SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA

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Curso de Personalidades psicopáticas II

Hugo Marietan, Buenos Aires, 2005

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18va entrega

 

El pasivo agresivo: la sumisión armada

 

De aquellos tiempos

Mi primer encuentro con este tipo particular de accionar sobre el mundo fue cuando siendo estudiante de cuarto año de medicina hacía guardias en el Hospital Vecinal de Lanús, en Buenos Aires, por los años ochenta.

El aquellos tiempos las guardias eran organizadas de acuerdo a un esquema militar. El jefe de guardia  era un cirujano (ya fallecido) cuya voluntad era indiscutida y todos debíamos someternos a sus “costumbres”. Por ejemplo gustaba de operar a la madrugada (si la urgencia se lo permitía) y todos debíamos estar preparados para acatar sus órdenes. O hacía largas charlas de sobremesa y ninguno, a pesar del sueño casi invencible de esas guardias de 24 horas –inhumanas como ninguna-, podía levantarse de la mesa antes que él. El segundo al mando era el traumatólogo. Luego venía en jerarquía el Mayor, que era el estudiante practicante “más viejo” de la guardia y, por lo general, un aspirante a cirugía. El también daba órdenes a los practicantes y todos obedecíamos o lo consultábamos ante cualquier duda. Y así la escala de mando se iba degradando hasta llegar al estudiante que entró en última instancia a la guardia y que llamábamos “el Perro”. Este desdichado (a todos nos tocó alguna vez esta función) era prácticamente un sirviente de todos, debía obedecer, sin chistar a todos: practicantes y jefes. Hacía los mandados, compraba cigarrillos, sándwiches, gaseosas, levantaba los datos para la Historia Clínica y era objeto de burlas y bromas pesadas (el bautismo). Y este purgatorio duraba hasta que entraba un nuevo practicante que pasaba a ser él, ahora, “el Perro”.

Este sistema militar nos acostumbraba a obedecer sin cuestionar las órdenes (recuerden que en ese entonces todo el país estaba militarizado, pero de todas maneras era una vieja costumbre en las guardias médicas). Al que no se adaptaba, le hacían “el vacío”, nadie le hablaba, no le asignaban tareas, lo ignoraban de tal manera que al final terminaba dejando la guardia.

 

Walter, el Perro

Todo trascurría “en orden” hasta que apareció Walter, el nuevo “Perro”. Era alto, de pocas palabras, de aspecto bonachón, agradable. La primera orden que recibió fue de una de las practicantes que le pidió que comprara una gaseosa. “Sí”, dijo Walter con amabilidad y se fue. Luego apareció en otro lugar de la guardia donde le encargaron que llenara los datos de varias historias clínicas y el aceptó gustoso. Y así, en su primera jornada, recibió varios encargos. Walter nunca se negó y nunca hizo nada de lo que se le pedía. Así se llegaba a la hora en que se debía “entregar la guardia” al otro turno y todo lo de Walter estaba sin hacer. Los “jefes” practicantes, a último momento, debieron hacer todo. Walter aparecía y desaparecía. Cuando se le reclamaba por una tarea, de buenas maneras decía que la iba a hacer, que estaba “en eso”. Cuando se lo reprochaban agresivamente Walter ponía su cara de bonachón y soportaba estoico el embate sin oponer resistencia y prometiendo el pronto cumplimiento. Cómo agarrar a una anguila, ese parecía el juego. Nunca lo escuché discutir con nadie. Y a pesar de que hacía sólo lo que él quería (parecía pero no era un vago), nadie lo echó ni le hizo el vacío. Era un tipo querible, y en el fondo le admirábamos esa extraña habilidad.

Años después puede entender que Walter era un pasivo-agresivo. Ya metido en la investigación sobre los tipos de personalidades constaté que los Walter eran bastante frecuentes.

 

Cómo es un PA

Si tuviera que dar una definición operativa y “de entre casa” diría que los pasivos agresivos son aquellos que ven la P de problema y huyen. Son casi las antípodas del paranoide: no confrontan, no asumen responsabilidades, no gustan de las sorpresas ni del riesgo. Son negociadores. Quieren quedar bien con Dios y con el Diablo. Hábiles diplomáticos. Por lo general de buen trato, a veces obsecuentes. Todas las artes para eludir un problema son practicadas: la demora, el cajoneo, la manipulación blanda para que otro lo haga, la mentira, la justificación (a veces pueril), las llegadas tarde, las promesas incumplidas…

¿Y lo agresivo? Se manifiesta cuando debe hacer una tarea que no quiere realizar y que agotó todas las triquiñuelas para  no realizarla (que también es una agresión en sí misma). Se queja, gruñe, murmura, critica a espaldas de sus superiores, descarga los problemas de su trabajo en un medio donde no será reprimido como su familia o sus subordinados. Se queja de que se le exige mucho, que no valoran su trabajo, que son injustos con él, que lo apuran, que no lo ayudan. Que mañana tendrá más tiempo y hará el trabajo. Sus estallidos se dan en un medio seguro, como dije, y suelen ser “tormentas de verano”, sin la consistencia ni la permanencia del enojo. Suelen ser berrinches, como los que tienen los chicos y, muchas veces, no son tenidos en cuenta. “Ya se le pasará” suelen decir los familiares.

