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Accidentes: culpables y responsables. Buenos y Malos.

Dr. Hugo Marietan, 11 de mayo de 2013

Podemos distinguir al menos dos formas de sopesar las acciones negativas de un individuo hacia otra persona. Una es tener interiormente una justificación para la acción ejecutada, y la otra es saber que se ha transgredido  y sentirse  culpable y responsable de esa acción y tratar de zafar.
Cuando alguien tiene una justificación cree sinceramente no ser culpable: “Fue un accidente”, “se cruzó”, “no me dio tiempo a frenar”, “era de noche y no tenía luces traseras y no lo vi”, etc. Estos argumentos hacen que la persona no sienta la repercusión emocional displacentera que es la culpa. Y, tampoco considera ser responsable de ese hecho. La culpa es de naturaleza subjetiva, es de la persona con la persona misma: uno sabe que ha cometido una falta aunque nadie lo haya visto ni se lo reprochen. En cambio la responsabilidad es objetiva: los otros pueden constatar que hemos cometido una falta, no se ha cumplido con un deber comunitario y somos señalados por los otros. Ejemplo común es cuando un conductor pasa un semáforo en rojo y embiste a una persona, los que ven esa acción señalan como responsable al conductor. Falto a un deber. Es otros casos, que no haya testigos, los peritos deben deducir, por medio de los indicios y señales, si la persona es responsable o no de un hecho imputado. En la culpabilidad no se necesita de los otros, el individuo sabe que ha hecho algo mal.
Una persona puede protagonizar un accidente y decirse “mala suerte, me tocó; no fue mi intención; yo estaba en buenas condiciones para conducir y las circunstancias fueron sorpresivas e imprevistas”. No se siente culpable porque en  ningún momento previo al accidente se representó la posibilidad del mismo, ni él, por negligencia o impericia, significaba un riesgo para los demás. Por empatía lamenta el daño causado a otra persona, pero no se siente culpable y tampoco cree que lo verán responsable.
Distinto es cuando la persona por no estar en las condiciones adecuadas para conducir un vehículo, por ingesta excesiva de alcohol, ingestión de drogas, cansancio, enfermedad incapacitante como diabetes insulinodependiente o epilepsia, se arriesga a manejar un vehículo y enviste a una persona. En este caso la persona sabe que es culpable, que ha participado activamente en la posibilidad del accidente al no estar en condiciones normales, psíquicas o físicas, de conducir. Él sabe que es culpable, y los otros, al realizar los exámenes correspondientes, pueden determinar que es responsable. Es un hecho doloso parcial, porque si bien el no tuvo la intención de dañar a otro, sus condiciones adversas facilitaron el accidente. Al estar en “malas” condiciones para conducir, y a sabiendas de ello, asumió la posibilidad de un accidente y “apostó” a que no iba a pasar. Y perdió la apuesta, y dañó a otro. Es pasible, entonces, del reproche social por el hecho.
Sin embargo, hay un porcentaje de este tipo de personas, que no se sienten culpables y no es porque no distingan entre lo que está bien o mal, sino porque tienen un alto grado de perdón para sí mismos acompañados de una excesiva descarga de responsabilidad hacía la víctima del accidente: “Sí, lo choqué, pero fue porque él no llevaba luces traseras encendidas en la bicicleta y eso hizo que no fuera visible; cuando lo vi ya era tarde”. Aunque para el común este argumento es muy débil, para este tipo de personas, con un fuerte componente narcisista, es suficiente para “perdonarse” el accidente y no sentir culpa y, tratan de agotar todos los medios posibles para zafar de la responsabilidad. Aquí el deseo de no sufrir el reproche social es más intenso que el ver crudamente que él fue el culpable del accidente, y hace todo lo posible para no ser señalado como el responsable de la situación, o bien si es señalado, tratar de que esa responsabilidad sea la mínima posible. Estamos en presencia de lo que comúnmente se conoce como una “mala persona”.
