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La bisexualidad y los límites de la deconstrucción

 Juan José Ipar

jjipar@yahoo.com.ar

 

Introducción

El movimiento intelectual que denominamos laxamente la Postmodernidad ha sido visto por sus propulsores de manera harto variada, unas veces como una continuación y aun intensificación de la Modernidad, tanto de sus logros y proyectos cuanto de sus calamidades y problemas, otras, como una toma de distancia de la Modernidad e incluso como una crítica o enjuiciamiento de ésta. El famoso espíritu moderno, pujante y progresista para algunos, pasa a ser un objeto al que es urgente analizar, desmontar o deconstruir.

La Modernidad, especialmente la filosófica, pasa a ser vista como egocéntrica, logocéntrica y totalitaria[1] [2]. Egocéntrica porque a partir de Descartes se expone a sí misma como filosofía de la subjetividad, cuyo propósito central es describir el acto de conciencia como paradigma de todo acto posible. Logocéntrica porque, ya desde su mismo inicio con Sócrates, la filosofía y la ciencia que en ella abreva privilegia una visión y una explicación racionalista del mundo y del hombre, con exclusión expresa de todo otro punto de vista. Y totalitaria porque la política que ella propugna se centra en la noción de poder o, mejor, de un biopoder centralizador cuyo objetivo fundamental es supervisar, someter y normalizar la vida de las personas, acallando y segregando de la sociedad a quienes no se avengan a o no sean capaces de acatar sus imperativos universalistas. Egocentrismo, logocentrismo y totalitarismo son tres modos en que se ejerce violencia sobre el hombre, son discursos del amo que operan sobre el cuerpo mismo de la sociedad. La violencia pasa a ser la categoría fundamental del pensamiento y de la crítica postmoderna, impregnando la propia teoría psicoanalítica, por ejemplo, en el célebre texto de Piera Aulagnier[3], según el cual interpretar ya es una forma de violencia en la que uno, el analista, impone a otro, el paciente, una asignación de sentido a la manera de un amo que se reserva el derecho de determinar cómo deben ser entendidas las cosas.

La Modernidad es, entonces, un sistema de pensamiento que suele llamarse árquico, es decir, principista. Afirma la existencia de una arch, principio del cual todo lo demás se ordena y deduce en forma lógicamente necesaria y que es asimismo un poder que se impone sobre las cosas y las personas, puesto que es exterior a ellas y no depende de su voluntad o su deseo. Como corolario, de esta arch se derivan toda una serie de aparatos o dispositivos de dominación racionalmente fundamentados.

La Postmodernidad, en cambio, es vista por una cantidad de autores como protesta vehemente contra lo que consideran los excesos de la Modernidad y sus consignas serán decir que no a la totalidad, no a lo Uno (crítica y deposición de toda autoridad), no a la lógica y su exigencia de presentar algo como necesario, no a la identidad de lo Único y de la diferencia determinada y un decir sí a la pluralidad de historias, mundos y maneras de pensar, a lo azaroso y a lo contingente y a la diferencia como ambigüedad que llama a pensar.

Derrida analiza y denuncia el funcionamiento binario de la racionalidad moderna, la cual se mueve entre pares de opuestos, de los cuales un término es afirmado como valioso y positivo en desmedro de su páredro, que es considerado dudoso y negativo. La propia sexualidad ha sido entendida en función de ciertos pares de opuestos tales como masculino/ femenino, normal/ perverso, heterosexual/ homosexual, exclusión/ aceptación, identidad/ diferencia (sexual). Nuestra propia época, en cuya discusión sobre la sexualidad se han incluido grupos de activistas de diversos géneros y “sexualidades”, se registra un movimiento de oposición y protesta y los elementos hasta ahora rechazados y despreciados pasan a ser reivindicados y promovidos.