 

Expertos en ineficiencia

Son ineficientes por voluntad, trabajan para ser ineficientes, como castigo para los otros, cuando la tarea encomendada lo enoja. Por el mismo motivo suele mostrar su malhumor, con esa cara especial, sin manifestar “porqué están así”, aún ante la insistencia de sus familiares (Claro, decirlo ya implica asumir un problema del cual huyen como Drácula ante la Cruz). Esto no quiere decir que sean malos empleados o profesionales: su buen trato y su diplomacia suelen ser apreciados en muchos puestos de trabajo. Muchos veteranos burócratas pertenecen a esta personalidad, enquistados en sus escritorios, demorando expedientes… Suelen trasmitir su malhumor, quejas y crear un mal clima en su entorno laboral cuando están contrariados y seguros que esas acciones no lo van a perjudicar.

Suelen obstruir, cuando tienen un cargo superior, a los que tienen iniciativa y son emprendedores, y pueden significar un futuro peligro para su puesto o simplemente para que no se destaquen. Pero jamás confronta abiertamente, al contrario suelen mostrarse amables y hasta aparentemente colaboradores mientras trabajan sutilmente para trabar todo lo posible la realización de las iniciativas.

 

Pichón de Maquiavelo

Uno de ellos me confesó que siendo Jefe de Guardia, no le gustaba uno de los médicos a su cargo. Ladinamente fue minando el prestigio de este colega, hablando mal de él, generando rumores, encargándoles los casos más difíciles para luego hacerlo responsable de los resultados, inventando dichos sobre otras personas para predisponerlas mal hacía él. Generaba intrigas. Tendía celadas. Fue tan eficaz el trabajo de este pichón de Maquiavelo, tan astuto y solapado su accionar que cuando el médico cayó en una de sus trampas y estaba la amenaza de traslado de hospital, su víctima fue a pedirle consejos y ayuda para evitar el traslado, es decir nunca se enteró quién generó su caída. Y él, mostrándose amable y contenedor, lo consolaba y prometía que haría todo lo posible cosa que, desde luego, no ocurrió. Y me contaba todo esto riéndose a carcajadas. Es un hombre inteligente, ha hecho carrera y sigue en ascenso.

Casi está demás decir que suelen ser envidiosos y resentidos

 

El nicho del PA

Fuera de las aristas negativas cuando el pasivo agresivo encuentra su nicho laboral, es decir donde puede ejercer su autonomía, cuando no se siente presionado y puede trabajar a su estilo, es un empleado valioso. Su don de gente lo habilita para toda tarea que implique las relaciones públicas o las ventas. Suelen hacer buenas duplas con los paranoides y los esquizoides (una vez que estos “le encuentran la vuelta” y toleran su forma de ser). Los paranoides son ejecutivos y confrontadores, lo que complementa la falta de ejecutividad del pasivo agresivo, el que a su vez puede aportar el buen trato del que a veces carece el paranoide, o la sociabilidad al esquizoide.

 

El PA en pareja

Las parejas que eligen los pasivos agresivos son los paranoides en su mayoría, porque aunque sufren por su dominio, son los que resuelven los problemas. Por otra parte el paranoide tiene a quien dominar, al menos a quien aparenta ser dominado ya que no discute ni confronta o si discute cae aplastado por la maquinaria lógica del paranoide y sólo le queda el recurso de resistir pasivamente y desde atrás. Pero llega un momento que ambos sistemas se equilibran a su manera y, protestas y quejas mediante, el sistema de la pareja perdura. El se queja del dominio, ella de la falta de un “verdadero hombre” que se haga cargo de las cosas.

No suelen formar pareja con la histéricas (a menos que tengan un buen componente paranoide) porque son una fuente inagotable de problemas. Tampoco con otros pasivos agresivos o dependientes: ¿quién se hará cargo de los problemas?

Es decir por necesidad buscan seres ejecutivos para aparearse y, consecuentemente, quejarse crónicamente.

 

Sí, querida

Una vez pedí hablar con el padre de un joven de 18 años con delirios místicos y alucinaciones. Quería informarle de la situación real de su hijo, ya que la familia creía que se trataba de  una mera depresión. El hombre, de 54 años, vino a la consulta. Antes de que le dijera nada y después del saludo se puso a hablar de los “viejos tiempos”, de su infancia en Italia. Lo interrumpí, la primera de las innumerables veces, diciéndole: “Lo llamé para hablar del problema de su hijo…” Él no me dejaba terminar la frase y continuaba con sus recuerdos y su llegada a Argentina, en barco.“El tema de su hijo consiste en …”. Había trabajado duro en la casa de un familiar que llegó primero. “No es una depresión sino…” Luego conoció a la que es ahora su mujer, también italiana. “Se trata de un delirio…” Con esfuerzo hicieron su casita y nació su primer hijo. “Justamente de él estamos hablando, y de su delirio”. Fue un buen chico aunque le costaba algo cumplir con las tareas de la escuela. “Es necesario medicarlo…” Doctor, todos tuvimos problemas cuando éramos jóvenes, yo, por ejemplo…

No había forma decorosa que esa máquina de eludir pudiera darse por enterado de que su hijo tenía un problema serio.

