas, que geográficamente se distribuyen desde el norte y sur de Asia hasta Europa. Con el proceso de conquista llevado a cabo por los europeos desde el siglo XV el límite geográfico se extendió a América, Australia e importantes zonas de África. Algunas de las grandes ramas de esta familia son: la indoirania (ej: sánscrito en la India: persa en Irán); germánica (ej: alemán, inglés, danés, sueco, noruego, neerlandés, etc); eslava (ej: ruso, polaco, eslovaco, checo, serbio, croata, etc); itálica (que incluye el latín y sus lenguas romances: español, portugués, francés, catalán, etc); céltica (bretón, gaélico, galés, irlandés, etc); báltica (lituano, letón, etc); griega; albanesa; armenia; además de las desaparecidas ramas tocaria y anatolia (por la antigüedad de los documentos escritos hallados es fundamental nombrar aquí la lengua hitita). Debido a que las lenguas de esta familia indoeuropea (i.e.) suman aproximadamente el 45% de los hablantes del mundo se puede comprender la radical importancia de su estudio comparado.  
Por su importancia, permítasenos alguna palabra sobre la lengua sánscrita. El sánscrito (skr.), antigua lengua indoeuropea (i.e.) de la India, se utiliza  hoy como lengua sagrada de los rituales del hinduismo y budismo. Es la lengua de los Himnos Védicos, de los cuales el más antiguo es el Rig-Veda (ca. 1500-1000 a.C.), conservado oralmente hasta su transcripción escrita en la India medieval. En español hay numerosos ‘préstamos’ (cultismos) del sánscrito sobre todo en la lengua del yoga (nirvana, karma, etc) pero también hay interesantes y usuales términos cuya etimología es posible rastrear hasta llegar a esta lengua, aparentemente tan alejada de las de Europa occidental (como el español ‘azúcar’).
Un excelente ejemplo de etimología comparada es el análisis del nombre mismo de los Himnos Védicos.  En efecto, la voz skr. vedá viene (<) de una raíz *weid-  (5) con el sentido de ‘ver’, como un empleo particular de un sentido más general: *weid- indica la visión en tanto sirve para el conocimiento. El pretérito perfecto de *weid- que expresa, como todo perfecto, un resultado adquirido tiene el sentido de ‘saber’ (6); en griego (gr.) (F)oîda, armenio (arm.) gitem, gótico (got.) wait, balto-eslavo (v.sl.) vede. Este perfecto existió en ítalo-céltico, a juzgar por la forma oscura irlandesa (ir.) –fitir, galo (gall.) gwyr ‘él sabe’ (7). Nada de esto se ha mantenido en la semántica del latín (lat.) aunque la lengua sí ha guardado la raíz *weid- en el verbo video que significa exclusivamente ‘ver’ (8) (sin embargo, algo de este sentido primordial se conserva en su derivado abstracto veritas > español (esp.) verdad) (9). Puede entenderse que esta forma de perfecto resultativo resultará especialmente fecunda en su ocurrencia en escritos mitológicos, mágicos, adivinatorios y aquellos pertenecientes al campo de lo religioso, en general.
La etimología, se comprende ahora, abreva de las dos fuentes: estudios filológicos y reflexiones lingüísticas.
