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“Mamá no robes mi infancia”

 

ESCENARIOS Cine08/11/13 - 16:36
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/escenarios/cine/Stephanie-Argerich-Martha-Argerich-Bloody-Daughter_0_1025897815.html

Stéphanie Argerich: "Mi madre es un monstruo, chupa la energía alrededor"
En el documental "Bloody Daughter", la hija de la pianista Martha Argerich expone los vínculos familiares con honestidad brutal. "Martha era maternal, pero de chica tuve que cuidarla: cuando tenía 11 años le dije 'Mamá, no me robes mi infancia", contó Stéphanie Argerich en esta entrevista. La película se estrena el sábado 16 a las 22 en el Malba.

POR VICTORIA REALE

Stéphanie Argerich básico
En una habitación de hospital, Stéphanie respira con dificultad mientras realiza el trabajo de parto. A su lado, la famosa pianista Martha Argerich y madre de Stéphanie sigue con atención los movimientos de la partera. Con el nacimiento de su segundo hijo, Stéphanie Argerich nos introduce en su universo familiar. “No sé si el hecho de que ahora soy madre cambia de algún modo cómo me ve ella. Me da la impresión de que para ella sigo siendo un bebé. Pero para mí los roles están invertidos y es ella el bebé que yo tengo que proteger”, cuenta la directora frente a la cámara mientras se ve el primer encuentro de Martha con su nieto. Así comienza Bloody Daughter (2012), con una escena emotiva que al mismo tiempo busca reflexionar sobre cómo funcionan los vínculos en su familia.

Desde muy pequeña, Stéphanie Argerich –cuyo padre es el famoso pianista Stephen Kovacevich- se convirtió en la observadora de su entorno familiar. Cuando tenía 11 años, Martha le regaló una cámara a su regreso de una gira por Japón, con la que Stéphanie registró su vida cotidiana junto a su madre y a su hermana Annie Dutoit, hija de Argerich con el músico Charles Dutoit. En el filme hay fragmentos de esas filmaciones, como cuando una joven Martha intenta junto a sus amigos imitar los pasos de baile de Rabbi Jacob, mientras proyectan la película en una de las paredes de la sala de su casa.

El documental también muestra otras facetas desconocidas de la célebre artista, como la angustia que sufre antes de dar un concierto. O como cuando, en pijamas mientras toma el primer café del día, confiesa su miedo a que el envejecimiento de su cuerpo influya de manera negativa en su interpretación musical. El filme se proyectará en el cine del Malba, todos los sábados de noviembre a partir del 16.

Pero quizás el momento más duro de Bloody Daughter es cuando la directora cuenta la historia de su hermana mayor Lyda, hija de Argerich y el violinista chino Robert Chen. Lyda creció en un orfelinato hasta que a los ocho años fue a vivir con su padre. A Martha Argerich le cuesta articular una respuesta cuando Stéphanie le pregunta por qué su hermana no vivió con ellas.

Stéphanie Argerich, la directora de Bloody Daughter, habló vía Skype con Revista Ñ digital desde Viena, Austria, sobre cómo su maternidad le permitió encontrar un nuevo punto de vista para abordar los lazos familiares en su película. Y contó la dinámica de la casa en la que creció junto a su madre, su hermana Annie y algunos amigos de Martha. “Mi madre es un monstruo que chupa la energía de alrededor y hay que ser muy fuerte para resistirse. Incluso la gente que venía a vivir a casa al poco tiempo caía en su ritmo. Así que era una forma de resistencia levantarse para ir a la escuela y tratar de funcionar en el exterior de esa locura, de ese mundo abierto pero cerrado a la vez”, confiesa Stéphanie Argerich.

-Empezó a grabar su familia desde pequeña, ¿cuándo se planteó hacer una película?
-Intenté realizar el proyecto hace más de diez años, pero estaba sola y era todo bastante kamikaze porque iba como a la guerra con mi cámara y no estaba lista. Sólo tenía ganas de hacer una película, pero no tenía idea de cómo. Entonces lo dejé, concreté otros proyectos y después de haber tenido mi primer hijo decidí retomarlo. Así que busqué un ejército (risas), un equipo que me acompañara. Después de la maternidad sentí la urgencia de hacerlo porque me di cuenta de que la vida pasa. Los padres se ponen viejos y pensé ‘hay que hacerlo ahora’.

