Semiología Psiquiátrica y Psicopatía

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Necesitamos un profesor despistado


Por Juan Cianciardo


La Argentina se ha transformado en un país pobre y periférico. Una muestra más de esto es la ausencia de diagnósticos precisos y profundos sobre las causas de la crisis que el mundo (y el propio país) están atravesando en este momento. Sin un diagnóstico certero, la posibilidad de dar con una terapéutica eficaz es un albur sujeto, como todos los azares, a designios misteriosos. La tarea de dar con una explicación corresponde, entre otros actores sociales, a la Universidad -institución que, según Tomás y Valiente, "es y debe seguir siendo muy tradicional, profundamente sospechosa y un poco inútil"-y, más concretamente, a los teóricos. Puede ayudar a ver que esto es así un pasaje que dejó escrito Chesterton en un ensayo titulado "Se busca un hombre poco práctico": "ha prosperado en nuestro tiempo la más singular de las suposiciones: aquella según la cual, cuando las cosas van muy mal, necesitamos un hombre práctico. La verdad es que, al menos, necesitamos un teórico. Un hombre práctico significa un hombre acostumbrado a la simple práctica diaria, a la manera en que las cosas funcionan normalmente. Cuando las cosas no funcionan, has de tener al pensador, al hombre que posea cierta doctrina sobre por qué no funcionan (...). Si tu aeroplano tiene una ligera avería, un hombre mañoso puede arreglarlo. Pero si la avería es grave, es mucho más probable que nos veamos obligados a sacar a rastras de una facultad o laboratorio a un viejo profesor despistado con el pelo blanco despeinado para que analice el mal. Cuanto más complicada es la avería, más canoso y despistado deberá ser el teórico necesario para ocuparse de ella; y en algunos extremos, nadie sino el hombre (probablemente chiflado) que inventó tu nave voladora podrá decir con seguridad qué le pasa".
Esto quizá tenga fuerza explicativa suficiente para entender por qué los discursos de los economistas prácticos y de los administradores de empresa -más allá de la pátina aparentemente intelectual que a veces les proporciona el lenguaje del managment de las business schools en las que suelen estar formados- no acaban de satisfacer a un interlocutor de nivel cultural medio, ni dejan de tener profundas contradicciones. Se trata de aproximaciones puramente prácticas, que no acaban de tomar el toro por las astas, presas de un eficientismo y un efectismo que suelen tener como sustrato una antropología de muy dudosa consistencia, en ocasiones asumida, además, de modo irreflexivo.
Necesitamos, entonces, de teóricos que nos expliquen las causas de la crisis que nos envuelve para luego, a partir de allí, buscar las soluciones. Un teórico como Benedicto XVI, cuya valía intelectual es reconocida por católicos y no católicos, dijo en los últimos tiempos, en varias oportunidades, que la crisis no es sólo económica. Alejandro Llano, un filósofo español, ha dicho recientemente algo similar, agregando que tampoco estamos sólo ante una crisis moral. Nos encontramos, sugiere Llano, ante una crisis cultural. A un diagnóstico semejante ha llegado recientemente Pedro Serna, otro filósofo español contemporáneo, para quien el origen de esa crisis cultural se encuentra en la ausencia de hombres que "se paren a pensar". Me detendré un momento sobre esta última idea.
El tiempo que nos toca transitar tiene enormes ventajas comparativas respecto de otros momentos de la historia y presenta, también, algunos problemas propios. Uno de los más acuciantes y preocupantes es el de la pérdida -o, el menos, el deterioro profundo- del afán por saber. Es una de las consecuencias (quizá la más evidente) de una educación que se ha concentrado más en la acumulación mecanicista de información que en la adquisición de hábitos intelectuales y morales, por un lado, y de un proceso progresivo de banalización de la dimensión lúdica de toda existencia humana que ha acabado identificando el descanso con la evasión, por otro. Ambos procesos fueron favorecidos por la revolución de las comunicaciones; en especial por el advenimiento de la televisión, que ha adquirido hoy una profundidad que el propio Bradbury no imaginó: hasta la arquitectura - incluso el morar humano más íntimo, las habitaciones, las salas de estar debe adaptarse a las necesidades de los plasmas de al menos treinta y dos pulgadas (Aunque debe reconocerse que la televisión tiene también una influencia positiva en otros aspectos, y que por caso no es el único factor negativo que se detecta en la "era de las comunicaciones" que nos toca transitar. Baste como ejemplo considerar que el tiempo presente ha traído también afecciones del carácter tan curiosas y extraordinariamente difundidas como las adicciones a los teléfonos celulares, al correo electrónico y a Internet). Las consecuencias de este deterioro están a la vista de todos: el ciudadano medio recibe acríticamente lo que los tecnócratas del poder económico y político deciden sobre aspectos importantes de su vida, sin plantearse otro control sobre esas decisiones que la verificación "mediática" de que es ésa la opinión de "la gente", opinión que es a su vez manipulada (de modos múltiples, también en el momento de auscultada) por quienes son supuestamente controlados o guiados por ella.
Caer en la cuenta del deterioro al que me refiero es decisivo para la comprensión de una crisis económica que tiene, uniendo las ideas anteriores con las de llano, un núcleo antropológico, que "consiste en el olvido de que el origen de todo valor económico estriba en el trabajo", con una precisión adicional clave: "el trabajo humano es ante todo conocimiento". El núcleo de la crisis estriba, por eso, volviendo a Serna, en el abandono del hábito de pensar. Agregaría a esto último, como factor igualmente determinante de la situación actual, un nuevo fenómeno contemporáneo: el abandono del otro. Dicho con otro orden: el abandono del hábito de pensar y el abandono del otro han hecho perder de vista lo que apunta llano: que el origen de todo valor económico estriba en el trabajo. El resultado es una crisis cultural profunda, un empobrecimiento global. Es que lo más genuinamente humano, los aportes realmente originales que cada uno de nosotros puede añadir a la riqueza humana son sólo dos: tener y educar hijos, y producir conocimiento nuevo. La sociedad occidental contemporánea ha dejado de lado una y otra cosa. Ni hijos ni ideas, en aras del confort y de no comprometerse más que consigo mismo. La inevitable neurosis a la que conduce un planteamiento vital curvado sobre sí mismo es retardada con dosis cada vez más fuertes (e inútiles) de prozac, blackberries, fútbol codificado y playstations.
Si este doble diagnóstico tiene algo de cierto, una solución real y profunda de la crisis pasará en alguno de sus tramos, inevitablemente, por la recuperación de la idea de compromiso, fuertemente depreciada en nuestros días. Un compromiso que, bien visto, no es una represión sino una liberación (libera a quien lo asume de la tiranía del capricho vigente y lo enriquece al transformado en alguien consecuente y vinculado con los demás). Un compromiso ético, en definitiva, aunque teniendo en cuenta que la ética que consumimos habitualmente (caricatura de una ética auténtica) no alcanza. Un ejemplo está al alcance de la mano (podrían darse otros): empresas que han estafado a miles de personas fueron dirigidas hacia ese camino por bandidos que tenían asistencia perfecta y notas de honor en cursos corporativos de ética empresarial. La ética no es una materia universitaria, ni un código o un comité: es un modo de vivir que brota de la persona (y por eso, de la cultura) y que protagoniza la persona.


(1) El autor, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Austral, es profesor de Filosofía del Derecho e investigador del CONICET.
Fuente: La Ley. Suplemento Universidad Austral. Año XI nº 3, 27 de julio de 2009

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