Fueron los griegos quienes comenzaron a reflexionar sobre los hechos de lenguaje. Más allá de ciertas alusiones a un tal Melampo (gr. Melampous (10); lat. Melampus) de Pilos, legendario adivino que en el s. VII a.C. se habría preguntado por estos temas (11), corresponde al genio de Platón haber planteado un tema fundamental de orden lingüístico: ¿existe relación entre la palabra que designa y la realidad designada o esta relación es absolutamente arbitraria?. Es el tema del diálogo platónico Cratilo, obra que ocupa un lugar fundacional en la historia de la lingüística como antecedente de la teoría del signo lingüístico desarrollada 2400 años más tarde por el suizo Ferdinand de Saussure. En boca de dos personajes del diálogo (Hermógenes y Cratilo), Platón esboza las muy posteriores discusiones acerca de la relación entre  palabra y objeto designado. Cratilo, vinculado más o menos explícitamente con Heráclito, sostiene que hay entre ambos una relación necesaria, de acabada correspondencia, por naturaleza (phýsei) (12) y así “quien conoce los nombres, conoce también las cosas” (13). Modernamente se conoce esta tesis como la tesis de la motivación lingüística. Hermógenes, en cambio sostiene la tesis contraria: no hay ninguna correspondencia en una denominación más que el uso y costumbre (nómw kaí éthei) (14) y se apoya en una tesis inspirada por Demócrito vinculada a una corriente de pensamiento relativista (15), según la cual la atribución de los nombres proviene de lo arbitrario. Se le conoce hoy en día como la tesis de la arbitrariedad lingüística. Platón/Sócrates no se pronuncia claramente ni por una ni por la otra. Y, si bien la abundancia de etimologías en el Cratilo parece apoyar su simpatía por las mismas, el tono burlón utilizado parece descalificarlas. Platón era un filósofo y el diálogo es, antes que nada, el esbozo de una teoría del conocimiento y el estudio de tipo lingüístico que la obra conlleva podría ser sólo una vestidura y un pretexto. El latino Cicerón, por ejemplo, tampoco se dedica por completo a su estudio, aún cuando intenta imponer la versión latina de la palabra griega etymología al proponer, siguiendo el sistema de calco semántico,  el sustantivo neutro veriloquium < verus ‘verdadero’ y loquor ‘hablar’, aunque -por parecerle demasiado literal- termina por preferir el sustantivo femenino notatio (16). Esta denominación, sin embargo, no prosperó y el castellano, al igual que otras lenguas occidentales, prefirió el cultismo etimología.
 Etimología en castellano < del lat. etymologia, < del gr. etymología, compuesto de étymos, ‘verdadero’, ‘auténtico’ y lógos‘estudio’, ‘palabra’.  Étymos, gr. < eteós , adj. casi únicamente en neutro singular (plural n. eteá, Il. 20,255) ‘verdadero’, ‘auténtico’ y adv. eteón  (Hom.) ‘en verdad’. Como primer término de compuestos eteo- expresa la realidad, la autenticidad, especialmente en la onomástica (17). Étymos se encuentra ya en Homero y luego en poesía, así como el adverbio étymws. A partir del griego helenístico (Aristóteles, etc) aparece el sustantivo, quizás más antiguo, tò étymon ‘el elemento verdadero, auténtico de una palabra’, su ‘etimología’, de donde los compuestos etymo-logéw ‘encontrar el verdadero sentido, la etimología’. Para la historia y la sinonimia de estas palabras cf. alhthés bajo lanthánw. Un lazo con etá, etázw es cierto y estos nombres deben ser todos jonios. La etimología se ignora (como en el caso de etázw) y su relación con el sustantivo hipotético * e-tús es poco clara (18). Lógos tampoco tiene una historia sencilla : el ático (19) leía, el jonio lhía reposan sobre *laF-id, como lo confirmaría el testimonio micénico (20). No hay etimología ni se puede rastrear su historia en ninguna familia de palabras del i.e.(21).
Hemos estado refiriéndonos en este artículo en todo momento a lo que llamamos ‘etimología científica’. Es decir una disciplina que, con su objeto propio y su método específico se empeña en buscar la verdad que se esconde detrás de las palabras y, ya lo hemos dicho, intenta desentrañar la realidad social, cultural que éstas pudieran designar. El estudio de una palabra clave como ‘padre’ es un buen ejemplo de cómo la etimología puede servir para la mejor comprensión de una cultura a través de sus vocablos.
En efecto ‘padre’ < lat. pater es un término genérico que corresponde con mater, (diferente de las voces parens y genitor), de importante valor social. Pater es el jefe de la casa, el dominus (‘señor’, ‘amo’); es el pater familias, es quien domina como señor con un poder ilimitado y es, a su vez, el protector ilimitado, el responsable. Cuando es el hombre como  representante de la continuidad de las generaciones se habla en plural, de patres. Así se explican patronus, patrocinium, patria potestas. Pater, también, se emplea como término de respeto, hablando de los hombres y de los dioses: Iup-piter = ‘Júpiter’; pater Aeneas =‘nuestro padre Eneas’, es decir, ‘Eneas como padre de todos los latinos’ ; etc. En Ennio, Rómulo es calificado como pater y como genitor.