Hice llamar a la madre. Una italiana de 45 años, muy cuidada en su vestir, se sentó muy derecha y me miró fijo a los ojos. Era una mujer de autoridad. De inmediato quiso saber cuál era el problema, los fundamentos del diagnóstico y las pautas de la medicación y la estrategia terapéutica. En todo momento me estudió. Hizo preguntas precisas y quería respuestas precisas. “Bien”, dijo, “está enfermo. Hay que trabajar entonces.”

Fácil, sencillo, expeditivo.

El esposo era bancario y ella dirigía un negocio de ropas. Más adelante me enteré algunos pormenores de esta familia. Ella ejercía un férreo dominio sobre los miembros de la familia, el padre era una figura gris que de vez en cuando explotaba en discusiones contra la escalera. Aunque estaba disgustado por alguna orden de su esposa, nunca la encaraba a ella sino que le hablaba a los gritos a la escalera del dúplex. Pero por lo general casi no se notaba, excepto en algunas circunstancias especiales. Por ejemplo los hijos adolescentes querían traer sus amigos a la casa y la esposa a sus amigas o parejas de amigos. A él no le gustaba recibir gente en su casa, pero no se oponía a las visitas. El cuadro que se repetía ante esto era más o menos el siguiente, según relataban los hijos y la esposa. La mesa estaba servida. La cena (o el almuerzo) transcurría. El diálogo era animado entre los familiares y las visitas. El padre callado, pero sereno, en la cabecera de la mesa. Inesperada y ruidosamente emitía un eructo, ante el espanto y la vergüenza de la familia y la sorpresa de los invitados. “Es fisiológico” decía él, imperturbable.  Al rato se inclinaba un poco sobre el costado de su silla, se incorporaba unos centímetros y eliminaba un estruendoso flato. “Es fisiológico” remarcaba impasible, ante el enojo general. Los hijos pedían disculpas a sus amigos y los invitaban a retirarse, muertos de vergüenza. Él, tranquilamente, ante la mirada fulminante de su esposa, terminaba de comer y se iba a dormir. Luego, a solas, se escuchaban los gritos y llanto de la esposa ante el papelón. Él no discutía: “Son cosas del cuerpo, es fisiológico”, repetía.

Así una y otra vez hasta que, sin presentar batalla, conseguía que nadie trajera gente a su casa.

 

Yo prometo

Seguramente los lectores tendrán muchos casos de pasivos agresivos que son de su conocimiento. Otra característica que presentan algunos de ellos es el de prometer. Enfrentados a una responsabilidad y para zafar de ese momento y tirar el problema hacía adelante prometen solucionarlo.

Me contaba una consultante que su reciente novio estaba enterado de sus dificultades económicas urgentes. Y ante la angustia de ella, le prometía conseguir dinero para pagar las cuentas e impuestos vencidos. “La semana que viene me darán un préstamo en el banco y pagaremos todo, no te preocupes”. Esa semana disfrutaba de la zona libre de problemas. Cuando, fatídicamente, llegaba la fecha, aparecían las excusas, mentiras y nuevas promesas, esta vez para la semana siguiente. Todo dicho de una manera amorosa, con muchos halagos, por lo que hacía creíble la promesa. Nunca había pedido ningún préstamo. Aún así, sabiendo esta verdad, eran tan agradables sus modos que ella aún le creía que de alguna manera la podía ayudar, sólo que no tenía suerte con los trámites, según el decía. Una vez que ella se enojó mucho con él porque no afrontaba los problemas, él simplemente desapareció por una semana sin dejar rastros ni modos de comunicarse. Transcurrido ese tiempo anuncio por teléfono que se había “aislado” para encontrarle una solución al problema y que, esta vez sí, iba a solucionarlo. No lo hizo, pero siguió repitiendo el mismo esquema. Él tenía su profesión y se auto mantenía, por lo que no entra en la categoría de parásito.

 

Conclusiones

El Pasivo agresivo (PA) es un tipo de personalidad. Este solo hecho no amerita para ser tipificado como psicópata. Para ello debe estar acompañado de los rasgos propios de la psicopatía: necesidades especiales, formas atípicas de satisfacerlas, cosificación.

Hay pasivos agresivos que son a su vez psicópatas, el caso del colega maquiavélico que comentamos se asemeja en mucho. En esos casos son traidores por naturaleza, de puñaladas traperas, de no dar la cara. El psicópata PA crea un clima de hostilidad alrededor de su víctima a través de calumnias, mentiras, chimentos. Predispone a los demás en su contra. Es un trabajo pausado, sutil, constante, de encerronas y trampas. Es un buen jugador de Go, el legendario juego chino que consiste en encerrar con fichas las fichas del enemigo hasta rodearlo y dejarlo sin escapatoria posible y así eliminarlo, sin que la victima sospeche la mano que está moviendo las fichas.

 

 

 

 

 

 

 



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