Solemos olvidarnos de esta distinción propia de la sabiduría popular entre buenas y malas personas. Atiborrados del bombardeo de conceptos jurídicos de pruebas, evidencias: “Si hay pruebas suficientes es responsable, sino no”,  dejamos de lado esta sana orientación al sopesar las conductas de los otros. Y muchas veces sabemos que el sujeto es responsable a pesar que los peritos, u otras incidencias, no encuentren las evidencias. Técnicamente no es responsable, pero sabemos que sí lo es.
La que es buena persona, ante un accidente mortal, sabe que mató a otra persona y esto crea en el conductor una conmoción emocional, un “dolor” interno, por un mecanismo psicológico que se llama empatía, que es sintonizar afectivamente con el otro, en este caso lamentar sinceramente el haber matado a otro y representarse las consecuencias para los familiares de la víctima esta situación. La persona en lo inmediato del accidente y por bastante tiempo, está confusa, esto quiere decir que no puede ordenar adecuadamente sus pensamientos y en consecuencia no puede obrar adecuadamente. Se maneja casi por reflejos. Lo emocional lo inunda e impide que el intelecto analice. Para analizar el intelecto debe estar “frío” emocionalmente, libre de la emoción. En este estado de confusión, entre el dolor emocional y el temor, tiene manifestaciones corporales, se descompensa. Y sólo puede tener una conducta legal apropiada si es conducido, si entrega el control, por un abogado que le da instrucciones de qué hacer y qué decir. No obstante, para una persona que lo observa, se le nota el impacto emocional, no está “frío”, porque él “sabe” que es culpable, y muchas veces esto entorpece el accionar del abogado defensor.
A diferencia de las malas personas, que ya lo son antes del accidente, que ya tienen justificaciones para no considerarse culpables y están fríos emocionalmente para elaborar estrategias para zafar de la responsabilidad.  Aquí el abogado ve facilitado su trabajo porque solo tiene que afinar detalles para mitigar la responsabilidad: cuanta conque su cliente colaborará en todo lo posible para conseguir un resultado favorable.
¿Cómo se observa esta distinción desde “el afuera”? Porque la buena persona está intranquila, acompaña el proceso legal con muchas descargas emocionales: miedo excesivo, deseo de ser castigado, reacciones corporales, gestos compungidos, llanto, tensión. En cambio, poco o nada de esto se nota en la mala persona, es más se muestra molesto si es señalado, incluso altanero y agresivo.
En lo cotidiano la mala persona no puede ser de otra manera, pero si puede enmascarar su condición, simular conductas de buenas personas y ser así un falso y un hipócrita. Puede engañar por un tiempo a un grupo de pertenencia, pero con el tiempo se le aflojan los elásticos a la máscara y muestra algo de su esencia, y se observan las conductas artificiales.
El que es buena persona, por empatía, los demás lo captan. El que es bueno trasmite bondad.
El que es malo, aunque lo oculte, para la gente sensible, trasmite lo negativo que tensiona. Las malas personas son tensores, tensionan el ambiente donde están, aunque esta tensión sea leve.
Las buenas personas distienden, crean con su sola presencia un ambiente agradable genuino.
Las malas personas a veces son relegadas por la gente y terminan en grupos de personas afines, que comparten los mismos términos. Esto no quita que puedan ser inicialmente, al estar con gente, seductores y dominar las técnicas de atracción, con algún fin utilitario, desde luego.
Es decir, el intento de este escrito es volver a las bases, al lenguaje simple de distinguir entre buenos y malos, sin los términos técnicos que confunden más que lo que aclaran y sirven para “embrollar” con fines ocultos. Decía un pensador: “el que piensa claro, habla claro”, y, agregamos, se conduce con coherencia y es genuino.
En resumen, están las buenas personas que se ven envueltos en un accidente y reaccionan como buenas personas. Y están los otros, los que ya sabemos.

http://www.infobae.com/notas/709929-Matar-sin-arrepentimiento.html

 

 

 

 

 

 

 

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