El valor social, y por lo tanto, religioso de pater que se observa en latín es heredado del indoeuropeo. En el Rig-Veda, se lee muchas veces pitápater’, al lado de janitágenitor’; y pitá se dice también de diversos personajes, sobre todo de dyaúh, nombre del dios del cielo luminoso (cf. lat. Iup-piter, ombr. Ju-pater), por otra parte, skr. pitá-rah, como el lat. patres designa a los ‘ancestros’ y el término tiene un valor religioso y social. El radical se puede rastrear en casi todas las lenguas i.e.: skr. pitar; lat. pater; gr. patér; osq. patir (irl. athir); germ-got. fadar (de donde el inglés father); tokk.A pacar; tokk.B pacer. El eslavo y el hitita tienen voces completamente diferentes, de tipo familiar cf. gr. átta, ‘papá’, ‘papito’(22). Átta, fonéticamente, es clasificado dentro de los términos ‘familiares’ y su relación con el balbuceo infantil parece demostrada por su amplia ocurrencia en lenguas no emparentadas entre sí. No puede separarse de tata  que es una forma infantil y tradicional de nombrar al padre en i.e,  presente también en idiomas de familias ajenas al indoeuropeo, como el sumerio; vasco; turco ata; húngaro atya; skr. tatah; aimará y otras lenguas indoamericanas tata; etc (23). Conoce variantes en varios idiomas: inglés dad; mozárabe déde; árabe dáda.
Emile Benveniste (24) aplica el método lingüístico comparativo al análisis del vocabulario de las grandes instituciones en las principales lenguas indoeuropeas. Partiendo de las correspondencias en las formas históricas se pretende, más allá de las designaciones que son a menudo muy divergentes, alcanzar el nivel profundo de las significaciones en que se basan, para encontrar la noción primera de la institución como estructura latente, sumida en la prehistoria lingüística (25). Estudió, entre otros, si *pater designa propia y exclusivamente la paternidad física y de manera contundente ha demostrado que no, pues *pater se impone en el empleo mitológico, en la calificación permanente del dios supremo indoeuropeo Jup-piter < *dyeu pater ‘cielo padre’, lo mismo que el griego Zeû patér. Por lo tanto, concluye, *pater no designa la paternidad física, es universal, no apunta a una relación puramente personal e individual. En este sentido, es interesante destacar en el plano cultural, el relato de las dificultades que debió enfrentar el misionero Ivens en la traducción al melanesio del Pater Noster ‘Padrenuestro’ debido a que esta cultura sólo concibe una relación personal e individual con el padre, de modo tal que el sentido del Pater Noster, que invoca a Dios como padre de todos los hombres, no les resultaba comprensible.
Confiamos en que este largo excursus haya servido para iluminar el alcance y profundidad a la que quiere llegar la disciplina etimológica científica.
Ahora bien, en todas las épocas, y muy especialmente en la antigüedad que carecía de las herramientas desarrolladas a partir del siglo XIX, carecía de método científico y -obviamente- de los modernos recursos tecnológicos, ha existido siempre la llamada etimología popular (26). Y aquí entramos en un terreno más que pantanoso. Según el DRAE  es la ‘interpretación espontánea que se da vulgarmente a una palabra relacionándola con otra de distinto origen. La relación así establecida puede originar cambios semánticos (v. por ej. miniatura) o provocar deformaciones fonéticas (v. por ej. antuzano y altozano)’.
El primero en estudiar científicamente este ‘desarrollo popular’ fue el estudioso alemán Förstemann, a mediados del siglo XIX. Su objetivo era demostrar que antes de la etimología erudita o científica había existido una etimología del pueblo. Los vestigios de tal actividad son, según él, ciertas ‘deformaciones’ léxicas de la lengua que ocurren cuando el ‘espíritu’ del pueblo se equivoca en su intento de alcanzar el étimo original. Tal postura, está claro, presenta no pocos problemas: qué se entiende por ‘pueblo’, por ‘pueblo etimólogo’, relacionar ‘pueblo’ e ‘ignorancia’, etc. Sin embargo fue importante su primer intento de sistematización que está lejos de estar resuelto aún hoy en día. La etimología popular es un método pseudocientífico para explicar el origen de una voz que suele bucear entre palabras semejantes por su sentido (semántica) o por su sonido (fonética). Es un proceso que escapa al ámbito estrictamente lingüístico y entra en el de la psicología (27). Por su intermedio entran al caudal de la lengua numerosas voces ya sea por:

  •  analogía léxica o atracción paronímica (entre dos o más vocablos que tienen entre sí relación o semejanza, sea por su etimología o por su forma o sonido). Ej. ideosincracia que viene de idiosincracia, pero fonéticamente se piensa en idea y no en el prefijo gr. idio- ‘propio’.
