Psicopatía, psicópatas y complementarios

Sitio del Dr. Hugo Marietan

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Carta

La batalla

PRIMERA PARTE
Conocí a G. en una esquina una noche de verano (sí, como 'sueño de una noche de verano') de una forma que siempre me pareció mágica, por lo casual de que todo se diera de ese modo. Esa manera de conocernos signó en parte nuestro vínculo (estábamos 'destinados a encontrarnos'), y volvíamos a esa escena originaria una y otra vez en los tantos años que recorrimos estando en contacto (12). Yo en ese momento estaba divorciada ya de mi primer marido, tenía 2 hijos chicos (de cinco y de tres años) y mi divorcio había sido traumático porque, palabras más o menos, mi marido se había ido con otra y me había dejado con mi hijo menor de un mes y medio, diciendo entre otras cosas lindas que no estaba preparado para ser padre y venía a descubrirlo de esa forma (este primer marido mío había sido mi novio del secundario, y cuando nos separamos llevábamos diez años juntos). Ese divorcio me dejó hecha bolsa, sufrí más de un año por él, luego tuve algunos amoríos pero nada importante.
Esa noche de enero en que conocí a G yo venía de cenar en lo de una amiga a encontrarme con otra amiga en un bar cercano a su casa. Llegué algo tarde y me puse a esperarla -como era tarde, ella ya había pasado por ahí pero se había ido al no verme. Todavía no teníamos celulares-. Cerca de la una de la madrugada supuse que no vendría pero igual me quedé sentada ahí afuera, en una mesa que estaba justo en la esquina de Mansilla y Salguero. Yo tenía puesto mi disc man y oía música. G venía por Salguero con su camioneta y, según él, tocó bocina para llamar mi atención cuando estaba esperando que cambiara el semáforo. No oí nada, pero casualmente giré la cabeza y lo vi haciéndome gestos -sonreía y abría las manos como diciendo 'no se puede creer' mientras movía la cabeza de un lado al otro- Fue una ráfaga (de ametralladora, pensé después) porque enseguida arrancó, pero llegué a sonreírle y pensé 'qué tipo tan lindo'. Aclaro que yo no solía levantarme gente por la calle, ni volví a hacerlo nunca más después de él. Fue una de las tantas cosas que hice sólo con él.
Creí que había sido como tantos otros que pasan, pero a los diez minutos volvió. Caminando y con su perro, un doberman negro muy hermoso. G vivía ahí en el bulevar, a una cuadra de donde yo estaba sentada y había venido a ver si todavía estaba ahí. Siempre nos pareció fabuloso a ambos que todo se haya dado así, que por minutos azarosos nos hubiéramos cruzado. Cuando lo vi me dio gracia y ansiedad, nada de miedo -raro, porque era la madrugada y él era un desconocido. G. era muy buen mozo: una cara muy varonil, hermosos ojos oscuros y melancólicos, largas pestañas, el pelo apenas entrecano, barbita de dos días, alto, delgado, manos fuertes y grandes. En resumen, empezamos a charlar -lo dejé sentarse conmigo-, luego caminamos un poco, luego seguimos charlando, a eso de las 5am me dio un beso y cuando amanecía ya me tenía en su cama. Recuerdo que logré pensar qué mierda hacía yo con un desconocido en su departamento sin que nadie supiera dónde estaba, completamente a su merced. Pero 'no sé por qué' supe que no me haría mal y que con él estaba a salvo (¡!!!) Otra 'casualidad': esos días yo estaba leyendo la novela 'Trastorno', y con ella en la mano anduve con él toda esa noche. Un símbolo. En nuestra conversación hablamos de libros, él mencionó un libro de Toni Morrison que supuestamente estaba leyendo, yo lo había leído en Literatura Norteamericana (hice la carrera de letras) y pensaba que él sería un tipo lector para comprarse ese libro. Se lo había comprado porque era el último premio nobel y no había leído ni la mitad. Lo menciono porque hubo toda una 'imagen' de él que yo me hice y que no era tal, como si se tratara de un usurpador, un farsante -pero era encantador, y me quería de un modo voraz, sin histeriqueos ni cuidados, entonces cuando fue diciéndome algunas verdades no me importaba en absoluto nada de nada. Ni pude actuar en consecuencia con las que yo percibía.
A las 6 y pico le dije que tenía chicos y me tenía que ir a mi casa (mientras le aclaraba 'nunca hice algo así' por si me creía alguna clase de puta. Después -mucho después- supe que él debía haber sabido bien que no lo era porque solía andar de putas y enfiestarse, por lo que habrá percibido inmediatamente quién era yo) Él se ofreció a llevarme y tampoco dudé: subí a su camioneta y vio dónde vivía. Además, intercambiamos teléfonos. Él fumaba Imparciales, pero tenía un atado de unos cigarrillos españoles y me lo dio, junto con unos anteojos negros, 'para que cuando me despertara supiera que todo había pasado de verdad'. Quedamos en vernos esa noche para cenar. Yo estaba en una nube de pedo: no podía creer haberme encontrado un tipo así (lindo, con guita -camioneta nueva, camisas caras, los cigarrillos españoles-, y sin histeriqueos: nos gustamos, salimos, listo). A las 9 tenía que pasar por su casa y tocarle el timbre.
Eso hice, no entraba en mí de la emoción. Primer susto: no atendía. Toqué varias veces, nada. Me volví loca ¿me habría estado jodiendo? Fui al bar de la esquina a llamarlo por teléfono, no atendía. Él tenía celular pero me había dicho que ese número no me lo podía dar (después me explicó, cuando supe a qué se dedicaba, que era una línea 'sucia') Me desesperé, volví a la puerta de su edificio. Y ahí estaba, taconeando de nervios, cuando lo vi llegar. Muchas veces hizo referencias risueñas a cómo estaba yo aquel día dando pataditas en el piso mientras tocaba el timbre, por lo que supuse que unos minutos antes de aparecer me había estado observando. Me explicó que había tenido que salir y a mí de sólo verlo se me pasó la rabia, esa noche comimos afuera y dormimos en el Wilton -no en su casa- La siguiente noche también -después supe que un negocio había salido mal y había querido desaparecer unos días, por lo que ese viernes me invitó a la quinta que le prestaba una amiga. Él iba a quedarse ahí toda la semana. La amiga trabajaba con él y habían sido amantes años antes, pero por supuesto, como todo, lo supe tarde. Yo no podía quedarme tantos días por mis chicos, así que estuve un par de días con él y a mitad de semana me pagó un remise para que fuera a pasar otro día. Disponía siempre de mucho efectivo, dejaba propinas enormes, no reparaba en gastos. Era encantador: decía que yo era especial, hermosa, que cuando me había visto sonreir había pensado 'no me puedo perder a esta mujer', que se había enamorado de mí sólo de verme, cocinaba para mí, hacía el amor como los dioses, y parecía querer todo, de un modo absoluto, sin reparos ni cuidados: la primera noche que estuvimos ahí en la quinta no me podía dormir de la felicidad, me pasé la noche entera mirándolo…..Ya la segunda o tercera noche que compartimos me había contado su historia; huérfano de padre desde los 7 años (su padre era ladrón de coches y lo habían matado en un ajuste de cuentas), con una madre que se había casado cuatro veces más y había tenido hijos con cada marido, hijos que a su vez se quedaban con el padre o los abuelos cuando se separaban, mientras que él siempre andaba con ella para todos lados, perdiendo casas hermanos y padrastros -aunque lo dejaba mucho solo porque ella trabajaba para televisión y casi nunca estaba, él se había criado muy solo-; su hermanastro más querido había muerto de sida unos años antes, el perro era de ese hermano muerto. Una historia terrible. Yo había tenido una infancia soñada, sin que materialmente faltara nada ni sobrara tampoco, pero mimada por mis abuelos y mis padres, con dos hermanos menores, había ido al Buenos Aires y luego a la Universidad, lo peor que me había pasado en la vida había sido separarme. Me parecía que él sabía mejor que yo lo que era la 'vida', lo terrible y densa que podía ser. Inconcientemente me propuse salvarlo: yo iba a ser la parte linda de su vida. Le iba a dar una familia, un hogar, amor, todo lo que no había tenido. Por supuesto no lo salvé de nada, él me hundió a mí.