 

Las críticas al Psicoanálisis

Después de un período de esperanza, la comunidad gay se desilusiona del psicoanálisis y lo incluye en la perspectiva homofóbica. Didier Eribon[4] considera que Freud ha quedado enredado en las teorías psiquiátricas normativistas de Kraft-Ebing, aun cuando acepta y reconoce su esfuerzo por entender la homosexualidad en un marco humanista. La misma actitud negativa se exacerba respecto a Lacan, a quien dedica dos virulentos artículos[5] en los que pasa revista al modo en que Lacan teoriza la cuestión de la homosexualidad. Así, a propósito del Seminario V, Eribon analiza un caso de homosexualidad masculina en el que Lacan dice que “la madre le dicta la ley al padre” y piensa a la homosexualidad como una desviación y no como una orientación. En el Seminario VIII, en relación con la homosexualidad entre los atenienses el siglo IV aC, socialmente aprobada, Lacan dice claramente que por más aceptación social que haya tenido en aquel medio, la homosexualidad[6] de los asistentes al célebre Banquete de Platón eran, sin duda alguna, perversos. De ello, deduce Eribon que para Lacan el verdadero amor es el heterosexual, etc.. Empero, si todos los deseos son perversos, ¿porqué discriminar unos de otros? Por todo esto, Eribon concluye que la homofobia de Lacan está presente ya en sus primeros escritos, como Los complejos familiares y que se trata nada menos que de un programa político: ante la evidente decadencia del Nombre del Padre y del orden masculino heterosexual, Lacan se propondría restaurarlo. De acuerdo con esta ideología conservadora, sigue Eribon, la función política del Psicoanálisis es normalizar la sexualidad de las personas y estigmatizar a quienes osen increpar dicha normalización.

Muchos analistas han intentado contestar estas críticas señalando que, justamente, Eribon y sus amigos confunden la figura imaginaria del Urvater freudiano, un Uno incastrado cuyo capricho es ley, con la función simbólica de la ley. No es lo mismo hablar del papel normalizador de la ley que del ejercicio concreto del poder político sobre la sexualidad y el cuerpo de las personas. La ley prohibe a la vez que permite el deseo, dándole a la falta estatuto simbólico, permitiendo ir más allá del desgarro novelero de la frustración[7]. Y tampoco es en vano recordar que cuando Freud es consultado por la madre de un homosexual, le dice que no es cuestión de apartarlo de su homosexualidad sino de permitirle ir en la dirección de su deseo.

Desde una perspectiva lacaniana, la sexuación es la manera que tiene el psicoanálisis de intervenir en el debate contemporáneo acerca de la sexualidad y de lo que se trata no es de recomendar a nadie alguna conducta u orientación sexual por encima de otras, sino, más bien, de ver en cada caso cómo cada cual se implica en la sexualidad. No es cuestión de asumir alguna sexualidad reprimida o rechazada o de transformar el yo o el self de nadie sino de la inscripción respecto del significante fálico, del encuentro entre el cuerpo y el falo y de la constitución del cuerpo sexuado[8]. Como cualquier otro significante, el falo produce una significación a partir de la cual ser hombre o mujer significa algo, aunque no se sepa bien qué. Lo que sí es claro es que el falo como significante captura el goce que recorre un cuerpo y permite un goce acotado, el llamado goce fálico. En un comienzo[9], Lacan entiende que la inscripción respecto del goce fálico pasa por la identificación en el hombre y por la envidia fálica (Penisneid) en la mujer. Más tarde[10], aparece la noción de sexuación como ligazón entre el falo y el sujeto ($) y como algo más que una mera identificación: se trataría casi de una elección por la que cada cual debe decidir en qué bando se alinea[11]. Es claro que la identificación es un proceso predominantemente imaginario y que se intenta ir más allá y ver qué es lo que la sexualidad tiene de simbólico.

Hay algunas fórmulas que revisten cierto interés. Siempre en referencia al falo, podemos decir que el hombre no lo es pero semblantea tenerlo y que la mujer no lo tiene pero semblantea serlo. En ambas fórmulas, aparecen articulados el ser y el tener el falo o, mejor dicho, el no serlo y el no tenerlo. Si se quisiera desarrollar otras fórmulas semejantes para expresar la asunción de la sexualidad en travestis, bisexuales o transexuales, tendrían que ser fórmulas más complejas en las que no existiría una solución al problema y que dejaría muchos blancos sin llenar. El travesti[12], por ejemplo, no lo es pero semblantea serlo y queda sin saberse la cuestión de cómo es que no lo tiene. La mujer fálica semblanteada por el travesti es un personaje del imaginario cuyo status simbólico está suspendido.