  • cambio fonético esporádico.
  • analogía semántica (tendencia a asociar a una palabra un significado semejante).

La historia de la lengua nos enseña, también, que de una misma palabra puede haber más de una palabra derivada, según que su historia (diacronía) resulte de un proceso culto o uno popular. Es el caso, justamente de la voz ‘palabra’.
 Palabra < lat. parabola ‘comparación’, ‘símil’ y deriva en (>) parabla (28) ‘comparación’, que entre los siglos XIII y XIV adquiere los sentidos de ‘frase’, ‘vocablo’, ‘palabra’.  A su vez el término latino Parabola < del gr. parabolé ‘comparación’, ‘alegoría’ (pará ‘poner al lado’ y bállw ‘echar’). Es de uso general y común a todos los romances de occidente.
Pero de la misma voz griega parabolé viene el cultismo > parábola como préstamo directo de la lengua (por el sistema de ‘calco fonético’) con el sentido de ‘símil’, ‘comparación’, ‘alegoría’. Confirmamos, entonces lo enunciado: por caminos distintos (etimología propia de la historia de la lengua: ‘palabra’ y cultismo ‘parábola’) pueden realizarse dos términos con semántica completamente diferente en cuyo origen está la misma voz.
La etimología popular, finalmente, recibe a veces en el lenguaje coloquial el nombre de etimología simpática, aunque no son exactamente lo mismo. El tema no está estudiado a fondo y resulta difícil distinguirlo de lo popular, pero digamos que se considera una etimología simpática a aquella impuesta a partir de diversas competencias del hablante y que en ningún caso debe asociarse sin más con ‘ignorancia’.
Aclaremos, sin embargo, que ‘simpático’ en estricto sentido etimológico tiene una semántica bastante diferente de la actual.  
Según el DRAEsimpático, adj. Que inspira simpatía”. Luego incluye  definiciones del mundo de la anatomía que no vienen a nuestro caso. Si vamos a simpatía, encontramos “(Del lat. simpathia y éste del gr. sympátheia, comunidad de sentimientos). f. Inclinación afectiva entre personas, generalmente espontánea y mutua”.
Dado que la palabra original es griega, recurrimos a un buen diccionario etimológico y al no encontrar en él el sustantivo pátheia recurrimos entonces a nuestra competencia lingüística y ampliamos diciendo:  sympátheia < sún (preposición de dativo, ‘con’) + pátheia. Ahora bien,  pátheia no se encuentra atestiguada en absolutamente ninguno de los diccionarios griegos de consulta obligatoria (29). En consecuencia, debemos cuestionarle al DRAE su ‘etimología simpática’ de ‘simpatía’ pues es sencillamente falsa, o, al menos, simplista. Debemos decirles a los señores Académicos de la Real Academia Española de la Lengua, que sería bueno revisar la entrada ‘simpatía’ pues confunden al curioso investigador de etimologías. Así, casi sin querer, y sólo buceando un poco pero con estricto método científico filológico encontramos esta pequeña perla. El aceptadísimo y universalmente utilizado Diccionario de la Real Academia Española ha caído en una trampa lingüística de ‘atracción paronímica’.
Pero sí es absolutamente correcto vincular la inexistente pátheia al atestiguado sustantivo neutro griego páthos: I. 1.“lo que le sucede a una persona o cosa”, “incidente, accidente” (desde Platón). // 2. “lo que uno ha experimentado, malo o bueno”, en mal sentido “infortunio, calamidad” (desde Heródoto)// II. referido al alma “emoción, pasión”, especialmente entre los filósofos: Arist., Democr., Pl., Perí Pathwn de Zenón el estoico, Epic. (incluye tanto el placer como el dolor), etc. III. “estado, condición”, “incidentes, cambios”// IV. en gramática “modificación en la forma de las palabras”// V. en retórica “estilo o tratamiento emocional” (30). Constatamos que el griego antiguo, clásico y helenista, no relaciona a priori la voz con la “inclinación afectiva” de la que habla el DRAE. La idea de pathos, en ese mundo, era más amplia y sobre todo más neutra. Páthos < verbo gr. pásxw, utilizado desde Homero con el significado fundamental de expresar sólo una vivencia o experiencia de un efecto que influye en mí, pero que está situado fuera de mí. Por él me ocurre algo para mi alegría o mi dolor. Sería muy interesante hacer un detallado estudio diacrónico de la semántica del verbo pasxw y su sustantivo derivado páthos,  pero escapa al presente trabajo. Diremos sólo que sobre ellos se ha llevado a cabo el proceso de resemantización que -a través de los textos sagrados judíos y posteriormente cristianos (con su legión de comentadores)- influyó profundamente en el griego, lingua franca de todo el Cercano Oriente desde las conquistas de Alejandro hasta el fin de la época bizantina ( 1100 d.C.). (31)
Salteamos entonces ex profeso el importante proceso de más de 1000 años en el cual tanto el sust.gr. páthos como su verbo base pásxw cambiaron radicalmente su significación al punto de designar básicamente -aún despojados de los adverbios que agrega el sentido de bueno o kakws que designa el malo- algo que nos afecta. Ahora bien, realizado -como vimos al comienzo de este apartado- con la preposición griega sún (‘con’, ‘junto con’) podemos decir con el DRAE que ‘simpatía’ adquiere el sentido de ‘resonar con el placer/displacer del otro’, nos conmueve, nos lleva al sufrimiento con el otro o a la alegría con el otro y nos acerca así a la significación contemporánea.