Una tarde en la quinta me dijo que me tenía que confesar algo muy importante, dio muchas vueltas, yo temí lo peor (no que se drogara -lo hacía y no me lo decía-, no que robara -era ladrón, como me confesó ese día-, no que fuera un psicópata -lo era-) lo peor para mí era que estuviera casado (esas escapadas a la quinta, al hotel…pensé que tenía mujer, hijos). Tanto es así que cuando me dijo que antes 'hacía pisos' (robaba pisos cuando no estaban los dueños) y ahora robaba más 'de guante blanco': estafas, de ahí salía su dinero, no me importó tres carajos: ¿ESO ERA LO TAN TERRIBLE? ¡ era soltero! ¡Todo para mí! No me importó nada de nada. Acá debo detenerme y decir que yo siempre había sido una persona contestataria, peleadora, bastante 'liberal', con boludeces, pero me gustaba no seguir la corriente y creerme especial. Desde eludir trámites que todo el mundo hacía y conseguir igual la libreta universitaria hasta tener 10 pesos para todo el fin de semana y gastármelos en tomar café -iba y venía caminando, mis hijos estaban con el padre o los abuelos- Entonces G de alguna forma encarnaba todas esas tendencias a la enésima potencia: hacía lo que quería, ganaba dinero, no le daba bola a nadie, no 'se debía' a nadie, contestaba como el culo a la gente sin importarle, y yo hacía cara simpática como 'la buena que está con el sacadito'. Siempre jugué ese papel. Mi error fue pensar que conmigo sería de otro modo, que yo para él era especial. Había estado 5 años preso por robo a mano armada. Siempre hablaba de su anterior 'trabajo' con algo de nostalgia, esa adrenalina de poner el cuerpo, de que le quedara 'la camisa empapada' después de cada robo.
Como novio era fabuloso: me dio un celular para ubicarme siempre, siempre tenía una frase tierna, me regalaba ropa, me daba dinero porque yo en esa época andaba corta de guita…. una noche pasó a buscarme y, cuando entré a la camioneta, estaba REPLETA de jazmines (mi flor favorita). Llena. Había tantos jazmines que no me podía sentar. Me dijo que había comprado todos los ramos de tres kioscos de flores. Yo volaba de felicidad.
G no tenía amigos. Ni uno. Sólo esta amiga, L., con la que también trabajaba, pero de todos modos no hacíamos con ella ninguna clase de vida social. No veía a sus hermanastros, que habían sido en alguna medida abandonados por su madre y que eran bastante menores que él, pero no parecía interesarle contactarlos. A mis instancias más adelante el mayor de ellos vino un par de veces. A G. yo le parecía hermosa, lo calentaba, etc, pero a poco de estar conmigo me sugirió que a él le gustaban mucho las mujeres con el culo parado, con un buen culo -yo, claramente, no lo tenía. Me mandó a hacer una especie de yoga que 'te modelaba el cuerpo' -él también iba, efectivamente era bueno, pero de alguna manera no me había dejado opción-, y me armó una rutina de sentadillas, estocadas, etc, para que sacara más culo. Yo me rebelé bastante ante esto, pero lo cierto es que en general terminaba haciéndolo o haciendo que las hacía. Él tenía cierta obsesión por el sexo anal, práctica a la que yo nunca me había sometido. Por supuesto, con él lo hice, aunque jamás me gustó y aceptaba contadas veces. Eso lo jodía.
G fumaba porro. Yo jamás había fumado en 29 años, pero con él fumé sin problemas. G consumía cocaína desde los 15 años pero jamás me lo dijo, lo supe muchos años después. Más avanzada nuestra relación cada tanto traía un papel y tomábamos un poco, y yo creía que era un aditamento, como para otros un champagne (yo no tomo, soy abstemia) Cuando se refería a la merca, contaba que su hermano había sido adicto, que él en una época había tomado, pero que siempre había podido 'dejar', que nunca se había 'enganchado'. Era mentira. El primer veraneo su madre me dijo, en tren de confesiones, que ella 'había hecho de todo en la vida, pero jamás se había drogado. Que la culpable era L, la amiga de G. Que ella lo había 'podrido' '. Yo no entendí de qué me hablaba, no quise entender.
El porro era 'para desestresarse'. Como yo nunca había estado con nadie que consumiera cocaína, no distinguía los síntomas: luego me di cuenta de que muchas veces había tomado, y yo lo confundía con el efecto de un vaso de whisky.
Al poco tiempo conoció a mis hijos. A los seis meses vivíamos juntos, en un triplex con jardín que compró y que yo había elegido. Recuerdo de antes de la mudanza dos hechos: cuando iba a conocer a su madre, él arregló con ella por teléfono en mi presencia. Recuerdo que le dijo "Quiero presentarte a mi novia, decime un lugar donde se coma bien". La madre le contestó, no sé qué lugar. Él insistió "Ahí se come bien?" La madre, entiendo, contestó que sí. Y entonces él dijo "¿Y para vos qué mierda es comer bien?" Ése es un ejemplo perfecto de cómo se comunicaba paradójicamente: le contestaras lo que le contestaras salías mal parado. El otro hecho fue que una tarde no me llamó ni se comunicó conmigo. Yo tenía las llaves de su casa y habíamos quedado en vernos, fui. Encontré sobre la mesa un sobre con fotos reveladas donde había minas -putas- en bolas, o en bombacha y corpiño, posando, ahí en su departamento. Me indigné. Cuando llegó estaba pasado (ahora supongo que había tomado cocaína): venía de 'festejar' con su equipo, habían ganado mucha plata (50000 dólares). Yo quería hablar, furiosa. Él no me dio ni bola, se tiró en la cama y se puso a roncar. Hablé sola un buen rato, lloriqueé, seguía durmiendo. Me fui con una amiga a tomar un café, volví a las 5, él ni se enteró. Al otro día me dijo que las fotos eran previas a conocerme, le creí (aunque lo fueran , no me alertaron respecto de qué tipo de cosa hacía él antes de conocerme. Después encontré otras, con varias prostitutas y otro tipo, en el Sheraton de Río de Janeiro. Una orgía. Me dieron asco. Él me dijo que 'cuando era soltero, había hecho de todo').
En la casa nueva uno de los cuartos estaba pintado de rosa y tenía una cama con acolchado rosa- Mi hijita le pidió que lo dejaran, él dijo que lo iba a arreglar así. El día de la mudanza la cama no estaba, se había olvidado, 'no importaba, era una boludez'. Para la nena fue una frustración muy grande.
Al convivir empecé a conocerlo mejor. Tenía momentos buenos, sentido del humor, compartíamos cosas, pero 'de pronto' se ponía tenso sin razón, tensaba el aire, parecía que algo estaba por explotar, volvía torpes a las personas. Hacía un tema de cualquier boludez, pretendía discutir conmigo cosas sobre los chicos, aun las más estúpidas (qué leche, en qué vaso, por qué, cuánto), cuestionaba todo si estaba en vena de cuestionar. Aún de lo que no sabía o sobre lo que no tenía experiencia. Jamás cocinaba nada, pero te señalaba todo lo que hacías mal. Si un flan te salía mal, lejos de hacerte sentir bien por el gesto de haberlo intentado, se indignaba: era tu culpa, lo habías hecho 'sin amor', 'a medias'. Su teoría era que si uno ponía todo de sí las cosas debían salir bien: con ese criterio uno nunca cometería errores, pero resultaba imposible explicárselo. No escuchaba. Toda nuestra vida yo le hablé para que no me escuchara. Era como que sus circuitos neuronales eran diferentes: decodificaba de otra manera, tomaba lo que se le cantaban las bolas, era autoritario y parcial en sus interpretaciones, era realmente como hablar con un loco. Y sin embargo, paradójicamente, su forma de ser a mí me desencadenaba: me hacía hablar más, escribirle, perseguirlo, no me podía callar. Con el tiempo aprendí algunas veces a esperar un momento más propicio, pero a la larga nunca lo convencías de nada, parecía que sí, pero después volvía, como una pesadilla, con lo mismo que parecía haber negado. Podía ser muy violento, aunque siempre era por 'mi culpa, que lo sacaba'. Jamás me pegó, era su límite, pero hizo cosas peores para mí. Muchas veces me decía que me iba a matar y a enterrar en el jardín (una 'broma'. Pero si estábamos muy peleados yo llegaba a tener miedo) Cuando hacía poco que nos habíamos mudado me enteré de que tenía una denuncia de una ex novia por amenazas. Ella estaba casada, lo había engañado, etc. Me preocupó que zafara de esa denuncia, no qué podía haber pasado. Él me dijo que era incapaz de lastimar a nadie, pero que podía llegar a decir cualquier cosa, que la mina era una basura, que lo había jodido. La cosa no progresó, quedó ahí por falta de mérito.
