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Conversando con Ana

 

2) La muerte

 

Bueno, el 17 del mes pasado falleció mi marido (M). Sesenta años iba cumplir en estos días. Si yo lo paso todo por el razonamiento es lo mejor que ha pasado. Porque una cosa era su físico y otra era su mente. Él viajaba, él proyectaba, él soñaba. Y yo lo que hacía era embarcarme en sus sueños, en sus proyectos, pero yo sabía que su final era en horas. Y también me ocupé que no sufriera dolores físicos. A tal punto que esa mañana me dijo, antes de que fuera a ver a la doctora M. M. que se ocupaba del dolor, me dijo muchas conclusiones, muchas enseñanzas. Lo que pasa es que no puedo separar… no puedo evitar… Y lo mejor que me pudo pasar es llorar… Porque no puedo evitar de estar triste más allá de saber que es bueno que él haya partido. En las últimas semanas estaba perdiendo la dignidad, no solamente que estaba sufriendo sino que perdía la dignidad.  Y yo le prometí que le iba apegar un tiro antes de que sufriera un solo dolor. Pero no puedo agarrar un arma para matar a alguien. A pesar de que se me cruzaba por la cabeza porque ya no podía más. Y un día dije que vengan los jueces de la tierra y del infierno a juzgarme pero antes que se pongan en mis pies, tres minutos.

Y el día anterior fuimos a buscar la nueva morfina porque yo tenía terror a quedarme sin morfina.

Él me dijo te  acompaño, pero le dije que no, que hacía mucho calor, que se quede en la cama. Tomá unos mates, jugá con el bebé y cuando menos quieras pensar yo ya estoy acá.  Y el me dijo

- No la vayas a ver a S. A. (la oncóloga) porque yo la veré la semana que viene. Le voy a demostrar con una Tomografía computada que yo estoy mejor ahora que cuando me dijeron que tenía cáncer. Yo el cáncer no lo tengo. Tengo este problema de las piernas porque no estoy tomando las vitaminas.

 

Doctor, el fumó un atado y medio de cigarrillos hasta ese día.

- Hasta el día que le diagnosticaron cáncer…

- No, hasta el día en que se murió

- El cáncer originario…

- Era de pulmón

- Y seguía fumando…

- Sí. Decía no me van a decir que el cáncer es por el pucho, nada que ver.

- Él disfrutaba el cigarrillo, pero después se angustiaba. Decía cómo es que no puedo dejarlo. Deje al alcohol y a este hijo de puta no lo puedo dejar.

El clínico que lo veía tenía miedo con las dosis de morfina, es distinto al oncólogo.

La morfina por un lado anula el dolor, pero por otro lado estaba con una sensación de bienestar que lo ponía hiperactivo. Y a veces había que darle otra medicación para bajarlo un poco.

La médica del dolor (MM) decía que había que darle morfina, en esta última etapa, cuando sea necesario, para evitar el dolor. Y equilibrarlo con otra medicación si se pone hiperactivo. El agua se la daba en gotitas o en cucharita, para evitar que se ahogue.

Así que le di la morfina y la otra medicación, durmió un poco y me dijo

- Ana, prepará el mate

- No querés tomar un poco de algo fresco?, le dije

- Bueno, dale

Esa es la morfina, doctor. Si esto es terrible con toda la medicación, yo no quiero pensar lo que le pasa a la gente que no la puede comprar.

M no era adicto a la morfina. Cuando yo le ponía me decía

- No, tanto no. Esto es como el alcohol y no quiero quedar pegado a esto.

Y la conclusión que saco es que por más drogas que yo combine no hay una droga superior a la mente.

Yo estoy triste pero muy tranquila. El me decía:

- Escuchemos a Zitarrosa, mirá como suenan esos violines, ¡qué maravilla!

- Él disfrutaba…

- Sí, la morfina producía eso también. Estaba muy perceptivo. Por ejemplo me decía

- Entró alguien, fijate quien entró

Y yo no había escuchado nada. Y efectivamente, había entrado alguien. Y a veces anticipaba quién era. La puerta de casa siempre estaba abierta. Era mi hija.