Dejamos en este punto el muy complejo tema de qué designa, a lo largo de un proceso diacrónico, el sún páthos. Y, para centrarnos en nuestro tema, diremos (aún a sabiendas de la temible simplificación en que podemos caer) que una “etimología simpática” es aquella en la que, a pesar de la mayor o menor competencia del hablante,  se cree que estamos dilucidando, es más, creemos estar abrazando el más verdadero, sincero y más cercano étimo de una voz, en el convencimiento de que la lengua así develada despliega ante nosotros su más perfumada verdad.
Un buen ejemplo de este proceso es el estudio de la voz embeleso. En efecto, podemos estar inclinados a relacionar el término con la idea de lo bello, sobre todo al constatar la existencia de su forma apocopada  bel. Pero si bien el esp bello viene del lat. bellus ‘bonito’ (1ª doc.:principios del siglo XIII), ha sido tomado por conducto de oc. ant. bel. Es ajeno al Cid y a otros textos del castellano primitivo: los únicos vocablos autóctonos eran bellido y hermoso. Igual ocurre con el port. y el gall. belo. Según algunos autores bello podría haberse tomado como voz culta del bajo latín; sin embargo es poco probable, pues está atestiguado que el bajo latín prefirió siempre la forma pulcher para ‘hermoso’. Además, la falta de diptongación (cf. lat. bonus > bueno; bellus debería haber dado biello y no es así) prueba que la voz no es genuina. Desde un punto de vista semántico, lo verosímil es que sea un préstamo de la lengua de los trovadores (32). Con todo lo dicho, podríamos concluir que embeleso es ‘un cierto estado de ánimo’, ‘un cierto estar fuera de sí’ producido por el contacto con ‘lo bello’. Más aún, derivamos entonces el sustantivo embeleso del verbo embelesar, tr. ‘acción de producir arrebato por lo bello (bel) en alguien o algo’// intr. ‘acción de estar arrebatado por lo bello (bel) en alguien o algo’. Tal etimología se encuentra hoy ampliamente aceptada por hablantes  que de ninguna manera relacionamos con lo ‘popular’ o ‘vulgar’ en el sentido de ‘ignorancia’, ‘desconocimiento’. Es más, alguno de esos hablantes con plena competencia de la lengua reconocen explícitamente la etimología embeleso < lat. in ‘en’, + bellus ‘bello’ .
Nos dirijimos, una vez más, al indispensable DRAE para aclarar nuestra duda. Allí encontramos:
a. embeleso, 1. ‘efecto de embelesar o embelesarse’.//2. ‘cosa que embelesa’. Cuba: belesa.
Nada demasiado definitorio. Nos dirigimos, entonces, a la voz verbal:
b. embelesar (de en- y belesa). tr. ‘suspender’, ‘arrebatar’, ‘cautivar los sentidos’. 
Normalmente la investigación del aficionado a las etimología finalizaría en este punto. El hispano hablante culto pasará, las más de las veces,  por alto la breve etimología consignada en DRAE (en- y belesa). Entendiendo, quizás, por belesa una forma arcaica de escribir belleza más aún si su conocimiento lingüístico la relaciona con la formas italiana bellezza, en donde la ll- se oye fonéticamente como la española l-. Su competencia, incluso,  podría tener en cuenta la forma gallego-portuguesa bel, apócope de bello, en una lengua en la que también la ll- se oye l-.