Con los chicos era terrible: pretendía digitar qué hacían, era estricto, hacía 'bromas' de mal gusto (por ejemplo, muchos años después mi hija me contó que cuando los iba a buscar al colegio les decía 'mamá no está, se fue, no vuelve'. Y después 'era una broma'. Pero ellos odiaban que los fuera a buscar). Se metía si yo estaba con ellos, me desautorizaba, decía que la nena 'manejaba' las escenas porque si yo no estaba 'estaba bárbara' y cuando yo llegaba 'hacía fuerza para llorar' como si con él la pasara mal. Yo le decía si no se le ocurría pensar que la chica no se animaba a decirle que la pasaba mal y se aflojaba al verme. Así era. Muy invasivo, muy celoso, autoritario. De mis padres tenía muchos celos, decía que se creían los padres de los chicos, no soportaba que los tuvieran a dormir en su casa, siempre me armaba kilombo. En lugar de disfrutar estar solos, peleaba. Él decía que mis viejos no permitían que nos afianzáramos como familia. Yo le decía que por irse los chicos una noche no éramos menos familia. Pero la culpa siempre estaba en los otros. Jamás en él.
Ese tema de mis padres fue empeorando con el tiempo, hasta el punto de que el último año que viví con él ahí ni pisaba la casa de ellos. Llegó a quedarse solo en Navidad. Igualmente fue un proceso: al comienzo si discutíamos muy fuerte yo llamaba a mi padre y venía, hablaba con él, G se calmaba. Con los chicos también tenía actitudes buenas: les preparaba los cumpleaños con globos y adornos, hacía la torta, siempre los llevaba a comprar sus útiles al comienzo de clase, les hacía buenos regalos, los llevaba a todos lados. Pero no jugaba con ellos a lo que ellos querían, si jugaba, era a lo que él tenía ganas. Siempre había que conformarlo. A veces forzaba las situaciones: quería ir a Palermo solo con ellos, ellos querían que yo fuera, el me ponía tensa, 'qué vas a hacer', me decía, 'colaborar con mi vínculo con ellos, quedándote, o vas a joderlo todo viniendo'. Yo oscilaba. Siempre salía mal. Y tenía esa facilidad para poner a todo el mundo en alerta, como si él fuese una bomba que podía explotar por cualquier razón y uno tuviese -sin tener la guía- que desarmarla.
G odiaba las sorpresas. Un día fui a la feria del libro y le compré dos novelas: se indignó, me puteó, yo sabía que odiaba las sorpresas, quién mierda me había mandado a comprar esas novelas. Yo no entendía: es un regalo, le decía. Lloraba. Estuvo ofendido dos días.
Nuestras peleas eran terribles. Yo hablaba hasta desgañitarme, quería explicarle que él estaba equivocado, o que era injusto, y él discutía mientras tenía ganas y después no me oía más, simplemente ni me respondía. Pero yo no podía parar de hablar, aunque me dijera mil veces 'callate'. Tenía algo que me desencadenaba, simplemente no podía parar. Me fui varias veces, todas me siguió y me trajo de vuelta. Eran gritos y portazos, insultos: sacaba lo peor de mí. Si lloraba me hacía burla, rara vez se conmovía. Quizá al otro día me decía que le partía el corazón verme llorar, que por eso 'se defendía' burlándose. Algunas veces después de una pelea venía con regalos, o con flores Yo inventé la frase 'G tiene el sentido de la justicia de Nerón'. Y sin embargo pretendía que fuera justo conmigo. Me decía boluda o loca con mucha facilidad, también me decía 'no sé para qué fuiste a la facultad, si sos tan pelotuda'. Él no había terminado tercer año. Siempre que yo quería hablar desestimaba mi discurso: 'hablar era al pedo', 'lo que importaba eran los hechos, y en los hechos él me amaba', 'no había que hacer planteos: se estaba o no se estaba con la otra persona, del modo que sea'. A los demás les señalaba lo inteligente que era yo, que no entendía cómo le daba bola. Pero a mí me descalificaba: no se sabía para qué estudiaba filosofía, si 'mucho Hegel, pero de la vida, nada'. Si me trataba mal y yo le preguntaba si me amaba me decía 'no pidas, que si me piden no doy'
Los primeros años estas escenas alternaban con el amor, el humor y el romanticismo. Flores, regalos. Decidimos tener un bebé: G quería mucho un hijo, y yo me sentí por supuesto 'única' al dárselo. Recuerdo que la tarde en que le conté que estaba embarazada se sentó en la cama, los ojos llenos de lágrimas, y me dijo que era el día más feliz de su vida. Que a él las cosas se le habían ido muy rápido en la vida (ese invierno había muerto también su madre) o le habían llegado muy tarde (yo, el hijo). A instancias mías hacía análisis con una psiquiatra que me habían recomendado. Yo no veía sus progresos.
A los pocos meses de embarazo otra vez discusiones por el tema de mis padres, me fui a la casa de estos, tuve una pérdida. Él ni me acompañó al médico. La culpa de todo siempre la tenía yo, y aun cuando reconociera errores volvía a cometer exactamente los mismos, desconociendo su reconocimiento. Era enloquecedor. El embarazo pasó con altibajos, buenos y malos momentos, como todo. Yo me había cambiado de prepaga un mes antes de quedar embarazada y por las carencias no me cubrían la cesárea. Hubo que vender una camioneta -teníamos dos- para pagarlo. Para él era una prueba más de cómo yo 'no me entendía con la gente cuando hablaba' ('te lo dijo o vos le entendiste?' se convirtió en una muletilla)
Mi mejor amiga, que sería la madrina del bebé, trabajaba en la Suizo Argentina, donde nació nuestro hijo. G estuvo conmigo toda la cesárea y después, cuando me cosían y él se había ido con el bebé a limpiarlo, entró mi amiga a darme un beso. Él volvió y por supuesto no dijo nada, pero tiempo después empezó a reprocharme que 'mi amiga se había metido en la sala de partos' y empezó a no soportarla. Lo cierto es que mi amiga era incondicional de mí, y él sabía que yo le contaba todo, que sabía todo de él, de hecho le tenía muchos celos, y ese hecho le vino como anillo al dedo para desterrarla. Yo jamás dejé de verla o hablarle, pero él (que la había invitado a veranear con nosotros el primer verano, como a mi familia) no quiso volver a tratarla y hacía comentarios mordaces ('tu amiga, la discreta', por ejemplo). Entró en su 'libreta negra', como él llamaba a ese lugar mental en el que quedaba crucificado todo aquel que le fallara. Obviamente todos le fallaban, porque él esperaba de la gente incondicionalidad total, error cero, y tolerancia absoluta para con él, que no cumplía ninguna regla de las que les imponía a los demás. Yo siempre le decía, sobre todo respecto de los chicos, que si él no daba el ejemplo de nada servía imponer normas.
