SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA

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Mesa del Congreso AAP octubre 2008

La empatía en el psicópata, el perverso y el neurótico

 

La pseudoempatía del neurótico y la identificación histérica

 

 Roberto Mazzuca

 

Presentación

 

En la distribución de temas de esta mesa me ha tocado ocuparme de la cuestión de la empatía en la neurosis. Me gustaría comenzar afirmando que, entre las diversas estructuras clínicas, la neurosis es aquélla que en mayor medida carece de la capacidad de establecer relaciones de empatía. Sin embargo, quien me ha precedido en el uso de la palabra ya ha ubicado en ese lugar a la psicopatía, variedad clínica en que la empatía alcanza su punto más bajo, a un punto tal que el psicópata puede ser considerado “apático”. El neurótico en esto presenta una disposición muy diferente, cree sentir y comprender lo que vivencia el otro, cree poder ponerse en su lugar, pero con la mayor frecuencia queda en la posición de aquél que yerra en su objetivo. Aparentemente presenta una inclinación a la empatía, pero por lo general se limita a adjudicar al otro sentimientos e ideas a partir de sus propias suposiciones, las cuales no suelen ajustarse a la realidad de su partener. Se trata, entonces, de una falsa empatía.   

 

Desde la práctica psicoanalítica, que es la perspectiva con que desarrollo mi trabajo, se puede afirmar que este desajuste responde a dos variables principales: 1- la intervención de la fantasía, fuertemente determinante y en la composición de la subjetividad neurótica, y 2- las características de su configuración yoica. Conviene detenernos brevemente para delimitar un poco mejor estos dos puntos.

 

 

La fantasía

 

La fantasía -o el fantasma, como se ha hecho más habitual ahora traducir este término freudiano-, es uno de los componentes subjetivos más tempranamente delimitados por Freud en su obra. No es específico de la neurosis, ya que también interviene en la psicosis y la perversión, pero adquiere en la estructura neurótica un papel determinante. Aquí, en la neurosis, no están destinados a realizarse o consumarse en actos concretos, como en la perversión, pero dan su forma al mundo del neurótico y a la imagen que éste construye de sí mismo y, de este modo, determinan el modo de entender la realidad, de interpretar el deseo de los otros, y configuran las inclinaciones que orientan su acción.

 

Las fantasías constituyen una parte fundamental del material inconsciente que resulta eficaz en la formación de los síntomas, sueños y otras derivaciones del inconsciente. Cumplen la doble función de disimular y expresar el autoerotismo y a su vez de ocultamiento de la realidad penosa, en especial de la realidad de la castración y de los hechos traumáticos. Es decir, por una parte constituyen un componente que nunca falta en las satisfacciones autoeróticas y, por otra, sirven de protección, para brindar refugio y consuelo frente al desvalimiento del sujeto en relación con el mundo material y social. De este modo, actúan permanentemente al servicio del mantenimiento del principio del placer.

 

Las fantasías se erigen como realidad psíquica que sustituye a la realidad material penosa y forman parte de las premisas con que el sujeto estructura su mundo, tienden a embellecer los hechos y a justificar los autodescargos.

 

Jacques Lacan, por su parte, generaliza más todavía la función de la fantasía en la construcción de la realidad y como soporte del deseo en su función ilusoria. Toda realidad es fantasmática: el mundo del sujeto resulta entretejido con la trama de sus deseos.

 

En la neurosis todas estas funciones de la fantasía resultan acentuadas. De allí que la empatía del neurótico nade en el mar de sus fantasías y responda más a las construcciones fantaseadas que a la realidad material. El neurótico tiende a ubicar al otro en alguno de los personajes de su fantasía y a interpretar el deseo, el propio y el del otro, en función de la trama que éstas conforman. No es posible aquí desplegar el repertorio de las fantasías más frecuentes, bastará con mencionar dos de las más extendidas, la fantasía de un padre protector y la del príncipe azul. O también la de erigirse en salvador o redentor, o estrechamente vinculada con ésta, la fantasía de ser víctima permanente.

 

En síntesis, el neurótico reúne todas las disposiciones favorables para formar parte de ese amplio contingente llamado complementario del psicópata. Cree tener empatía, pero ésta resulta engañosa.

 

 

La instancia del yo

 

El otro rasgo característico del neurótico que confluye con la fantasía para inclinarlo a la ilusión y a un uso engañoso de la empatía, es la modalidad de su organización yoica. Para Freud el yo es una de las tres instancias que componen la personalidad psíquica. Junto con el superyó es el soporte de la represión y tiene también la función de cuidar la unidad de la organización psíquica y de la relación con el mundo.

 

Jacques Lacan, en continuidad con la elaboración freudiana, pero al mismo tiempo presentando un desarrollo que difiere sensiblemente con el creador del psicoanálisis, reconoce al yo esta función de unidad, tanto de sí como del mundo, pero las considera ilusorias y, por lo tanto, fuente de los numerosos engaños que sostiene el yo en su funcionamiento.