De esta forma opera la etimología simpática. En el caso que nos ocupa, estos hablantes cultos y competentes ignoran que están ante un caso de etimología no científica por analogía léxica o atracción paronímica.
Si nuestro imaginario aprendiz de filólogo se detuviera un instante y extrajera del DRAE la sucinta información que le brinda, debería confirmar un dato más: ¿existirá el vocablo belesa? Volviendo atrás las páginas de la entrada E- a la entrada B- buscaría belesa para terminar de resolver el acertijo. No siempre este método dará resultado porque la voz buscada podría ser muy antigua,  haberse perdido como tal y -por tanto- no estar referenciada. En nuestro caso, sin embargo, ahí está:
c. belesa (bel got. *bilisa). Planta vivaz de la familia de las plumbagináceas, como de un metro de altura. Tiene efectos narcóticos.
Confusión y desconcierto: ¿qué tendrá que ver la planta narcótica con el arrebato que lo bello produce en nuestro ánimo? Hay que recomenzar; las herramientas a disposición del aficionado en este punto suelen resultar insuficientes; recurrimos al estudioso del lenguaje, en este caso, al filólogo,  quien, como tantas veces, nos arrebata nuestros hermosos sueños para depositarnos en otra realidad. El etimólogo ahora debe recurrir a un buen diccionario etimológico del castellano e hispánico. El más completo y serio, hasta la fecha, sin duda, es el ya citado de Joan Corominas (33). En la entrada  correspondiente leemos: Belesa ‘planta que se emplea para emborrachar los peces y pescarlos’, de una base emparentada con el a. alem, bilisa ‘beleño’ (34) (hoy alem.bilsenkraut), tal vez céltica. 1ª.doc. balîsa aparece ya en autores mozárabes h. 1100 (Abenbuclárix; Glosario de Asín, 34-35, que da también la forma metatética basilya). En castellano propio aparece desde el s.XIII (Libro de los cavallos 49.1) y en 1475 (G. de Segovia, p.53). Fuera del castellano, sólo se halla el vocablo en oc.ant. belsa (desde 1377) que se ignora si designaba el beleño u otra planta venenosa como el colquico. Podrían ambos proceder de una forma gótica *bilisa, correspondiente al a.alem.ant. bilisa, bajo alem.medio y neerl.medio bilse; la forma bilisa con el significado ‘embrujo’, parece ser la que entra en combinación con otros elementos para formar nombres propios como Bilissindis (35), etc.
Derivados: Embelesar, hoy ‘arrebatar los sentidos (una cosa grata)’, pero es ‘dejar atónito (la sorpresa y otra causa)’ en el Quijote (I, xxviii, 132) etc) y en otros clásicos. También fue ‘aturdir’, ‘atontar’ (Celestina, acto 15), sentidos más próximos al etimológico ‘emborrachar los peces envenenando el agua con belesa’ que se halla en la Edad Media (Ordenaciones de Daroca). El port. embelezar (a veces embeleçar: Moraes) que nada tiene que ver inicialmente con beleza ‘belleza’, lejos de ser el origen de la palabra española, se tomó de ésta, pues no existe en el idioma vecino el nombre de la planta belesa; Piel (Aufsätze z. Pg. Kulturgesch, 1969, 104) aduce un testimonio de la existencia de belesa en el sur de Portugal, juzgándolo acertadamente de origen mozárabe (como la belesa española). Comp. embeleso usado en Cuba, como sinónimo de belesa (Picardo). (36)
Del arrebato y salir fuera de sí mismo ante la presencia de la belleza a estar narcotizados por una planta empleada en la pesca primitiva para emborrachar los peces y, atontados, hacinarlos en las redes. El efecto es el mismo, las causas menos ‘simpáticas’. Son las pequeñas ingratitudes de la etimología científica. Bien podemos entender, entonces, que la etimología acientífica y popular se abrace con la  etimología simpática, más aún asumiendo la connotación actual del término. Se diluye el embeleso del canto de sirenas de la etimología simpática, despertamos del sueño, nos sumergimos en la seca explicación científica y, aunque quizás la disciplina etimológica nos ‘desenamore’, nos brinda -al final y en definitiva- una mayor comprensión de nosotros mismos y de nuestra forma de relacionarnos con la verdad.