-La película comienza con el parto de su segundo hijo. ¿La maternidad la impulsó?
-Eso fue lo que me permitió tomar más distancia. No era sólo la hija sino que también era una madre y esto me sirvió para enfrentar la historia. La maternidad también me permitió entender las dificultades inherentes al rol de madre. Cuando era más joven era más crítica, pero ahora que tengo hijos entiendo muchas más cosas. Entre ellas, cómo mi propia madre manejó su maternidad.

-Expone los vínculos dentro de su familia de una manera muy honesta. ¿Fue terapéutico el filme?
-Sí, tiene un aspecto terapéutico. Pero al mismo tiempo no quería que mi familia apareciera hablando de nuestra forma de relacionarnos de manera analítica. En la edición me di cuenta de que cuando hablábamos sobre nosotros y nos analizábamos, no había emoción, entonces a esas partes las dejé afuera. Yo buscaba la emoción, no entender exactamente a mi familia.

-¿Pensó en la exposición a la hora de realizar su película?
-Cuando la estaba haciendo, no me daba cuenta de que la iba a tener que mostrar, porque todas las escenas son muy íntimas y durante el montaje trabajé con un amigo. No tenía en la cabeza el nivel de exposición al que me estaba arriesgando. Creo que quizás fue parte de mi inexperiencia, quizás si ésta no hubiera sido mi primera película, hubiera sido diferente. No lo sé.

-Cuenta en el filme que de chica acompañaba a su madre en sus giras. Y que Martha aprovechaba las paradas del tren para bajar a tomar café y fumar, mientras usted se quedaba en el vagón.
-Esas situaciones me generaban mucha angustia, porque me daba miedo quedarme sola. Una vez estaba segura de que mi madre se había quedado en la estación, porque hacia ocho minutos que el tren se había puesto en marcha y ella no había vuelto al camarote. Yo empecé a hablar con la gente en el tren, intentando hacerles entender —no hablaba francés— de que mi madre se había quedado en la estación y yo no sabía qué hacer. Fueron momentos de mucha angustia que se quedaron grabados en mi memoria. Al principio de la película digo que creo que todavía mi madre me ve como un bebé, pero en realidad era yo la que la debía proteger. Era maternal conmigo pero al mismo tiempo desde muy chica tuve que cumplir el rol de cuidarla y tranquilizarla.

-¿Una inversión de roles?
-Sí, completamente. Cuando tenía 11 años le dije: 'Mamá, no me robes mi infancia'. Porque me estaba contando todo sobre una separación muy difícil con una pareja, como si yo fuera una amiga. Y me escuchó. No sé si lo tuvo en cuenta, pero dejó de contarme cosas como si yo fuera una adulta.

-Su hermana Annie cuenta en el filme que su forma de revelarse era ir a la escuela.
-Mi madre es un monstruo que chupa la energía de alrededor y hay que ser muy fuerte para resistirse. Incluso la gente que venía a vivir a la casa, al poco tiempo, caía en su ritmo. Así que era una forma de resistencia levantarse e ir a la escuela y tratar de funcionar en el exterior de esa locura, de ese mundo abierto pero cerrado a la vez. Conmigo mi madre tenía una relación más fusionada, yo era como su peluche y mi presencia la tranquilizaba. En ese sentido los roles estaban invertidos porque me necesitaba para calmarse, y que yo fuera a la escuela era muy secundario. Los artistas son personas muy narcisistas y creo que no se dan cuenta de lo que generan.

-¿Cómo intentó rebelarse usted?
-Es muy claro que nunca intenté tener la vida de mi madre. Eso hubiera sido imposible porque es una extraterrestre y yo siempre me sentí muy normal. Me casé, algo que mi madre considera casi de mal gusto (risas), y tengo una vida más convencional. Yo tuve crisis con ella pero muy directas. Desaparecía de su vida un tiempo y luego retomábamos la relación. Desde que hice la película, está todo perfecto, pero tampoco tenía ilusión de que todo se solucionaría mágicamente. El documental fue casi como un terremoto que sacudió a la familia, pero todavía no sé cómo cayeron las partes y dónde nos encontramos ahora.