Así pues, pareciera que sólo el ser hombre o mujer tiene posibilidades de inscripción simbólica y que las otras “sexualidades” son prodigios imaginarios muchas veces puramente reactivos y contestatarios a esta concepción también imaginaria de la ley como poder normalizador y abusivo. Remedando las consignas del 68 francés, lo imaginario al poder. Recuerdo el caso de un transexual masculino que, luego de operado y ya transformado en mujer[13], decidió hacerse lesbiana como un acto de protesta y como si el cambio de identidad sexual le resultase, por alguna extraña razón, simple y sin complicación alguna. Alfonso Gutiérrez Reto, por su parte, refirió el año pasado el caso de una travesti que contaba cómo tardaba horas en acicalarse antes de ir a prostituirse y que vivía toda esa preparación “como una gran fantasía”.

 

 

La bisexualidad

Nos quedan los bisexuales, como parte integrante y marginal de esta expansión de lo imaginario, y constituyendo un grupo borroso de sujetos difíciles de clasificar[14]. Últimamente han aparecido algunos estudios sobre ellos[15]. Uno de ellos, realizado en Australia, afirma que son las personas que padecen más stress y depresión y que son los que tienen mayor cantidad de pensamientos negativos. Estos hechos son atribuidos al de no tener una orientación sexual clara y a la presión que supone el tener una inclinación diferente al resto. Otro estudio, esta vez del British Journal of Psychiatry, sostiene que los homosexuales y los bisexuales son más proclives al suicidio, etc.. Hay un tercer estudio, realizado por psicólogos de Toronto y de Chicago, que pone en duda la existencia de verdaderos bisexuales recurriendo a una curioso experimento con aparatología pseudocientífica. Colocan en los genitales de los sujetos que se declaran bisexuales sensores que miden la excitación sexual y los estimulan con imágenes más o menos explícitas y confirmaron que los hombres que decían ser bisexuales resultaban ser homosexuales que no deseaban poner al descubierto su verdadera identidad. Conclusión: todo el mundo es monosexual, término éste aun no consagrado por el uso y que podría significar que todos tenemos nuestra sexualidad dominada por un solo fantasma fundamental, por más que tengamos una multitud de fantasmas secundarios que acompañan y enriquecen dicho fantasma fundamental.

Muchas veces se invoca la tesis freudiana de la bisexualidad originaria para afirmar nuestra condición bisexual adulta. Lo que Freud dice es que hay bisexualidad en el origen; luego, el sujeto se decide como puede por una inclinación y reprime la otra, alineándose en algún bando, pero no mantiene la indefinición por mucho tiempo. Se aduce también que todos los heterosexuales tienen una veta homosexual que puede llegar a ser importante en muchos casos. Es completamente cierto, como es cierto que muchos homosexuales tienen una veta hétero insospechada hasta por ellos mismos y la prueba es que la mayor parte de los galanes hollywoodenses de la época de oro eran homosexuales pero que exhalaban mucha más masculinidad que otros heterosexuales y la platea femenina lo percibía inequívocamente.

A pesar de todo esto, el ideal sexual que se impone en Occidente a partir de los 80 es claramente bisexual y con ello se quiere decir que las personas pueden experimentar ahora con su sexualidad más allá de lo que hasta entonces se estimaba decente o decoroso. Todo ello es el resultado de la revolución sexual de los 60 que proclamaba el amor libre y desprejuiciado. El hippismo, el “Prohibido prohibir” del mayo francés, el flower power, el “paz y amor” de los jóvenes, la liberación femenina, etc., seguido por el cinismo pragmático de los yuppies de los 80 van todos en la misma dirección de permisividad y apertura de las costumbres. Pero todo esto no pasa de ser una descripción sociológica de fenómenos de masas, lo que a nosotros nos interesa y compete es ver todo este proceso como un efecto no sólo de la decadencia del Nombre del Padre, sino también de la imposibilidad radical de encontrar una manera de escribir la diferencia de los sexos, de allí que la salida es difuminar la frontera que los separa o bien recurrir a la proliferación de “sexualidades” intermedias entre lo masculino y lo femenino.

No hay que confundir, según Lacan, sexuación con elección de objeto y es preciso, además, asumir que el fundamento de la sexuación no pasa tanto por los avatares de las identificaciones sexuales, aunque éstas son muy importantes, sino por la imposibilidad irreductible de las relaciones entre los sexos, siendo los modos en que cada cual vive y practica la sexualidad  diferentes maneras de remontar y habitar dicha imposibilidad. No hay relación sexual o, lo que es lo mismo, no hay un objeto designado que convenga adecuadamente a la pulsión,  pero sí hay Klischee[16] o fantasma que de alguna forma la pone en escena. Y respecto a las múltiples identidades u orientaciones sexuales queda el problema de saber si se trata en cada caso de una especie de esencia o si, por el contrario, es el resultado de una construcción conforme a modelos culturales complejos.