Notas:
1 Así era, exclusivamente, como se entendía la filología en la antigüedad.
2 Uno de sus bibliotecarios, el griego Eratóstenes  (ca.295-ca.214 a.C.), además de literato fue el científico que por primera vez intentó medir la circunferencia de la tierra.
3 Cf. Reynolds, Leighton D. & Wilson, Nigel G. Scribes and Scholars. A Guide to the Transmission of Greek & Latin Literature. Oxford, Clarendon Press.
4 Sistema de la conjugación del sánscrito. 1816.
5 En las ciencias del lenguaje, cuando se utiliza el signo *, significa que la raíz es una restitución alcanzada por medio de la gramática o filología comparada. Esa raíz, como tal, puede no realizarse en ninguna de las lenguas analizadas. El signo - al final de palabra indica que la misma está citada sólo como raíz, faltándole (en el caso del i.e.) las desinencias morfológicas.
6 Su sentido en castellano se pierde. Es como si el verbo significara: ‘he visto’, como resultado de ello ‘tengo visto’ y, por lo tanto,’sé’ (en un pretérito perfecto resultativo). Es una acción que, desarrollada en el pasado, extiende su influencia a un presente. Se opone radicalmente al pretérito indefinido o aoristo (‘sin límite’, en gr.) cuya acción transcurre enteramente en un tiempo pasado puntual, sin duración (para expresar la duración en el pasado se utiliza el pretérito imperfecto, veía) ni resultado (he visto).
No todas las lenguas asignan al tiempo cronológico la importancia del español. Así, en el griego antiguo, el tiempo como tal se aplica sólo en el modo indicativo, los ‘tiempos’ de los demás modos (subjuntivo, imperativo, optativo y los verboides infinitivo y participio) no significan un ‘antes’, ‘ahora’, ‘después’ como en el sistema verbal castellano sino que significan un ‘tiempo’ o ‘aspecto’ que puede resultar en:  acción durativa, acción puntual (o, en algunos casos,  falta absoluta de la categoría temporal) o un ‘tiempo’ resultativo de una acción.
7 Las abreviaturas utilizadas para las lenguas i.e. siguen la nomenclatura general de abreviaturas de las grandes diccionarios etimológicos indoeuropeos (generales y particulares). Cf. nota 16.
8 Cf. Pokorny, Julius. Indogermanisches Etymologisches Woerterbuch;  Chantraine, Pierre. Dictionnaire étymologique de la langue grecque. Paris, Klincksieck;  Ernout-Meillet. Dictionnaire étymologique de la langue latine. Paris, Klinsieck;  Liddel, Henry George & Scott, Robert. A Greek-English Lexicon. Oxford, Clarendon Press; Lewis, Charlton T. & Short, Charles. A Latin Dictionary. Oxford, Clarendon Press. Versión on line en: Perseus Project. Tufts University.
9 Emile Benveniste ha hecho un exhaustivo estudio del tiempo, especialmente el ‘tiempo lingüístico’ que está orgánicamente ligado al ejercicio de la palabra y del sentido del ‘presente’ como centro generador y axial a la vez. Indagó en ese presente que, como forma lingüística, el locutor considera simultáneo entre acontecimiento e instancia del discurso que lo menciona pero que, como tal, es reinventado cada vez que se emplea porque es ‘al pie de la letra, un momento nuevo, no vivido aún’. Cf. Benveniste, Emile. Problemas de Lingüística General. México, Siglo XXI. pp. 70 y ss.
10 Su nombre significa ‘el de los pies negros’ (del gr. mélas ‘negro’ y poús ‘pie’).  Cf. The Theoí Project: Greek Mythology. Created and edited by Aaron J. Atsma, Auckland, New Zealand. Website copyright © 2000–2011 Aaron Atsma.
11 A pesar de que los escritos conservados probablemente no sean de su autoría, Melampo gozó de gran fama en la antigüedad. Es citado por Homero (s. IX-VIII a.C.) en la Ilíada y en las Historias de Heródoto, padre de la historiografía occidental (s. V a.C.); el poeta Hesíodo (s. VII a.C.)le dedicó un poema hoy perdido y el filólogo de Alejandría, Apolodoro de Atenas (fl. 140 a.C.) lo estudió (Biblioteca Mythologica). Para los textos originales griegos de los autores citados cf. página web: Perseus Project. Gregory R. Crane, Editor-in-Chief. Tufts University. También TLG Workplace. Silver Mountain Software..