-Cuenta que nunca vivió con su padre y que lo veía muy esporádicamente.
-Fue muy difícil darle un lugar a mi padre. Eso es lo que pasa con las ausencias. Cuando uno vive con alguien, aunque sea un monstruo, por lo menos puede enfrentarlo y pelearse, pero la ausencia es muy difícil de procesar. No puedo decir que se comportó como un padre. Mis dos padres tienden a plantear relaciones muy democráticas, estamos todos al mismo nivel, somos todos hermanos. A mí padre le cuesta mucho asumir el rol de padre, no sólo conmigo sino también con sus otros tres hijos.

-En el filme, usted le reclama a su padre que nunca realizó el trámite para reconocerla legalmente. ¿Eso le sigue molestando?
-Perdí la esperanza de que haga el trámite, y yo no tengo ganas de hacerlo. Así como tenemos una relación complicada en la vida real, me costó encontrar su lugar en la película. No sabía dónde colocarlo. El rodaje fue muy difícil con él, porque no se relajaba frente a la cámara y había mucha tensión. Cuando lloro en la película tiene que ver también con la tensión del rodaje y no solamente con nuestra relación. Yo sólo le pedí que me reconozca y el todavía no puede completar los requisitos, y cuando me dice que no es importante, me parece un momento muy violento en el filme. Creo que él no se da cuenta de la violencia de su respuesta todavía.

-¿Le cuesta generar una relación padre-hija con él?
-Sí, me sucede eso. Por momentos parece que las cosas fluyen pero luego aparecen complicaciones y entonces decido tomar distancia, hasta que podemos volver a retomar la relación desde otro lugar. Con él también están los roles invertidos, y me di cuenta de que no sirve de nada seguir pidiéndole que asuma un papel que no le interesa.

-¿Le costó preguntarle a su madre sobre lo que sucedió en los primeros años de vida de su hermana mayor Lyda?
-Hablamos muy poco de ese tema en la vida, y de las veces que lo hicimos, en dos ocasiones fue frente a cámara. Una vez fue en Japón y también estaba Lyda. Les pregunté sobre el tema a las dos, pero como no hablaron con claridad, esa escena no está en la película. La cámara ayuda a confrontar ciertos recuerdos, pero creo que mi madre no tiene acceso a una parte de su pasado, que es una zona oscura. Ella se niega a recordar esos momentos y, a pesar de que es una persona muy curiosa y muy lúcida, tiene partes de sí misma que están bloqueadas. A lo mejor no podría funcionar bien si las explora, no lo sé. Fue una niña con un talento enorme, pero creo que todo eso se cobró su precio en el aspecto afectivo. Y eso quizás puede explicar un poco lo que sucedió con Lyda.

-Lyda es la única hija de Martha que es música.
-Es interesante que la única hija que siguió una carrera musical fue la que no vivió con ella. Para mí es obvio que Lyda buscaba de esa forma poder conectar con mi madre. Yo la admiro mucho, porque se necesita mucho coraje para desarrollarse en el mismo ambiente que mi madre. Yo tenía muy claro que no iba a intentar pertenecer a ese mundo. Y mientras hacía el documental descubrí que Annie quería ser música, pero que mi madre no la apoyó. Ahora ella siente que no fue justa la posición que tomó mi madre.

-¿Cómo vivía usted cuando era pequeña la relación de Martha Argerich con sus fans?
-Yo lo vivía muchas veces como intrusiones. Mi madre tiene una confusión entre la esfera pública y la privada. Sus admiradores venían a la casa y se quedaban toda la noche. Yo me levantaba para ir a la escuela y los tenía que echar. No era algo agradable. No me gustaba la gente que se me acercaba sin conocerme y me quería hablar porque era la hija de la pianista. Yo prefería observar ese vínculo entre el ídolo y sus fans desde lejos.

Ficha
Bloody Daughter (2012).
Duración: 95 minutos. Suiza-Francia.
Guión y Dirección: Stéphanie Argerich
Producción: Luc Peter, Pierre-Olivier Bardet
Productor Ejecutivo: Aline Schmid, Claire Lyon
Dirección de Fotografía: Luc Peter, Stéphanie Argerich
Edición: Vincent Pluss
Sonido directo: Marc von Stürler
Edición de sonido: Nicolas Lefebvre
Grabación y mezcla de sonido: Didier Rey

Bloody Daughter se proyectará en el cine del Malba, todos los sábados de noviembre 2013 a las 22 a partir del 16.

 

 

 

 

 

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