El nacimiento de nuestro hijo trajo aparejada una serie de nuevos problemas: a los dos meses, G. descubrió que tenía hepatitis C. Nos asustamos mucho, pero ni el nene ni yo nos habíamos contagiado. Supuso que se la había agarrado 'de joven, cuando se picaba'. Empezó a ir al hepatólogo y un tratamiento con interferón y rivabirina, pero no resultó. Recuerdo que en la primera entrevista con la hepatóloga ella le explicó claramente que no podía tomar alcohol nunca más, ni cocaína, porque esta última era tan mala como el alcohol y se sintetizaba en el hígado, lo que aceleraría el trabajo del virus sobre el hígado, que desembocaría en una cirrosis. En paralelo con eso, G no trabajaba más como antes, dejó de ganar dinero, compró un reparto de pan, y todo eso empezó a desquiciarlo. Siempre dijo que el dinero le daba seguridad, poder, y que yo tuviera que mantener en parte la casa lo ponía mal. Se puso cada vez más agresivo. Ayudó también que en un momento le habíamos prestado mil dólares a mi madre, ésta me los había devuelto y yo los había usado para cerrar una tarjeta mía sin decirle nada: eso lo puso muy pero muy mal, porque se lo oculté unos meses. No paró de decirme que era una mentirosa, que ya nunca más podía confiar en mí, que él tenía muchos problemas con la confianza porque su madre le había mentido mucho y que ahora yo lo defraudaba. Fue el puntapié para el infierno: no dejó ya de maltratarme, de hacerme la vida imposible. Creo que empezó a tomar más cocaína, desaparecía días enteros, a veces volvía tarde, tenía unos cambios de humor terribles. Se pasaba a lo mejor toda una tarde diciéndome 'basura', 'perra inmunda', 'mierda'. Susurraba al pasar, o hacía comentarios por lo bajo, o gestos, y luego decía que no había hecho ni dicho nada. A mí me dolía el estómago si llegaba a casa y veía su auto en la puerta. El último verano en esa casa lo pasé muy mal: mis hijos mayores estaban con el padre y él me enloqueció, realmente. Dormíamos separados por mi gran mentira, y por una discusión de diciembre porque mis hijos habían ido a lo de mis padres a dormir.
Un día gritamos tanto que el bebé lloraba, sentado en la mesa de la cocina. Él me dijo que si no me callaba iba a prenderme fuego toda mi ropa. Yo no me callaba. Agarró un saco turquesa que yo quería mucho y le arrancó la manga. Un día me tiró efectivamente ropa por la ventana. Otra noche yo lo escupí en la cara. A eso habíamos llegado. A veces yo recurría a su sicóloga, le pedía que le hablara. Algunas intervenciones sirvieron. Otras no. Yo le dije que no podía vivir así, que si no paraba íbamos a tener que separarnos. Me lo reprochó toda la vida. Según él, yo había metido en el medio la palabra 'separación' y lo había aterrorizado, descontrolado con esa amenaza. Que él quería ver a su hijo todos los días y yo le había dicho que me lo iba a llevar. Que el temor del abandono lo desquiciaba. Yo le decía que él me estaba forzando con sus actitudes. Intentamos hacer terapia de pareja, no funcionó. Él tenía una muletilla que era que vivíamos en una mentira, en una opereta, que yo lo trataba de chofer, que no lo respetaba. No era así en absoluto, pero estaba desencadenado.
Empecé a ver que se drogaba, me desesperaba por su salud. Todo iba de mal en peor. Un 25 de mayo a la mañana intentó que yo obligara a mis hijos mayores a ir con él a no sé qué lugar, porque 'él no era el chofer, era parte de la familia, no podían no querer ir con él'. Yo estaba harta. No los obligué. Me dijo que o los obligaba o me iba de la casa. Que era mi culpa que ellos no se integraran con él, que no quisieran compartir cosas. Yo le decía que ellos inicialmente lo habían aceptado, que había sido su culpa que ahora lo rechazaran. No escuchó. Me echó. Fue una escena dantesca, agarró una valija, puso algo de ropa, gritaba, los chicos estaban atónitos, la agarró a la mayor, de 8 años, y le dijo 'ahora estás contenta, lograste lo que querías', y nos echó. Me fui a lo de mi madre. De pronto no tenía casa, ni nada. Cuando intentaba hablar con él me decía que yo me había ido. 'Pero si me echaste', decía yo. 'Pero vos te fuiste', era la respuesta. O sea, me había echado para que NO me fuera. Sólo muchos años después me dijo que no había podido perdonarse nunca el habernos echado de casa.
Los meses siguientes a la separación yo estaba muy triste, muy angustiada. Nuestro hijo no tenía aun dos años. Pero de a poco sentí una paz, una tranquilidad…no me sacaba la tristeza, pero no tenía esa zozobra permanente. Él se comportó de modo terrible, no me dejaba ir a buscar mis cosas, me amenazaba con prenderme fuego mis libros, no atendía razones. Finalmente la mudanza se hizo, él se quedó en nuestra casa. Se llevaba al nene todos los fines de semana, y empezó un tratamiento nuevo para su hepatitis, volvió a ganar dinero. A mí parecía odiarme, y yo lo extrañaba muchísimo. En el medio intentamos volver, salimos nuevamente, me dijo cuánto me amaba y me extrañaba: en nuestro primer encuentro fuimos a un telo y tomamos cocaína. Él se pasó de rosca, quedó hecho mierda. Yo no quise ver que ahí había un problema de adicción.
Duró poco el intento, él dijo que yo era siempre igual y que no podía estar conmigo. Yo no sabía, pero estaba empezando a drogarse cada vez más, a ir con prostitutas y a drogarse. Ese proceso fue empeorando su condición clínica y mental. Cuando el nuevo tratamiento fracasó, empezó su barranca abajo. Pero yo estaba ajena a todo eso, tenía mis propios problemas: a los dos años de separarnos me encontraron un tumor renal de 11cm y perdí un riñón, al año me sacaron una costilla pensando que tenía metástasis -no era-.La noche previa a la nefrectomía me llamó, me preguntó si podía morirme en la operación. Le dije que creía que no, pero era cirugía mayor. Insistía. Finalmente me dijo que si me moría, él ni me iba a llevar un ramo de flores. Le dije que no estaba para escuchar esas cosas. Le corté. Cuando años después se lo recordé no se acordaba de haberme dicho eso. Lo había borrado por completo. En cuanto a lo amoroso, me puse de novia con un chico excesivamente más joven que yo.
No volví a pisar mi casa hasta cinco años después, en otras circunstancias. Pero en el transcurso la casa se venía abajo, y él también.

SEGUNDA PARTE

Pasé cinco años sin estar en otro contacto que el ocasional con G, cuando buscaba o traía a nuestro hijo, o cuando lo llevaba de vacaciones y necesitábamos coordinar cosas. Los primeros años pasó navidad y año nuevo con él afuera, a veces lo llevábamos juntos al colegio, empezó a ir a una sicóloga -el nene- y tuvimos varias entrevistas juntos. A mis hijos mayores seguía llevándolos a comprar útiles al comienzo de clase, les regalaba plata para su cumpleaños o el día del niño, los llamaba. Ellos mejoraron su actitud hacia él a medida que crecían.
En general su humor era oscilante, a veces indiferente, a veces agresivo, pocas veces cordial. Me trataba como si yo lo hubiese echado a él de la casa. Hubo algunos hechos violentos los primeros dos años (un día que se llevó al nene cuando no le tocaba y yo intenté que no lo hiciera tiró en medio de la calle todo el contenido de mi cartera, me escupió en la cara y se lo llevó mientras el nene lloraba. Yo evalué seriamente hacer la denuncia policial, me sentía pésimo, pero a las dos horas llamó y dijo que estaban en la casa, bien, y que a la mañana siguiente lo traería. Otra vez, el día que se lo llevaba a Villa Gesell yo le había cortado el pelo, no le gustó el corte y casi lo arrancó sin saludarme, no dándome teléfono del hotel ni nada. Quedé en absoluta zozobra hasta la tarde, en que llamó y dejó todos los datos. En esos momentos yo realmente le deseaba la muerte) luego de un tiempo él cambió, pero su modo de dar era material: me dio la plata para una PC que yo necesitaba, me ofreció pagarme el oncólogo y lo hacía, supo que yo corría por las mañanas y me ofreció regalarme ropa deportiva y zapatillas -eran muy caras-, y entonces empezamos con los 'bonus nike': yo pasaba por Nike, elegía cosas, él pasaba a pagarlas y me las traía. Cada tanto tomábamos el té los tres, pero muy cada tanto. Compró una camioneta y la puso a mi nombre 'por si le pasaba algo'. Abrimos una caja de seguridad en mi banco y puso ahí sus ahorros, o parte de ellos, para que tuviera yo si él no estaba. A mí siempre me conmovía verlo, seguía sintiéndolo 'el hombre de mi vida', aunque yo tenía novio. Cuando un auto pisó a su perro me llamó a mí: quería que lo ayudara, y después decírselo juntos a nuestro hijo. Eso hicimos. Tenía arranques de hostilidad pero en general, mientras empeoraba su adicción -yo no me daba cuenta todavía- empezó a ver menos al nene, había fines de semana que alegaba 'no estar bien' y ni se lo llevaba. Como padre fue muy difícil: sin filtro, a veces muy nervioso, ponía al chico histérico, porque el nene no se animaba a demostrarle que lo atemorizaba; también podía jugar con él y llevarlo a todas partes, pero siempre el chico se plegaba a él, no él al chico; también era muy infantil, y trataba a nuestro hijo muchas veces como si tuviera menos edad de la que tenía. A medida que el nene crecía más cuenta se daba, y decía 'papá sigue creyendo que soy un bebé', o 'papá está loco', pocas veces quería ir con él. Aparecía cuando se le cantaba, era desorganizado, no podías quedar 'nada' con él.