12 Plato. Cratilus. 383.a.5. Thesaurus Linguae Graecae. TLG Workplace. Silver Mountain Software.
13 Id. Cra. 435.d.
14 Id. Id. 384.d.7-8.
15 Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas, tanto de las que son como de las que no son”. Citado por Diógenes Laercio (s.III d.C., importante historiador griego de filosofía clásica). Cf. Diogenes Laertius, biogr. Vitae philosophorum. 9.51.4-5. TLG. Op.cit.
16 Cf. M.Tullius Cicero. Topica, 8.35.
17 DRAE “Ciencia que trata de la catalogación y estudio de los nombres propios”. Cf. Od. 19,176 Eteó-krhtes ‘verdadero cretense’.
18 Cf. Chantraine. Op.cit. p. 381. Jonio, dialecto griego que se hablaba en la zona poblada de las costas de Asia Menor.
19 Fundamentalmente, el griego de Atenas.
20 Lengua protogriega hablada en el mundo micénico, desapareció con el colapso de su civilización (probablemente en manos de los dorios). En micénico se han encontrado numerosas tablillas en los palacios de Micenas, Pilos, Cnossos que se corresponden con archivos palaciales y escritas en un sistema silábico.
21 Cf. Chantraine. Op.cit.. pp. 625-627.
22  Homero, siempre en vocativo, en boca de Telémaco dirigiéndose a Eumeo (Od.), en boca de Aquiles dirigiéndose a Fénix (Il.). Término expresivo que se opone a la palabra noble, de valor jurídico gr. patér. El sentido original podría ser ‘padre nutricio’ y podría estar en el origen del v. atállw ‘nutrir’, ‘criar’.
Origen i.e.: lat. atta ‘abuelo’, hit. attas; germ-got. atta (de donde el nombre Atila, diminutivo); v.sl.otici. Cf. Chantraine. Op.cit.
23 Para taita y su entronque con el vasco, cf. Corominas, Joan. Diccionario etimológico castellano e hispánico. Madrid, Gredos. 5 t.
24Benveniste, Emile. Vocabulario de instituciones indoeuropeas. Madrid, Taurus, 1983.
25 Para comprender el modus de su estudio, digamos que la voz estudiada aquí se encuentra en el capítulo del ‘parentesco’ que incluye varios apartados (‘paternidad’, ‘el status de la madre’, la ‘exogamia’, la expresión i.e. del ‘matrimonio’, etc.).
26 Förstemann, E. “Über deutsche Volksetymologie” (‘Sobre etimología popular alemana’) en:  Zeitschrift für vergleichende Sprachswissenschaft. 1 (1852). pp. 1-25. Así nacía oficialmente la etiqueta y el concepto.
27 Actualmente se realizan importantes avances en este terreno desde el campo de la psicolingüística y la neuropsicolingüística.
28 1ª. documentación: origen del idioma (Cid). Cf. Corominas. Op.cit. pp.345-346.
29 No en Chantraine. Op.cit. No en Liddlel&Scott. Op.cit. Tampoco en Lampe. G.W.H. A Patristic Greek Lexicon. Oxford, Clarendon Press. Ni en Sophocles, E.A. Greek lexicon of the Roman and Byzantine Periods from B.C. 146 to A.D. 1100. New York, Charles Scribner’s Sons. 2 t.
30 Cf. Liddel&Scott. Op.cit. pp. 1285-1286.
31 Cf. Lampe. Op.cit.; Sophocles. Op.cit.
32 Cf. Corominas, J. Op.cit. t.1. pp.562-563.
33Joan Coromines i Vigneaux (1905–1997), filólogo y etimólogo español, autor del Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. (1980-1991). En colaboración con su discípulo José Antonio Pascual.
34 Cf. Corominas, Joan. Op.cit. Beleño, nombre de una planta narcótica, viene de una base*belenium, de origen céltico. 1ª.doc.:h.1110 belényo, en el judío zaragozano Abenbuclárix (Simonet, s.v.), etc. [Ver el caso de una probable etimología simpática por analogía semántica con la palabra latina venenum]. p.556.
35 Confirmamos otra vez la radical importancia de la onomástica para el estudio etimológico. En efecto, los nombres propios de lugares y personas suelen atestiguar la antigüedad de radicales que, muchas veces, una lengua ya ha perdido. La onomástica, entonces, es aliada indispensable de la ciencia etimológica.
36 Cf. Corominas, Joan. Op.cit. pp.556-557.

 

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