 

El yo surge de manera temprana por identificación con la imagen del otro en el estadio del espejo, en un momento de desvalimiento y de falta de organización y dominio del cuerpo debidos a la prematuración del nacimiento del bebé humano. Esta identificación es vivenciada con júbilo porque proporciona la ilusión de unidad y dominio del cuerpo en contraste con la realidad penosa de impotencia motriz, fragmentación corporal y de indefensión en ese momento del desarrollo. El yo conservará siempre este sello inicial de proporcionar una imagen engañosa de sí mismo, una ficción que brinda júbilo y oculta las imperfecciones.

 

En Lacan, la identificación idealizante de la locura paranoica es la que proporciona el modelo de la identificación para la constitución del yo en el estadio del espejo. En consecuencia, construye una teoría del yo cuya estructura responde a la función de desconocimiento, propia del «conocimiento paranoico». No hay una diferencia cualitativa entre la identificación característica de la paranoia y la identificación formadora del yo; se trata en ambos casos de la misma clase de identificación, debido a lo cual se podría decir que el yo es la paranoia común a toda la humanidad. De allí también la tendencia a la agresividad y la rivalidad especular.

 

Si bien esto es válido para las diferentes estructuras clínicas, se presenta con un particular énfasis en las neurosis. Produce ese síndrome tan característico de esta estructura, llamado por Lacan, tomando un término de Hegel,  del alma bella, en que el sujeto sufre y se queja de los males del mundo, ubicándose como víctima que, desde su narcisismo, desconoce su propia contribución y el papel que juega en introducir o mantener esos males de los que se queja.  Por otra parte, es también común sentirse el defensor o el dueño de la verdad como cuna de su agresividad.

 

 

La identificación histérica

 

Hasta aquí he descripto la dimensión de la fantasía y la ficción de la organización yoica como fuentes convergentes que alteran profundamente la capacidad empática en la neurosis y la orientan más bien a la carencia o la falsa empatía. Es necesario mencionar, por el contrario, una significativa excepción a esta regla, constituida por la identificación histérica. Esta excepción, por lo general, no abarca el conjunto de las manifestaciones del sujeto sino que se reduce muchas veces a una eficacia muy puntual o sectorial, pero no por ello tiene un alcance menor. Lleva el nombre de identificación histérica por presentarse con frecuencia en esta estructura clínica y porque cumple un papel central en la formación de sus síntomas, pero no es específica de esta forma de neurosis.

 

Freud delimitó distintos tipos de identificación. Dentro de ese conjunto múltiple, podemos destacar tres formas principales:

1-      una identificación primaria con el padre, que es la primera forma de relación con el otro: antes de la relación de objeto está la identificación con el objeto.

2-      Una identificación secundaria, inversa a la anterior, es decir, posterior a la relación libidinal con el otro, sea de amor o de odio. Al abandonar o perder al objeto, el sujeto se identifica con él.

3-      Una tercera forma donde el sujeto se identifica con un objeto indiferente: ¿qué motiva entonces la identificación? La ocasión de esta identificación es que el sujeto ha reconocido una comunidad anímica con el otro, o bien quiere ponerse en su lugar.

 

Freud ilustró este tercer tipo de identificación con el clásico ejemplo del pensionado de niñas. Para presentarlo brevemente, digamos que consta de dos momentos. 1º) una de ellas recibe una carta de un amante secreto, siente celos o una decepción amorosa y responde con una crisis histérica, 2º) sus compañeras de pensionado reproducen este ataque. Es lo que se ha llamado el contagio histérico. Si el observador se atiene solamente al segundo momento, al de propagación del ataque, éste puede presentarse como una mera imitación. Para las internas, en cambio, se trata de otra cosa. El proceso, sostiene Freud, es más complejo e incluye también el momento inicial. Ellas se enteran del desencadenante: la recepción de la carta, reconocen la causa: el reavivamiento de una cuita de amor, encuentran en ellas esa misma causa (empatía o compasión, sentir como siente el otro), y se cumple en ellas “un razonamiento que no llega a la conciencia: ‘si por esa causa ella puede tener tales ataques, también yo puedo tenerlos’”.

 

El proceso completo de la identificación histérica comienza entonces por reconocer una comunidad anímica. Una vez reconocida esa vivencia compartida, el sujeto crea una identificación en ese punto y luego la identificación se desplaza al síntoma que el primer yo ha producido, es decir, el ataque. La fórmula verbal inconsciente de esta modalidad de identificación sería “a una misma causa responde el mismo efecto”. Es decir, “si compartimos el mismo motivo, padecemos la misma consecuencia”.

 

Freud señala que esta identificación puede surgir a partir de la percatación de cualquier comunidad entre dos sujetos, pero cuanto más significativa sea esa comunidad, más efectiva será la identificación y, por lo tanto, implicará una mayor posibilidad de constituir el comienzo de un nuevo enlace afectivo. Para Lacan, no hay comunidad más significativa que el deseo. De este modo, es el reconocimiento de un mismo deseo en el otro lo que inicia el proceso de identificación.