Yo a veces me lo encontraba los sábados a la tarde cuando llevaba al nene a hacer circo -de ahí se iba con él- y lo cierto era que estaba cada vez peor: demacrado, ojeroso, agotado. Empezó a no llevárselo los sábados -'se quedaba durmiendo'- o a traerlo muy temprano los domingos: yo me quejaba porque me impedía hacer mis planes, o me los cambiaba, no me daba cuenta de lo mal que él estaba. En esos años igualmente tenía arranques verbales: un día le compré bombones en Volta para Pascua, se los dí cuando trajo al nene, y me llamó insultándome a los 10' por la mierda que había comprado, y para qué. Pero en general estaba más calmo conmigo, porque estaba muy mal él. En el verano del 06 fuimos juntos un par de veces a una pileta en Pilar a la que él iba con nuestro hijo, fueron buenos días: volvimos cantando en la camioneta, él parecía contento y a mí esa escena me daba mucha felicidad, era como que me había olvidado de todo lo que me había hecho, de qué mal me había tratado. Lo había indultado, no tenía ningún rencor. Y así, casi sin darme cuenta, fui yo la que empecé a volver a girar alrededor de él, sin que me lo hubiese pedido.
Un día me avisó que iban a hacerle 'una pequeña intervención' pero con anestesia general. Quise saber qué. Me contó que le operaban el pene porque se había agarrado un herpes-la hepatitis lo volvía inmunodeprimido- y debían sacarle el prepucio (en verdad era la segunda operación, y como él seguía teniendo relaciones -drogado- compulsivamente mientras debía cicatrizar, todo empeoraba. Me dio una versión edulcorada). Le ofrecí ir a buscarlo, me dijo que un conocido lo acompañaba. Le reiteré mi ofrecimiento. Finalmente, doce y media de la noche me llamó al celular y me dijo que no lo dejaban irse porque estaba solo. Salí corriendo. Fue la primera vez de las cientos de veces que saldría corriendo los siguientes dos años y medio. Lo ayudé a vestirse, estaba algo mareado, caminamos del brazo -a los tumbos, era grandote y había engordado en esos años- hasta un taxi y lo llevé a la que había sido nuestra casa. Entré. Me dio una pena espantosa. Estaba todo IDÉNTICO, pero sucio, descuidado, como si allí viviera alguien sin recursos, y él había vuelto a ganar mucho dinero. Hablamos un poco en la cocina -estaba hasta la pizarra con el número de teléfono del viejo colegio de mis hijos- y luego me fui. En la puerta lo abracé, lloré un poco, le dije que yo lo quería enormemente, que él era mi familia. 'Bueno, bueno, tranquila', me dijo. Al otro día no lo recordaba.
Le festejamos ese cumpleaños (número 48) en el departamento donde yo vivía: globos, tarjetitas, una torta. Parecía contento, vino con gaseosas, perfumado. Nos sacamos fotos todos, mis hijos mayores también. Verlo irse con sus globos, solo, me partió el corazón. Mi hija mayor estaba también muy conmovida.
Esa operación también falló por no cuidarse y allí le programaron una cirugía más complicada, un injerto de piel. Yo me ocupé de todo: del paseador de su perro -un mastín feroz-, de la autorización de internación, de pedirme dos días para acompañarlo. Estuvo como tres horas en quirófano, tardaba en despertar. Me quedé a su lado. Cuando despertó, tenía hambre y no le gustaba lo que le daban, tenía más hambre que eso. Pretendió que a la noche yo le comprara sándwiches, milanesas, flan: comió como un cerdo. A mí me ponía nerviosa que no hiciera caso. Al día siguiente de la cirugía escupió un coágulo de sangre: llamamos a la médica de guardia y leyendo su historia clínica le preguntó si él tomaba habitualmente cocaína. Dijo que sí. Ella dijo que entonces tendría sensible toda la vía aérea y al entubarlo habría sangrado un poco. Yo estaba atónita: cocaína! Si seis años antes le habían prohibido tomarla! Se lo dije, muy acongojada. 'Habitualmente'? 'Por qué no te cuidás?' a lo que respondió que la soledad, el dinero…mala combinación. Yo lloraba. 'te podés morir', le decía. 'Vos no eras adicto, si estuviste años sin tomar'. '¿Cuándo?', respondió. 'Cuando vivías conmigo, excepto al final…', dije. Y entonces me miró con la cara de un demonio: 'a vos quién te dijo que yo no tomaba?', me dijo, y me fulminó. Me había mentido! Siempre había tomado, más o menos cantidad pero siempre! Ese descubrimiento fue terrible, para mí, por dos razones: había vivido mintiéndome, él a quien tanto le molestaban las mentiras, por eso sus cambios de humor, sus arranques. La segunda razón de lo terrible de enterarme fue que mi mente inmediatamente hizo la ecuación: no lo sabía/ no pude ayudarlo/ si hubiera sabido otra habría sido la historia: no nos habríamos separado, se habría tratado, etc. Ése fue el principio, fatal, de mi recaída en mi adicción a él -más violenta, más absoluta que la vez anterior. Ahora no era sólo una historia triste, una vida de soledad: ahora estaba enfermo y yo sería su enfermera. Hablé con su médico: me explicó que él tenía una vida sexual muy promiscua, que se drogaba, que era imposible que se recuperara así, que podía perder el pene. Le daban el alta un martes y el jueves cumplía años nuestro hijo. El médico le prohibió ir al cumpleaños, debía permanecer acostado si quería curarse. Él se acongojó, dijo que era su único hijo, que quería estar. El médico le dijo que para que su hijo pudiera tener padre él debía empezar a actuar de otra forma.
A la salida del sanatorio lo acompañé a su casa: estaba insufrible. Compramos los calmantes, lo dejé allí, fui a comprarle comida -me hablaba mal, me ponía tensa, quería cosas precisas y caprichosas para comer, quería que le diera los huesos al perro. Yo le decía que el perro me gruñía, que yo no le gustaba. Me maltrató, me obligó a acercarme al plato del animal para servirle. El perro me mordió la mano. Me puse a llorar, él estaba atónito. Se arrodilló, me pidió perdón. Fue una escena desoladora. Lo acosté y lo dejé solo.
A la noche llamó llorando: quería saludar a nuestro hijo, explicarle que no podría estar. Habló con él, yo lo tranquilicé, le desée buenas noches. No volvimos a hablar. A la mañana me llamó, mientras nuestro hijo estaba en el colegio -de allí íbamos con un trencito a la fiesta. Había vomitado sangre toda la noche, estaba muy mal. Me desesperé: salí corriendo a buscarlo mientras llamaba a mi padre para que fuera a quedarse en el sanatorio a mediodía, yo tenía que estar sí o sí en el trencito. Lo busqué con un taxi, me estaba esperando, pálido, en la puerta. Se estaba desmayando, pero de pie. Su fortaleza me admiraba: el mito de que él era Highlander empezaba. Después de ésa hubo otras internaciones de las que salió caminando, hasta la última, de la que no salió .Entró al Otamendi diciendo que se estaba muriendo, llegó al shock room y ahí se desmayó. Había perdido en una noche la mitad del hematocrito que tenía. Tenía una úlcera perforada, seguramente por los calmantes. Pero eso lo supe más tarde, en la fiesta, que fue realmente una tortura: festejaba el cumpleaños de mi hijo sin saber si el padre se estaba muriendo. Lo culpaba por eso: cuando se drogaba, cuando no se cuidaba, se cagaba en su hijo y en todo.
Estuvo internado cuatro días. Yo me ocupé del perro, de él, de todo. El domingo que se externó me dijo que tenía una causa por haberle pegado a un policía, que quizá iba a juicio oral. Me pidió que si había juicio lo acompañara: con vos al lado yo parezco mejor de lo que soy, me dijo. Le prometí que lo haría. Al final le dieron una probation.