 

La deconstrucción de la sexualidad moderna ha descompuesto y liberado sus elementos constitutivos dejando como efecto una identidad sexual laxa y polivalente que contrasta con la “monosexualidad” como modelo predominante. El futuro que se cierne sobre nosotros es, al parecer, una progresiva licuación de las certezas y de las definiciones. El matrimonio monogámico será, dentro de esta lógica, la próxima víctima y debemos prepararnos para codearnos con entidades matrimoniales que cuenten con más de dos individuos. El matrimonio gay podría llegar a ser mal visto por monogenérico y machista; el feminismo, por su parte, está comenzando a ser percibido como sexista y fanático. Seremos compelidos a mostrarnos amplios y tolerantes, aun cuando, a pesar de ello, las dicotomías y disociaciones del pasado renacerán o resurgirán, puesto que es necesario que algo esté mal y sea urgente cambiarlo. El malestar a corregir es, por lo que se viene viendo, una cosa imprescindible y nos retrotrae a la vieja idea kantiana de la infinita perfectibilidad como determinación (Bestimmung) fundamental del hombre. Por otro lado, como dice Freud, no hay que preocuparse por destruir las construcciones en función de las cuales viven los pacientes, muchas veces fantasiosas y antojadizas, pues las reponen incansablemente y con presteza. Del mismo modo, es bien posible que no debamos temer al ímpetu iconoclasta de la deconstrucción postmoderna, justamente a causa de que la actividad mitopoyética de la maquinaria cultural opera con tal celeridad que apenas queda tiempo para un resuello y asisitimos a la proliferación de nuevas oposiciones binarias que apuntalan nuevas formas de logo-, falo- y egocentrismo.


 

[1] Véanse los artículos de Heriberto Boeder publicados por Ed. Quadrata bajo el título El final de juego de Derrida, Buenos Aires, 2004.

[2] Habría que agregar, como lo hace Derrida, el falocentrismo en el campo de la sexualidad. Véase más abajo.

[3] Nos referimos al ya clásico La violencia de la interpretación.

[4] Véanse Michel Foucault y sus contemporáneos (1994) y Reflexiones sobre la cuestión gay (1999).

[5] Cuatro en realidad; ellos son Homofobia en Jacques Lacan I y II y Para acabar con J. Lacan I y II, cuyo título da para hacer algún chiste un poco obsceno.

[6] La pederastía era, asimismo, una institución social presente en muchas culturas y que asegura la trasmisión de la masculinidad de una generación a otra.

[7] Véase el Seminario IV.

[8] Habría, después de todo, un falocentrismo en Lacan, aunque debe quedar claro que el falo no es una posesión masculina que confiere autoridad a su posesor, etc.. El falo como significante de la falta debe ser distinguido del falo como objeto imaginario que circula entre las personas y que sí puede ser visto como propiedad de alguien. Las fórmulas de más abajo aclaran un poco más la diferencia entre tener y semblantear que se tiene.

[9] Ver Seminario IV.

[10] Ver Seminario XX y siguientes.

[11] La lengua sólo tiene nombres de hombre y de mujer para ofrecer, si bien en muchas de ellas hay una cantidad de nombres que pueden indistintamente ser usados por ambos géneros: en castellano, Carmen, Isabel, Inés y Rosario son ejemplos de tal ambigüedad.

[12] Nos referimos a los travestis actuales, a los que la tecnología permite jugar con la idea de ser casi mujeres verdaderas, y no a los travestidos de otrora que apenas podían disfrazarse..

[13] Ello gracias a la ciencia machista, etc..

[14] Foucault decía que ya el hecho mismo de clsificar es perverso.

[15] Fisgoneando en la Internet, se tropieza con estos estudios, bastante dudosos, a mi ver, pero que reflejan cierto estado de ánimo acerca de la cuestión de la bisexualidad..

[16] En Dinámica de la Transferencia (1912), Freud dice que emergemos de la infancia con un clisé (Klischee) sexual que tendemos a repetir durante toda nuestra vida, aunque, merced al análisis, es posible alcanzar algunas pequeñas modificaciones en él. Todo esto luego se transforma luego en la travesía o atravesamiento del fantasma en Lacan.

 



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