- Prepará unos mates, le dijo

- No querés tomar mejor un helado, ya que hace tanto calor, le dije

- Frutos del bosque, pidió, y se quedó dormido.

Yo lo bañaba, lo cambiaba, lo perfumaba, le hacía masajes, todo doctor.

En un momento me dijo:

- Alcanzame el papagayo, yo lo hago solo.

- No es necesario, yo te ayudo

- Ves que no puedo, debo levantarme para ir al baño.

Pero hay un escalón en el baño y él estaba muy lastimado y le costaba mucho subir ese escalón y cada vez que subía ese escalón se lastimaba. Y en el inodoro no se podía parar y eso.

Le dije que no se hiciera problemas si se mojaba, se cambia y listo. Y se durmió.

A las ocho de la noche se despierta y me pidió un poco de helado. Le di un cuarto de cucharadita de helado y me dice:

- ¡Qué rico que está este helado!

A mi ya no me gustaba como respiraba. Le decía a la doctora que veía en el ojo un círculo diferente, ella no lo veía. Y yo le decía usted pongase como yo le digo y lo va a ver. Y lo veía: “ es glaucoma, por el corticoide”, dijo. Al estar yo permanentemente con él le conocía todos los cambios. Y el se ahogaba. Y ahí iba la morfina, el corticoides:

- Tomá esto, nebulizate y después fumate un pucho, y se te pasa, le decía. Disfrutá.

Yo he hecho de todo y las situaciones nuevas eran permanentes.

Eso me da mucha tranquilidad y le agradezco sus indicaciones de que no saliera de la pileta hasta el final. Me dejó que nadara y fue fundamental. No me hubiera bancado la frustración de no haber estado en el final.

Llamé a mi hija y le dije

- Tu papá no está bien, hay que llamar al clínico

No estaba el clínico, dejé el mensaje y llamé a la Unidad Coronaria.

Llegaron y me dijeron:

- No va más, ya está

Vino el clínico y dijo lo mismo y que había que internarlo

Le dije que no, que quería que muriera en su cama.

No, me dijo, aquí no hay suficiente oxígeno. Si lo internamos va a tener suficiente oxígeno al menos. Son unas horas las que le quedan.

Mi hija, entonces, dijo

- A papá lo internamos

Y la doctora de la Unidad Coronaria, pobrecita, me dijo suavemente

- Quedese tranquila señora, le vamos a hacer un agujerito para ponerle un tubito para que pueda respirar mejor

- Sabés lo que podes hacer con el tubito: ¡Ponértelo en el orto! Pero a M no lo tocan, ¡La reputísima madre!, le dije

Entonces me agarra el Clínico y me dice

- Yo soy el responsable

- Ah, está bien, te lo dejo en tus manos, pero de nadie más.

Y bueno, lo internaron a las 9 y cuarto de la noche.

M había decidido no operarse de su cáncer, y yo tampoco estaba de acuerdo. Él me dijo

- Yo me voy a morir entero

Y así fue.

Ya en casa el Clínico lo durmió profundamente.

Nosotros hablábamos mucho. Y creo que M no murió de cáncer, que murió de un paro. Él venció al cáncer.  Estuvo cuatro años y disfrutó. Hasta el final, cuando dijo

- Qué rico helado ¿quién lo trajo?

- Tu hija, le dije

Y fueron sus últimas palabras.

 

Es raro lo que pasa, porque antes de que muriera yo decía ‘el día que M no esté yo salgo corriendo de esta casa enorme y me alejo de todo esto. No me quedo un solo segundo. Y no, no me fui. Y me siento muy bien, muy en paz. Es como que este piso lo puso él, esta biblioteca la hicimos juntos, él plantó todos los arbolitos a los costados para que dieran sombra. Está muy vivo, a través de la vida, quiero decir, de otros objetos, está él en cada una de esas cosas.

Me siento bien en mi casa. Encuentro paz. Hoy no podría estar en otro lugar.

Me siento acompañada.

 

Hugo Marietán, abril de 2006

 

 

 



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