No duró ni dos días en su casa: esa misma semana estaba de nuevo en el puterío, y yo reprochándoselo. Lo sabía porque desaparecía días y después dormía días enteros. Yo sabía por dónde quedaba ese lugar porque dos veces había visto estacionada la camioneta en esa cuadra, coincidiendo con sus desapariciones. Insistí para que se tratara. Le conseguí un psiquiatra, empezó a ir, pero no tenía continuidad. Tenía que internarse, se negaba. Probó irse un mes a la playa, solo, a desintoxicarse. Los últimos días lo acompañamos mi hija, el nene y yo. No se drogó ese mes pero volvió a hacerlo al volver. Yo estaba obsesionada. Le pedía por favor que parase. Le dejaba notas en la camioneta. Cuando volvía me llamaba que no se podía mover, que le llevara comida. Yo iba, veía la mugre, el desastre que era todo. Me hacía mierda verlo así. Finalmente, para noviembre, conseguí que me dijera que se iba a internar. Me ocupé, con su psiquiatra, de todo. La mañana previa al día de la internación en un psiquiátrico fui a su casa, a ultimar detalles. Estaba como loco, iba y venía con una toalla en la cintura dándome indicaciones para esas semanas que vendrían. En un momento se calmó, me abrazó, me dijo: 'sin vos, yo no podría. Jamás lo hubiera hecho'. Palabras mortales para mí y mi afán de curarlo, de rescatarlo: ahora yo era imprescindible. Se internó finalmente: fue la primera vez de todas las que vendrían. Lo visitamos: estaba muy empastillado, sin cordones en las zapatillas, era terrible verlo así. Pretendía marcar sus reglas en el psiquiátrico pero no lo dejaban, se peleaba con todo el personal. Su psiquiatra lo atendía allí y le autorizaba salidas. Creo que él por momentos era capaz de manipular hasta a su psiquiatra. Durante 40 días lo acompañé al gimnasio, a tomar helados, a cortarse el pelo. Todas las mañanas iba a acompañarlo a salir. Mi vida giraba alrededor de él: dejé de correr, estaba ansiosa e irritable, empecé a tener ataques de pánico y me dieron Alplax, que todavía hoy tomo, en una dosis baja (o,5)
Mientras estaba internado, yo arreglaba un departamento más chico que él tenía: decía que parte de su caída en la adicción se debía a su mala relación con sus vecinos de la otra casa, que se iba al puterío porque no soportaba ver a esa gente. Eran excusas (como que se había empezado a drogar tanto por temor al proceso penal), pero arreglé para él el otro departamento. Ese fin de año lo dejaron salir viernes, sábado 31 y domingo 1. Mi hijo y yo lo acompañamos al departamento recién arreglado -todo era nuevo: el aire, el sommier, los platos, todo- Él parecía contento, quiso que el nene se quedara a dormir. El nene no quería: todo un mes viendo al padre internado, y una casa nueva…le dije que entendiera. No se molestó. Me pidió dinero. Supuestamente no podía tener plata, pero yo cedí. Nos fuimos, nos llamó antes de dormir. A la mañana siguiente me dí cuenta de que esa noche se había ido a drogar otra vez. Durmió todo el sábado -negaba haberse drogado-, lo tuvo al nene con él un rato a la tarde y yo llamaba y él dormía. Me desesperé, no quería que el chico estuviera solo. Fui más temprano -pasábamos el 31 juntos, los 3, lo que por supuesto había significado una pelea con mi novio-, discutimos. Él estaba imposible, torturaba al nene no dejándolo bajar de la cama, no dejándolo poner los Simpson….fue una noche de mierda. Recién después de las 12 estuvo mejor, salimos a caminar y parecía más tranquilo. El nene se quedaba a dormir con él -porque lograba que hasta el chico sintiera culpa-, yo con mi novio en mi casa. Insistió si quería dormir ahí, en el sofá cama. Me negué. Al día siguiente seguía tratando mal a todo el mundo, me llevé al nene más temprano y en el auto se puso a llorar diciendo que el padre era insoportable y que le dolía la cabeza. G Volvió solo al psiquiátrico.
A los pocos días le dieron el alta para que hiciera un ambulatorio: recayó ni bien se fue.
Al mes volvió a internarse -siempre a mis instancias-, la semana que yo estuve en Mar del Plata y él internado me torturó por teléfono que se quería ir, que me iba a dar el manejo de su dinero para no drogarse, que fuera a buscarlo. El psiquiatra no quería darle el alta hasta que no tuviera una comunidad a la que ir. Tuvimos todos una reunión: yo fui, ilusa. Él sabía que, como era la responsable, si yo firmaba él podía irse contra opinión médica. Yo estaba ahí, con la directora de la clínica, con el psiquiatra, y él, que decía 'yo te pido que me dejes salir, soy un hombre libre, mi libertad está en tus manos: ¿qué vas a hacer?' Pocas veces sufrí más. Le firmé la salida, aun cuando le avisaron que iban a hacer la denuncia en una defensoría. Con todo lo que había hecho para internarlo tuve que firmar que se iba conmigo. Por supuesto, volvió a drogarse esa misma tarde. Esa tarde fue de las peores que recuerdo para mí. Era un miércoles, el viernes todavía seguía desaparecido y me llamaron de la clínica para que fuera a buscar sus cosas. Me sentí tan infeliz.
Ese verano fue atroz. Desaparecía días, me llamaba a cualquier hora cuando volvía 'para que me quedara tranquila' -yo me pasaba noches enteras pensando que me iban a llamar para avisarme que estaba muerto-, yo lo puteaba, o le suplicaba; cuando estaba en el departamento permanecía tirado como un vegetal, rodeado de restos de comida, sin bañarse, era un espanto ver esa casa así, la casa que yo había arreglado para él con la ilusión de que mejorase. Me llamaba en cualquier momento para que le llevara: Gatorade, agua, empanadas, sándwiches, lo que fuera. Hubo noches en que tenía una cara espantosa, y la boca blanca. Yo siempre volvía llorando.
Mientras tanto, la denuncia seguía su curso y los forenses iban a verlo. No les abría. Empezó el lento trabajo de convencerlo. Le dije que me estaba destruyendo la incertidumbre cada día, que temía por su vida. Empezó a decir que lo haría, por mí. Intentamos que pasara a una internación psiquiátrica después de un chequeo en el Otamendi: mientras llegaba el psiquiatra de Osde se arrancó el suero porque no le daban de comer, después de varios intercambios verbales airados con la médica de piso, y salió tambaleándose por el pasillo, yo corría detrás. Pero esa tarde, antes de desaparecer dos días, me prometió que se internaría. Así fue. En el medio yo llevaba datos al juzgado sin que supiera, con su abogada; coordinaba con los de Osde, con su psiquiatra: un instante en que algo saliera mal y no lo haría. Esa vez se negó a ir en ambulancia, discutió con el psiquiatra que venía a dar la orden de internación. O iba conmigo en taxi o no iba. Mientras, tomaba Cindor y contestaba guarangadas. Le firmé al médico todo lo que me pidió y lo llevé en taxi. En cada semáforo temía que se bajara, él repetía: lo hago por vos, para que duermas tranquila. En la puerta del psiquiátrico se aflojó: lloró, me dijo por favor ayudame a recuperar mi vida.
Los forenses lo vieron allí, ordenaron que hiciera tratamiento: no podía zafar. Obligado por el juez tuvo que ir a una comunidad terapéutica que por supuesto busqué yo, hice las entrevistas, etc. Fue en esas tardes de otoño en que me di cuenta de que otra vez me sentía enamorada de él, de que su vida importaba casi más que la mía. Fui con él cuando se internó, estaba nervioso como un chico, yo le daba la mano. Pasaría más de un mes sin ver a nadie, recién a los 10 días lo dejaron llamarnos por teléfono. Lloraba de emoción, me decía cuánto nos quería. Yo otra vez tuve esperanza.