 

Freud discute si la identificación surge por la empatía, o ésta se establece a consecuencia de la identificación. Pareciera que hay que responder afirmativamente en ambos casos. Resulta claro que el proceso se inicia por empatía, por sentir como el otro o por querer ponerse en su lugar. Y concluye consolidando la empatía inicial. (p.110, vol.XVII)

 

Como dije anteriormente, esta identificación recae en un aspecto puntual y se manifiesta por lo general solamente en un sector de la vida del sujeto. Quisiera exponer ahora un caso en que las consecuencias de esta identificación se extienden a una vida entera.

 

 

El caso Madeleine

 

Madeleine fue una paciente de Pierre Janet a quien éste comenzó a atender estando internada en el hospicio de la Salpêtrière derivada por Charcot porque en ese momento Janet ya ocupaba un lugar destacado por sus estudios sobre la mentalidad histérica. Madeleine es el nombre ficticio utilizado en el historial de dos tomos publicado por Janet. A diferencia de los historiales freudianos en que el pseudónimio fue elegido por el autor, en el caso de Madeleine fue elegido por ella misma. Quiso ser llamada así porque Magdalena era el nombre de la amante de Cristo.

 

En el momento de su internación psiquiátrica que duró varios años, Madeleine padecía de síntomas motores de los que se sospechaba su carácter conversivo. A lo largo del tratamiento estos síntomas fueron extendiéndose hasta conducir a la producción de los estigmas de Cristo, es decir, heridas en las manos, en el empeine de ambos pies y en el costado del pecho, que se formaban durante sus estados de éxtasis.

 

Mucho antes de este momento, apenas terminada la adolescencia, Madeleine abandonó la casa burguesa de sus padres para dedicar su vida a los pobres. Vivió una vida proletaria como ellos, ya sea trabajando como obrera o poniéndose a su servicio para asistirlos, sobre todo en la enfermedad. Muchas veces sin casa donde habitar, vivía en las plazas y en las calles. Fue apresada y juzgada varias veces injustamente por vagabundeo y prostitución.

 

Tenía en esa época como director espiritual un sacerdote que había advertido la exaltación mística que se despertaba en Madeleine, en especial cuando asistía a ciertas fiestas y ceremonias religiosas. Este sabio conductor de almas le había prohibido, entonces, participar en tales eventos para intentar así moderar su pasión. Fue después de la muerte de este sacerdote que Madeleine asistió a un fuerte incremento de esta pasión y pronto aparecieron los trastornos corporales, especialmente contracturas en los pies, que la condujeron a La Salpètrière.

 

Janet, el gran estudioso de la mentalidad histérica, a medida que avanzaba el tratamiento, dejó de creer que se trataba de una histérica y terminó por pensar en una psicosis: delirio psicasténico fue su diagnóstico. Sin embargo, a pesar del voluminoso historial que Janet produjo acerca de Madeleine, podemos centrarnos en un solo párrafo escrito por ella misma recordando las lecturas de su niñez para entender y ordenar los fenómenos y episodios de esa compleja vida.

 

Dice Janet que siendo muy joven Madeleine leyó una vida de San Francisco de Asís que le interesó mucho. Ella lo escribe de esta manera: “ya en aquel momento sentí que, estando muy lejos de poseer su virtud y su santidad, pensaba como él y, si quiere usted, me había tocado su locura desde la infancia; en todo caso, yo sentía como él amor a las flores, a los animales, a los pequeños y a los pobres”.

 

Podemos apreciar en este breve párrafo el relato del momento en que el sujeto reconoce una comunidad de deseo con el otro: “me dí cuenta que pensaba como él”, “me había tocado su locura”, “sentía como él amor a las flores…”. Una vez producida la identificación a partir de esa comunidad de deseo, Madeleine dedica su vida íntegra a seguir el ideal propagado por el fundador de la orden franciscana, dedicando su vida a los pobres tal como él lo predicó y lo ejerció. La identificación llega al punto de producir el síntoma histérico de San Francisco: los estigmas de Cristo.

 

No debo explayarme mucho en un caso tan lleno de interés que podría extenderse por varias horas. Solamente me gustaría agregar, para concluir, otro de sus párrafos que nos indican claramente el diagnóstico de histeria. En la última enseñanza de Lacan, éste caracteriza las estructuras clínicas en función de la modalidad goce y no del deseo como lo había hecho al comienzo de la misma. De este modo, delimita como rasgo fundamental de la histeria el goce de la privación. He aquí lo que dice Madeleine: “quería ser verdaderamente pobre, más pobre que las pequeñas hermanas de los pobres, más pobre que los más pobres… La pobreza ha sido el sueño de mi vida, tal vez el único sueño que haya yo realizado un poco, y no por completo… Viví en condiciones que no se podrían creer. Dios favoreció mis deseos, conocí la voluptuosidad del despojo de todas las cosas de este mundo, y habría querido hacerlo mejor aún.”

 

El caso Madeleine nos permite verificar cómo la identificación histérica constituye una clara excepción, contrapuesta a la falsa empatía de la neurosis.

 

 

 



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