Esos primeros meses de tratamiento fueron buenos: festejamos ahí el día del padre y él estaba bien, había adelgazado, estaba centrado y de buen humor, agradecido. También el cumpleaños de nuestro hijo -los primeros tres meses no lo dejaban salir-. Empezó a pintar, me regaló un jazmín que había pintado para mí, me abrazó, me dijo cuánto me quería. Retomó sus tratamientos médicos y yo lo acompañaba. En una de esas veces me besó, y pasé con él un reinicio de noviazgo que me tenía en las nubes. Mientras tanto en la comunidad me decían que él hacía 'como si': cumplía los horarios, las normas, pero no estaba comprometido con el tratamiento. Él empezó a joder con que ahí eran todos más chicos que él y no tenía pares, un día hubo un incidente entre los internos, él no quiso acusar a quien había tirado las cosas -lo había visto, alegando que él no era 'botón', porque sus códigos no eran los de la comunidad sino los de la cárcel- y lo confrontaron en una asamblea en la que el psicólogo dijo que levantara la mano quien confiaba en él. Sólo 3 de 50. Eso le hizo mucho mal, me enloqueció para que lo cambiara de institución: para agosto estaba en otra. A mí en ese momento me pareció que el psicólogo era un psicópata.
Allí podía salir los fines de semana, venía a casa de viernes a domingo. Parecía estar encaminado. Yo con mi novio no salía más, por supuesto. Cuando tuvimos sus estudios nos enteramos de que tenía cirrosis: fue un mazazo. Várices esofágicas que podían reventarle. Volvimos a la hepatóloga, lo medicaron, íbamos viernes por medio. Parecía preocupado por su salud. Pero el juez había archivado su expediente porque él estaba internado en provincia y el juzgado era de capital: eso me demolió. Con el tema del juez el se sentía obligado al tratamiento. Se lo oculté tres meses, pero para las fiestas se lo dijimos. Él rompía las pelotas con que quería pasar a ir a los grupos, a un régimen ambulatorio, y eso le vino como anillo al dedo. Nos fuimos una semana de vacaciones, a pasar fin de año afuera: no estaba feliz, nuestro hijo no hacía lo que él quería, parecía que se aburría conmigo, el sexo era algo aleatorio -dos veces en 10 días-, se enculaba por todo….Yo tampoco lo soportaba mucho. Sólo estuvimos muy bien el 31: fue un hermoso día, cenamos afuera y a la noche él me dijo que me agradecía que le diera otra oportunidad de vivir. Yo estaba convencida de que era el hombre de mi vida, pero TAN DIFÍCIL!!!.
Cuando volvimos, me iba a Mar del Plata 3 días con mi familia y el nene. Discutimos esa noche, no recuerdo de qué me acusaba pero sé que dijo 'diez años y seguís siendo la misma estúpida', yo le dije que pensara en esos días si quería o no estar conmigo. A la mañana cuando me iba a retiro me dio un beso y me dijo 'quedate tranquila, te quiero, todo va a estar bien'. Él se volvía a la fundación. Cuando llegué a Mar del Plata llamé para avisar que estábamos bien y el director me dijo que no se había presentado. Fue como si me pegaran un tiro. Me arruinó. Esa noche me llamó totalmente dado vuelta y me dijo ¡que había estado trabajando! Con gente con la que trabajaba antes. Le dije que sabía que era mentira y que se volviera a la fundación porque harían la denuncia. Durmió todo el día siguiente y cuando me llamó a la noche me juró que no había estado con putas, se había drogado, sí, pero con un conocido. Le creí.
A mi vuelta lo fui a buscar para ir al médico y me pidió pasar por 'un lugar' en el que debía 200 pesos y tenían su cédula. Me dejó en un bar y fue a buscarla. La mañana era hermosa: charlamos -tardó 5'-, analizamos qué le había pasado, dijo que ahora estaría más alerta para no recaer, etc. Mientras yo tomaba el café con leche él no fue a la casa del dealer, fue al puterío en el que había estado, a pagar su deuda. Por supuesto no me lo dijo. Al volver me preguntó si había cenado alguna vez en ese restaurante de la otra esquina, le dije que no. Con total frialdad me dijo 'te tengo que llevar, es muy lindo'. Y me estaba mintiendo descaradamente, sin ningún problema. Logró que lo ayudara a dejar la fundación, le creí que haría tratamiento psiquiátrico, se vino a vivir a casa. Duró un fin de semana: el lunes yo me hacía un estudio, me acompañó, le di dinero para el colchón de su casa que había que cambiar y para un celular (yo administraba su dinero), luego me dijo 'te quiero, te veo a mediodía' y desapareció. A las 11 de la noche pretendió hacerme creer que había estado con esa gente con la que trabajaba, yo no lo dejé entrar, le tiré el bolso por la cabeza y lo eché. Pocas veces estuve tan apenada: ahora no cabía la explicación de la soledad, de la falta de contención, de nada de eso. Ahora estaba claro que él hacía lo que se le daba la gana sin importarle nada de mí ni del hijo, que habíamos tenido que atravesar todo eso. Algo muy recurrente en mi relación con él fue esa sensación del esfuerzo inútil.
Fue otro verano igual al anterior, pesadillesco. La misma rueda. Sólo que ahora era en la casa que había sido nuestra adonde lo iba a ver, y también veía cómo esa casa, que yo había arreglado (de nuevo, sí, ¡arreglando una casa!!) durante su internación se ensuciaba y corrompía-
Intentó internarse en febrero, estuvo 15 días y no quería ir a ninguna comunidad. Se le consiguió un ambulatorio, fuimos a la entrevista y lloró todo el camino. Me dijo que ya lo había ayudado mucho, que lo soltara. Yo lo abracé con desesperación. No te voy a soltar, le dije. La misma mañana que se externó se fue a drogar: tenía mucha plata que me había pedido para vivir tres meses. Se la gastó en una semana.
Un mes y medio después, otra vez y siempre 'por mí' se reinternó y después pasó a una comunidad terapéutica en capital. Otra vez el día del padre internado. Era una rueda angustiosa. Mientras estaba internado quería ir a nadar, como iban otros internos; quería tener grupos 'más fuertes', donde poder charlar sus cosas profundas -en la comunidad decían que se iba por pasos, primero el hoy, después el ayer-; como detectaron en él un trastorno psiquiátrico además de la adicción, lo dejaron ir dos veces por semana a su psiquiatra; cuando lo dejaron nadar quería pintar, y siempre se quejaba; casi no se vinculaba con sus pares, para él eran todos unos imbéciles, salvo un par; odiaba las asambleas donde se contaban 'los días limpios' pero después me espetaba 'tengo 128 días limpio'; después quería salir, ver al hijo jugar al fútbol los sábados, cuando finalmente lo hizo, al mes estaba harto de hacer todos los sábados lo mismo, y encima el nene 'no progresaba', yo le dije que no podía ser tan hijo de puta; le daban 2 días y quería 3, le daban cinco y quería toda la semana, había muy pocos momentos en que se metiera en el tratamiento, muy pocos. Mientras tanto a mí mi grupo de mujeres en la fundación me hacía mucho bien: hubo noches en que le conté cosas que yo había dicho y él después me las echaba en cara, me decía 'de qué lado estaba yo', yo le decía que todos del mismo: su cura. Pretendía digitar qué decía y qué no, usarme para que hablara en mi espacio de lo que él quería. Me decía que era su lugar, que estaba ahí por él.
Algunos fines de semana fueron buenos, compartimos salidas con y sin nuestro hijo, en una de ellas me dijo que si no me hubiera tenido a mí, que lo quería tanto, estaría muerto, y que me amaba. Pero en general dormía la siesta, no iba a buscar al nene al colegio, usaba más dinero del permitido, y yo no debía decir nada en la fundación porque 'eran boludeces'. Dijo que la otra vez no había funcionado porque había estado obligado por el juez, que esta vez era por él, y que funcionaría. Pero no funcionaba. Creo que nunca se lo creyó, ni por un segundo. Nuestra sexualidad era una tortura para mí, y lo eludía, me daba asco que me tocara. Un día se lo dije e hicimos una consulta: le dije lo que había sido para mí que en el verano me dejara por irse de putas, que me había ensuciado. Él me decía que era su enfermedad, que no eran mujeres para él, sino cosas: pelos, espaldas, culos. Me dio detalles escabrosos. Yo no quería escuchar más, le dije que no veía retorno en ese plano. Además, yo no parecía calentarlo en lo más mínimo. Según él, yo tenía que ser 'más juguetona, más putita, tomar la iniciativa'. Le pregunté si me estaba cargando: la solución era que yo fuese 'más putita'!!! a la segunda consulta conjunta con el psicólogo dijo que su problema era que vivía con una mujer que quería manejarlo, que no le entregaba su dinero -la llave de la caja de seguridad-, y que meaba parada. Me indigné y me fui, llorando. No se disculpó.
Lo del dinero empezó a ser el tema de discusión, yo no quería dárselo porque iba a recaer, él decía que ya estaba bien -cuando le convenía estaba enfermo, cuando no, no-. Un domingo a la mañana me insultó a los gritos por Figueroa Alcorta: me dijo que iba a dejar el tratamiento, que le diera su plata, que era una chorra, una hija de puta. Lo odié, dije que lo iba a contar en la fundación. Pocos días antes me había dicho que no dejaría el tratamiento por respeto a mí y a mi esfuerzo. Era enloquecedor.
Empecé a engañarlo por primera vez en mi vida. Me enamoré sin darme cuenta, de alguien que me daba contención, apoyo, confianza, diálogo. Igual no dejaba que esa relación progresara en mí porque yo sentía la responsabilidad de cuidar de G, de estar a su lado, de no darle esa estocada que podía hacerle tanto mal y llevarlo a recaer. Yo sabía que jamás dejaría a G, aunque fuera como era. Habíamos jodido siempre con la fantasía de ser dos viejitos y estar juntos en un departamento de la avenida Libertador -yo quería vivir frente a los jacarandás, y él iba a comprármelo. Pero hasta ser viejitos faltaba mucho, ahora él me necesitaba, cómo iba a dejarlo solo -ese noviembre me había dicho que él había sufrido mucho perderme años antes, que no quería que volviese a suceder, que me quería.
Podíamos ser como compañeros, pensaba yo, como dos jubilados de vuelta de la vida (pero yo tenía 40 años y el 50, así de loca estaba). El tema es que G empezó a querer soltarse de mí, a no cumplir con lo que habíamos establecido: quería dejar la fundación, quería su plata, yo le decía que esas eran las reglas para estar en casa, me respondía que se iría a la suya. Le dí su llave un día en que me hartó -en verdad creo que yo no soportaba que él pensara que estaba contra él-, se manejó bien un mes y medio, más o menos. Pasamos navidad y año nuevo con mi familia. Él estaba bastante deprimido, dormía mucho, no tenía ganas de nada. A mí me operaron de un cólico en mi único riñón y estuvo conmigo, se ocupó del nene, fue una semana en la que parecía que sentirse útil le hacía bien. Me fui una semana a Mar del Plata con mis padres, quiso venir, le dije que no había lugar -era cierto- Pensamos en irnos los 3 a mi vuelta. Insistió para no quedarse en la fundación sino en casa, lo dejaron. Me hablaba todos los días. Un jueves lo noté raro, me dijo que estaba todo ok. Esa noche recayó. Y la del viernes (lo supe todo a mi vuelta por investigar con el sereno, con el encargado, etc). Volví el sábado y lo encontré en estado deplorable en mi propia cama: se había quedado dormido en lugar de ir a buscarnos a Retiro. Lo negó sistemáticamente, yo inventaba, estaba loca. Y si seguía inventado iba a dejar el tratamiento. Le dije que hiciera lo que quisiera, yo esta vez no me iba a callar. Había hasta empapado la malla para hacerme creer que había ido a nadar. Yo no tenía duda ninguna de que se había drogado, no importaba cuánto ni cúando. Le saqué la llave de la caja mientras dormía, y el lunes avisé en la fundación. Cuando lo supo dijo que no iba a ir más por mi culpa, porque yo inventaba. Le dije que hiciera lo que quisiera. Esa noche volvió a casa drogado y lo eché, ante su estupor ('estás loca', 'dejame pasar', 'estás delirando', me decía. Pero en su desaprensión, en que no lo angustiase haber hecho lo que había hecho, habernos arruinado una vez más, yo tenía la prueba de que había consumido). No podía ser, de nuevo lo mismo. Y su salud, que estaba tan complicada.
G vivió una semana más. Sin ver a su hijo - no se lo permitía yo- excepto el domingo en que pasó por casa a verlo, y pareció despedirse -le dije 'no te quedás' y él me dijo 'no, ya lo vi, me vio, nos abrazamos, está todo bien', y luego lloró cuando supo que le había sacado la llave, me dijo que no lo dejaba vivir, que quería controlarlo, yo le dije que debía resguardar el poco dinero que quedaba para el nene, él dijo 'le dejo dos casas, el dinero es mío'. Nunca aceptó que había recaído. El lunes a la noche me llamó que estaba perdiendo sangre negra en las heces, que se sentía muy mal y se estaba muriendo. Salí corriendo, llamé a la ambulancia. A la médica le dijo que hacia 3 días que sangraba, pero ese había sido peor. Yo no lo podía creer, era como pegarse un tiro, si él sabía perfectamente los síntomas de hemorragia. Lo bajaron entre 3, los llevamos a la Trinidad. Nuestro último rato juntos no me dí cuenta de que se iba a morir, creí que una vez más zafaría. Parecía estable. Le tomé la mano, le dije que lo quería. ÉL me dijo que no se me ocurriera 'venderlo' -avisar que se había vuelto a drogar-. Yo le dije que iba a ponerlo en manos de un juez. No hablamos más, al rato tuvo mucho dolor, me sacaron de la habitación y sólo lo vi de lejos, con la mascarilla puesta. Lo subieron a terapia y entré a buscar su pijama, sus cosas. La pared estaba llena de sangre, había vomitado sangre, me dije es el fin. Yo había pagado el servicio de acompañante, pensando que no era tan grave. Esa noche fue un infierno, tenía muy pocas chances. Le colocaron un balón en el esófago y aun así la hemorragia no paraba. La última vez que lo vi vivo estaba entubado, conectado a miles de aparatos. Con la lengua pegada a los labios con cinta. Le tomé la mano, lloré. Esa tarde murió y yo me encontré decidiendo cajón, cementerio, flores. Era como flotar en una pesadilla. Tantas veces lo había imaginado y sin embargo no estaba preparada en absoluto para que muriera.
Me dije excepto que le pase algo a cualquiera de mis hijos, ya me pasó lo peor que podía pasarme: que él se muera. Lo enterramos un día de mucho calor, y todos los que estábamos venían 'por mi lado', excepto su siquiatra y mi coordinadora de grupo de la fundación. Estaban mis padres, hermanos, cuñado, mis hijos -a nuestro hijo se lo dije esa tarde, cuando todo había pasado-, mi ex marido y su mujer, mi mejor amiga, su padre, mis ex suegros, la señora que crió a Tomás y que quería mucho a G. Fue muy terrible ver el cajón descender. Mis hijos mayores, que estaban destrozados -esos dos últimos años muy compartidos en casa los habían unido más a él, como si empáticamente conmigo ellos también lo hubiesen perdonado-, me sostuvieron. Nunca más lo vería, nunca nunca más. He llorado, he escrito cosas, he llevado flores.
Entender la muerte es tan complicado. A veces me enoja con él que se haya soltado de la vida, a veces me alivia. Pero no puedo dejar de sentir muchas veces que toda la ciudad, muchos de sus lugares, es como un museo de mi historia con él que está allí para recordármelo -aquí tal cosa, acá tal otra- Voy teniendo conciencia de los días y pienso 'hace un año se internó', 'hace un año tal cosa', y no quiero olvidarme de todo lo que supe de él, porque soy la única que lo sabe, no hay nadie más -sus recuerdos, su niñez, sus dolores. En todos esos momentos no pienso que conmigo se comportó como un hijo de puta. Muy pocas veces. Me pregunto si me quiso. Si no pudo dar más de lo que dio. Si estaba enfermo, y de qué. Yo sí lo amé, pero ahora se trata de ordenar las piezas y poner esos sentimientos en un lugar en que me permitan vivir mi vida, recordarlo, pero ser feliz y saber que no tengo culpa alguna de lo que le pasó. Que buscó la muerte como otros buscan una mujer. Que frente a ese oponente mi fuerza era escasa. Y que aun así, puse toda fuerza que tenía -para mi mal, seguramente.

Mayo de 2009

Ver: Carta comentada: Más allá de la muerte, abril 2009


 

 

 

 



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